Maribel Acosta / Resumen Latinoamericano •  Memoria Histórica • 27/04/2020

En marcha documental de Resumen Latinoamericano a 34 años de la catástrofe de Chernobil

La ruta de un lado y otro del bosque enmarañado, con sus suspiros raros y los nuestros nos llevó hasta la misma Central. Allí estaban todos los reactores, el sarcófago que cubre desde 2016 el IV reactor, un monumento descomunal de hormigón y metal de 110 metros de alto, 150 de ancho y 256 de largo. Un edificio en pie acoge aun las salas de control de los cuatro reactores de Chernobyl.  Después de cambiarnos de ropa, incluidas mascarillas, comenzó esa parte del recorrido.

En marcha documental de Resumen Latinoamericano a 34 años de la catástrofe de Chernobil

En noviembre de 2019 el invierno ucraniano no era tan duro como esperábamos.  Desde La Habana el calor rotuno nos perseguía por medio planeta.  Sin embargo Kiev estaba gris, los árboles con hojas ralas o ninguna; a veces una fina llovizna o la niebla. Nada de nieve pero sí varios grados bajo 0. Acaso alguna escarcha nocturna. Aun en ese estado de confusión climática, Kiev conservaba la distinción de siempre.

Nuestro equipo de Resumen Latinoamericano Cuba tenía el propósito de ir a Chernobyl. Filmábamos (ahora en montaje) un documental de la tragedia en la gente, en aquellos niños y niñas que fueron a curarse a Cuba y salvaron su vida. Había que comenzar por el principio.

Después de muchos trámites exitosos, fuimos autorizados a entrar a filmar a la zona de exclusión.  Gratis, en agradecimiento a la solidaridad brindada por Cuba ante la adversidad. Partimos de Kiev un viernes a las 5 am en un recorrido de unos 180 km.  Éramos un equipo cubano ucraniano. La periodista Olena Pantsiuk, oriunda de Pripiat nos acompañaba también. A lo largo del camino, a medida que nos acercábamos a la zona de exclusión, los bosques alertaban de lo que vendría. Siempre recordaba los bosques de los libros infantiles ucranianos de mi infancia y a tientas intentaba encontrar entre la maleza triste, la infancia en el Caribe. Extraño azar que me ponía delante por primera vez las imágenes lejanas pero en una postal distinta, sepia, de recuerdo perdido.

Chernobyl. Hojas de invierno en el bosque. 

Casi a la 01:23:45. de la madrugada del 26 de abril de 1986 el IV reactor de la Central Electronuclear Vladimir Ilich Lenin estalló. Innumerables muertos por el impacto inmediato y posterior en Rusia, Bielorrusia y Ucrania. La nube radiactiva alcanzó a toda Europa. Miles de enfermos de cáncer y enfermedades de la piel hasta hoy. En un área de 2 mil 600 kilómetros de territorio, casi un centenar de pueblos y poblados desaparecieron, tuvieron que ser evacuados, plantados en otra parte.

A lo largo del camino, metidas en el bosque, todavía quedan algunas viviendas de piedra, monumentos, desechos de lo que alguna vez fue un lugar normal, que escaparon al entierro de las viviendas de madera y otros materiales que yacen bajo tierra. A veces bien dentro del bosque descubres campamentos improvisados. Gente que vuelve y la sacan y vuelve… una y otra vez.

Ruta turística Chernobyl Tour

Y llegas a un punto de control, el que da la bienvenida a la publicitada ruta Chernobyl Tour. Lo sabía pero es difícil de creer la venta de suvenires con alusión a la radioactividad. Seguimos de largo. Nos ponen una guía, una joven de un pueblo relativamente cercano. Ella no había nacido cuando el accidente pero relataba con encomiable precisión todos los datos aprendidos. Amable, no tenía miedo porque según ella, los que trabajaban allí se habían vuelto inmunes… ¡quién sabe a cuantas cosas! De manera profesional expresó que no se podía comer, ni poner nada en el suelo, ni tocar nada. Nos llevaría por el camino donde supuestamente la radiactividad no hacía daño. Nos pusieron dosímetros. Estábamos advertidos.

