La epopeya de Gilgamesh en Irak: el rey que buscó la inmortalidad
En el sur de Irak, donde se levantó Uruk, un rey buscó la inmortalidad y no la encontró: lo que sí cruzó más de cuatro mil años fue la historia.

En el sur del actual Irak, en la gobernación de Muthanna, el suelo todavía señala el lugar donde estuvo Uruk, la ciudad que hoy se llama Warka. Ir a su encuentro es vivir minutos de privilegio: he aquí una urbe con más símbolos del pasado que de la contemporaneidad, y el terreno del que salió una de las grandes tradiciones literarias de la humanidad, la Epopeya de Gilgamesh.
No fue un texto escrito de una sola vez, sino el resultado de siglos de relatos sumerios sobre el rey de Uruk, que después fueron reunidos y vueltos a contar en acadio hasta alcanzar la forma literaria que hoy se lee. Uruk fue una de las grandes ciudades de la antigua Mesopotamia y tuvo un papel decisivo en el desarrollo temprano de las ciudades, de la escritura y de las instituciones urbanas. Sus restos forman parte de los Ahwar del sur de Irak, el sitio que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura inscribió en 2016 en la Lista del Patrimonio Mundial, junto a los humedales y a las antiguas ciudades de Ur y Eridu.
Gilgamesh, en cambio, no puede tratarse como un rey cuya vida estuviera entera en los archivos. La Lista Real Sumeria lo presenta como rey de Uruk, y algunos investigadores sitúan su reinado hacia el siglo XXVII antes de nuestra era, aunque no existen pruebas históricas concluyentes de los acontecimientos que narra la epopeya. Pudo existir un rey con ese nombre; el héroe que conocemos es otra figura, literaria y legendaria, formada a lo largo de generaciones. Ahí aparece la frontera entre la ciudad que se excava y el hombre que busca no morir, que es un relato, aunque los dos se encuentran en el mismo suelo del sur de Irak.
Un rey sin límite, y un hombre venido del monte

La epopeya presenta a Gilgamesh como un rey poderoso, pero también como un gobernante que abusa de su autoridad, hasta que los habitantes de Uruk se quejan ante los dioses y estos deciden crear a alguien capaz de equilibrar su fuerza.
Aparece Enkidu, un hombre criado en la naturaleza, entre animales y lejos de la vida urbana. Una mujer, Shamhat, participa en su paso hacia el mundo humano: Enkidu aprende a comer, a beber, a vestirse y a relacionarse con los hombres antes de dirigirse a Uruk. Allí se enfrenta al rey en una lucha intensa en la que ninguno destruye al otro, y la rivalidad se transforma en una amistad que se convierte en el centro emocional del poema.
Esos relatos existían antes de la versión acadia que los reunió. Entre ellos está el de Gilgamesh y Huwawa, también llamado Humbaba, conservado en copias sumerias del periodo babilónico antiguo, aproximadamente entre 1900 y 1600 antes de nuestra era. Ya compañeros, Gilgamesh y Enkidu buscan una hazaña que haga perdurar sus nombres, y viajan hasta la Selva de los Cedros para enfrentarse a Humbaba, su guardián.
La aventura dice ya lo que acompañará al rey hasta el final: cómo puede un ser humano, de vida breve, dejar una huella que no desaparezca. Llegan a la selva y derrotan a Humbaba, y la escena no quedó solamente en los textos, porque sellos cilíndricos y relieves mesopotámicos muestran figuras asociadas a Gilgamesh, a Enkidu y al guardián del cedro.
Ishtar, el toro y el amigo que muere
Después de regresar a Uruk, la diosa Ishtar se interesa por Gilgamesh, pero él la rechaza y recuerda el destino de algunos de sus amantes anteriores. Ishtar, enfurecida, pide a los dioses que envíen al Toro del Cielo para castigarlo y atacar la ciudad.
