Indira Iasel Sánchez Bernal •  Opinión • 04/08/2020

Reconfiguración geoestratégica y crisis sanitaria en Medio Oriente

Reconfiguración geoestratégica y crisis sanitaria en Medio Oriente

La región de Asia Sudoccidental y Norte de África desde el año 2011 se ha encontrado inmersa en movilizaciones sociales que luchan por la dignidad, por la ocupación de espacios públicos, por una buena vida y que intentan resistir con la única motivación de la transformación social, al estilo John Holloway (2005), a través de organizaciones populares que buscan cambiar el mundo sin tomar el poder. Las protestas en dicha región se hicieron manifiestas en el año 2011 y han continuado durante y después de la pandemia, generada por el virus Sars-Cov-2: Iraq, Egipto, Palestina, Líbano, Marruecos, Sudán, Argelia, son algunos de los ejemplos de movilizaciones sociales que demandan mejoras en la calidad de vida, al mismo tiempo que aclaman por la no intromisión de actores extranjeros en el devenir económico y político de los países conformantes de la región medioriental. Sin embargo, la aparición del coronavirus coadyuvó a que las políticas estatales usaran el confinamiento como instrumento de control de las oposiciones; como ha sucedido en las cárceles egipcias bajo el mando del presidente Al Sisi, o el toque de queda en Marruecos emitido por el Rey Muhammed VI, lo cual ha provocado que las movilizaciones sociales den la impresión de estar paralizadas, aunque no lo estén. De igual forma, la pandemia no detuvo los intereses geoestratégicos en la región; por el contrario, nuevos realineamientos geopolíticos han tomado forma en Irán, en Siria, en la Península Arábiga y en Palestina. El objetivo del presente artículo es analizar los reajustes geoestratégicos en Medio Oriente, durante y después de la crisis sanitaria.

El año 2020 ha evidenciado las contradicciones inherentes a la lógica del capital, ha hecho patente las falsas promesas de los Planes de Ajuste Estructural y del Consenso de Washington, establecidos a finales de la década de 1980, en el Medio Oriente y en el Norte de África, pero la crisis no sólo se ha hecho presente en los territorios circunscritos al Sur global sino que en el Norte Global también ha tenido consecuencias económicas y políticas nada alentadoras, lo cual ha implicado un reajuste en los movimientos geopolíticos estadunidenses, chinos y rusos en Medio Oriente; particularmente, el alejamiento de Estados Unidos con motivo de la reducción del gasto militar ante la crisis que vive como hegemón internacional.

Una región asediada y explotada

Es bien sabido que Asia Sudoccidental, además de estar ubicada entre tres continentes, tiene acceso a estrechos como el de Ormuz y Bab Al Mandab por donde pasan aproximadamente 6.2 millones de dólares de barriles diarios de petróleo (Aguilera, 2020:4) así como al Canal de Suez; posee una riqueza del 65% de los recursos fósiles a nivel mundial. Estos elementos han provocado que la región haya sido asediada y explotada; especialmente por Estados Unidos a partir de la Operación Tormenta del Desierto en 1990; y es un nicho de “oportunidades de inversión capitalista”, como algunos llaman irónicamente, a los proyectos de inversión y de reconstrucción en áreas de conflicto.

En la década de 1990 quedaba claro que Estados Unidos era el país con mayor influencia en la región, entonces la Unión Soviética se había desintegrado, China estaba en proceso de transición política y económica y la toma de decisiones en lugares de conflicto, sólo se hacía con el beneplácito estadunidense. No obstante, en el tiempo presente (2020), China se ha fortalecido y se ha inscrito en la región a través de inversiones con su capitalismo confuciano, la Rusia del Presidente Vladimir Putin se ha convertido en una potencia triunfante en Siria, Arabia Saudita e Israel son los aliados de Estados Unidos en su empresa contrairaní (aunque en ocasiones entablan negociaciones con Rusia y con China) y Estados Unidos parece alejarse cada vez más de la región, particularmente en el período presidencial de Donald Trump; además, la Península Arábiga está cada vez más fragmentada, por las tensiones entre Arabia Saudita y Qatar, así como el conflicto en Yemen y hay una presencia mayor de actores no estatales, que también complejizan el escenario geopolítico.

