Analia Iglesias / SINC •  Ciencia •  20/02/2023

Andreu Escrivá, ambientólogo e investigador en ecología: «Queremos una disminución drástica de emisiones, especialmente entre las clases altas y países ricos»

La economía no llegará al 2050 neutra en carbono si esperamos al año anterior para comenzar a reducir los gases de efecto invernadero. «Hay que contar con un plan rápido, no basado en compensaciones sino en reducción de emisiones, especialmente entre las clases más altas y por parte de los países más ricos», sostiene el autor de Contra la sostenibilidad. El libro pone en cuestión las etiquetas y aboga por dejar de postergar las soluciones ambientales.

Andreu Escrivá, ambientólogo e investigador en ecología: «Queremos una disminución drástica de emisiones, especialmente entre las clases altas y países ricos»

¿Quién iba a imaginar las “posibilidades publicitarias” de la palabra ‘sostenibilidad’, hace treinta años?, se pregunta el ambientólogo valenciano Andreu Escrivá, al recordar que, en 1996, el activista norteamericano Bill MacKibben le auguró un corto recorrido a un término “pegadizo sin pegada”. Aquello había empezado a nombrarse en los años 80 y la ONU lo “fijó” en su definición de “desarrollo sostenible”, en 1987, cuando ya se escuchaban debates sobre los límites del crecimiento.

En todo este tiempo, y con más énfasis discursivo desde la firma del Protocolo de Kioto, en 1997, la humanidad ha estado luchando contra el cambio climático, intentando frenar el calentamiento de la atmósfera, a través de la reducción de gases de efecto invernadero. Hoy, sin embargo, “nos encontramos más lejos que hace una década de los objetivos marcados, y a la vez más cerca de superar diversos puntos de inflexión planetarios, si no lo hemos hecho ya ¿Cómo puede ser?”, se pregunta el autor de Contra la sostenibilidad, publicado recientemente, en español, por Arpa Editores, y que acaba de salir en versión catalana, por Sembra Llibres.

El libro llama la atención desde su título por posicionarse, aparentemente, contra todo lo que la protección del medio ambiente y la lucha contra el cambio climático han establecido como hoja de ruta para ciudadanos concienciados. Por supuesto, se trata de una provocación que pretende volver a dotar de significado las acciones impostergables, que en ocasiones se han vuelto nombres sin contenido. 

Interesante arrancar la obra con una cita de la filósofa Marina Garcés afirmando que no hay salvación. ¿Fue este el concepto que le impulsó a escribir contra todo lo que suena moralmente bueno?

Hay que asumir que no hay un botón mágico que nos lleve a la salvación. Ahora hay que luchar entre todas y todos por un futuro distinto, deseable, justo, humano, próspero, pero, sobre todo, alejarnos de esa idea de que llegaremos a una especie de destino o de meta fantástica en la que ya todo está bien y que no hay que preocuparse de nada más, que es un poco lo que viene a representar las sostenibilidad.

¿Lo asocia con el acto de procrastinar y dejar para después lo que podemos hacer ahora?

Es fundamental que entendamos que no podemos aplazar las fechas clave, no podemos desplazarlas a 30 o 50 años. En el libro propongo que nos imaginemos que tenemos un amigo que nos dice que va a dejar de fumar, pero que lo hará el 18 de enero de 2043, de aquí a 20 años. Pues, en algunas soluciones al cambio climático, sobre todo en lo que concierne a los planes de neutralidad climática, estamos haciendo eso: es decir, estamos emitiendo ahora toneladas de gases de efecto invernadero. No tiene ningún sentido, la salvación no va a suceder así. O sea que deberíamos ponernos a reducir emisiones lo más rápido posible, más que a tratar de compensarlas de malas formas.

¿A qué ser refiere con ‘malas formas’?

Me refiero, por ejemplo, a los esquemas de plantación de árboles de los mercados de carbono, que funcionan bastante mal. En un artículo de investigación reciente en The Guardian leíamos que las compensaciones de carbono de la selva tropical de la mayor certificadora carecen de valor, apenas el 10 % había tenido algún impacto positivo, porque muchas de las replantaciones se habían secado, o incluso empeorado el territorio.

Portada de la edición en español del libro de Andreu Escrivá, publicado por la editorial Arpa.

¿La expresión clave de esa postergación sería, pues, Net Zero o neutralidad climática?

Lo que toca es situar el debate y la acción en el ahora. La procrastinación es la neutralidad climática. Asumo que, publicitariamente, la expresión es una maravilla, pero, claro, lo que está permitiendo a los que la abordan es vender objetivos de 2050, pero ponerse la medallita de que cumplen en 2023. La neutralidad climática suena muy bien: la han adaptado gobiernos y empresas, haciendo un esquema que yo creo que tenemos que abandonar. Y genera este espejismo de que con llegar ahí ya alcanza.

