Juanfe Sánchez •  Memoria Histórica • 15/10/2020

Thomas Sankara: La revolución burkinesa y su lucha por la liberación nacional y social

Thomas Sankara: La revolución burkinesa y su lucha por la liberación nacional y social

*Artículo del 3 de noviembre de 2013.

Os presentamos un nuevo trabajo sobre Internacionalismo desde Andalucía. En esta ocasión, nuestro camarada Juanfe Sánchez nos aporta un valioso documento sobre la Revolución Burkinesa en los años 80, hasta la contrarrevolución y asesinato de su líder, el capitán Thomas Sankara, llamado el Che Guevara africano. Sin duda, una revolución y una lucha por la Liberación Nacional y Social que es necesario conocer y cuyo ejemplo no deberíamos olvidar incluso para nosotros mismos como andaluces hoy día, para recuperar nuestra tierra e implantar por fin, la República Andaluza de Trabajadores/as.

Para los hombres la libertad en su propia tierra es el ápice de sus aspiraciones” Nelson Mandela.

hambre, malnutrición, insuficiencia alimenticia. Si no hay victoria sobre estos enemigos no habrá ni soberanía nacional, ni independencia económica, ni paz interior, ni desarrollo autónomo. La lucha contra el hambre y por la reforma de la sociedad burkinesa están íntimamente relacionadas”  Thomas Sankara.

vosotros tenéis de que comer (…) pero si la población vive en la miseria y sigue en la miseria, algún día os impedirá comer tranquilamente” Thomas Sankara.

Todavía no se nos han borrado las imágenes de la injustificada intervención en Libia a manos de las fuerzas imperialistas. Sin embargo, en ese vasto y fecundo continente que es África, durante los 80, hubo un pueblo, un país, que desde las entrañas de la pobreza, resistió al imperialismo, especialmente francés, para ser víctima luego de sus mismos errores colectivos en el proceso liberador, fatal error en el que han incurrido diversos pueblos con procesos ya encaminados a la liberación nacional y social. De entre ellos hoy toca analizar un caso poco conocido: Burkina Faso y su revolución, de grandes y sinceros luchadores.

De entre todos esos grandes y anónimos luchadores burkineses sobresale uno: Thomas Sankara, del cual hablaremos luego. Pero, ¿qué es Burkina Faso? Para los más, solo es un nombre conocido de un país tercermundista habitado por africanos que todavía van en taparrabos.

El gobierno de Burkina Faso, que significa ‘países de los hombres íntegros’, con Sankara a la cabeza, comienza de 1983 hasta el golpe de estado contrarrevolucionario de 1987, una etapa donde la liberación nacional se desarrolla plenamente junto a la social. La revolución nacional, social, cultural…es un hecho en la Burkina de aquellos años.

El mismo Sankara se refiere a los perfiles básicos del país durante la XXXIX Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York : “…Os traigo el saludo fraterno de un país de 274.000 km cuadrados, donde siete millones de niños y niñas, mujeres y hombres se han negado a morir de hambre, sed e ignorancia (…) estoy ante vosotros en nombre de un pueblo que, en la tierra de sus antepasados, ha decidido afirmarse a sí mismo y hacerse cargo de su propia historia sin vacilar, tanto en los aspectos positivos como en los negativos”.

Continúa desgranando algunos aspectos más: “hacen falta pocos datos para describir la antigua Alto Volta, un país de siete millones de habitantes, de los que más de seis millones son campesinos; una tasa de mortalidad infantil estimada en un 180%, una tasa de analfabetismo del 98%, si consideramos alfabetizado a quien sabe leer, escribir y hablar un idioma; una esperanza de vida de solo 40 años; un médico por cada 50.000 habitantes y una tasa de asistencia escolar del 16%. Una situación dramática.”

Dicho de otra forma, un país con el mismo número de habitantes que Andalucía dispone solo de 4 hospitales y 117 médicos para todo el país. Además, la mayoría de médicos residen en la capital o cerca de ella. A esto se le une que la gran mayoría de población vive en el medio rural, sin acceso posible a ningún tipo de tratamiento médico. Por si esto fuera poco, uno de cada cinco niños muere antes de haber cumplido un año y quien sobrevive tiene delante de si una expectativa de vida de 44 años.

Burkina faso, de la colonización a la independencia

Alto Volta es el nombre que dieron los invasores colonialistas a Burkina Faso. Su colonización empezó a la par que toda la historia de inhumanidad que recorre la gran madre África. Este enclave subsahariano de 7 millones de habitantes, situado entre Mali, Ghana, Togo, Benín y Níger, fue conquistado por los imperialistas franceses (que también intervinieron en otro tiempo en la conquista de Andalucía con sus órdenes del Císter y Cluny) tras derrotar la resistencia en Sudán francés (hoy Mali) con la ayuda de soldados senegaleses y guerreros wolof y bambara (tal como hicieran también los castellanos con soldados andalusíes para conquistar Sevilla y otras ciudades andaluzas); destituyeron a Mogho Naba, el emperador mossi de Ouagadougou: fue el comienzo de la colonización. La desolación invadió al país: incendios de chabolas y campos cultivados, masacres de mujeres y niños indefensos y matanzas de ganado para minar la resistencia de la población local, tal como ocurriera también en Andalucía por parte de los colonialistas castellano-aragoneses, que es otra de las similitudes que los burkinabe como pueblo, comparten con los andaluces. Y no quedan ahí solamente esas similitudes: el reino mossi llegaba a cerca de Mali, pasando muy de cerca Tombuctú, que fue destino final y centro de operaciones de los andaluces rebeldes de la diáspora dirigidos por Yuder Pachá, cuyos descendientes también se las verían con los imperialistas franceses.

