Ramón Pedregal Casanova •  Opinión •  30/10/2026

Deshaucio hasta de la Historia

En las últimas semanas las luchas sociales en todos los países europeos se han desarrollado, entre otros asuntos, en torno al precio de la vivienda, los alquileres, la corrupción estatal y los “fondos buitre”. Traigo aquí varias exposiciones históricas sobre el tema, sabiendo que no hago mención a los últimos acontecimientos lo mismo trágicos como combativos.

He elegido para el primer puesto la carta de un inquilino de la antigua Roma dirigida a Cicerón.

Un segundo espacio establece la conexión del imperio romano con el imperio estadounidense de nuestros días, recoge unas páginas sobre el desahucio de un libro titulado Historia de la pobreza en EEUU, su autor es Stephen Pimpare.

El tercer lugar lo he reservado para comenzar los escritos que se refieren a España, y el primer caso recoge un artículo escrito en una “webs inmobiliaria”, comienza advirtiendo del silencio establecido sobre los desahucios y sus consecuencias.

El cuarto presenta un poema inolvidable escrito en la lengua extremeña del poeta Gabriel y Galán, sus palabras son las del pueblo a los poderes que intervienen.

El quinto en torno a la vivienda lo ocupa el gran escritor Juan Eduardo Zúñiga con unas páginas del libro titulado Largo noviembre en Madrid, perteneciente a la admirable trilogía que escribió sobre la guerra de 1936-39, los otros dos títulos de la trilogía son La tierra será un paraíso y Misterios de las noches y los días.

El sexto apartado nos lo ofrece otro gran escritor, Antonio Ferres, refiriéndose al final de la década de los años 50 del siglo pasado, su escrito pertenece a la novela titulada La piqueta.

Y el séptimo lo he reservado para mostrar el resultado de la victoria franquista en la vida de quienes tanto odiaban al pueblo trabajador y cómo constituyeron el Estado bajo el que se producen los desahucios. El libro, repleto de datos, nos sitúa ante el aparato que conduce el momento actual, su autor es Antonio Maestre, el título es Franquismo S.A.

1.Àlex Sala.Periodista especializado en Arte e Historia del Arte expone el caso contra Cicerón:

Cicerón, eres un casero sin escrúpulos que predica la virtud y vive de la especulación inmobiliaria

Un plebeyo romano se queja amargamente durante su desahucio de la crueldad de su casero, Cicerón, que predica la bondad y el desapego a la riqueza mientras se lucra de la especulación.

Esta mañana han llegado los matones y han desahuciado a mi familia de nuestra casa. Una patrulla de hombres provistos con garrotes y cuchillos han echado la puerta abajo, han irrumpido en nuestro hogar y entre empujones y amenazas nos han arrojado escaleras abajo. Desde la calle, hemos visto como lanzaban por la ventana nuestras pertenencias, ropa, muebles y los pocos enseres que han quedado sin embargar.

Y hora, mi esposa y yo, junto con tres niños y la madre de ella, nos vemos en la calle, sin techo, acuciados por las deudas que amenazan con convertirnos en esclavos. Ser un humilde plebeyo en Roma y vivir en un diminuto piso de alquiler supone estar expuesto a la precariedad y el abuso de caseros sin escrúpulos, como el nuestro, que mantienen su aristocrático tren de vida a costa de las rentas de sus posesiones.

Yo te maldigo, Marco Tulio Cicerón, de la tribu Cornelia. Prohombre de Roma, senador, y cónsul en el año 691 desde, la fundación de la ciudad [63 a.C.]. Tú, que en público predicas la superioridad moral de la benevolencia y el comportamiento virtuoso al que te obliga tu noble condición. Tú, que alardeas de ser el más acérrimo defensor de los valores de la República y de velar por el bienestar y las necesidades básicas de tus semejantes, eres, en realidad, un hombre ambicioso, cruel y sin escrúpulos, que no duda en enriquecerse a costa de la desgracia y la ruina ajena, comprando y vendiendo propiedades, ganando dinero con sus rentas para sostener una desahogada vida dedicada a la intriga política, a la filosofía y a la retórica.