Durante la administración Obama, ya se asomaba una tendencia de política exterior de retirada y de negociación en Medio Oriente. Desde el año 2010 se anunció la salida de 33.000 soldados de Afganistán y de 35.000 en Iraq (El País, 2009) y se generaron intenciones de negociar con Irán, a través del Plan de Acción Integral Conjunto; asimismo, se dejó en manos de la OTAN el plan de pacificación en Libia. Esta tendencia se volvió más abrupta con la administración Trump bajo tres acciones: la salida de EE.UU del Plan de Acción Integral Conjunto el 08 de mayo de 2018, la potencialización de Rusia como pacificador de Siria y el empoderamiento de Turquía a través de la estabilización política en Libia. ¿Podemos entonces traducir la política estadounidense como una disminución de su poder en Medio Oriente, al ser incapaz de contener su situación política interna o simplemente como un reajuste de estrategias geopolíticas?

El alejamiento de Estados Unidos de la región medioriental obedece a una fórmula de alianzas que combina dos elementos: la disminución de la producción del petróleo y el sometimiento de Irán para evitar que se convierta en potencia regional. Medio Oriente ya no es el primer suministrador de petróleo de Estados Unidos, porque ese proceso ya se cumplió a través de la intervención en Iraq de 1991 a 2003, y como resultado, Estados Unidos se convirtió en el mayor exportador de petróleo de esquisto según la Agencia Internacional de la Energía (IEA).

Presencia de Rusia y China

La no dependencia del petróleo en Medio Oriente alentó al Presidente Donald Trump a romper con el Plan de Acción Integral Conjunto el 08 de mayo de 2018, a reimponer las sanciones a Irán hasta llegar a la prohibición de la compra del petróleo iraní, así como acordar la Alianza Estratégica del Medio Oriente (Middle East Strategic Alliance), la cual, paradójicamente ha dado más margen de acción a Israel, a Arabia Saudita y a Emiratos Árabes Unidos en torno a los temas de la región, incluso permitiéndoles negociar con Rusia y con China.

Por otra parte, Rusia ha invertido considerablemente en la estabilización de Siria, “aparece como un protector fiable para sus aliados y un defensor del status quo autoritario” (IEEE, 2019:17), lo cual le ha concedido ampliar la base militar de Tartús, lograr una negociación con Israel, bajo la premisa de que Rusia puede intervenir para evitar que Irán tenga más poder y amenace al gobierno de Netanyahu, al tiempo de generar negociaciones en la OPEP con Arabia Saudita en torno a la reducción de la producción del petróleo — acuerdos que se vienen dando desde el año 2016 y no sólo a causa de la pandemia. Moscú, también tiene negociaciones con Qatar a través del fondo de la Autoridad de Inversiones de Qatar, con el cual se adquirió el 19.5% de la compañía pública del petróleo ruso Rosneft (Jalilvand & Westphal, 2017), mientras que Aramco (la compañía petrolera saudí) mantiene contratos para invertir en gas natural en el Ártico. De igual manera Rusia se ha ofrecido para construir las plantas de energía nuclear de Busherer en Irán y de Dabaac en Egipto.

China, por otro lado, se ha convertido en el mayor inversor de construcción y reconstrucción en Medio Oriente, papel que antiguamente tenía España. China es dependiente del petróleo de la región, pero ha generado una dinámica en Medio Oriente y el Norte de África basada en los préstamos y en la “cooperación”: los préstamos ascienden a 20.000 millones de dólares (El País, 2018). Para poder desarrollar el proyecto chino de la Nueva Ruta de la Seda, los accesos portuarios han sido clave para el dominio marítimo, como el de Jabal Ali en Emiratos Árabes Unidos o el de Haifa en Israel, puertos que se encuentran operando por la gracia del “Shangai International Port Group”. China tiene también una importante suma de inversión en ciberseguridad con Israel, además de haber recibido las concesiones de reconstrucción en Siria. No olvidemos que Siria es para China el acceso al Mediterráneo. Asimismo, muchos de los grandes proyectos en energía solar de la Península Arábiga, como los de Emiratos Árabes Unidos y su planta de carbón limpio está hecho con financiamiento del Fondo de la Ruta de la Seda. Tampoco debemos olvidar la base naval china en Yibuti.

Mientras tanto, dado el agotamiento de la hegemonía estadounidense, Estados Unidos ha tenido que aminorar los gastos de su presencia en Medio Oriente, no le ha quedado más que asegurar sus intereses geopolíticos a través de las alianzas realizadas con Arabia Saudita y con Israel, especialmente en la contención del avance de Irán en Siria o en Yemen; así como, mediante la inversión en armamento de alta tecnología que no implique necesariamente una fuerza militar presencial, una especie de “outsourcing” en el cual las bajas militares rara vez son estadunidenses. Es por ello que las sanciones a Irán han continuado durante la pandemia al grado de que el apoyo humanitario se ha visto afectado — en un momento en que la crisis humanitaria ha cobrado la vida de 8.837 personas y en donde hay más de 187.427 casos, según los datos proporcionados por Infobae.