Como explica Carlo Batá: “en 1904 los terrenos sustraídos al reino mossi fueron integrados en la colonia del alto Senegal y Níger (…) las continuas revueltas, sobre todo en contra de los impuestos y el reclutamiento militar, empujaron a Francia a crear la colonia de alto volta para garantizar un control más estrecho de la región. (…) En septiembre de 1932, durante la crisis mundial de los años treinta, alto volta desapareció de los mapas y fue dividida entre las colonias que la rodeaban. Miles de voltenses fueron obligados a trabajos forzados (abolidos en las colonias francesas en 1946) en las plantaciones y minas de costa de marfil, o reclutados para la construcción del ferrocarril que tenía que enlazar Abidjan y Níger. Otros fueron utilizados como carne de cañón en las guerras que Francia mantenía en Europa o en otras colonias (…) el 4 de septiembre de 1947, tras finalizar la segunda guerra mundial, alto volta se restableció dentro de las fronteras que había tenido 15 años antes, como territorio ultramarino de la unión francesa (…) el 5 de agosto de 1960 Maurice Yameogo, líder de la Unión Democrática Voltense (UDV), proclamó la independencia y el 22 de septiembre alto volta entro a formar parte de la organización de naciones unidas. Francia dejaba un país saqueado, sin una clase dirigente y sin la solida estructura social de los reinos mossi. Se había extinguido el sistema de uso comunitario de las tierras y se habían creado grandes latifundios en los que los campesinos trabajaban la tierra de los europeos, normalmente durante pocos meses al año.”

 Antes de la llegada al poder de Sankara, para hacernos una idea de la inestabilidad crónica que sufría Burkina Faso, sólo en cuatro años hubo siete cambios de gobierno. También hubo luchas, como las de los sindicatos del sector público, que llenaron el vacio enfrentándose con éxito y coraje a las medidas represivas del régimen. En un país donde todavía no había fabricas, no existía una clase obrera. Además el estancamiento económico empujo a muchos trabajadores a emigrar, explica Carlo Batá.

Durante los años 70 una terrible sequia afectó a Alto Volta. La población rural estaba al borde literalmente de morir de hambre, ya que las donaciones internacionales se gestionaban de forma deplorable: escándalos, corrupciones del personal encargado de la distribución, favoritismos…las ayudas alimenticias acababan en el mercado negro, gestionadas por amigos y parientes del grupo parasitario que ejercía el poder.

El 7 de noviembre de 1982, tras otro golpe de Estado, es derrocado el régimen  de Saye Zerbo y eligen presidente al oficial Jean Baptiste Ouedraogo, un medico de pediatría del hospital de Ouagadougou. El cuarto golpe de estado en poco más de veinte años. Por primera vez en el África francófona se ha producido un levantamiento militar organizado por suboficiales. Se constituye un Consejo de Salvación del Pueblo formado por militares. Sankara recupera su libertad y es elegido jefe de gobierno. Otros tres miembros del grupo que gravita a su alrededor, Jean-Baptiste Lingani, Compaoré y Zongo, entran a formar parte del poder ejecutivo.

Durante estos sucesos revolucionarios, Sankara declara: ‘el poder tiene que ser conquistado sobre todo por un pueblo consciente (…) para nosotros no existen revolucionarios dentro o fuera de los cuarteles. Los revolucionarios están en todos sitios’.

A las diez de la noche, por radio, se dirige a la nación: ‘Pueblo de Alto Volta, os habla el capitán Thomas Sankara (…) el ejército se ha visto obligado de nuevo a intervenir en cuestiones de estado para restablecer la soberanía, la libertad del país y la dignidad del pueblo”.

 En el discurso de investidura, el 1 de febrero de 1983, Sankara precisa cual será el código de conducta de sus ministros: ‘fuerza de carácter, valentía, dedicación al trabajo, integridad y honestidad’”.

 Durante los primeros días, el himno nacional impuesto por la colonización francesa Fière Volta se sustituye por Ditanyé que en lengua lobi significa ‘el canto de la victoria’ mientras Sankara declara emocionadamente: “una sola noche ha contenido la historia de todo un pueblo (…) una sola noche ha reconciliado nuestro pueblo con todos los pueblos del mundo hacia la conquista de la libertad y el progreso: patria o muerte, venceremos”.

De la independencia al gobierno revolucionario

De 1983 a 1987 transcurre el período revolucionario burkinés. Un periodo corto, en el que, no obstante, se plasman en hechos muchas aspiraciones y éxitos populares, victorias del pueblo en suma, que eran vistas poco tiempo antes, como imposibles tanto por la mayoría de la sociedad burkinesa como por sus clases dominantes.

Las independencias de los años 60, no habían traído independencias reales, sino ficticias al continente africano. El pueblo apoyó realmente las luchas de liberación, pero muchos de los dirigentes se vendieron una vez conseguida la independencia la cual fue vista para ellos como el cortijo particular que dominar. Este hecho decepcionó a muchas masas desheredadas y patriotas que habían escuchado de bocas de esos mismos que ahora se vendían que un día en una país libre las tierras serian de todos, así como muchas otras promesas que nunca se cumplirían.

Eran gobiernos títeres, con independencias formales, ricas en símbolos y en apariencias, pero dependientes del imperialismo anterior o de otros nuevos y viejos, tanto en lo económico, como en lo cultural. La independencia pues, atada al imperialismo, no era más que una nueva trampa de sometimiento para todos los pueblos africanos.

Los países africanos fueron, durante la guerra fría, y bajo un expolio constante, simples peones en la partida de ajedrez de los imperialistas. Regímenes dictatoriales como los de Mobutu en Zaire, Bokassa en Centroáfrica, Idi Amin en Uganda o los regímenes racistas del apartheid en Sudáfrica y Rhodesia, además de expoliar los recursos económicos y humanos de sus respectivos países, funcionaron como un muro de contención contra la “expansión soviética en el continente”.

La acumulación primaria del capitalismo, toda esa fortuna amasada por los imperialistas durante el saqueo de cientos de pueblos a lo largo y ancho del mundo, que ha llegado hasta nuestros días, no puede entenderse sin el genocidio económico y humano que fomentó y ejecutó.

Los antiguos dominadores se revuelven en sus entrañas al comprobar cómo el pueblo burkinés apoya la revolución: en Le Monde, el 28 de agosto de 1983 se lee: ‘los habitantes de Alto Volta se han dado cuenta de que las luchas del periodo colonial y aquellas posteriores a la independencia no podían resolver verdaderamente el problema de la capacidad del pueblo de defender sus intereses’.

