Sitges 2026: monstruos, nostalgia, fanatismo y algún que otro naufragio

El Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya vuelve a convertir las calles de Sitges en el epicentro mundial del cine de género. Una nueva edición en la que las criaturas más extravagantes, las propuestas más arriesgadas y los grandes nombres del fantástico se dan cita en una localidad que, durante unos días, parece vivir al margen de la realidad.
Nuestra primera toma de contacto con el certamen nos ha dejado una buena muestra de esa diversidad que caracteriza su programación. Desde el cine de acción más desenfrenado hasta el documental nostálgico, pasando por la provocación religiosa, el humor negro y alguna propuesta que ha puesto a prueba nuestra paciencia.
Y es que, como viene siendo habitual, Sitges ofrece experiencias cinematográficas para todos los gustos, aunque no todas resulten igualmente satisfactorias.
Red Snow, la fantasía vampírica del finés Ilja Rautsi, apuesta por el humor negro como principal herramienta para construir una propuesta que, pese a contar con algunos momentos acertados, termina acusando una preocupante falta de ritmo.

El problema no reside tanto en su planteamiento como en su desarrollo. La película se alarga innecesariamente, incapaz de mantener el interés durante un metraje que parece pedir a gritos mayor brevedad. Sus dosis de comedia negra no consiguen compensar una narración que avanza a trompicones y que termina convirtiendo una propuesta inicialmente atractiva en una experiencia más pesada de lo deseable.
Nos esperaba el primer plato fuerte del certamen. Colony, del surcoreano Yeon Sang-ho, nos sitúa en un congreso de biotecnología que acaba convirtiéndose en una pesadilla cuando la propagación de un virus desencadena el caos y obliga a los supervivientes a enfrentarse a una amenaza que evoluciona de manera imprevisible.

El responsable de Train to Busan vuelve a demostrar su extraordinaria habilidad para tejer espectáculos de acción frenéticos. Estamos ante una auténtica epopeya cinematográfica en la que suceden cosas constantemente, sin apenas conceder un segundo de respiro al espectador. Yeon Sang-ho demuestra un dominio prácticamente perfecto del ritmo narrativo, encadenando situaciones de tensión y secuencias de acción con una precisión admirable.
Es cierto que Colony repite fórmulas ya conocidas y que sus aportaciones al género son prácticamente inexistentes. Sin embargo, cuando una película consigue resultar tan entretenida, la falta de originalidad pasa a ocupar un segundo plano. Una propuesta especialmente agradecida para los aficionados al fantástico, que encontrarán aquí exactamente aquello que han venido a buscar.
Damos paso a una de esas pequeñas joyas que tenemos la suerte de encontrar en el festival. El documental Rubberhead: The Life & Monsters of Steve Johnson, dirigido por Nick Taylor, recupera la figura de uno de los grandes artesanos de los efectos especiales y el maquillaje cinematográfico, repasando su trayectoria y su contribución al imaginario fantástico de las últimas décadas.

Rubberhead es mucho más que un documental biográfico. Es una auténtica declaración de amor al cine, a la artesanía y a aquellas películas de los años ochenta que marcaron a toda una generación de espectadores.
Hubo una época en la que crear monstruos con látex, prótesis y maquillaje era lo más parecido a convertirse en una estrella del rock. Los responsables de aquellas criaturas eran auténticos artistas capaces de materializar las fantasías más disparatadas, trabajando con sus propias manos para dar forma a seres que todavía hoy permanecen grabados en nuestra memoria. Hombres lobo, el mítico moco de Los Cazafantasmas, zombies, vampiros y un largo etcétera cobraron vida de mano de gente como Steve Johnson.
Nick Taylor recupera aquel universo con una mirada inocente y limpia, semejante a la que teníamos cuando descubríamos aquellas películas por primera vez. Un ejercicio de nostalgia que reivindica una forma de hacer cine en la que la imaginación y el talento artesanal parecían no conocer límites.
Un homenaje entrañable a quienes nos enseñaron que, detrás de cada monstruo, había un artista.
No estábamos preparados para el impacto que supondría la proyección de The Devils. Recuperar en pantalla grande The Devils (Ken Russell, Reino Unido, 1971) supone reencontrarse con una de las obras más provocadoras, excesivas y fascinantes de la historia del cine británico.
Ambientada en la Francia del siglo XVII e inspirada en los sucesos de las posesiones de Loudun, la película relata la persecución del sacerdote Urbain Grandier, interpretado por Oliver Reed, en medio de una conspiración política y religiosa que utiliza unas supuestas posesiones demoníacas como instrumento de poder.
Russell despliega una apabullante imaginería religiosa y blasfema para construir una obra que, bajo su apariencia de relato sobrenatural, profundiza en la verdadera naturaleza del mal. Porque aquí no son los demonios quienes siembran el horror, sino los propios seres humanos.
La represión sexual, el fanatismo religioso y la ambición política se convierten en los auténticos motores de una maldad que no necesita ninguna intervención sobrenatural para manifestarse.
Todo ello acompañado de una puesta en escena absolutamente extraordinaria. La monumental escenografía de Derek Jarman, sus composiciones visuales y el carácter casi operístico de algunas secuencias convierten la película en una experiencia cinematográfica tan fascinante como incómoda.
Su estreno en 1971 supuso un auténtico escándalo. La representación de las instituciones religiosas, su carga sexual y su feroz crítica al abuso de poder provocaron una enorme controversia y numerosos problemas con la censura. Warner Bros. llegó a distribuir versiones recortadas de una obra cuya radicalidad resultaba difícilmente asumible incluso en una época de profundas transformaciones culturales.
Más de medio siglo después, The Devils conserva intacta su capacidad de provocación y demuestra que los monstruos más aterradores no proceden del infierno, sino que habitan entre nosotros.
Una de cal y otra de arena. La directora griega Konstantina Kotzamani propone en Océano Titánico una peculiar fábula fantástica ambientada en una escuela japonesa en la que un grupo de adolescentes se prepara para convertirse en sirenas profesionales.
Una premisa tan insólita como prometedora que, sin embargo, termina naufragando en un océano de pretenciosidad y tedio.
Kotzamani construye un universo visual de indudable personalidad, pero parece más preocupada por la belleza de sus imágenes y el simbolismo de su propuesta que por dotar de verdadero interés a lo que está contando.
Sus interminables secuencias contemplativas y su narrativa deliberadamente críptica convierten lo que podría haber sido una sugerente fábula fantástica en una experiencia verdaderamente soporífera.
Porque una cosa es apostar por un cine pausado y otra muy distinta confundir la ausencia de ritmo con la profundidad artística.
Una película que pretende sumergirnos en un universo onírico, pero que acaba provocando unas ganas irrefrenables de salir a la superficie para respirar. Un naufragio cinematográfico en toda regla.