Tú, que en tus obras criticas la avaricia y defiendes la ética pública, participas activamente en el negocio de la especulación y el alquiler de viviendas en esta Roma sobrepoblada que desde el final de la segunda guerra púnica, hace más de 150 años, ha pasado de alrededor de 300.000 habitantes a rondar el millón.

Tú sabes bien que muchos plebeyos, libertos y esclavos vivimos hacinados en pisos minúsculos de precarios bloques de pisos en los barrios de la Suburra, el Velabro o el Transtíber, propiedad de unos pocos grandes terratenientes de familias senatoriales. Edificios cuyos cimientos apenas sostienen dos plantas de pisos, pero que la codicia de propietarios como tú, os hace levantar un inestable tercer nivel para obtener grandes beneficios aprovechándose de la necesidad desesperada de alojamiento a bajo coste.

Tú eres muy consciente que estas frágiles viviendas amenazan ruina pero propietarios como tú o como Marco Licinio Craso, el hombre más rico de Roma, os negáis a reformarlas, provocando continuos derrumbes e incendios causados por una endémica falta de mantenimiento.

Tú te has vanagloriado públicamente y en tus cartas de que algunos de tus edificios habían colapsado, y otros tenían grietas tan grandes que sus inquilinos, e incluso los ratones, habían huido despavoridos antes de que se hundieran.

Tú, que crees que tu elevada cuna te otorga una superioridad moral e intelectual por encima del resto, ves en la desgracia de tus semejantes –muchos de ellos ciudadanos romanos como tú, aunque no patricios ni senadores– una oportunidad de negocio. Lejos de preocuparte por la vida y la seguridad de las personas que viven en tus edificios, contratas a arquitectos y a cuadrillas de obreros para reconstruir los bloques dañados y aumentar el precio a sus inquilinos.

Tú eres uno de esos especuladores que, a cada nueva calenda de julio, exiges la renta anual por adelantado a las familias que apenas tenemos para subsistir hacinados en estos tugurios.

Cicerón, tú mismo confías en sufragar la cara educación de tus hijos a costa de las rentas obtenidas en la vía del Argileto, que une el Foro con el barrio de la Suburra. Mientras no tienes piedad para cobrar puntualmente las rentas a los tenderos, curtidores o taberneros de los talleres y locales de tu propiedad.

Tú, Cicerón, adquiriste tu suntuosa domus en el Palatino– la colina sagrada de Roma, morada de los privilegiados– por 3,5 millones de sestercios, el equivalente a tres toneladas y media de plata. ¿Cuánto de este dinero, que tuviste que pedir prestado, se te concedió gracias a los ingresos constantes que cobras por tus propiedades?

Tú, Cicerón, ensalzas el desapego a la riqueza material y criticas la avaricia de los hombres de negocios, pero justificas puerilmente tu derecho a poseer la mansión más espectacular de Roma porque, sostienes, un cónsul de la República y un héroe de la patria, que descubrió la conjura de Catilina y evitó la instauración de la tiranía, no merece menos que un palacio para recibir a sus clientes.

Cicerón, no eres más que un hipócrita que explota la miseria ajena para mantener sus lujosas villas, repartidas por toda Italia, donde retirarse a descansar, filosofar y escribir escapando de las mundanas preocupaciones que afectan a tus inquilinos en Roma.

2. Stephen Pimpare escribió Historia de la pobreza en EEUU.

(De Historia de la pobreza en EEUU he escogido unas líneas en las que se expone lo que la clase obrera, tanto a nivel individual como colectivo, se defendía de los desahucios)

Una pancarta de una manifestación de desempleados de 1930 que protestaba ante la Casa Blanca, y que terminó en un “alboroto”, según Associated Press, decía “Lucha o pasa hambre”.

… en 1932 ya había disturbios generalizados por alimentos en todo el país, por ejemplo, en las zonas especialmente golpeadas de Kentucky. Una autoridad refería: Durante las tres últimas semanas, la multitud se ha vuelto tan agresiva en Hazard, ante el almacén de Cruz Roja, que la policía no la puede controlar y, sencillamente, tiene que dejarla entrar al almacén para que sirva a su antojo hasta que se acabe el alimento. Ahora han adoptado la medida de llevar la comida a los campamentos para impedir la aglomeración de una muchedumbre tan numerosa.

