André Abeledo Fernández •  Opinión •  11/09/2026

El aviso que nadie quiso escuchar: del mundo bipolar al imperio sin contrapeso

Camaradas,

Quiero detenerme en la nuance necesaria, porque desde mi posición política no me interesa idealizar la URSS ni presentar aquel equilibrio bipolar como una época dorada. La URSS tuvo su propia lógica de bloque, sus propias contradicciones, su propia burocracia. No es eso lo que reivindico.

Lo que reivindico es otra cosa: la lucidez de reconocer que todo poder sin contrapeso tiende al abuso, y que esa lucidez, en 1991, no era patrimonio exclusivo de la izquierda. Era compartida, aunque desde intereses de clase completamente distintos, por sectores del propio establishment occidental que intuían —correctamente— hacia dónde conducía un mundo unipolar.

La función política de aquel aviso

Aquí es donde debemos hacer el análisis de clase que la prensa liberal jamás hace. ¿Por qué le preocupaba a Francia el unipolarismo? No por solidaridad con los pueblos del Sur, no por antiimperialismo. Le preocupaba porque Francia también quería su cuota de poder e influencia, su propio margen de maniobra dentro del reparto imperial del mundo. Era una disputa entre potencias capitalistas por el reparto de la hegemonía, no una defensa de la soberanía de los pueblos.

Y sin embargo, precisamente por venir de ese lugar, el aviso tiene un valor probatorio enorme. Si hasta el diplomático más templado, el más atlantista, el más anclado en el bloque occidental, veía en 1991 el peligro de un mundo sin contrapesos, es porque el peligro era real y objetivamente identificable, no una construcción ideológica de quienes denunciábamos el imperialismo desde la izquierda.

La contradicción geopolítica que se cumplió

Daniel Singer lo dijo con una claridad que hoy suena a diagnóstico clínico: la URSS ya no podía frenar la expansión estadounidense, y Europa no estaba en condiciones de sustituirla en ese papel. Treinta y cinco años después, la pregunta que debemos hacernos es brutal en su sencillez: ¿ha aparecido ese contrapeso en algún momento?

Europa sigue sin desempeñarlo, subordinada en lo militar a la OTAN y en lo político a los intereses de Washington. China ha crecido como potencia económica, pero el mundo unipolar en lo militar sigue teniendo un solo centro de gravedad. Y las consecuencias de aquella advertencia de 1991 las seguimos viendo hoy, treinta y cinco años después, en cada intervención militar que Washington ejecuta sin necesidad de rendir cuentas a nadie: ayer Irak, Libia o Afganistán; hoy Venezuela, con la captura de su presidente y el reparto de sus reservas petroleras entre despachos de Washington.

Lo que en 1991 era una advertencia diplomática sobre un peligro futuro, hoy es una descripción exacta del presente.

Una lección internacionalista

Por eso este aviso histórico no debe leerse solo como una curiosidad de archivo. Debe leerse como una confirmación: el problema del imperialismo no es una obsesión de la izquierda, es una realidad material que hasta sus propios aliados temieron cuando vislumbraron sus consecuencias. La diferencia entre aquellos diplomáticos franceses y nosotros no está en el diagnóstico, sino en la conclusión política que extraemos de él.

Ellos temían perder su propia cuota de poder dentro del reparto imperial. Nosotros denunciamos el reparto imperial en sí mismo, porque sabemos que el verdadero contrapeso a la hegemonía de una sola superpotencia no puede venir de otra potencia capitalista dispuesta a negociar su parte del botín, sino de la organización internacionalista de los pueblos y de la clase trabajadora que sufre, en carne propia, las consecuencias de cada intervención, cada golpe y cada acuerdo firmado sobre sus recursos sin que nadie les pregunte.

El freno que no vendrá de ningún Estado

Y aquí debemos ser claros, camaradas: ese freno nunca vendrá de otra potencia capitalista. No vendrá de una nueva URSS, ni de una Unión Europea con ejército propio, ni de un bloque de potencias emergentes que simplemente aspire a ocupar el lugar vacío que dejó Moscú. Cualquier contrapeso construido sobre la lógica del Estado-potencia reproducirá, tarde o temprano, la misma vocación de dominio que hoy denunciamos en Washington. La historia del siglo XX ya nos enseñó que un bloque puede sustituir a otro sin que cambie la lógica de fondo: la del reparto del mundo entre unos pocos.

El único freno real, el único contrapeso que no se convierte él mismo en nueva amenaza, es la organización internacionalista de los pueblos y de la clase trabajadora. No un equilibrio entre cancillerías, sino una solidaridad construida de abajo hacia arriba: entre el trabajador venezolano que ve cómo se reparte su petróleo entre despachos de Washington, el trabajador gallego que sufre la precariedad importada por ese mismo sistema, el pueblo palestino bajo el peso del mismo entramado imperial, y el trabajador de cualquier rincón del mundo que entiende que su enemigo no es el pueblo vecino, sino el capital que organiza la guerra y el saqueo por encima de todas las fronteras.

Por eso nuestra tarea no es esperar a que surja un nuevo polo de poder que equilibre a Washington. Esa espera sería, en el fondo, una forma de resignación: delegar en otra potencia lo que solo los pueblos organizados pueden conquistar por sí mismos. Nuestra tarea es construir, como clase, la única fuerza histórica capaz de hacerlo: la unidad internacionalista de los pueblos oprimidos y de los trabajadores del mundo entero, la única que no reproduce la lógica imperial porque nace, precisamente, para superarla.

El mundo unipolar que temían en 1991 llegó. Y con él llegó también la confirmación de que ningún equilibrio entre potencias burguesas puede sustituir la lucha organizada de los pueblos por su propia soberanía.

Até a vitoria sempre!


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