No llegarás al 2050 porque el año anterior te has puesto a descarbonizar. Hoy tienes que contar con un plan claro, no basado en compensaciones, sino en reducción de emisiones para disminuir tu huella ambiental. Queremos una disminución drástica de emisiones, especialmente entre las clases más altas y por parte de los países más ricos. No hace falta tanta etiqueta. Si en algún momento vamos muy bien, en ese momento compensaremos. 

Además, una cosa son las emisiones y otra, la concentración de CO2, y aunque las emisiones bajen y se igualen a la absorción, la concentración va a mantenerse. Por lo demás, no están bajando, aunque parece que ahora estamos entrando en una pequeña meseta (o estancamiento), pero lo que necesitamos es que bajen mucho y muy rápido.

¿Cómo se conjuga lo de «no dejar esto para mañana, porque es una urgencia» y, a la vez, estar en contra del catastrofismo?

Creo que se puede ser realista y contemplar la catástrofe. Se puede dar la voz de alarma sin ser alarmista en el sentido peyorativo del término. Yo escribo para que la gente reflexione y provocar cambios, pero intento dar herramientas. Sin embargo, creo que hay un determinado tipo de divulgación relativa al cambio climático, hecha fundamentalmente por hombres, que habla mucho de una catástrofe inevitable, contra la cual no podemos hacer nada y que conduce a la inacción, o a que la gente caiga en la desesperación o en la ecoansiedad. En realidad, hay mucho que salvar y por eso tenemos que redoblar los esfuerzos.

Escribe que no hay nada de la vida actual que deba ‘sostenerse’ ¿Qué palabra usaría en lugar de sostenibilidad?

Debería ser una palabra que no pueda ser cooptada por el sistema capitalista. No debe poder mercantilizarse, ni algo que pueda transformarse en un adjetivo para adherir en un coche, en una chaqueta, en un mueble o en un brick de leche. Tiene que decir otra cosa: el núcleo de lo que tiene que designar es un bienestar común, compartido, planificado y justo. No es bueno dejar sin planificación todo esto. Lo que discuto, a partir del decrecimiento, es que se podrían mencionar otros conceptos como el de prosperidad humana sin crecimiento, o postcrecimiento, o buen vivir. Esto significa desligar el crecimiento del bienestar.

Argumenta que la sostenibilidad real es irreconciliable con las estrategias de la sostenibilidad empresarial.

Hay que tener claro que vamos a seguir haciendo cosas insostenibles y no en un mal sentido. Un viaje en avión nunca va a poder ser sostenible en lo profundo, pero va a haber que seguir utilizando aviones, aunque solo sea, como ahora, para enviar bomberos a Turquía. Aquí, la cuestión fundamental es la planificación y poder priorizar recursos.

Algunos responsables de sostenibilidad de grandes empresas saben que no tiene sentido hablar de sostenibilidad en determinados ambientes. Si un banco invierte 46 mil millones de euros, en cinco años, en combustibles fósiles, da igual que recicle el plástico de las tarjetas de crédito o que calcule la huella de carbono o que instale placas solares en sus sedes. Todas las empresas funcionan dentro de un marco capitalista que es inherentemente insostenible. Esto no quiere decir que todas las empresas lo hagan mal, porque hay experiencias de empresas que están cambiando realmente desde dentro. Pero muchas de las que lo están proclamando no están cambiando su modelo de negocio, basado en productos insostenibles. 

Imagine que discute con alguien de una gran empresa energética, que le explica que, con los rendimientos de los combustibles fósiles, ellos invierten en investigación de nuevos combustibles verdes ¿Qué le diría?

No hacen falta los rendimientos extraordinarios de los combustibles fósiles para investigar. Las empresas podrían dedicarse a hacer estudios y, de hecho, las hay que únicamente exploran en combustibles renovables o en biocombustibles de última generación. Entonces, lo otro son subterfugios para hacer este lavado verde de cara. Veamos: ¿qué porcentaje representan esos proyectos piloto en los departamentos de I+D+i respecto al total de su negocio?

Se trata de fracciones muy pequeñas de empresas, que este año justamente están anunciando los mayores beneficios de su historia. Estamos frente a la absoluta desigualdad de que las empresas hiperricas se están enriqueciendo aun más, a costa de todas y todos, cuando tienen una responsabilidad gravísima, porque han ocultado información que conocían de primera mano sobre lo que ocasionaba el cambio climático (como vemos en las noticias sobre el caso de Exxon).

¿Cuál sería la forma de actuar antes esta situación?

