Juanlu González • 28/10/2020

Bolivia para los bolivianos y bolivianas

Bolivia ha dado una lección al mundo de esas que no se olvidan jamás. Un golpe de estado dio al traste a finales de 2019 con las aspiraciones populares de continuar un exitoso proceso soberanista en el ámbito estatal y de empoderamiento de los sectores más desfavorecidos de la población en el plano social. Todavía hoy, a pesar de las múltiples evidencias disponibles, sectores de la derecha ultramontana de España y Bolivia, siguen aferrados al negacionismo de la asonada militar-policial y consideran al gobierno “provisional” de la integrista de Áñez como totalmente legítimo, a pesar de carecer de la más mínima cobertura constitucional.

Un gobierno transitorio y sin respaldo democrático, constituido para convocar elecciones, no cambia en, literalmente en tres días, las firmes alianzas regionales tradicionales tejidas durante lustros, tal y como ocurrió con la salida del ALBA, la ruptura de relaciones con Venezuela, la reanudación de relaciones diplomáticas con el engendro sionista, la renovación de la cúpula militar, el encarcelamiento de políticos opositores o el asesinato de decenas de personas que protestaban pidiendo el retorno a la democracia.

¿A qué viene tanta saña? Uno de los grandes pecados de los gobiernos de Evo Morales fue recuperar para el país las rentas que las multinacionales del gas o del litio sacaban fuera de Bolivia. Lo sucedido ha sido una constante de la historia contemporánea, especialmente en América Latina o en Oriente Medio: cada vez que un país recuperaba el control de sus recursos naturales, Estados Unidos o sus aliados organizaban un golpe de estado para permitir que sus multinacionales pudieran volver a saquearlos sin apenas dejar riqueza en el lugar, salvo las preceptivas migajas para los traidores locales. Esos cómplices necesarios en el expolio, suelen pertenecer a las oligarquías autóctonas y llenárseles la boca con conceptos o palabros grandilocuentes como libertad, patria, dios, orden… Fueron ellos los que entraron con el Nuevo Testamento king size en ristre, apoyados por rifles de asalto, en su particular interpretación de la guerra santa o las cruzadas del siglo XXI. Puro histrionismo y parafernalia para revestir lo que fue un simple robo a mano armada.

Los gobiernos del Movimiento Al Socialismo (M.A.S.) no sólo lograron superar los tradicionales esquemas de explotación del llamado Primer Mundo a los países en Vías de Desarrollo. Eso equivalía más que a lograr justiprecios por las exportaciones. El objetivo de Morales y los suyos era industrializar el país y vender a Occidente las materias primas ya transformadas, consiguiendo que el valor añadido también permaneciese en Bolivia. Y eso es más de lo que los explotadores del norte pueden soportar. Sobre todo porque algo así es un peligroso ejemplo a seguir por otras naciones y el fin de la barra libre para algunos ¿Cómo es que un país que partía de índices bajísimos de desarrollo y que vivía en parte gracias a la cooperación internacional, es hoy capaz de crecer ininterrumpidamente al 5 o al 6% con la aplicación de exitosas políticas socialistas y nacionalizadoras?

Llegué a oír directamente de miembros de la oligarquía cochabambina, que el gran capital no había participado en el golpe, ya estaba muy contento con Evo porque la economía iba realmente bien. Lo que ocultaban esas palabras era que, a la par del crecimiento macro, existían políticas de redistribución de la riqueza que reventaban los índices de pobreza y desigualdad año tras año. O que el estado plurinacional de Bolivia tenía enchufado el ascensor social, funcionando a todo gas, construyendo una nueva clase media, que molestaba enormemente a los reductos de supremacismo y racismo que aún subsisten en el país andino. Tras esas políticas, el pueblo reconocía, sobre todo después del exilio forzoso de Evo y Linera en la Argentina y tras la conculcación de sus derechos de votar o ser votados, a uno de sus principales artífices, Lucho Arce, que fue quien encabezó las listas del MAS-IPSP en las elecciones del 18 de octubre. Todo un acierto, tal y como se corroboró después.