John Gambs, en 1934. El pasado mes de enero, cuando la asamblea legislativa de Colorado se reunió para estudiar la desesperada situación de la ayuda, las butacas para visitas se llenaron de miembros de la liga de los desempleados. Cantaban mientras la asamblea trataba de deliberar; cada vez que un parlamentario se ponía en pie y empezaba a abandonar la cámara (y los diputados suelen hacerlo), la multitud gritaba “Siéntate”. Él se sentaba. Un senador estaba tan irritado por la táctica de los desempleados (que) dijo: “Este es el tipo de gente a la que alimentan las agencias de ayuda; que pasen hambre”.

Hacia 1950: … el capitán del distrito que un año hizo campaña puerta a puerta a favor del alcalde Dale. Llegó una tarde a la entrada para pedirle el voto a mi madre, formulando una amenaza mal disimulada de votar a la oposición, un republicano llamado Benjamin Adamowski, sería motivo de que sus prestaciones sociales desaparecieran misteriosamente (…) Solo vi a mi madre desde atrás cuando decía: “si no saca su culo de aquí le rajo desde el culo hasta los codos”. El capitán del distrito, retirándose, debió de haber escuchado nuestros gritos y carcajadas de asombro desde varios bloques de distancia.

La señora Finnegan recibía ayuda domiciliaria, y solía trabajar en cualquier cosa para alimentar a los niños, cualquier trabajo. Pero un día esta dama de servicios sociales llega y le dice a la señora Finnegan: – Oh!, veo que tiene sábanas nuevas. Bueno, hoy no tiene ayuda.

– Oh! -dice- por Dios ¿es eso cierto?

– Sí, es cierto.

-Bueno, por el amor de Dios, va a estar fuera de combate unas cuantas semanas.

Y… bingo. La empujó escaleras abajo todo un tramo de escalones Y estuvo sin trabajar durante una buena temporada, durante tres o cuatro meses desde aquello.

En algunas ciudades se formaron grupos para realizar sus propias investigaciones: sobre los gestores de las ayudas, los trabajadores sociales y los organismos públicos responsables. Otros emprendieron medidas distintas. Strech Johson decía: Vimos personas hambrientas, en harapos. Hemos visto personas desahuciadas por no pagar el alquiler, a quienes han dejado en la calle. También hemos visto grupos como los comunistas y los militantes de otros partidos volviendo a meter los muebles en las asas una vez que las autoridades ciudadanas habían desahuciado (…). Los comunistas eran más activos que cualquier otro grupo. Me parecía que buscaban algún negocio cuando volvían a meter muebles y encabezaban manifestaciones frente a las oficinas de ayuda (…). Por lo que yo sabía, era el único juego en la ciudad.

Y un trabajador del sector de la automoción de Detroit, conserje y dirigente sindical: Lo que queremos aquí es un movimiento revolucionario engranado en las singulares necesidades de los trabajadores estadounidenses, y diré con franqueza que no se trata del Partido Comunista. No encuentro ningún otro elemento en el país que nos lo proporcione. Los comunistas han hecho mucho; prácticamente han puesto fin a los desahucios. Cuando va a a haber un desahucio, la gente lo notifica al Consejo de Desempleados y los comunistas acuden y esperan hasta que el jefe de policía se ha ido y después vuelven a meter los muebles en la casa. Entonces, el propietario tiene que volver a notificar la situación a las autoridades y el jefe de policía tiene que conseguir una nueva orden, y el resultado normalmente es que no vuelven a desahuciarlo. Tienen a los propietarios tan intimidados que el otro día una mujer llamó al Consejo de Desempleados y preguntó si podía echar ya a los inquilinos. El Consejo de Desempleados dijo que no.

Esto es lo que decía Harold Gates: Estaba empezando a darme cuenta de que este maldito sistema iba contra la gente. El hecho es que estamos condicionados para pensar que el sistema es bueno, que es el sistema estadounidense. Pero entonces descubres que no era así. Que había ciertamente disturbios por comida y por todo. Ves a familias durmiendo en el metro, cientos de ellas. Y ves colas que llegan a la mitad de la calle para conseguir una taza de café y hay disturbios en la oficina de ayuda domiciliaria y no hay empleo. La gente estaba empezando a ser temeraria. Veías los muebles en la calle y la gente volvía a meterlos dentro.

