Sitges 2026: Entre psicópatas, Quentin Dupieux y hostias como panes

El Festival de Sitges encara su recta final y empiezan a aparecer las primeras butacas vacías. Mala noticia para el certamen, pero una oportunidad de oro para quienes seguimos resistiendo en las salas. En cuanto se apagan las luces, aprovechamos la oscuridad para cambiar furtivamente de asiento en busca de una mejor visibilidad, con la misma emoción y clandestinidad con la que, de pequeños, nos escapábamos por la noche a las habitaciones de las chicas durante los campamentos de verano. Quién nos iba a decir que, tantos años después, un festival de cine nos devolvería a la infancia.
Full Phil de Quentin Dupieux
Quentin Dupieux vuelve a dejarse caer por Sitges, un festival con el que mantiene una estrecha relación y que ha acogido algunas de sus delirantes propuestas como Rubber, Wrong, Deerskin, Mandíbulas o Fumar provoca tos. El cineasta francés lleva años construyendo un universo cinematográfico propio, donde el absurdo, el surrealismo y un humor absolutamente imprevisible desafían cualquier lógica narrativa convencional. Imposible olvidar aquel «¡Toro!», el peculiar grito de guerra de los protagonistas de Mandíbulas, convertido ya en una pequeña seña de identidad para el respetable de Sitges.

En Full Phil, Dupieux nos presenta una comedia sobre la complicada relación entre un padre y su hija, que intentan recomponer sus vínculos durante una estancia en un hotel de París. Mientras la hija se refugia en las imágenes de una vieja película de monstruos de los años cincuenta con reminiscencias de clásicos como La mujer y el monstruo, el padre trata desesperadamente de reconectar con ella, cosechando un fracaso tras otro.
Bajo su habitual envoltorio de comedia disparatada, Dupieux aborda la incomunicación familiar y la incapacidad de establecer vínculos afectivos, contraponiendo los esfuerzos de un padre por recuperar el tiempo perdido con el desinterés de una hija que parece encontrar más fascinación en los monstruos de la pantalla que en el hombre que tiene delante. Una nueva muestra de ese universo tan particular en el que lo absurdo y lo cotidiano conviven con absoluta naturalidad.
Dramquil de Alex Prager

El debut en el largometraje de Alex Prager nos presenta una propuesta de ciencia ficción tremendamente efectiva que, lejos de necesitar grandes alardes visuales, encuentra su principal fortaleza en las interpretaciones de sus protagonistas, Elizabeth Banks y John C. Reilly, dos auténticos pesos pesados.
En un futuro cercano una mujer que busca recuperar el control de su vida descubre que, durante su ausencia, su familia ha convivido con una réplica robótica de sí misma. A partir de esta premisa, Prager construye una historia que aprovecha el contexto fantástico para introducir, de manera sutil pero contundente, un discurso feminista sobre la insatisfacción de muchas mujeres ante los modelos tradicionales de familia.
La película cuestiona el papel de la esposa y la madre perfecta, siempre dispuesta a satisfacer las necesidades de los demás, y plantea una pregunta especialmente incómoda: ¿qué ocurre cuando una máquina es capaz de cumplir mejor que una persona con todas esas expectativas?
Una propuesta inteligente que utiliza las herramientas del género para reflexionar sobre problemas muy humanos y que encuentra en las interpretaciones de sus protagonistas su mayor virtud.
Oddities de Tyler Savage
¿Qué pasaría si La llamada de Cthulhu, de H. P. Lovecraft, se cruzase con el universo de La matanza de Texas o Las colinas tienen ojos? El resultado bien podría ser Oddities, una desenfrenada combinación de terror cósmico, acción y personajes que parecen sacados de lo más profundo de la América rural.