Ante el tropel de acusaciones que sobre la Revolución Burkinesa vierte el imperialismo, Sankara afirma sin complejos: “si queréis incluirnos dentro de una posición ideológica, podéis considerarnos elementos patrióticos (…) ¿Cómo es posible declararse comunista o marxista cuando el pueblo se muere de hambre? ¿Pero, porque darle la espalda al marxismo si nos permite resolver problemas concretos?”

Nosotros somos lo que somos, es decir, un régimen que se consagra en cuerpo y alma al bienestar de su pueblo. Podéis llamar a esto como queráis, pero sabed que no necesitamos etiquetas. La nuestra es una revolución autentica, diferente de los esquemas clásicos.”

El documento guía de la revolución es el discurso de orientación política (…) que Sankara lee en televisión el 2 de octubre de 1983, donde asienta las bases de una batalla sistemática para cortar de raíz con un pasado deprimente (…) queremos una sociedad nueva, libre, independiente y prospera; una sociedad donde hayan sido extirpadas las injusticias, dominación y explotación ejercitadas durante siglos por el imperialismo internacional”.

Hay dos justicias y dos democracias: la de los opresores y la de los oprimidos, la de los explotadores y la de los explotados. La justicia bajo la revolución será la de los oprimidos y explotados en contra de la justicia neocolonial de ayer’.

Al pueblo hay que convencerlo, no vencerlo, hay que utilizar la fuerza de la razón, no la razón de la fuerza”.

Para obtener un cambio radical hay que tener el coraje de inventar el porvenir. Nosotros tenemos que atrevernos a inventarlo. Todo lo que viene de la imaginación del hombre es realizable por el hombre. Estoy convencido de ello.”

El sistema feudal no permite el desarrollo e impide que las masas tengan un mínimo de justicia social. Algunas personas solo por el hecho de nacer en ciertas familias, controlan una inmensa cantidad de tierras, muchas hectáreas, y las distribuyen a su placer. Mientras que otros solo pueden cultivar la tierra y ofrecer regalos y tributos. Esto está a punto de zanjarse”.

El deseo principal del nuevo gobierno revolucionario es garantizar un futuro a un ‘movimiento formado por la inmensa mayoría para beneficio de la inmensa mayoría (…) ‘un revolucionario es una persona que sabe ser modesta, pero al mismo tiempo decidida a perseguir los objetivos en los que cree firmemente’ (…) una revolución no se hace para ocupar el sitio de los viejos gobernantes cesados’.

De vende patrias y supuestos “revolucionarios”

Todos esos vende patrias y cipayos de los que hemos hablado anteriormente, que son los mismos que durante años han copiado el sistema de dominación de sus pueblos, proyectándolos en ellos mismos y en los demás, puros exponentes del entreguismo, del derrotismo y la mentalidad colonizada hasta el tuétano, están en el punto de mira del gobierno revolucionario: “La colonización del continente por parte de las potencias europeas ha determinado el devenir de las vidas de sus millones de habitantes en la creación de “estados” que no tenían nada que ver con las culturas y los pueblos existentes (…) esta occidentalización ha favorecido el nacimiento de una clase dirigente africana que ha sido caracterizada, en su abrumadora mayoría, por una cultura sucursalista, espejo de un modelo cultural ajeno a la historia y tradición africana y su posible desarrollo.”

En 1983, cerca del 70% del balance estatal, que era de solo 57.000 millones de francos CFA, se utilizaba para cubrir los sueldos de los cerca de 30.000 empleados públicos, acostumbrados a vivir del cuento, colocar amigos y familiares en los puestos vacantes y a acapararse los escasos fondos destinados a los proyectos de desarrollo. “Ellos han utilizado las migajas que los imperialistas dejaban caer, para transformarse gradualmente en una burguesía parasitaria (…) En sustancia, la sociedad neocolonial y la colonial no se diferencian en nada’ sostiene sankara,  someten al pueblo a las exigencias de una minoría”.

Los revisionistas y los reformistas, así como fuerzas sindicales de la pequeña burguesía urbana, que hablan de ser de izquierdas no se libran de la crítica radical de Sankara y les advierte la incompatibilidad entre el gobierno revolucionario y su falsa política obrera, su política claramente pro sistema, pro capitalismo y pro dependencia, que al tiempo que hablan de revolución ‘llevan colgadas al cuello cadenas de oro o visten corbatas elegantes. Estas personas siempre están en Francia para comprar vestidos de firma y coches de lujo (…) en una mano tienen el capital de Marx y en la otra el talonario de cheques’.

La transformación social de la revolución burkinesa empieza a dar sus frutos

Sankara, ya al frente del gobierno revolucionario, declara: “Mi país es una síntesis de todas las desgracias de los pueblos, una síntesis dolorosa de todos los sufrimientos de la humanidad (…) mi corazón está con los treinta millones de personas que mueren cada año abatidas por un arma terrible llamada hambre. He viajado a lo largo de miles de km para pedir a cada uno de vosotros que nos unamos en un esfuerzo común para acabar con la arrogancia de quien no tiene la razón, que desaparezca el triste espectáculo de niños que mueren de hambre, se destierre la ignorancia, gane la legítima revuelta del pueblo y se callen por fin los truenos de guerra”.

¿Cómo en solo 4 años de revolución, en condiciones tan adversas, pudo Burkina Faso enfrentar exitosamente su situación de postración, miseria y pobreza?

La arcilla de la revolución arrancaba de una situación desesperante. ¿Qué hacer? El gobierno revolucionario se fijó unos objetivos claros y precisos: desarrollo basado en las necesidades primarias, democracia directa, autosuficiencia alimenticia, economía popular, salud, instrucción, vivienda; giro radical en las relaciones campo-ciudad, liberación de la mujer de pesados yugos aún legales, independencia cultural y lucha contra los privilegios de las élites consumistas…aún quedaba todo por hacer.

Extender, en la medida de lo que era posible, las industrias hacia el campo fue una de las ‘fatigas de Sísifo’ del gobierno revolucionario. En un país donde el agua no era algo común entre la mayoría de la sociedad, la nueva política del agua significaba vida, por eso se comenzaron miles de obras para la construcción, llevada a cabo por los mismos habitantes, de pequeños diques, acueductos, pozos, embalses. Un cuarto de las inversiones totales tuvo como objetivo garantizar a cada ciudadano diez litros de agua al día.