Gilgamesh y Enkidu se enfrentan al toro y consiguen matarlo, aunque la victoria tiene un precio: los dioses consideran que los dos amigos han ido demasiado lejos y deciden que uno de ellos morirá. Enkidu enferma, y el protagonista comprende que su amigo morirá.
Aquí cambia el tono del poema, porque el héroe que buscaba gloria queda dominado por el miedo, y la epopeya de las hazañas se vuelve una reflexión sobre la condición humana. Ya no le basta la fama: quiere una respuesta a una pregunta que sigue siendo universal, si el ser humano puede vencer a la muerte.
El diluvio, contado al borde del mundo

Gilgamesh emprende un largo viaje en busca de Utnapishtim, el hombre que recibió la inmortalidad después del gran diluvio, y cruza montañas y territorios desconocidos hasta llegar a los límites del mundo que el poema conoce. En el camino aparece Siduri, la mujer que guarda una taberna, y después Urshanabi, el barquero que lo ayuda a cruzar las aguas, hasta que al fin está ante Utnapishtim y le pide el secreto de la vida eterna.
Utnapishtim cuenta que los dioses decidieron destruir a la humanidad mediante un diluvio, y que el dios Ea, a quien también se conoce como Enki, lo advirtió y le ordenó construir una embarcación en la que debían salvarse él, su familia y las criaturas vivientes. Cuando las aguas cubren la tierra, la embarcación sobrevive, y Utnapishtim libera aves para comprobar si las aguas han retrocedido, antes de salir y ofrecer un sacrificio.
El episodio recuerda el diluvio del Génesis, y por eso es de los más célebres del poema, aunque la tradición mesopotámica del diluvio es anterior a la versión neoasiria conservada en Gilgamesh y no es la única, porque hubo otros relatos mesopotámicos sobre el mismo cataclismo. La prueba material más célebre es la llamada Tablilla del Diluvio, la K.3375, conservada en el British Museum: un fragmento de arcilla neoasirio del siglo VII antes de nuestra era, procedente de Kuyunjik, en la antigua Nínive, que corresponde a la tablilla XI de la epopeya, el encuentro con Utnapishtim y la historia del agua.
La serpiente, la planta y las murallas
Utnapishtim pone a Gilgamesh a prueba y le demuestra que la inmortalidad no se conquista con facilidad, y más tarde le habla de una planta capaz de devolver la juventud. Gilgamesh consigue la planta, pero no logra conservarla: mientras se baña, una serpiente se apodera de ella y la come, renueva su piel, y el rey pierde la ocasión de recuperar la juventud.
Regresa a Uruk sin la inmortalidad del cuerpo, y esa derrota es el desenlace del poema, porque el ser humano no vence a la muerte, sino que aprende a aceptar sus límites y busca permanencia en sus obras. Al contemplar las murallas de Uruk, comprende que lo que puede sobrevivir a un hombre no es su carne, sino aquello que construye y deja a las generaciones futuras.
Lo que hace único este final es que la respuesta no es un dios ni un conjuro, sino una ciudad, y las murallas siguen en pie dentro del relato tal como la pregunta sigue en pie fuera de él.
Doce tablillas que nadie halló juntas
La versión babilónica estándar se conserva en doce tablillas, aunque la duodécima es distinta del arco principal, porque está relacionada con un relato sumerio independiente sobre Gilgamesh, Enkidu y el mundo de los muertos, incorporado más tarde a la tradición de la epopeya. Por ello el texto que conocemos no procede de un único manuscrito completo, sino de una reconstrucción hecha por especialistas a partir de numerosas tablillas y fragmentos de distintos periodos y lugares.
Tampoco existe una única fecha de escritura. Las raíces están en la literatura sumeria de finales del III milenio antes de nuestra era, y hacia 2100 antes de nuestra era ya circulaban relatos sobre Gilgamesh. En el periodo babilónico antiguo, entre 1900 y 1600, aparecieron copias acadias de diferentes historias, y con el tiempo esas tradiciones se organizaron en una composición más amplia.
