André Abeledo Fernández •  Opinión •  15/10/2026

Tiempos interesantes, tiempos de monstruos

Camaradas,

Henry Kissinger, que de imperio sabía un rato, dejó dicho que Estados Unidos no tiene amigos ni enemigos permanentes, solo intereses; que la política exterior no es una obra moral; y que ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser amigo es fatal. Que lo diga quien fue consejero y secretario de Estado del imperio no es una opinión: es un manual de instrucciones. Conviene tenerlo presente antes de hablar de Trump.

El voto de la desesperación

El pueblo norteamericano ha respondido a una nueva crisis del capitalismo entregando la presidencia a Donald Trump. No hay misterio en ello. La frustración y el desamparo a los que el sistema ha condenado a millones de trabajadores los empujaron a buscar una salida desesperada, y la ausencia de una alternativa de izquierdas los empujó a abrazar una de extrema derecha. Cuando nadie te ofrece nada, el que grita más fuerte parece el único que escucha.

Trump es visto, en cierta medida, como un «antisistema» del propio sistema. Es incertidumbre. Posiblemente no pueda hacer ni mucho menos todo lo que dice, porque ser presidente no da todo el poder. Pero es hoy la cabeza visible del imperio norteamericano, y eso basta para tomarlo en serio.

Más miedo que Trump

Muchos lo ven como un personaje inestable, imprevisible, que da miedo. Puede ser. Pero también es evidente que millones de norteamericanos lo han votado como una esperanza de cambio, un cambio necesario ante una situación insoportable. Chomsky lo resumía diciendo que Trump es resultado del miedo y de una sociedad quebrada por el neoliberalismo. No se puede decir mejor.

Yo sostengo que Trump no da tanto miedo como quienes lo han apoyado en campaña: la Asociación Nacional del Rifle, el Ku Klux Klan y las milicias armadas de extrema derecha. Esa América profunda es la que de verdad me preocupa, porque sobrevive a cualquier presidente.

La lección para la izquierda

La victoria de Trump y el ascenso del fascismo en Europa deberían sonar como una alarma, una llamada de atención urgente, una lección para toda la izquierda. O empezamos de una vez a hablar claro de la lucha de clases y a poner en valor a la clase obrera, o lo hará el fascismo.

Mirad Francia. En los barrios obreros donde antes ganaba el Partido Comunista, hoy gana la extrema derecha de los Le Pen. Y mirad Ucrania: con el beneplácito de la UE y de la Administración Obama, la ultraderecha ultranacionalista, con símbolos y héroes heredados del colaboracionismo con el nazismo, ganó espacio político e institucional tras 2014 y fue integrada en el aparato del Estado y en sus cuerpos armados. Esos son los aliados que elige «Occidente» cuando le conviene. Kissinger ya lo avisó: no hay obra moral, solo intereses.

Tiempos peligrosos

Dicen que en China, cuando se quiere maldecir a alguien, se le desea que viva en tiempos interesantes. Pues bien, estos, desgraciadamente, son tiempos interesantes: tiempos peligrosos, tiempos de descomposición del capitalismo. Vivimos una crisis distinta a las anteriores, una crisis sistémica que no tiene salida hacia delante, solo hacia atrás, hacia el siglo XIX. Una crisis sin solución para los pueblos del mundo dentro del capitalismo.

Y son también tiempos de monstruos. Lo dijo Gramsci desde la cárcel de Mussolini: el viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer y, en ese claroscuro, surgen los monstruos. Ahí los tenemos: las milicias armadas que desfilan con sus fusiles, los herederos del Klan, la ultraderecha que arrasa en los barrios que fueron rojos, los nostálgicos del siglo XIX con teléfono móvil. Los monstruos no nacen de la nada; los pare el vacío que deja una izquierda que dejó de hablar de clase.

Por eso la tarea no admite rodeos. O la izquierda recupera su esencia, pone los pies en el suelo y llama a las cosas por su nombre, o viviremos tiempos de fascismo.

¡Hasta la victoria siempre!


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