La ruta de un lado y otro del bosque enmarañado, con sus suspiros raros y los nuestros nos llevó hasta la misma Central. Allí estaban todos los reactores, el sarcófago que cubre desde 2016 el IV reactor, un monumento descomunal de hormigón y metal de 110 metros de alto, 150 de ancho y 256 de largo. Un edificio en pie acoge aun las salas de control de los cuatro reactores de Chernobyl.  Después de cambiarnos de ropa, incluidas mascarillas, comenzó esa parte del recorrido.

Resultó impresionante que las salas de los tres reactores permanecieran intactas. Al menos así parece… Trabajan ingenieros y técnicos que regulan la radioactividad. Esos trabajos se extenderán hasta el 2060 y entre 4 y 5 mil personas laboran en la zona de manera permanente por periodos rotativos. Aun cuando todos los reactores ya están detenidos.

Recién habían abierto al público la sala de control de IV reactor después de su restauración. Causaba pena. De tecnología idéntica a las otras tres, apenas percibes metal chamuscado por el fuego y la depredación. Se siente ahogo. Es más de lo que el ser humano debería ver o saber…

Después, el final, Pripiat. Todavía había luz. La entrada mísera resalta la desventura. En esa época sobre las tres de la tarde el sol empieza a caer. Fue una ciudad hermosa… Un camarógrafo aficionado recogió las imágenes del día 26 de abril de 1986 en la mañana. Ya había ocurrido la explosión pero pocas personas lo sabían. La mañana de primavera transcurría normal, se ve a una madre que llevaba a su hija o hijo en un cochecito… La imagen me remitió a El acorazado Potemkin del cineasta soviético Serguéi Eisenstein. El andar de una ciudad… todo normal.

Boulevar principal de Pripiat, noviembre de 2019

Olena, la periodista ucraniana que nos acompañaba, empezó a llorar. Traía a su hija adolescente que no conocía Pripiat, llevaba consigo el álbum fotográfico de infancia que rescató de la que fuera su casa en una visita a escondidas luego de años de haber salido de allí. Ya estaba cayendo la tarde y el frío se venía encima sin piedad.

Hay rutas abiertas entre las que fueran las calles de la ciudad: El hotel extrañamente majestuoso. Olena nos habla del boulevar. Esa fue la calle peatonal… queda en pie Cristo en la enredadera. Parece una obra de arte contemporáneo. Debajo de él, ofrendas. Cada vez más va quedando menos. Antiguos pobladores de Pripiat lideran un movimiento en contra de propuestas para  demoler los edificios que aún en pie. Ellos defienden que sea la naturaleza la que se los lleve, que el hombre no siga destruyendo.

El carrusel de Pripiat. Chernobyl

El parque infantil, el carrusel, la librería, un pájaro muerto en el suelo, las hojas secas que quedaron del otoño al pie de los árboles, la oficina del antiguo komsomol o juventud comunista de la ciudad… Recuerdo que en Cuba leíamos el periódico de la juventud comunista soviética, Komsomólskaya Pravda, en español, La verdad del komosmol

Nos cruzamos con turistas ruidosos. Nosotros fuimos perdiendo el habla, por el frío, por la tristeza. Cayó la noche. Fue un regreso lento y pesado a Kiev. Nos quedaba entrevistar a las niñas y niños de ese relato. A Dimitri, que vivía en Pripiat y cuyo padre liquidador murió un mes después del accidente nuclear.

Hoy sabemos que Chernobyl arde en las llamas. Olena me escribió un triste mensaje. El fuego va y viene como la gente de allí que sigue entrando a escondidas a reencontrarse y a agarrar lo que puede. Algunos dicen que luego se venden los objetos en los mercadillos locales.

Fuimos tal vez nosotros el último equipo de prensa que entró a Chernobyl antes de los fuegos y el coronavirus de este año. El fuego sigue. Pripiat y Chernobyl susurran la inocencia perdida.

Cierra la tarde en Pripiat, Chernobyl

Publicado con cuba Periodistas


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