La versión babilónica estándar, la que comienza con las palabras El que vio las profundidades, se asocia tradicionalmente con Sin-leqi-unninni. Las copias halladas en la biblioteca del rey asirio Ashurbanipal, en Nínive, datan del siglo VII antes de nuestra era y son una de las fuentes principales para reconstruir el texto, aunque no son el nacimiento del poema, sino una de las veces en que la arcilla lo guardó.
La arcilla que volvió a hablar

Durante el siglo XIX, las excavaciones en Mesopotamia abrieron esa biblioteca, y miles de tablillas y fragmentos salieron de Nínive, muchos de ellos trasladados al British Museum. En 1872, el asiriólogo británico George Smith identificó en una tablilla de Nínive el relato del gran diluvio, y el descubrimiento tuvo una repercusión enorme, porque el barco, el agua y las aves presentaban semejanzas con el Génesis.
Smith siguió buscando los fragmentos que permitieran completar el texto, y los trabajos posteriores reconstruyeron, poco a poco, la epopeya, hasta devolver a la historia de la literatura uno de los grandes textos de la antigua Mesopotamia. Desde entonces es lectura de quien estudia el sumerio, el acadio, el cuneiforme, la arqueología, la historia de las religiones y la literatura comparada.
En su desciframiento, su traducción y su edición están George Smith, Theodor Pinches, Paul Haupt, Peter Jensen, R. Campbell Thompson, Samuel Noah Kramer, Stephanie Dalley y Andrew George, además de numerosos especialistas de ahora. La obra de Andrew George, The Babylonian Gilgamesh Epic, se considera una referencia fundamental para el estudio del texto babilónico, mientras la Universidad de Oxford, a través del Electronic Text Corpus of Sumerian Literature, ofrece textos y traducciones de varias composiciones sumerias relacionadas con Gilgamesh, y la Cuneiform Digital Library Initiative reúne imágenes y datos de miles de tablillas cuneiformes.
La importancia de la epopeya no reside únicamente en su valor literario, porque se puede seguir una cadena de objetos: tablillas de arcilla en sumerio y en acadio, textos de ciudades como Nippur y la propia *Uruk, piezas de la biblioteca de Ashurbanipal en Nínive y la K.3375 en Londres, fragmentos en colecciones iraquíes y en archivos académicos, sellos cilíndricos y relieves con escenas de Gilgamesh, Enkidu y Humbaba, y piezas halladas fuera de Irak, en Hattusa, Emar y Megiddo, que muestran hasta dónde viajó el ciclo por el antiguo Oriente.
Lo que un hombre puede dejar
Pese a su antigüedad, Gilgamesh no habla solamente de dioses y de reyes, sino de amistad, de poder, de pérdida, del miedo a la muerte y del deseo de dejar una huella. Empieza como un rey que busca gloria y, después de perder a Enkidu, se convierte en un hombre aterrorizado por la muerte, hasta que descubre que no puede vivir para siempre y que sí puede dejar algo que sobreviva a su propia existencia.
Por eso las murallas de Uruk, al cierre, son mucho más que el resto de una ciudad antigua: representan la idea de que el ser humano busca la inmortalidad y acaba encontrándola, de alguna manera, en aquello que construye y transmite. No debe describirse simplemente como «la primera historia del mundo», porque es más preciso considerarla una de las obras épicas más antiguas que se conservan, con una historia textual larga y compleja, de raíces sumerias, desarrollada en el mundo mesopotámico y transmitida y reformulada en acadio.
Desde el sur de Irak, desde Uruk, la historia pasó de las tablillas de arcilla a las bibliotecas reales, después a los museos y a las universidades, y finalmente a la literatura mundial. La investigación continúa, y cada fragmento cuneiforme, lo mismo que cada nueva lectura, puede modificar o completar lo que creemos saber de este relato. Warka sigue en la gobernación de Muthanna, el rey que quiso no morir sigue en la arcilla, y la pregunta, más de cuatro mil años después, sigue siendo la misma: qué puede quedar de nosotros cuando la vida termina.