Sanciones en Irán

El objetivo estadounidense de seguir con las sanciones en Irán, como ha sido en Venezuela o Cuba, es asfixiar a tal grado la economía de Irán, que la población iraní se vea obligada a hacer levantamiento social y el régimen islámico termine reconfigurándose. Asimismo, mediante las sanciones se garantiza que no suban los precios del petróleo y frena el desarrollo del programa nuclear iraní.

Ciertamente, Estados Unidos ha tenido que reducir los gastos militares en Medio Oriente. Rusia y Turquía se han encargado de la pacificación en Siria y en Libia y los países de la Península Arábiga crearon un fondo de reconstrucción para Siria, encabezado por Arabia Saudita. De esta forma, Estados Unidos ha conseguido seguir vendiendo armamento al tiempo de disminuir su compromiso con la región, en un periodo en donde la crisis económica es notoria en el país del norte.

El covid 19 ha ensalzado los espíritus del racismo, la xenofobia y la pobreza en Estados Unidos y la decisión planificada de este país de alejarse presencialmente de la región de Medio Oriente es una salida “triunfal” sin poner en riesgo el resguardo de sus intereses en la región.

Irán por su parte, tiene intenciones claras de convertirse en una potencia regional, a través de su influencia en Siria y en Yemen, y mediante el apoyo a Hammas y a Hezbollah, pero el duro golpe que ha recibido con las sanciones económicas durante la pandemia ha reducido su capacidad de exportación de petróleo a 70.000 barriles por día, cuando antes vendía 2.500.000 barriles (Cole, 2020:4).

La pandemia del Covid 19 ha confirmado el regreso de Rusia y su dominio en el Mediterráneo, la presencia de China y el resguardo de sus intereses a través del poder marítimo y el dominio del Canal de Suez, el Estrecho de Ormuz y Bab Al Mandab, además de convertirse, como lo ha sido en el continente africano, en uno de los mayores cooperantes en una época de crisis. Mientras, el gobierno de Estados Unidos maneja su crisis interna y resguarda sus intereses regionales en Medio Oriente.

Entre tiempo, so pretexto de la pandemia, la digitalización de la economía, la descorporalización del trabajo y el disciplinamiento de la población en el ámbito político toman lugar; las poblaciones en el Medio Oriente siguen resistiendo, continúan reclamando y luchando por evitar que las fuerzas del exterior perpetúen la explotación de los recursos que desembocan en la desigualdad económica y en la opresión política. En los tiempos del capitalismo cognitivo y digital, las protestas sociales serán primordiales en redes sociales y en las calles. Se delinean objetivos claros de lucha contra el sectarismo, la división étnica, el desempleo, el autoritarismo y se retoman los espacios públicos; hoy más que nunca es necesaria una sociología de las emergencias, haciendo uso del concepto de Boaventura de Sousa Santos, que luche contra los mecanismos de dominación del capital.

Indira Iasel Sánchez Bernal es profesora-investigadora del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales del Tecnológico de Monterrey, campus CCM.

Referencias:

Aguilera Raba, Ana (2020): “El estrecho de Bab el-Mandeb: consideraciones geopolíticas del estratégico cuello de botella” documento de opinión, Instituto Español de Estudios Estratégicos en https://bit.ly/312inLQ

Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN), Documento de Trabajo 03/2019 (2019): Realineamientos estratégicos en el Oriente Medio, Instituto Español de Estudios Estratégicos, 222pp.

“China promete préstamos por valor de 20.000 millones de dólares a los países árabes” en El País del 10 de julio del 2018 en https://bit.ly/3eiXQXi

Cole, Juan (2020): “Missed Opportunities: The Trump Administration, Iran, and the Coronavirus Pandemic” en Covid-19 in the Gulf Special Coverage, Centro de Estudios del Golfo, en https://bit.ly/2CiYCW0

Datos sobre el covid 19 en Irán en https://bit.ly/310vBcc

“La retirada anunciada por Obama dejará hasta 50.000 soldados en Irak” en El País del 27 de febrero del 2009 en https://bit.ly/3fEccBM

Holloway John (2005): Cambiar el mundo sin tomar el poder: el significado de la revolución hoy, Vadell Hermanos Editores, C.A., Valencia, 220 pp.

Jalilvand, Ramin David & Westphal, Kirsten (2017): The Political and Economic Challenges of Energy in the Middle East and North Africa, Routledge, 302 pp.

 
 
Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento No. 549: Las tramas que esconde la pandemia 14/07/2020

Fuente: https://www.alainet.org/es/articulo/208236


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