Kevin Bacon y Peter Jackson: dos grandes nombres del fantástico toman Sitges
Más allá de las proyecciones, este primer fin de semana también ha estado marcado por la presencia de dos invitados de excepción: Kevin Bacon y Peter Jackson, dos figuras que, desde ámbitos muy diferentes, han contribuido a enriquecer la historia del cine fantástico.
Bacon ha acudido al certamen para presentar Family Movie, un proyecto familiar en el que participa junto a su esposa, Kyra Sedgwick, y sus hijos. Una visita especialmente significativa para los aficionados al género, que todavía recuerdan sus interpretaciones en títulos como Temblores o El último escalón.
Por su parte, Peter Jackson ha protagonizado uno de los momentos más especiales de estos primeros días. El cineasta neozelandés, mundialmente conocido por su trilogía de El señor de los anillos, ha regresado al festival que contribuyó a impulsar su carrera para recibir el Gran Premio Honorífico, coincidiendo con la proyección de una copia restaurada en 4K de su desmadrada Braindead.
Jackson ha sido además el encargado, junto al legendario especialista en efectos especiales Rick Baker, de dar el pistoletazo de salida a la tradicional Zombie Walk, que un año más ha convertido las calles de Sitges en una multitudinaria invasión de muertos vivientes. Una celebración que resume a la perfección el espíritu de un festival donde la pasión por el fantástico trasciende las pantallas.

Las entradas: la otra película de terror del festival
Pero no todo son buenas noticias en esta 59.ª edición. La compra y reserva de entradas se ha convertido en uno de los principales motivos de malestar entre los asistentes, con quejas recurrentes en las redes sociales acerca de las dificultades para gestionar las localidades.
Una situación especialmente frustrante en un certamen donde organizar las sesiones supone un auténtico ejercicio de ingeniería, tratando de encajar horarios, desplazamientos entre salas y proyecciones que en muchas ocasiones se solapan.
Resulta difícilmente comprensible que un festival de semejante prestigio internacional siga generando este tipo de quebraderos de cabeza entre un público que, en muchos casos, se desplaza cientos de kilómetros para disfrutar de su programación.
La experiencia de Sitges no debería comenzar con una batalla contra los sistemas de venta y reserva de entradas. Un aspecto organizativo que merece una revisión seria si se pretende ofrecer un servicio a la altura de la calidad cinematográfica y el reconocimiento internacional del certamen.
Concluimos así nuestra primera toma de contacto con Sitges 2026, una edición que ya nos ha dejado el espectáculo desenfrenado de Colony, la reivindicación de la artesanía cinematográfica de Rubberhead y el reencuentro con una obra tan extraordinaria como The Devils. También hemos sufrido propuestas menos afortunadas, pero esa es precisamente una de las grandes virtudes del festival: nunca sabemos qué nos espera al apagarse las luces de la sala.
Entre monstruos de látex, zombis, fanatismos religiosos y algún que otro naufragio, Sitges vuelve a recordarnos por qué continúa siendo una cita imprescindible para los amantes del cine fantástico.