Para evitar que quien se ponga enfermo tenga que elegir entre la resignación o largos peregrinajes en el desierto en busca de un medico, el CNR (Consejo Nacional de la Revolución) destina fondos para la construcción de ambulatorios y cuartos de socorro en todas y cada una de las aldeas. Se emprenden campañas de vacunación contra las enfermedades más comunes y campañas masivas para explicar la importancia de una correcta higiene personal.

En el valle de Sourou se vuelve a poner en marcha un proyecto, paralizado desde 1948, para la irrigación de 16.000 hectáreas de tierra, donde se prevé producir el 10% de las necesidades alimenticias del país. Hasta entonces se había hablado del tema solo durante las campañas electorales y luego volvía a caer en el olvido. Sankara, tras haber rechazado los préstamos del BM, de la Unión Europea (entonces CEE) y de Francia, encarga las obras a una empresa local, que redujo a la mitad los costes y tiempos de realización. Carreteras que son inutilizables gran parte del año son asfaltadas, además 8.000 nuevas obras se ponen en marcha, donde trabajan los mismos ciudadanos que se beneficiarán de las nuevas infraestructuras.

Otro nuevo y gran proyecto fue el de vertebrar correctamente los caminos con ferrocarril, cien km de vías ferroviarias para llegar desde Ouagadougou a las regiones del norte y a las minas de manganeso.  El Banco Mundial había rechazado las subvenciones porque ”prefería una autovía” y fue tan importante esta lucha que llegó a conocerse como la “batalla del ferrocarril”.

 La elaboración manual del faso dan fani, tejido nacional del país con el que se fabricaban vestidos propios, aseguraba la creación de puestos de trabajo. El faso dan fani, muy promocionado y revalorizado por el gobierno revolucionario, fue obligatorio llevarlo entre los dirigentes ya fuera en territorio nacional o extranjero. Abogaba por desarrollar la cultura africana que tenía una riqueza propia.

Además, todos los ciudadanos tenían que trabajar, por lo menos durante tres semanas al año, en las obras populares para la construcción del país, con lo que se aseguraba una participación equitativa de la población en las necesarias infraestructuras para todos. Implementó un proyecto para frenar la desertificación del país. Adopto una serie de medidas muy estrictas para la tala de árboles, que eran la fuente principal de energía para los burkinabé. Construyo pozos para el agua en cada pueblo, un bien raro en el país. Proponía consumir productos del país, rechazando los modelos impuestos occidentalistas, que lo único que provocaban era dependencia y empobrecimiento: ‘quedaros con vuestras manzanas que nosotros nos comemos nuestros mangos’.

Tanto el aumento de los precios de los productos agrícolas como la abolición de los privilegios de los jefes tradicionales, animó a los campesinos en sus esfuerzos a favor del cambio, iniciándose asimismo programas de reforestación masiva en todas las aldeas.
En las zonas rurales se lanza la operación une familie une compostiere, para favorecer la práctica de hacer compost, es decir, el reciclaje de los residuos sólidos urbanos para producir abonos naturales, con lo que la defensa del medio ambiente y la prioridad ecológica durante el gobierno revolucionario no fue sólo un problema en las mentes de los dirigentes burkineses, sino una realidad socializada a cada vez mayores masas de la población.

Estaba cantado que una política así sólo podía traer buenos resultados y éstos llegaron. En solo cuatro años se alcanzó el objetivo de dos comidas y diez litros diarios de agua para todos los ciudadanos. La infraestructura socio-sanitaria mejoró notablemente; aumentó la escolarización; la situación de la mujer registro cambios significativos; el esfuerzo contra la desertización conoció logros fatigosos; escuelas, ambulatorios, acueductos, viviendas populares rodeadas de árboles en lugar de barrios de mala fama, miles de campos de deporte y salas de cine en las aldeas, transporte público…En cuatro años las ciudades que disponen de energía eléctrica pasan de cuatro a veintidós.

La educación política y la movilización de los ciudadanos, la participación en los trabajos colectivos como embalses locales, escuelas, viviendas para los sin techo, ambulatorios y calles para mejorar la infraestructura del país, la defensa de las conquistas revolucionarias…no eran solo un discurso de un gobierno de cara a la galería, era la realidad en la que vivía inmersa Burkina Faso y su pueblo en la Revolución.

Con el mantenimiento de la seguridad pública y la coordinación con los dirigentes en cada pueblo, barrio o lugar de trabajo, los CDR (Consejos de Defensa de la Revolución) llevan a cabo todas las actividades, constituyen ‘el instrumento que el pueblo ha creado para asumir el verdadero control de su destino’. Organismos similares ya se habían experimentado en Ghana y Benín, así como en la Cuba revolucionaria  y en Nicaragua tras la toma del poder de los sandinistas en 1979. En menos de un año se crean 7.000 CDR, uno en cada pueblo.

La educación

Ni el 100% de nuestro presupuesto sería suficiente para que todos los niños fuesen a la escuela” declaraba Sankara de forma desesperante. “Cinco de cada seis niños voltenses nunca ha entrado en una escuela, y, a menudo, para quien tiene el privilegio de poder estudiar, la instrucción se manifiesta como un organismo extraño a la realidad social del país”.

En dos años se duplica el número de escuelas de primaria y se construyen más de 100 institutos de secundaria. Se reduce un 60% la matricula para la educación primaria y un 40% la de secundaria. La tasa de escolarización primaria pasa del 16% de 1983 a un 32% en 1986. “Un hombre que aprende a leer y escribir es como un ciego que recupera la vista” afirma sankara.

Contestando a la pregunta de cómo piensa resolver el analfabetismo responde así: ‘cuando las autoridades coloniales abrían escuelas no les empujaban motivaciones benévolas o humanitarias. El objetivo era formar a gente capaz de consolidar su sistema de explotación. Nuestro deber es ahora el de introducir en nuestras escuelas nuevos valores que hagan posible hacer crecer nuevos seres humanos capaces de entender y ser parte integrante de nuestro pueblo”.