Investigar en combustibles renovables está muy bien, pero antes tienen que abandonar, sí o sí, el modelo del negocio fósil. Además, tenemos que ir a denegar permisos de extracción y, sobre todo, hacer que esas empresas no sean atractivas para los inversores. De otro modo, van a continuar en ese negocio que consiste, básicamente, en calentar el planeta.

Portada de la edición en catalán del libro de Andreu Escrivá, publicado por Sembra Llibres.

¿Por qué escribir en ‘contra’ del reciclaje y de la economía circular?

Como todo en el libro, evidentemente no estoy en contra del del reciclaje, sino de la idea de que lo soluciona todo. Estoy en contra, sí, de ese mantra que dice que con ello se acaba el problema de residuos.

El reciclaje es caro energéticamente, no evita tener que usar materiales frescos y, de hecho, hablando de economía circular, hay que saber que el 90 % de los materiales que gastamos en el mundo provienen de extracción directa y solo el 10 % se recircula. Es una quimera hablar de economía circular. Además, el problema fundamental es que la economía circular no impugna el modelo de negocio actual. Lo importante es usar menos. La economía debe reducir su esfera material y de uso de energía.

¿Cuestiona la noción de ‘transición’ porque remite a algo que va a suceder más adelante?

Por empezar, porque se refiere solamente a la energética. La transición ecológica abarca muchísimas cosas, desde cuestiones económicas o sociales, jurídicas, patrimoniales, culturales y de biodiversidad, entre otras. Nos estamos centrando mucho la transición energética y dentro de esta, simplemente en el cambio de enchufe, es decir, el de combustibles fósiles por el de renovables. Esto es imprescindible y urgente, pero no es lo único, con lo cual, digo: ‘vamos a centrarnos, vamos a evitar este túnel de carbono y luego vamos a asumir que la transición ecológica no es una especie de destino donde todo está bien’. La transición ecológica nos conmina a pensar adónde queremos ir. La sostenibilidad, por tanto, es incompatible con la transición ecológica, porque no hay nada que sostener del sistema actual. La transición ecológica debería buscar ese cambio de modelo y nuestra forma de estar en el planeta, tanto a nivel colectivo como individual.

¿Hay alguna palabra que no sea un eufemismo en este territorio?

Desgraciadamente, la mayor parte de las palabras del campo semántico de la sostenibilidad han devenido en meras etiquetas que se utilizan en marketing institucional, empresarial, político o de consumo. Esto no quiere decir que no haya muchas personas que, usando estas palabras de paraguas, estén haciendo cosas muy valiosas. Hablo de gente que en el marco de la economía circular o los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) emprenden acciones positivas. Sin embargo, el problema que tenemos como sociedad es que hemos banalizado estas palabras, les hemos quitado el significado. Y ahora leemos en el suplemento económico que una empresa que fabrica coches se ha apuntado a la economía circular, porque recupera trozos de plástico de los automóviles y con eso hace canchas de baloncesto. Necesitamos buscar palabras más simples.

¿Opondría el término crecimiento a bienestar, o a decrecimiento?

No opondría bienestar a crecimiento. Diría que no tienen que ir necesariamente por caminos paralelos. Es decir, el crecimiento no necesariamente nos trae más bienestar. Ha habido momentos históricos en los que un aumento de crecimiento ha derivado en un mayor bienestar en la ciudadanía, pero ese bienestar se ha conseguido mediante políticas redistributivas.

Tampoco quiere oponer el ‘nosotros’ a la naturaleza porque “somos la naturaleza”, ¿Contempla un trato más amable hacia eso que somos?

La cuestión pasa por no tener una relación dicotómica con la naturaleza, por lo que necesitamos encontrar otro tipo de relación con ella. Abogo por una concepción completamente distinta, no utilitarista, basada también en el conocimiento y en la admiración, más allá de lo puramente productivo. No hay economía en un planeta muerto.

Afirma que queda mucho más por salvar que lo que está perdido…

Vamos a poner por caso: ya tenemos un aumento del nivel del mar que es seguro. Podemos eludir dos, tres o cuatro metros de subida. Estamos a tiempo de frenar. Sucede con las temperaturas: en España hemos superado ya 1,7 ºC de incremento, con respecto a los valores anteriores a que se iniciara el calentamiento global, pero todavía podemos evitar muchos más 1,7 ºC.

Hay muchas cosas que pueden cambiar para bien y podemos aprovechar los cambios estructurales que tenemos que hacer por el clima para mejorar nuestra salud y nuestro modo de vida. Por ejemplo, la semana laboral de cuatro días es una buena herramienta climática para desplazarnos menos e ir más lentos. Porque, al final, la velocidad es un motor de insostenibilidad. No tendría sentido que ahora dijéramos que ya está todo perdido porque hemos perdido algo.

Fuente: SINC


calentamiento global /  cambio climático /