Redacción •  Actualidad • 22/06/2020

«Extremadura da la espalda a sus olivos centenarios»

  • Ecologistas en Acción de Extremadura alerta de la progresiva desaparición del olivar tradicional por la construcción de plantas fotovoltaicas, de obras públicas o por el cambio de cultivo a explotaciones más rentables como el olivar superintensivo, los almendros o los regadíos.
  • La asociación reclama que se apruebe una normativa que proteja los ejemplares centenarios y milenarios que constituyen un valioso patrimonio natural y cultural para la región.
«Extremadura da la espalda a sus olivos centenarios»

Extremadura se encuentra dentro de la zona de dispersión del cultivo del olivo que, desde época romana, ha diferenciado dos zonas claras en la Península Ibérica. Este cultivo está tan directamente relacionado con el desarrollo de nuestra historia que, incluso, se aprecia cómo, en época medieval, el límite de la expansión territorial del mundo islámico hacia el norte peninsular coincide exactamente con el del límite climático que posibilita su cultivo. Es por esto que la cultura del olivo en nuestra región sea ancestral y posibilita que ahora contemos con ejemplares centenarios de esta especie que constituyen un patrimonio natural, paisajístico, genético, agrícola, cultural y de biodiversidad valiosísimo.
Pero mientras que comunidades como Valencia y recientemente Cataluña han protegido sus olivos y acebuches centenarios y milenarios, esforzándose en conservarlos, en Extremadura se siguen ignorando y dejando a voluntad de sus propietarios el conservarlos o, como está ocurriendo cada vez con más frecuencia, talarlos y hacerlos desaparecer.

Y es que, aunque Extremadura dispone de un Catálogo de Árboles Monumentales y Singulares,  entre los que se encuentra el olivo milenario de la Tapada (La Morera) como único árbol de esta especie, la desaparición del olivar tradicional se ha convertido en un goteo continuo que amenaza con acabar con miles de ejemplares centenarios -y con ellos, de un modo de vida- amenazados por la construcción de plantas fotovoltaicas, de obras públicas o por el cambio de cultivo a explotaciones más rentables como el olivar superintensivo, los almendros o los regadíos. 

La protección de los Árboles Monumentales, Singulares y Notables en Extremadura se aprobó por decreto en 1999 pero aún se encuentra pendiente la aprobación de su reforma desde el año 2018, cuando pasó a consulta del Consejo Asesor de Medio Ambiente y a exposición pública. En esta reforma se echan en falta unos criterios más específicos que permitan proteger estos olivos centenarios y milenarios, como en estos días se ha aprobado en Cataluña o, anteriormente, en Valencia. Esto motivó que Ecologistas en Acción de Extremadura presentara alegaciones al borrador en este sentido pero, sin embargo, estas alegaciones no tuvieron ninguna acogida en la administración regional, debido a la escasa apertura y el inmovilismo ambiental en el que se encuentra desde la anterior legislatura, ignorando sistemáticamente las propuestas ajenas y el trabajo de los colectivos ambientales.  

Mientras tanto miles de olivos tradicionales centenarios, que otrora eran mimados y apreciados por la importancia que suponían para la economía familiar y local, van sucumbiendo lenta y continuamente tras el paso de motosierras y excavadoras para convertirse en carbón o, con mejor suerte, acabar en el negocio de los olivos monumentales para jardinería y coleccionismo, aunque  casi cualquier pueblo extremeño aún mantenga su almazara y su bolsa de olivar alrededor de la localidad.

Durante siglos, el olivar ha conformado un tipo de ecosistema agrario que, según su intensidad, ha convivido de forma equilibrada con la naturaleza, dando acogida a multitud de aves, flora y fauna que ha encontrado un sitio donde habitar y pervivir, muchas de ellas actualmente protegidas o en peligro. Este valioso sistema ecológico aún se mantiene en los pueblos de sierra, principalmente, donde han sido una parte importante de la cultura socioeconómica rural y donde la intensificación no ha llegado como al resto del territorio. El otras zonas, la competencia desleal del olivar superintensivo está acrecentando la idea de falta de rentabilidad del tradicional, ahondando en su abandono y la despoblación de ejemplares maduros.