Las mujeres, base de la revolución

La mujer, secularmente el sector más oprimido entre los oprimidos, arrastra, según el dirigente revolucionario burkinés, ‘el peso de las tradiciones seculares de nuestra sociedad ha postergado a la mujer al rango de animales de carga: las mujeres sufren dos veces las nefastas consecuencias de la sociedad neocolonial, soportan los mismos sufrimientos que los hombres y además están sometidas por estos a más sufrimientos. Nuestra revolución se dirige a todos los oprimidos y explotados y por lo tanto también a las mujeres (…) si la revolución pierde la lucha por la liberación de la mujer, habrá perdido el derecho  a una transformación positiva de la sociedad (…) el hecho positivo que hemos registrado es que ahora la mujer está dispuesta a liberarse a sí misma. No se puede liberar un esclavo que no tiene conciencia de serlo’.

Los jefes de las aldeas pedían también jóvenes y mujeres. “Nosotros respetamos la tradición pero no todos los valores tradicionales son válidos; es impensable que un padre ceda en matrimonio a su hija de quince años a un viejo de setenta, al que prácticamente se la vende como una mercancía (…) hay jefes que tienen derecho de vida o muerte sobre sus propios súbditos” acusa Sankara. ‘La mujer que sufre la escisión no puede alcanzar la plenitud del placer sexual y por tanto es más difícil seducirla. Nos encontramos ante una forma moderna de cinturón de castidad (…) en las ciudades, donde la civilización tendría que haber empujado la liberación de la mujer, estas se han visto obligadas a vender sus propios cuerpos para sobrevivir o han sido utilizadas como cebos comerciales en la publicidad. Las mujeres de la pequeña burguesía viven sin duda mejor que las mujeres del campo, pero, ¿de verdad son más libres, más respetadas?”

Una revolución ejemplo del antiimperialismo

La Revolución Burkinesa sabía perfectamente que no habría plena liberación nacional ni social en un mundo dominado por el imperialismo. Comenzando desde África, Burkina Faso, habló claramente y con hechos al mundo. Paladín de la propuesta de no pagar la deuda externa, de campañas por el desarme internacional, de la ayuda reciproca entre países del sur, del rechazo a estrategias imperialistas…

El desarme internacional era necesario, la paz mundial estaba y está en peligro en manos del imperialismo. ‘Cada vez que un país africano compra armas, lo hace en contra de los propios africanos. Tenemos que encontrar unan solución al problema del armamento. Yo soy un militar y llevo conmigo un arma. Pero propongo el desarme, porque yo llevo la única arma que tengo, mientras otros tienen escondidas todas las que poseen (…) tenemos la obligación de considerar la lucha por el desarme un objetivo permanente, un factor esencial de nuestro derecho al desarrollo’. Ya durante su juventud había manifestado posturas muy críticas hacia el militarismo ciego y desenfrenado: En 1974, antes de la Revolución, estalló un conflicto armado entre Alto Volta y Mali; Sankara regresa a su patria, donde le nombran jefe de una unidad de incursión que resiste durante mucho tiempo a las tropas enemigas. El mismo Sankara recuerda la inutilidad e incoherencia de una guerra entre dos países paupérrimos, ya de por sí bastante afligidos por la sequía: ‘si tenemos que combatir, hagámoslo para sobrevivir, conscientemente y por voluntad común, y no para fortalecer las fronteras entre dos pueblos unidos en todo”. Durante esta época también llegó a afirmar: ‘un militar sin formación política no es más que un criminal en potencia’. Durante los años de la revolución, los soldados burkineses trabajaron en los campos, construyeron casas o plantaron árboles.

Defendió la lucha de los pueblos para su liberación, fuera en Sudáfrica aplastada por el régimen del apartheid, fuera en Latinoamérica pisoteada por los escuadrones de la muerte dirigidos y financiados por Estados Unidos, el recién nacido Israel e incluso también llegó hasta Afganistán criticando la invasión soviética. Su profundidad entendía que el colonialismo no había muerto, estaba vivo en la clase política africana corrupta al servicio de la metrópoli occidental. La idea de ‘descolonizar nuestro pensamiento’ significaba dar valor a la creación de cada país y a la colaboración entre culturas, en una relación de igualdad. Es decir, un vivo y verdadero internacionalismo.

Ante las amenazantes políticas de ajuste estructural del FMI y del BM, Sankara denunciaba ‘que sirven únicamente para mantenernos atados y destruir nuestras economías’” al tiempo que afirmaba: “nosotros manifestamos nuestra solidaridad con quien, en Estados Unidos, está sufriendo (…) nosotros no somos enemigos del pueblo americano (…) ese pueblo es capaz de expresar amor, solidaridad y hermandad sincera”  lo cual vuelve a ponerlo en una sensibilidad parecida a la del  andaluz Federico García Lorca en su “Poeta en Nueva York”.

Con Sankara vivo, Burkina Faso se negó tajantemente a firmar un programa de ajuste estructural con el Fondo Monetario Internacional: ‘lo que vosotros pedís, nosotros ya lo hemos hecho por nuestra cuenta. Hemos saneado la economía, no tenéis nada que enseñarnos. Lo que el fondo monetario persigue es el control político sobre los países…’ le faltó decir “bajo una máscara amable de ayudas y proyectos al desarrollo”, porque es el mismo discurso del FMI y del BM hoy día repetido en todas partes. Sin duda, Sankara no solo fue un adelantado a muchos presidentes de hoy que combaten al FMI y al BM, sino que conocía muy bien los planes de estos dueños del mundo, lo que me permitió no solo darle aun mas autenticidad a su revolución y a su gobierno, sino también ganarse el odio de los mandamases mundiales, que no era poco. Y todo, por defender coherentemente la dignidad, el derecho de su pueblo a ser libre, a comer, beber, crecer, tener escuelas, hospitales…el derecho a vivir en paz, el derecho a ser personas en un mundo gobernado por animales sedientos de sangre.