Pero el régimen no deseaba convocar unas elecciones que consideraba perdidas e hizo todo lo posible por evitarlo. El plazo preceptivo para hacerlo se agotó en enero de 2020 y, desde entonces, estuvieron jugando con fechas y aplazamientos sucesivos, e incluso barajaron la posibilidad de no convocar a corto plazo. Fue la determinación del pueblo, protestando en medio de la pandemia, quien se ganó el derecho al voto. Quizá por ello, la motivación se mantuvo tan alta hasta el día las elecciones y, a pesar del apagón informativo, todo el mundo informaba que la afluencia a los centros electorales ya en el extranjero, donde el voto no es obligatorio, y el apoyo al MAS era muy superior a las elecciones robadas de noviembre pasado. Por eso, cuando vimos a lo militares tratando de disuadir de votar a los mayores de 50 años en algunas colas (cuando hay que votar hasta los 70) recibieron tantos reproches y muestras de indignación popular. Nadie quería dejar de ejercer su derecho al voto. Vimos a ancianas, doblegadas por la edad, subiendo escaleras con tremenda dificultad, para llegar hasta su preciada urna. O gentes armadas con mascarillas y sillas, para resistir las horas de espera con las que castigaban a los colegios electorales de los barrios más populares. Si los militares y policías dieron un golpe de estado por las armas, el contragolpe vendría de la mano de papeletas de papel. Nada ni nadie les impediría escamotear la voluntad de un pueblo consciente y decidido.

La única opción que la derecha tenía a priori, era enfrentarse unida contra el mismo socialismo vencedor de noviembre. Buena parte de la demora de la convocatoria se debió a los intentos de aglutinar a la oposición a Evo Morales en una única candidatura. Tenían el handicap de que las caras civiles más visibles del golpe, la presidenta Jeanine Áñez y el “macho” Camacho, no contaban con los apoyos ni el carisma suficiente para suponer una mínima amenaza al MAS.

Solo Carlos Mesa, de Comunidad Ciudadana, podría encabezar una opción con algunas posibilidades, por eso Washington jugaba esa baza com propia y presionaba al resto de jugadores para que abandonaran sus candidaturas. Pero Mesa jamás despertó muchas simpatías y menos aún entre la derecha que representa los intereses de la oligarquía. Su única virtud era oponerse a Morales o al MAS, pero poco más. Muchos de sus votos los recibió en 2019, literalmente de electores con la nariz tapada, tal es la animadversión que despierta. Fruto de esa estrategia del imperio, Quiroga y Áñez sí acabaron por renunciar, pero no así Camacho, quien parece reservarse para proyectos futuros.

Pero nada fue suficiente para parar la ola del contragolpe. Como gusta decir a un compañero, el MAS tiene pueblo, cosa que no le sucede al resto de engendros que pretenden ser considerados como partidos, cuando sólo son sopas de letras montadas ad-hoc para personas concretas. Aunque se hubieran unido todos, no hubieran podido con Luis —Lucho— Arce, quien superó el 50% de los votos en primera vuelta, a pesar de luchar contra toda la maquinaria golpista: detenciones, inhabilitaciones, manipulación, persecución judicial, intimidación. Todo fue en vano. La estrategia de evitar un baño de sangre mayor al acontecido (nunca olvidaremos a los mártires de Sacaba y Senkata) y fiarlo todo a una elecciones a posteriori desembocó en un éxito arrollador.

Es obvio que se cometieron errores en los anteriores gobiernos, que el poder desgasta, que en 14 años se pudo provocar cierta desafección, que quizá también hubo exceso de confianza por parte de mucha gente. Pero los líderes del MAS con quienes hemos tenido la ocasión de conversar, son personas muy autocríticas. Son conscientes de que han recibido una nueva oportunidad y que tienen que aprovecharla sin demora.

Sin ánimo de pontificar, parece necesaria la profundización del proceso revolucionario, sin fiarlo todo al éxito de iniciativas económicas. Hay que aprovechar este momento de ebullición de la conciencia colectiva para continuar empoderando al pueblo y proporcionándole las herramientas políticas necesarias para que tome para siempre las riendas de su propio destino. También está pendiente una reforma en profundidad de las fuerzas armadas y la policía para que se subordinen definitivamente al poder democrático, se alejen de veleidades totalitarias y se logre implementar al fin una unión cívico-militar-policial, de corte bolivariano, que impida que en el futuro se reviertan las conquistas y logros sociales revolucionarios. Por pura supervivencia, hay que cortar definitivamente el vínculo de los uniformados con Estados Unidos y sus políticas basadas siempre en los principios de la doctrina Monroe. Bolivia para los bolivianos y bolivianas.

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