Isaac Enríquez Pérez •  Opinión • 28/07/2020

Crisis de la filosofía, ignorancia tecnologizada y despolitización de la sociedad

Despojada la sociedad de su capacidad innata para cuestionar las causas profundas de su realidad y problemáticas, se cierne sobre ella la tormenta de la trivialización del lenguaje y la sombra encubridora de la exósfera digital, que torna a lo efímero y vacuo en práctica y experiencia de vida. En ello avanzó a pasos agigantados el homo videns –del cual habló Giovanni Sartori– y el homo digitalis que hace de la tecnología un dispositivo de emancipación y, sobre todo, de opresión, control, cautiverio, enajenación y segregación. En este escenario, la plaza pública es suplantada por la arena ciberespacial, mientras que la razón y los argumentos razonados son subsumidos por las emociones y su exaltación desbordada desde la post-verdad y las pulsiones irrestrictas del homo œconomicus.

El poder, la dominación y, especialmente, el control, no se desvanecen ni –mucho menos– desaparecen, sino que se reconfiguran y magnifican en esa arena ciberespacial que borra las tradicionales fronteras entre lo público y lo privado. Esta renovada «sociedad del control» supone el disciplinamiento del cuerpo, la mente y de la vida cotidiana de los individuos. A ello se ciñen el espacio laboral, las tecnologías –a través de su panóptico digital– y los dispositivos del Estado policial o securitario que siembra el miedo y legitima la represión y la violencia estatal tras la entronización de enemigos imaginarios que supuestamente amenazan la seguridad nacional (“guerra contra el terrorismo”, “guerra contra el narcotráfico”, “combate a la corrupción”), sin cuestionar con ello el patrón de acumulación imperante, las relaciones de poder y el pensamiento hegemónico que subyacen a la crisis (des)civilizatoria.

La masificación del maremágnum tecnológico y las relaciones sociales que se desprenden de ello, arraiga la despolitización del ciudadano. Esto es, la imposibilidad de construir o consolidar una cultura política se magnífica con la irradiación del prejuicio, la invasión (des)informativa y la trivialización de lo público, que entronizan el instinto y las emociones. El miedo al “otro”, al diferente, se reconvierte en un odio al “otro” que frustra los diálogos interculturales y los diálogos de saberes a partir de la aceptación de creencias o cosmovisiones diferentes. Ante esos procesos que tienden a acentuarse, cabe reflexionar que sin la filosofía –y sin la capacidad para pensar y razonar–, el mundo sería más convulso, más hostil y –de cara al vértigo de la obsolescencia tecnológica programada– más trivial y efímero. La vocación humana para formular preguntas respecto a los grandes problemas y la orientación a esbozar posibles respuestas, parece eclipsarse ante el inclemente látigo de la ignorancia tecnologizada.

Se trata de una era de rupturas y crisis históricas y de rupturas y crisis en el pensamiento, que tienen como trasfondo –y, a la vez, reproducen– una generalizada confusión epocal, que posiciona a las sociedades contemporáneas en el desconcierto y en la falta de referentes. Todo lo cual se ensancha con el individualismo hedonista, potenciado por la ficción y alucinación masivas del vértigo de la abundancia, que hace de la publicidad y el consumismo un acicate de la ilusión, la fantasía y el delirio que encubre –o anestesia– las contradicciones sociales y sus impactos en la vida cotidiana.

En el concierto de la era digital, no basta con el acceso masivo a la información (ésta, incluso, es despreciada y trivializada cuando colisiona con las emociones y preferencias del receptor) para crear nuevos conocimientos y saberes. Es necesario diseccionarla y procesarla para construir poder; y en ello ayuda el pensamiento filosófico y el análisis histórico. Sin embargo, las fronteras entre lo verdadero y lo falso se tornan nebulosas, y la verdad tiende a ser socavada y a diluirse ante el impulso de las emociones; y esa es la magia pasajera de lo post-factual. Esto es, a través de la manipulación emocional, en la era de la post-verdad (the post-truth age), la(s) realidad(es) se deforma(n), distorsiona(n), silencia(n) y encubre(n) para incidir en actitudes y comportamientos; al tiempo que con la mentira y la desinformación se hace de la praxis política una parodia de sí misma que vacía de sentido la vida pública y toda práctica de civismo.