3. Eduardo Lizarraga en una “webs para inmobiliarias” escribe un artículo sobre los desahucios y los suicidios por este motivo en España, y presenta datos que llegan hasta 2025. En su exposición aclara a quien lee:

“impera una Ley del Silencio entre los medios impulsada por las entidades financieras, que no quieren ver sus nombres implicados y justificada por los medios periodísticos para no impulsar el «efecto imitación».https://www.aquimicasa.net/blog/vivienda/compraventa-de-viviendas/las-cifras-ocultas-de-los-suicidios-por-desahucio/

4. Gabriel y Galán escribió en lengua extremeña, que hace un siglo se la denomina también castúo, el poema El embargo.

Señol jues, pasi usté más alanti
y que entrin tos esos,
no le dé a usté ansia
no le dé a usté mieo…
Si venís antiayel a afligila
sos tumbo a la puerta. ¡Pero ya s’ha muerto!
¡Embargal, embargal los avíos,
que aquí no hay dinero:
lo he gastao en comías pa ella
y en boticas que no le sirvieron;
y eso que me quea,
porque no me dio tiempo a vendello,
ya me está sobrando,
ya me está gediendo!
Embargal esi sacho de pico,
y esas jocis clavás en el techo,
y esa segureja
y ese cacho e liendro…
¡Jerramientas, que no quedi una!
¿Ya pa qué las quiero?
Si tuviá que ganalo pa ella,
¡cualisquiá me quitaba a mí eso!
Pero ya no quio vel esi sacho,
ni esas jocis clavás en el techo,
ni esa segureja
ni ese cacho e liendro…
¡Pero a vel, señol jues: cuidaíto
si alguno de ésos
es osao de tocali a esa cama
ondi ella s’ha muerto:
la camita ondi yo la he querío
cuando dambos estábamos güenos;
la camita ondi yo la he cuidiau,
la camita ondi estuvo su cuerpo
cuatro mesis vivo
y una nochi muerto!
¡Señol jues: que nenguno sea osao
de tocali a esa cama ni un pelo,
porque aquí lo jinco
delanti usté mesmo!
Lleváisoslo todu,
todu, menus eso,
que esas mantas tienin
suol de su cuerpo…
¡y me güelin, me güelin a ella
ca ves que las güelo!…

5. Juan Eduardo Zúñiga es el autor de la trilogía formada con los títulos La tierra será un paraíso, Largo noviembre en Madrid y Misterios de las noches y los días. Para la ocasión he escogido unas paginas del relato titulado Noviembre, la madre, 1936, perteneciente al libro Largo noviembre en Madrid. En el texto predomina lo indirecto sobre lo directo, lo sugerido e implícito sobre lo real y explícito, aunque en las líneas escogidas para ver el comportamiento de propietarios de alquileres nos encontramos con comportamientos derivados de la asimilación de una lucha familiar interna que procede del interés burgués en la propiedad, de la vida familiar fragmentada internamente y del cómo afecta a todo ello la guerra.

Noviembre, la madre, 1936.

– Pasarán unos años y olvidaremos todo; se borrarán los embudos de las explosiones, se pavimentarán las calles levantadas, se alzarán casas que fueron destruidas. Cuanto vivimos, parecerá un sueño y nos extrañara los pocos recuerdos que guardamos; acaso las fatigas del hambre, el sordo tambor de los bombardeos, los parapetos de adoquines cerrando las calles solitarias. … juntos, su pensamiento coincidía en la separación infranqueable, tan evidente a la muerte de los padres, en la que aún más les sumían las forzadas esperas en el refugio si había bombardeo, cuando se acrecentaba la tensa expectativa de algo fatal porque no había quedado testamento. … Cuando llegaban los aviones y las baterías de Tetuán comenzaban a tirar y las sirenas recorrían las calles para que la gente buscase los refugios subterráneos, incluso en éstos, polemizaban si se podía hacer un reparto ante notario, para luego marcharse, escapar antes de que fuese demasiado tarde. …

Si estaban en el comedor, también por allí cruzaba la figura desvaída y muda del padre, incapaz de distinguirlo entre otros parecidos corredores de fincas, avaro de sus sentimientos, de sus aficiones, de sus proyectos, consciente o no de que dejaba tras sí una estela envenenada que dañaría a los que fueran sus hijos, porque también los dañó el día que se supo que su paternidad la compartía con otra casa donde había una mujer que él …