El rechazo de las ordenes afectaba también a las ayudas al desarrollo, muy a menudo, ‘inútiles y empapadas de colonialismo’; solo se pueden aceptar ‘las ayudas que ayudan a evitar esas ayudas’ y no aquellas que ‘sirven a las empresas del norte y a expertos que ganan en un mes lo que sería suficiente para construir una escuela (…) Para el imperialismo es más importante dominarnos culturalmente que militarmente. La dominación cultural es la más flexible, la más eficaz, la menos cara. Nuestra tarea consiste en descolonizar nuestra mentalidad y alcanzar la felicidad, aunque todavía tengamos que soportar algunos sacrificios (…) los colonizadores se han transformado en asistentes técnicos, o mejor dicho, en asesinos técnicos (…) la deuda, en su forma actual, es una reconquista colonial organizada con pericia para que África, su crecimiento y desarrollo, obedezcan a reglas que nos son totalmente ajenas, buscando la mendicidad perpetua como moderno desarrollo (…) la deuda no debe ser devuelta, porque si nosotros no pagamos, los dueños del capital no se van a morir, de ello estamos seguros; si, en cambio, pagamos, nosotros si moriremos, y de esto también estamos seguros (…) son ellos los que tienen con nosotros una deuda que única podrán pagar, la deuda de la sangre que hemos vertido’ en clara referencia a siglos y siglos de expoliación, esclavitud y asesinatos por doquier.

Mientras que en otros lugares la gente muere de sobrealimentación aquí nosotros morimos por falta de comida. Hay que encontrar una vía intermedia”. Cada burkinés dispone de 1875 calorías diarias, es decir, el 80% del aporte calórico recomendado por la FAO. En Francia en los mismos años, las calorías diarias por persona eran 3411.

Sankara expresa no solo el lamento de su propia tierra: ‘hablo en nombre de millones de seres humanos que viven en guettos, siendo tratados como animales porque tienen la piel negra (…) hablo en nombre de las poblaciones desheredadas de esos lugares tan despiadadamente llamados tercer mundo. Hablo en nombre de las mujeres del mundo entero, que sufren bajo un sistema machista que las explota. Hablo en nombre de todos los que han perdido el trabajo, en este sistema estructuralmente injusto, condenados a recibir de la vida solo el reflejo de la de los más acomodados. Hablo en nombre de los artistas –poetas, pintores, escultores, músicos, actores- que ven su propio arte prostituido. Grito en nombre de los periodistas reducidos al silencio o la mentira. Hablo en nombre de las madres de nuestros países empobrecidos ven a sus niños morirse de malaria o disentería, sin llegar siquiera a conocer los simples medios que la ciencia de las multinacionales les niega, prefiriendo invertir en laboratorios de cosmética y mejorar las operaciones de cirugía estética, satisfaciendo los caprichos de unos pocos hombres y mujeres cuyo encanto está amenazado por los excesos de calorías en sus comidas, tan abundantes y regulares que a los del Sahel nos producen vértigo. Hablo también en nombre de los niños, de ese hijo de pobres que tiene hambre y mira furtivo la abundancia acumulada en el almacén del rico; el almacén está protegido por una ventana de cristal grueso; la ventana está protegida por barrotes; éstos están custodiados por un guardia con casco, guante y porra (…) no se trata de una lucha de negros contra blancos, sino de una lucha en contra de todo aquello que significa explotación, y en la que todos tienen que tomar parte”.

Era lógico que un presidente como Sankara, no sentaba nada bien no solo entre los ambientes selectos del cooperacionismo internacional y sumiso al capital, sino que era una auténtica amenaza al imperialismo no sólo en la propia Burkina Faso, sino en la misma África, puesto que había más regímenes que estaban o seguirían la senda de Burkina Faso: Mozambique, Uganda… las potencias imperialistas tenían que hacer algo ante la política popular y liberadora de Sankara y la revolución burkinesa.

Entretanto, Sankara y el gobierno revolucionario seguía a lo suyo, que era seguir avanzando en el proceso de liberación nacional y social de Burkina Faso, acelerándolo lo más posible dentro de las posibilidades.

Decía: ‘no podemos ser los dirigentes ricos de un país pobre’ así que cuando tuvo que declarar públicamente sus pertenencias, como todos los dirigentes del país, la lista fue breve: unos libros, una motocicleta y una pequeña casa de la que tenía que seguir pagando el crédito.

Ahora que tanto se habla de soberanía alimentaria, Sankara fue un pionero de esta idea, como otras muchas, adelantándose por más de 20 años a mucha gente: la autosuficiencia alimentaria era un objetivo prioritario de su gobierno revolucionario, y para ello era necesario “una política global”. La política global de la que hablaba Sankara era, obviamente, la unión de los países subdesarrollados, colonizados y dependientes, para romper la dinámica imperialista de mercado que los ahogaba a todos.

En cierta ocasión, durante una manifestación, la gente grito eslóganes a favor de Sankara y él interrumpió el homenaje para afirmar que no era correcto: ‘yo, Sankara, estoy de paso, lo que debe quedar es el pueblo’ con  lo cual muestra una oposición auténtica al culto a la personalidad y una coherencia perfecta entre lo que se dice y lo que se hace.
Mantuvo una peculiar y original unión entre socialismo propio burkinés y lo que se podría calificar como teología de la liberación, muy parecida a la de Mariátegui, aunando todo en una praxis radicalmente revolucionaria. Si no fuera por el aval de su obra y legado, Sankara sería, hoy, defenestrado intelectualmente como “visionario” o algo peor por la escuela revisionista y por el marxismo vulgar, antidialéctico, con anteojeras. Cuando le preguntan qué llevaría consigo a una isla desierta, Sankara contesta: ‘Estado y revolución de Lenin, la Biblia y el Corán. En mis discursos hay muchas referencias a la Biblia y al Corán (…) Lenin ha sido sin duda el mayor revolucionario, pero es innegable que Mahoma y Jesús fueron revolucionarios. Nosotros hemos acogido la palabra de Cristo como una mensaje capaz de salvarnos de la miseria en que vivimos, como una filosofía para transformar cualitativamente el mundo’.

