“Backrooms”, de Kane Parsons. Atrapados en el laberinto cotidiano
Trasladar y ampliar el exitoso cortometraje de terror alojado en su canal de Youtube a una película, han convertido al joven autor estadounidense en un fenómeno también más allá de las redes sociales.

Sin ánimo de querer trazar comparativa artística alguna, que Orson Welles inaugurara su currículum académico representando sobre las tablas del teatro “Romeo y Julieta”; Christopher Nolan comenzara a grabar con una cámara super 8 sus propias historias protagonizadas por los juguetes que reinaban en su habitación y que Kane Parsons, director de la actual “Backrooms”, tenga su sede de aprendizaje en foros de internet o plataformas como Youtube, lejos de ser analizado como una degradación del alimento inspiracional, debe ser interpretado como la lógica consecuencia de las mutaciones sucedidas en el campo social. Señalar como nocivo este natural desarrollo, además de infructuoso, supone negar la existencia de un contexto determinado e identificativo para cada época, un ecosistema capaz de generar y expresarse a través de sus propias herramientas y canales de comunicación. Hijo de la más reciente de todas ellas, el realizador estadounidense, nacido en 2005, es el firmante de la última sensación en el campo del terror, una cinta que mientras recoge el reflejo de ese organigrama mental y cultural perteneciente a una generación concreta, al mismo tiempo contiene la envergadura suficiente como para engendrar perturbaciones atávicas dignas de subvertir cualquier clasificación alfabética que pretenda codificar los miedos en función del calendario.
Rastrear el origen de esta película significa introducirse en los pasadizos cibernéticos donde se celebran las interacciones entre una población nacida en este siglo. Uno de ellos, concretamente el foro 4chan, fue pieza fundacional para un muestrario de fotografías sobre espacios liminales, un concepto que, ya sea en su formulación física o mental, se refiere a esos estados de transición e incertidumbre, un término que en su manifestación material se ilustra a través de pasillos, solares vacíos u oficinas desocupadas. Hábitat predilecto para ese pánico a lo desconocido que no es tanto desembocadura de un gen irracional, sino la respuesta a una ecuación científica que sitúa al cerebro como una maquinaria que, a modo de protección frente al sobresalto, nos sitúa a priori frente al peor de los escenarios posibles. Todo un imaginario que un joven de dieciséis años desde su habitación contemplaba con fascinación y transformaba en alimento de un cortometraje de terror homónimo que, alojado en su propio canal de Youtube, logró ser el divertimento para una ingente cantidad de espectadores. Las salas de cine, las escuelas de arte o los métodos interpretativos han sido sucedidos, en este caso, por el poder viralizador, una carta de presentación que la prestigiosa productora A 24 no desoyó, incitando al responsable de esas pesadillas a la elaboración de un film que ha traslado los “likes” y sus millonarias reproducciones a un fenómeno para el público generalista y la prensa especializada.
Protagonizada con excelente resultado por Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve, dos papeles complementarios pero a su vez divergentes en su actitud, el más introspectivo y mesurado de ella frente a la condición dubitativa e impetuosa del masculino, la terapia a la que acude un arquitecto “secuestrado” en un tedioso trabajo de vendedor de muebles con intención de tratar sus problemas etílicos y una relación de pareja abruptamente finiquitada, representa el desencadenante de una narración sobria y minimalista de laberíntica estructura. Pero si reseñables son los papeles corpóreos, todavía lo son más aquellos relativos al propio espacio, donde su puzzle de pasillos sin final, los cruces de caminos entre paredes amarillas y un inabarcable mapa de sitios vacíos, son el verdadero esqueleto intrigante de la película. Decorado por colores cálidos y espacios luminosos, sin embargo esa apariencia tranquilizadora respira por medio de desasosegantes halógenos y enclaves laborales falsamente acogedores, representando poco más que un fatuo atrezo para encarnar anuncios publicitarios con pretensiones comerciales. Bastará solo un fusible insumiso a ese artificial orden para desencadenar la apertura de un vórtice que si en pasados episodios del género de terror era la bienvenida a otros mundos ignotos, en este caso solo vamos a encontrar esa misma pared que nos saluda con perezosa rutina cada mañana.