Ninguno pareció haberlo captado porque ya entonces la atención de los tres hombres se dirigía, aún en vida de la madre, a la propiedad del edificio, en la tensión de una situación dejada sin resolver, lo que era lógico en un tiempo de guerra, razonaba él, pero unos minutos después comprendía que no dependía de la guerra, sino de la pasión que habían fomentado en ellos valoración exclusiva del dinero de la propiedad privada, no, no eran soldados sobre un parapeto de sacos, golpeándose con las culatas de los fusiles que … : ellos, como hombres de negocios, cruzaban su mirada desafiante a través no ya de meses, sino de muchos años, acaso desde los hábitos que implantó en el país la Regencia con el triunfo de los ricos y sus especulaciones, la fría decisión del lucro pese a todo, que hace que los hermanos dejen de serlo. Y los que están en aquel momento parapetados en las calles de Carabanchel o corrían por los desmontes de la Ciudad Universitaria, disparando desde la Facultad de Letras, luchaban por algo muy distinto; acaso sin saberlo ellos bien.

… de los tres, el joven era quien más seguro podía andar por las calles con su documento militar, él habría de enterarse de lo ocurrido al medio día cuando los aviones dejaron caer bombas en aquel barrio, y para estar tranquilos de que nada había pasado, le convencieron de que fuera, y aunque él reía que era inútil, accedió, como tantas veces por ser el menor.

… Atravesar la calle del Príncipe, y la calma de la Plaza de Santa Ana, bajar por Atocha ahora sin coches ni tranvías, con personas apresuradas, cargadas de bultos, transmitiendo el miedo de que pudieran volver los aviones precisamente al lugar de un crimen, bordeando inmensos trozos de casas que habían caído sobre las aceras y de los que aún se desprendía olor a polvo; … el asombro de los ojos horrorizados al comprobar que así era la guerra: destruía, calcinaba y ponía terror en el corazón cuando llegó a Antón Martín, ante la casa, y se encontró conque donde estuvieron los pisos superiores estaba el aire y un gran vacío, y que la puerta la tapaban montones de vigas y de escombros y a través de algunos balcones aún en pie se veía el cielo, como un tejido agujereado por el tiempo y el uso.

De la riqueza que tanto habían esperado no quedaba sino restos inútiles. …

La guerra también descubría que era un triste remedo de fortuna la posesión de un edificio cuyas vivienda se alquilan a quienes no podrán pagarlas y hay que obligarles con amenazas, y la elegante casa sólo rinde ese tributo mensual a la codicia de sus dueños, unida quizá a la satisfacción de pasearse por delante, echando ojeadas a su blanca fachada, y fumar despacio un cigarro habano, o quedarse inmóvil en la acera de enfrente entre familias desoladas, en las que faltaría algún miembro, y comprender entonces la otra, verdadera ruina de quedar sin hogar, la tortura de no saber dónde guarecerse y pasar las noches, peor que la intranquilidad de no poder pagar el alquiler, la herida de haber presenciado la destrucción de todo, el horror de la explosión y su estruendo y el estremecimiento de sobrevivir a aquella avalancha de muros y fuego en que se convirtieron los previstos ingresos saneados que permitirían una vida regalada por la que ellos se habían detestado …

6. Antonio Ferres escribió La piqueta, una novela sobre la persecución que en la dictadura franquista se dio contra la clase obrera que no podía acceder a una vivienda oficial en la época del desarrollismo. La novela se editó en 1959. Les dejo aquí unas líneas.

Lunes, 3 de julio. Iban llegando gentes por todos los caminos; pero llegaban y se ponían detrás, en la calle. Los vecinos estaban juntos, agrupados, sin ver nada, donde el espacio era más estrecho, donde apenas había horizonte. Sólo los chicos fueron hasta lo alto del cerro y los mayores de ellos se subieron a las piedras grandes que asomaban arriba. Desde allí se divisaba todo: la casa que iban a derribar y casi el barrio entero.

-Cuando vengan, nos tiramos al suelo. Tenemos que ver lo que hacen los de la piqueta. -dijo un chico. …

–Somos vigías, los que tenemos que ver todo, pa´contárselo a los otros.