Así, estamos asistiendo al arranque de estos seres centenarios para ser sustituidos por olivares superintensivos, regadíos u otros cultivos de mayor rentabilidad y a los que se suma, en los últimos tiempos, la construcción de numerosas plantas fotovoltaicas, obras públicas, el carboneo y el negocio de los olivos ornamentales. Todo ello está suponiendo una pérdida genética, paisajística, natural, cultural y de legado intergeneracional muy importante. 

Sin duda y con total seguridad, surgirían opiniones opuestas a su conservación con los consabidos argumentos de que, con ello, se incrementarían las figuras de protección -más en este caso, en el que no se trata de especies silvestres sino de cultivo- con lo que se actuaría en contra de la consabida rentabilidad y el desarrollo. En cambio, Ecologistas en Acción de Extremadura considera que estos ejemplares son tan valiosos y merecedores de respeto y cuidados como lo pueda ser cualquier edificación o elemento del Patrimonio Cultural del que, sin ninguna duda, forman parte, por antigüedad y el significado que han tenido para la formación de la cultura propia de amplias zonas de la región. Por tanto, la asociación quiere llamar a la reflexión, a mirar al mañana y no a la destrucción-deconstrucción del hoy, de lo inmediato, evitando la pérdida de uno de los elementos de identidad más importante para Extremadura.

Quizá sea este el momento para que esta comunidad autónoma se sitúe a la altura de las más avanzadas en estos aspectos, para prevenir lamentos posteriores por las pérdidas irreparables y como medio de que la administración salga de la parálisis e inmovilismo o, incluso, involución en la aprobación de nueva normativa ambiental de los últimos años. Es posible crear una legislación que contemple medidas de protección adecuadas y de bajo coste para todas las partes, de forma que se conserve al menos un buen porcentaje de olivos centenarios en los cambios de cultivo, en la implantación de modelos más intensivos, en las obras públicas o en la construcción de plantas fotovoltaicas, integrándolos de una u otra manera en estos proyectos. Y, por supuesto, se conserven los más monumentales, notables, singulares y milenarios.

Aún no está claro cuál de las dos Consejeras a las que atañe este asunto se atreverían a liderar esta tarea. La Consejera para la Transición Ecológica, demostraría que su Consejería es capaz de conjugar las necesidades ambientales con los proyectos de plantas eólicas, fotovoltaicas y minas en la región y no sólo tramitar evaluaciones de impacto ambiental totalmente vacíos de medidas correctoras. Y la Consejera de Agricultura, que puede desvincularse de la presión que sindicatos agrarios y colectivos de cazadores ejercen en pro de la productividad y la intensificación del territorio, dejando de primar el interés monetario sobre el social y humano. 

Aunque esté muy generalizada la idea de que Extremadura está sobrada de una protección ambiental que supone una rémora para nuestro desarrollo, incluso en opinión de algún profesor de la Unex, vemos cómo comunidades autónomas que no se han caracterizado nunca por desatender la rentabilidad económica de su territorio, como Cataluña, demuestran una mayor amplitud de miras y abordan estas medidas de conservación como algo necesario y enriquecedor para su región. 60 años de adelanto en la adopción de normativas de protección ambiental -como demuestra la declaración del Parque Nacional de Aiguas Tortas y Lago de San Mauricio en 1955 y el de Monfragüe en 2015- no parecen haber supuesto ningún descalabro económico para Cataluña, por lo que es necesario que en Extremadura se vean estas experiencias como ejemplo de que ambos aspectos no son incompatibles y de que el patrimonio natural de la región permite y se merece estar a la altura de las demás.

Por eso, Ecologistas en Acción de Extremadura reclama que nuestros olivos centenarios extremeños también se merecen  atención y protección. Una protección que no sólo supone la conservación de una de sus formas de vida más características, sino que también es el reconocimiento al trabajo esforzado y el buen hacer de las gentes que durante décadas pusieron su empeño en desarrollar un cultivo milenario, un manejo del campo que nada tiene que ver con la actual industrialización del campo ni la forma de producir alimentos que se ha implantado y potenciado en Extremadura. Nada de esto tiene que ver con una relación natural con nuestro entorno pero, ni siquiera en estos días de confinamiento y restricciones, somos capaces de verlo.


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