La película sigue a dos amigas que, tras provocar accidentalmente la muerte de un traficante de drogas, se ven obligadas a huir de la ciudad. Durante su escapada terminan refugiándose en una apartada tienda de antigüedades regentada por una anciana que resulta ser mucho más inquietante de lo que aparenta. Lo que comienza como un thriller criminal acaba derivando hacia el terror sobrenatural más delirante.
Una propuesta que no escatima en acción ni en escenas violentas y que encuentra buena parte de su personalidad en esa galería de rednecks que parecen salidos de las películas más salvajes del cine de terror estadounidense.
Pero lo que más nos ha gustado es su particular sentido del humor, especialmente esa magnífica idea de que los propios villanos no tengan ni la más remota idea de a qué entidad están ofreciendo sus sacrificios. Una ocurrencia que introduce una dimensión absurda en el habitual culto a los dioses primigenios y que convierte a sus fanáticos protagonistas en unos auténticos ignorantes de las fuerzas que pretenden invocar.
Aniquilación (Onslaught) de Adam Wingard
El director de You are Next y de la genial The Guest regresa al cine de acción con una historia protagonizada por Adria Arjona, que interpreta a una antigua francotiradora del ejército obligada a recuperar sus habilidades militares para proteger a su hija de una amenaza surgida de una base secreta: un grupo de soldados modificados genéticamente que arrasa con todo cuanto encuentra a su paso.
Una suerte de Soldado universal para los tiempos modernos, aunque desprovista de la gracia, la mala leche y el descaro que caracterizaban a aquella maravillosa macarrada protagonizada por Jean-Claude Van Damme y Dolph Lundgren. La película pretende recuperar los códigos del cine de acción de los noventa, pero sin atreverse a abrazar precisamente aquello que hacía tan disfrutables aquellas producciones.
Una sensación que empieza a resultar recurrente con determinados productos de A24, empeñados en revisitar géneros populares desde una supuesta sofisticación de autor que termina por despojarlos de buena parte de su personalidad. Y aquí se echa especialmente en falta que la película se manche las manos, por así decirlo.
La proyección estuvo precedida por el cortometraje Amor comestible, de Diana Magallón, una historia sobre una mujer obsesionada con un pastel que desaparece de los supermercados y que pretende reflexionar sobre las relaciones afectivas y la búsqueda del amor. Muchas veces hemos escuchado aquello de que, si no tienes nada que decir, es mejor no decir nada. Pues eso. Un auténtico despropósito.
Tokyo Burst: The Roundup de Eiji Uchida
Y con Tokyo Burst llegó por fin la fiesta. La película de acción y artes marciales que necesitábamos después de tanta solemnidad y de tantos intentos de reinventar un género que, en ocasiones, no necesita más que buenas peleas, personajes carismáticos y unas saludables dosis de mala leche.
Heredera directa del espíritu de la saga Fuerza bruta, protagonizada por el célebre Ma Dong-seok, que tantas alegrías nos ha regalado en anteriores ediciones de Sitges, Tokyo Burst apuesta sin complejos por la acción desenfrenada, el humor absurdo y ese histrionismo tan característico de determinadas producciones japonesas.

Sus personajes, absolutamente excesivos, parecen en ocasiones escapados de las viñetas de un manga, con comportamientos disparatados, gesticulaciones imposibles y una capacidad asombrosa para convertir cualquier situación en un espectáculo.
Una película que entiende perfectamente qué es lo que ha venido a ofrecer y que no pierde el tiempo intentando aparentar ser algo distinto. Aquí no hay pretensiones intelectuales ni discursos trascendentales que justifiquen cada puñetazo. Hay acción, diversión y un sentido del espectáculo que conecta directamente con el espíritu más gamberro del Festival de Sitges.
Una auténtica fiesta de principio a fin.
Victorian Psycho de Zachary Wigon
Para cerrar este bloque llegaba el turno de Victorian Psycho, adaptación de la novela homónima de Virginia Feito, que nos traslada a la Inglaterra de 1858 para presentarnos a Winifred Notty, una misteriosa institutriz que llega a una mansión aristocrática para encargarse de la educación de los hijos de la familia. Sin embargo, tras su aparente corrección se esconde una personalidad profundamente perturbadora y pronto comienzan a producirse extrañas desapariciones entre el servicio de la casa.
La proyección estuvo presentada con mucho sentido del humor por la propia Virginia Feito, autora de la novela original y responsable también de su adaptación cinematográfica, que hizo gala de una simpatía y una espontaneidad que contrastaban con la oscuridad de su creación.
Mención especial merece el espectacular trabajo de Maika Monroe, a quien recordamos por su participación en Longlegs, y que aquí se entrega en cuerpo y alma a un personaje absolutamente excesivo. Su interpretación, tan perturbadora como histriónica, la convierte en una firme candidata al premio a mejor actriz del festival. Y es que ya sabemos lo mucho que gustan a los jurados este tipo de papeles desatados, en los que los intérpretes pueden desplegar todo su repertorio gestual y emocional.

Pero más allá de las excentricidades de su protagonista, Victorian Psycho es también una interesante reflexión sobre la represión familiar y social de la época victoriana, especialmente sobre las mujeres, sometidas a unos códigos de conducta asfixiantes y a una moralidad profundamente hipócrita. La película utiliza el terror y el humor negro para poner en evidencia las contradicciones de una sociedad obsesionada con las buenas maneras, las apariencias y el mantenimiento de un orden social tan rígido como enfermizo.
Y es precisamente ahí donde reside una de sus mayores virtudes: conseguir que, conforme avanza la historia, nos planteemos quién es realmente más psicópata, si la desequilibrada institutriz que protagoniza el relato o la tremenda sociedad que la rodea.
Sin más que añadir, quedamos a la espera de la deliberación de los diferentes jurados que configurarán el palmarés de la edición de este año. Aquí se lo contaremos.