…

De vez en cuando, se volvían, para mirar lo que quedaba de la casa, de la chabola. No decían nada. También Andrés observó, un instante, a la poca gente que quedaba en la boca de la calle. Se fijó, sobre todo, en los que se marchaban. Le dio una extraña pena ver a los vecinos que se iban, que los dejaban solos. Le entristecía. Aunque era peor seguir así, sin hacer nada, en medio del descampao. Notaba la boca y la respiración espesas del polvo que venía del derrumbe. La saliva le sabía a yeso, como el olor que había en la obra cuando tendían la masa y trabajaban con las llanas.

Los guardias sólo hablaban de tarde en tarde,; por lo general se pasaban ratos enteros sin decir nada, con las caras serias, vacías, atendiendo perezosamente a las pequeñas cosas, a las botas, a los puntos de mira de los fusiles, a la molestia del calor rezumando debajo del charol de los tricornios. No pasaba nada.

… por el camino que iba Juana sólo se veía la espalda de la casa y las nubes de polvo que hacían los de las piquetas. Le parecía a Juana que era el único camino que podía seguir. No había ningún otro. Cada vez que caía un tabique, un trozo de muro, algo le retumbaba y se le rompía dentro, profundamente. Pensó: “siempre nos machacan a los mismos, siempre nos toca a nosotros, pero la culpa es de esos hijos de su madre, de los que se figuran que siempre tiene que ser a nosotros, como le pasa a Jesús y a muchos. La culpa es …, la culpa es …”

… Los chicos que estaban sobre las piedras del cerro se pusieron todos en pie.

-Al Andresillo y al Mario se los ha llevao una vecina -dijo uno, que parecía mayor, que tenía dos costrones grandes en las rodillas.

-Se los han llevao como a los presos -dijo otro chaval más pequeño, flaco, que llevaba una camisa vieja del padre. Sacó del bolsillo un trozo sucio de pan.

-Mi tío está preso en la cárcel, está en la cárcel desde antes de nacer yo; pero mi madre le manda paquetes con cosas de comer; en toavía le quieren.

-Somos los vigías, estamos aquí pa chivárnoslo a los otros -dijo el que comía el trozo sucio de pan.

… En ese momento se oyó un derrumbamiento más grande; se había venido al suelo toda la fachada derecha de la chabola. Miraron. Se levantaba, despacio, el polvo, como una niebla. No sé veía nada de lo que ocurría detrás, ni los de la piqueta, ni el camión; hasta los guardias parecían figuras extrañas, el producto de alguna pesadilla.

… Maruja volvió a abrazar a su madre. Andrés se quedó al lado, esperando, sin saber qué. El padre y Maruja permanecieron unos segundos, frente a frente. Se tocaron las manos. El sentía las suyas torpes, agarrotadas. Le hubiera gustado pasar la mano por el pelo de su hija, como cuando era pequeña, decirle las mismas cosas, cosas que no podía recordar.

-Adiós -dijo Maruja.

-Eso, que sepamos pronto de ti -repitió la madre.

-sí.

Todavía sonaban las piquetas. Por encima de la casa, cruzó, revoloteando, una mariposa.

… Maruja y Luis se volvieron y agitaron las manos.

-Adiós.

Joaquín se había apartado un poco. Los padres se sentían solos. Se oía el derrumbe de la casa. Estaban quietos, como dos muñecos.

Maruja y Luis marchaban casi ilusionados, aunque, a la vez, la muchacha sentía como un extraño miedo que la sujetaba, que le quemaba la sangre. Los novios echaron a andar; iban cogidos de la mano, por esos campos de arena donde termina Madrid.

Una de las piquetas machacaba con un soniquillo especial, hacía como una música.

Lunes, 3 de julio (una y media de la tarde) Ya no quedaba ni un alma en la boca de la calle. La oscura multitud había desaparecido. … En apariencia, no ocurría absolutamente nada. Sólo el sol caía sobre las arenas del mioceno, por los campos donde termina una triste y pobre ciudad.

Madrid, junio-septiembre 1958.