En su intervención de Naciones Unidas de 1984 expresó de nuevo esa posición: ‘nosotros hasta ahora hemos puesto la otra mejilla. Las bofetadas se han duplicado. El corazón del malo no se ha conmovido. Han pisoteado la verdad del justo. Han traicionado la palabra de Cristo y han transformado su cruz en clavo: se han vestido con su túnica y han hecho pedazos de nuestros cuerpos y almas. Lo han occidentalizado, mientras que para nosotros significaba liberación universal. Entonces nuestros ojos se han abierto a la lucha de clases: no recibiremos más bofetadas’.

Queremos ser los herederos de todas las revoluciones del mundo y de todas las luchas de liberación de los pueblos del tercer mundo (…) La gran revolución de octubre de 1917 ha transformado el mundo, llevando el proletariado a la victoria y ha sacudido los cimientos del capitalismo, para hacer posible la realización de los sueños de justicia de la comuna de París (…) la aplicación de una idea justa no implica necesariamente que sea fácil y recurrir a la violencia no necesariamente invalida la idea original. Cristo echo a los mercaderes del templo con el látigo y Mahoma hizo la guerra santa. Todas las religiones tienen sus guerras y lo mismo las revoluciones’.

Cuando era ministro de información en el gobierno de Saye Zerbo, Sankara había gritado: “maldito el que amordaza al pueblo!”

Un pueblo solo puede alcanzar la felicidad solo si tiene conciencia de lo que representa, de sus debilidades, de sus deberes y derechos (…) nosotros somos revolucionarios pero el mundo en que vivimos no lo es, y la realidad a la que tenemos que enfrentarnos no siempre nos gusta. Por lo tanto, tenemos que enfrentarnos para convivir con regímenes que no harán nunca ningún tipo de revolución y que quizá tengan intención de atacar la nuestra (…) nosotros pensamos que la fronteras tienen que ser limitaciones administrativas, quizás necesarias, para limitar el campo de acción de cada estado. Pero el espíritu de libertad y dignidad, la conciencia de contar con las propias fuerzas, de independencia, y de lucha antiimperialista, ese espíritu sopla de norte a sur y viceversa, atravesando las fronteras de los estados con evidente entusiasmo. Ya que los pueblos africanos sufren las mismas miserias, tienen los mismos sentimientos y sueñan con un porvenir mejor’.

Sankara era muy consciente del enorme esfuerzo que estaba ejercitando su pueblo: “la movilización permanente que pedimos a nuestro pueblo exige muchos sacrificios. A veces la gente sufre, lo sabemos, pero estamos convencidos de que la apuesta por el porvenir tiene su precio. Hace falta que la gente entienda que nuestra lucha es el problema de todos. Queremos instaurar una mayor justicia social y un reparto más equitativo de las riquezas”.

Involución colonialista frente a una revolución que da sus frutos. El asesinato de Sankara

Sankara fue asesinado a los 37 años a manos de un comandante militar, mientras iba vestido con un chándal junto a otros compañeros, ya que el jueves era el día del deporte en masa. Un coche lo abordó y a punta de un fusil kalasnikov fue acribillado no sin antes avisar a sus compañeros de que era a él a quien querían, en una póstuma nueva expresión del humanismo, el compromiso y la radical consecuencia hasta el final de sacrificar su vida para defender la vida de sus compañeros y también la de su pueblo.

Detrás del complot estaba su antiguo compañero de luchas, Compaoré, cuyo individualismo no solo había quedado eclipsado sino arrollado por la fuerza creadora y revolucionaria de Sankara. Pero Compaoré solo era la marioneta. La  Francia de Mitterrand, (cuyo gobierno entre otras perlas “democráticas” vendía armas a la Sudáfrica racista) antigua colonizadora de Burkina Faso, añoraba si no una nueva Alto Volta dentro del imperio francés, sí una Burkina Faso sometida política y económicamente a éste. Y por ello fue la causa y mano intelectual del asesinato de sankara y de la contrarrevolución.

Sankara, que en días previos al golpe, había avisado públicamente una posible operación contra él desde el interior de su gobierno, fue presentado como “renegado, místico autócrata, paranoico misógino además de traidor a la revolución de agosto” de un día para otro, como si nada, como si su obra, su ejemplo, pudiera desvanecerse con la misma facilidad que el humo. Hubo muchos incidentes y tumultos, además de violenta represión, con muertes incluidas, hacia los seguidores acérrimos de Sankara. En Costa de Marfil los trabajadores burkineses manifiestan su rabia en las calles. Dirigentes y gobiernos revolucionarios internacionales condenan el asesinato y expresan serias dudas sobre el carácter “revolucionario” del golpe de Estado. Más de 2.000 estudiantes toman las calles de la capital al grito de “asesino” dirigido a Compaoré, quien no comparece en público hasta 4 días después del asesinato; ni siquiera a la mujer de Sankara le conceden el permiso de ver su cadáver. Por si fuera poco,  el parte oficial difunde que su muerte es por “causas naturales”.  Pero, frente a un pueblo desarmado,( y no solo militarmente, sino en más de un aspecto) la suerte ya estaba echada y tanto el país como sus instituciones ya estaban de nuevo puestos en manos del imperialismo francés, que era quien ordenaba y mandaba en una Burkina Faso que apenas empezaba, eso sí, con una ilusión y unos resultados envidiables, a levantar el vuelo. Todo ello gracias a la inestimable colaboración de vendepatrias y traidores tipo Compaoré y su camarilla. “La muerte de Sankara fue un crimen contra la esperanza para África” sentencia Carlo Batá. Una semana antes de su ejecución, Sankara declaró: “Aunque los revolucionarios, como los individuos, puedan ser asesinados, nunca se podrán matar sus ideas”.

«Los asesinos de Sankara fueron guiados por el imperialismo, que no podía permitir que un hombre con las ideas y acciones de Sankara liderara un país en un continente tan explotado durante cientos de años por el imperialismo internacional, el colonialismo, y los gobiernos neocoloniales que hacen lo que se les antoja. Las ideas políticas de Sankara perdurarán, al igual que las de Patrice Lumumba del Congo y Amílcar Cabral, de Guinea-Bissau, también asesinado por traidores a petición del imperio» declaró Ulises Estrada, uno de los principales organizadores de la misión de la guerrilla del Che Guevara en Bolivia (1966-1967).