En el intento por desentrañar el misterio de ese monótono galimatías edificado, será el desesperado y esforzado -pero ridículamente customizado como pirata en los spots- vendedor quien inicia un recorrido que se presentará en pantalla bajo la clásica fórmula del “Found Footage”, o metraje encontrado, una grabación que aquí, al contrario que predecesores como “Holocausto caníbal” o “The Blair Witch Project” , no esconde un ritual mortuorio o miembros amputados, o por lo menos no lo necesita, a la vista de que cuando toman presencia esos recursos la propuesta pierde su originalidad y mayor valía. Méritos que sobre todo recaen en un juego estético -excelentemente acompañado por una banda sonora igualmente recatada pero que ruge desde el fondo del escenario- que está cercano a la angustia geométrica de “Cube”, la adaptación libre de la claustrofobia expresionista e incluso la aterradora fábula sobre el falsamente prometedor estado del bienestar de “Vivarium”. Referencias que sumadas a eslabones de la cultura pop, nos convierten, sobre todo cuando la cámara en mano se vuelve nuestra agitada brújula, en propietarios del teclado de un videojuego de ordenador que protagonizamos en primera persona, y donde cada pantalla se parece frustrantemente a la anterior, creciendo ese estado de agitación que supone intuir que no existe una salida y que estamos girando en círculos diseñados de forma concéntrica, a la postre tesis metafísica de una película que exhibe un eterno retorno de recuerdos y temblores.
Tampoco puede pasar desapercibido a la hora de valorar los logros de la realización que su ambientación cronológica está ubicada en 1990, un detalle que para nada es insignificante, ya que sitúa al director fuera de dicha realidad temporal, haciendo de su propia generación -representada en dos personajes secundarios- heredera de aquella que controla el pulso de la película. Década del siglo pasado que, mientras era bautizada por el coro mediático y político como de estabilidad económica, desde otra perspectiva se creaba el término “jobless growth” (crecimiento sin empleo) para identificarla, desafiando a esa falsaria bonanza para señalar un suelo de promesas incumplidas y frustraciones cotidianas. Y ese es precisamente el entorno que delimita a unos personajes, sean físicos o materiales, condicionados por un paraíso que solo se trasluce en pantallas de televisión y carteles orgullosos de anunciar la construcción de un nuevo complejo residencial. Sueños de progreso apilados en desvanes en los que solo se oye el eco de botellas vacías y los gritos y reproches en los que ha derivado cualquier proyecto romántico estrangulado por paraísos inexpugnables.
Si muchas de las virtudes de la película descansan en la capacidad para ser hija de su tiempo desde un punto de vista moldeable, es en ese aspecto donde reside también el peso que lastra lo que podía devenir en todo un hallazgo sin reparo. Porque es la, casi exigida por ley, determinación de ofrecer un libro de instrucciones que traduzca lo acontecido en pantalla, algo especialmente oneroso en un género que se sustenta sobre lo simbólico e indescifrable, y la necesaria ración de sangre (en sí misma no criticable pero sí cuando no encuentra un encaje efectivo en la trama) elementos que vuelven más tosco un discurrir hasta ese momento inmaculado. “Backrooms” no se siente necesitada de pirotecnia artificial, su gran valor es precisamente una argumentación envidiable para exhibir un teatro de angustias sin necesidad de garras o máscaras, donde esa incapacidad de cuestionarnos a nosotros mismos que nos mantiene como pequeños rodeadores dando vueltas en un laberinto es suficiente material para estremecernos. Puede que, como dejara instruido Alfred Hitchcok, el mejor suspense se genera desvelando la existencia de una bomba para esperar el momento de su detonación, pero el más escalofriante terror nos aguarda al entornar una puerta desconocida, no tanto porque ignoremos lo que nos espera al otro lado, sino por la posibilidad de encontrarnos tras ella una nueva recreación de nuestro miedo más temido.
Kepa Arbizu.
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