7. Antonio Maestre es el autor de Franquismo S.A. Aquí se expone los intereses que movieron a los golpistas que encabezó Franco, la clase que por sostener sus privilegios le declaró la guerra a la clase trabajadora, y la manera en que se apropiaron de todo lo habido y por haber, construyendo un aparato sobre el que hoy se realizan actos tan repugnantes como los que dan motivo para hacer este escrito.

Prólogo de Franquismo S.A.

La imprudencia necesaria. Ninguna herencia … ¡Cigarra hasta el final, el triste Abel Pinzón por fin cadáver! Sin embargo, siendo como era brigada de intendencia del ejército, hubiera podido hacer una fortuna. O, al menos, amasarse un sólido patrimonio durante los generosos años de la Victoria, inmediatamente después de la guerra. El presupuesto del ejército era ilimitado. O casi. Todo dios se aprovechaba de ello. Incluso sin medallas (o sin apenas grado), un uniforme victorioso abría de par en par las puertas del éxito. Compraventa de terrenos, construcción, transportes, estraperlo, importación-exportación, cebos que el régimen lanzaba a las familias de la clase dirigente, rebosante de uniformes reputados heroicos puesto que vencedores. Agustín Gómez Arcos, Un pájaro quemado vivo.

Este es un libro de lo que nos robaron. Del hurto de la memoria, pero también de lo concreto. Del expolio a muchos por parte de unos pocos. Por eso era necesario empezar con una cita de Agustín Gómez Arcos que resume el contenido y espíritu de lo que he intentado mostrar en esta obra.

Atrás quedaron los escombros: / humeantes pedazos de tu casa, / veranos incendiados, sangre seca / sobre la que se ceba -último buitre- / el viento. Autor Ángel González, poema “El derrotado”.

… La cruzada, como gustó llamar a los afectos y promotores del golpe, tenía como objetivo fundamental no una motivación política, cultural o religiosa, sino puramente económica. “La guerra de España -la nuestra- fue una guerra de clases, quien no lo vea así no puede comprenderla; guerra del pueblo contra las oligarquías”, decía Max Aub en su obra Hablo como hombre.

La verdadera fortaleza del relato neoliberal sobre la meritocracia, la cultura del esfuerzo y la importancia del factor personal a la hora de alcanzar el éxito en la sociedad es la de sobrevivir y perpetuarse con un relato falsario sobre las riquezas logradas cuando, cada semana, multitud de hechos, noticias, sucesos y declaraciones lo sepultan en la cruda realidad. La clase determina con fuerza tu futuro. Importa dónde naces, importa el dinero que tiene tu familia o el que tiene para pagar los peajes necesarios para lograr el triunfo. Una mentira universal que , en el caso español, tiene unas peculiaridades específicas nacidas de la cultura nacional-católica de la dádiva, el soborno o el pago de peajes.

Una de esas múltiples noticias que nos intoxican cada día sin dejarnos reflexionar ilustra la clave del triunfo empresarial y social de manera cruda y grotesca. Pedro García, exdirectivo de Cofely, en su declaración ante el juez por el caso Púnica confesó que en su empresa, una multinacional francesa, porque esto es universal, había una partida fija para sobornos que incluían en su plan de negocios. Se denominaba “Success fee”, o tasa de éxito.

…En el año 1994 el partido independentista ERC presentó en el Congreso una proposición de Ley por la que se instaba a la devolución de patrimonios incautados durante la Guerra Civil. En aquel entonces, el Gobierno estaba presidido por Felipe González Márquez y el PSOE se negó a llevar a cabo la propuesta porque, en palabras del diputado Jesús Caldera, “supondría una onerosísima carga para las arcas del Estado, impropia de un memento como este”. El diputado socialista añadió además un argumento que ayuda a comprender el ejercicio sumiso del poder por parte del PSOE también en lo que respeta a la memoria histórica: “Sin que nos quepa la menor duda de la legitimidad a la restitución de los bienes y derechos en cuestión, ocurre que pensamos cumplir mejor la función que nos asigna la Constitución renunciando a los mismos”.

“Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas.” Rodolfo Walsh.

8. Con las palabras del escritor Rodolfo Walsh despido estas líneas sobre el desahucio, lo que en los días que vivimos ha llevado las protestas a las calles de todas las ciudades, pero tengamos presente que los responsables primeros y últimos también han querido y quieren desahuciarnos de la memoria histórica, desahuciarnos de la Historia.


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