Más aún, cuando la política ficción se mezcla con la post-verdad, las noticias falsas (fake news), el clasismo, el racismo y el negacionismo, la vida pública opaca su sentido, ingresa en las tinieblas y desvirtúa la naturaleza de la praxis política, inoculando el odio en las sociedades hasta dañar su tejido y sus mecanismos de convivencia y cohesión social. De ahí que la praxis política se torne en una distopía melodramática cuyos coros entonan al ritmo del cinismo y sus protagonistas superan a la misma parodia. Haciendo de la ingobernabilidad el signo de los tiempos que corren, y de la farsa el arte de la manipulación emocional y de la entronización de esa post-verdad por encima de lo fáctico y del argumento razonado. Ello no es ajeno a la crisis de la democracia liberal, pues el desencanto generalizado de las sociedades tiene raíces profundas que se remiten a la proclividad de cabalgar a todo galope en el potro de la representatividad. Esto es, la democratización contribuyó –con el negacionismo, los intereses creados, la corrupción y la impunidad– a distanciar a las élites políticas de los ciudadanos y a mostrarse incapaces y postradas para resolver sus problemas sustantivos y cotidianos.

La suplantación de lo público tiende a socavar la ideología de la democracia; y en ello las élites políticas a diario construyen con esmero el sendero que nos encamina al despeñadero. En medio de la crisis de sentido, solo resta el expediente de la post-verdad como instrumento para crear legitimidad y consentimiento. Esto significa que cuando se carece de propuestas e ideas en la construcción de la agenda pública, la despolitización de la sociedad abre paso a lo único que resta ante la ausencia de cultura ciudadana: la denostación, la estigmatización, la diatriba, el maniqueísmo y la aniquilación mediática y virtual de «el otro». De ahí que la post-verdad penetre como humedad y la mentira se entronice como argumento que apela a las emociones y entrañas de las audiencias.

Como la mentira es parte consustancial de la construcción del poder, la manipulación emocional marcha a la par de la praxis política vaciada de contenido. En tanto que el miedo gestado con la post-verdad, enclaustra a las conciencias e inmoviliza a las masas cada vez más inertes, indiferentes, violentadas y atomizadas. Aunado a ello, el cinismo y la impertinencia se ciernen sobre la praxis política contemporánea y los trogloditas irrumpen en la arena ciberespacial y en la construcción de un ciberleviatán (concepto éste introducido por José María Lassalle) que se intervincula con el Estado profundo y clandestino en el que concurren los poderes fácticos. De ahí que la mentira irradiada por esa arena pública, sea la chispa que aviva el fuego del odio, el racismo, el sectarismo y las ideologías conspiranoicas, que se imponen sin tregua sobre las ideas y los argumentos razonados.

La tecnología no es buena ni mala por sí misma. Lo que resulta pernicioso es el tipo de relaciones de poder que se construyen en una sociedad sobre la base de la estratificación y las luchas por el control del excedente; así como el uso específico que se hace de esas tecnologías para afianzar los patrones de acumulación y las desigualdades sociales. Partiendo de ello, estamos obligados a comprender –desde el pensamiento filosófico, por supuesto– que la praxis política no se reduce a la parafernalia electoralista, ni a la manipulación emocional que apuntala la mentira; sino que es, ante todo, la construcción del poder y, como en la «L’adoration du veau» de Francis Picabia, consiste en suavizar y hacer funcionales los mecanismos de control social, el autoritarismo y las violencias.

En el fondo de todo ello, se encarna la lucha por la construcción de la(s) “verdad(es)”, o mejor aún, de las narrativas del poder. Por ello, la mentira o la post-verdad representan la subsunción de la praxis política, un asalto al Estado y el rapto de la razón. Más aún, en medio del vendaval de información y movido por las entrañas y el odio, el ser humano puede carecer de saberes y conocimientos para discernir y criticar la realidad y para esbozar proyectos alternativos de sociedad. Entonces, el social-conformismo atomizado se eleva a su máxima expresión. Y la praxis política contemporánea se identifica más con la avidez emocional introducida por la mentira disfrazada o por esta era post-factual y de las fake news, que tienden a socavar la credibilidad de las instituciones y a debilitar a los Estados con líderes involucrados en una lucha rapaz y sin cuartel por imponer, sin fundamento, sus narrativas.

Reivindicar el pensamiento filosófico ante su crisis por desuso es fundamental para anteponer el argumento a las emociones. El argumento es aquel ejercicio de la palabra para evadir el río caudaloso del pensamiento parroquial y de los dogmas erigidos en anteojeras capaces de condicionar y entorpecer el diálogo multinivel e intercultural. De ahí que la post-verdad, la ignorancia tecnologizada y la despolitización de las sociedades contemporáneas, solo serán frenadas con argumentos apoyados en la evidencia brindada por el mundo fenoménico y no en las emociones sugestionadas desde el pensamiento hegemónico y las narrativas del poder (por ejemplo, entre otras, la narconarrativa, la narrativa del terrorismo, la criminalización de los pobres y la oporofobia). Ello tiene validez para el México convulso y desgarrado de hoy y para el conjunto del mundo asediado por la crisis sistémica.

Académico en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Twitter: @isaacepunam

 


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