El capitán Sankara evocó en vida, como otros muchos revolucionarios en el mundo, a Ernesto Guevara, en un texto titulado “Homenaje a Che Guevara” cuya ideas y ejemplo seguían vivas para el dirigente revolucionario burkinés: “Che Guevara no ha muerto, porque en todos los rincones del mundo existen pueblos que luchan por más libertad, más dignidad y más justicia (…) admiro al Che por haber conseguido la victoria en lo más profundo de su ser”. Paradojas de la vida son que no sólo acabara asesinado como él, en el mismo mes de octubre y justo cuando se cumplían 20 años de su asesinato en Bolivia o que sea una figura relevante dentro del “panteón” de grandes revolucionarios, sino que fue apodado por el pueblo, por su pueblo, como el “Che Guevara” africano.

¿Qué enseñanzas podemos extraer los independentistas andaluces de la lucha del pueblo burkinés y del ejemplo de Thomas Sankara? Primeramente es el amor a la tierra, una tierra en la cual aunque sea nuestra, moriremos o malviviremos sometidos como ratas, si no somos dueños de ella. Un inmenso amor sin límites por el pueblo, por la humanidad, es lo que vemos de la revolución burkinesa. Esos mismos sentimientos los tenemos nosotros.
He notado muchas similitudes con la realidad andaluza, que es otra realidad oprimida como la burkinesa. Diferente en sus grados y especificidades, pero unidas como decía Sankara, en esa lucha contra el imperialismo, y por la felicidad de cada pueblo. Su coraje me ha recordado mucho a las manifestaciones jornaleras andaluzas por la tierra, sobre todo a las de Marinaleda, por como se ha desarrollado luego su gestión por la transformación de la sociedad, a través de la conciencia y el ejemplo salvando las lógicas distancias.

Yo pienso que gracias a Sankara, a la Revolución Burkinesa y al esfuerzo anónimo de miles y miles de burkineses y burkinesas, he aprendido, (como pienso que harán igualmente el resto de mis compatriotas) a amar un poco más si cabe a África y su gente, a ese hermoso país que como su nombre indica, ha parido auténticos y dignos hombres libres. Hombres que, con su ejemplo, han marcado la senda de liberación de los pueblos. Porque quizá la más grande enseñanza que nos muestra Sankara, allí donde esté, con una sonrisa en su boca, es que nos diría que, por encima de sus logros y méritos personales, de su obra y su legado, “lo que perdura es el pueblo” como decía él y solo el pueblo y no ningún líder en concreto, puede liberarse a sí mismo, puede hacer la revolución verdaderamente redentora. Decía el Che: “no hay liberadores, son los pueblos los que se liberan a sí mismos”.

La necesidad de los burkineses en torno al tema de la tierra, la reforma agraria, la mentalidad colonial, la gestión del agua, la toma de conciencia propia sobre nuestra cultura, identidad, la educación, el medioambiente…son problemas nacionales que compartimos los pueblos andaluz y burkinés.

Quizá se pueda pensar que Sankara, como poco antes Salvador Allende en Chile, había caído en el error de no armar al pueblo durante el proceso revolucionario. Yo creo que no fue así o al menos no del todo. Como hemos visto, Sankara y su gobierno tuvo que atender necesidades básicas, en una situación límite, sobrehumana. ¿A quién debería haber armado durante sus primeros (y únicos, a la postre) cuatro años de gobierno el capitán Thomas Sankara? ¿ A aquellos burkineses que morían de hambre o que no tenían fuerza ni para apretar un gatillo? ¿Armar a muertos? Creo que Sankara hizo lo que tenía que hacer, que era lograr que su pueblo no muriera de hambre, ni de sed, ni de enfermedades curables. Aparte, armar al pueblo antes de la revolución cultural y de la toma plena de conciencia es contraproducente pues crea grupos parasitarios dispuestos a entorpecer la revolución en aras de sus beneficios e intereses propios, lo cual hubiese podido provocar que ni siquiera la revolución burkinesa hubiese llegado a producirse. Aun así, estoy firmemente convencido de que, Sankara, si no llega a tener las inmensas dificultades  que tuvo que afrontar y a pesar de su sincera apuesta por el desarme internacional (que perseguía primeramente tener al imperialismo en el terreno del diálogo mejor que en militar, donde casi siempre salía ganando a la vez que fortalecía la industria armamentística imperialista), hubiese armado a su pueblo, una vez visto que ya había alcanzado el nivel preciso de conciencia.

Sea como fuere, y para bien o para mal, Sankara y su Revolución vino al mundo para darnos esperanza, para crear vida, y seremos muchos los que derramaremos una lágrima para honrar a este inmenso luchador y mejor hombre, que como Blas Infante, fue otro gigante que provocó a los pueblos a luchar, a vivir, a ser libres. Y no unas emocionadas lágrimas solamente, porque como cantan los asturianos Dixebrá “las lágrimas no ganan batallas”; derramaremos permanentemente cientos de ideas y alternativas sobre nuestros pueblos para que de una vez por todas, se coloquen en la senda de la liberación.
Giovanni Giacopuzzi  termina por mí: “el legado que nos ha dejado continua como la demostración de que es posible una transformación radical de nuestro modo de vivir y pensar en el mundo. También en la necesidad de que la política no debe ser una profesión remunerada como instrumento del poder económico, sino una vocación de servicio al pueblo, de aquel pueblo que se siente parte de una humanidad plural, en la capacidad de comprender que la justicia o lo es para todos o no lo es”.

¡VIVA ANDALUCÍA Y BURKINA FASO, HERMANAS Y LIBRES!

Juanfe Sánchez.

Notas:

–          Carlo Batá. El África de Thomas Sankara. Editorial Txalaparta.

–          Fundación Legado de Thomas Sankara, www.thomsank.com

–          Thomas Sankara, Homenaje a Che Guevara. www.marxist.org

Fuente: https://pueblotrabajadorandaluz.blogspot.com/2013/11/thomas-sankara-la-revolucion-burkinesa.html


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