Lois Pérez Leira •  Opinión •  08/03/2026

Gladys Marín: La llama que no se apaga y el juicio de la memoria

​Se cumple un nuevo aniversario de la partida de Gladys Marín, y la memoria, ese ejercicio rebelde contra el olvido, me devuelve de inmediato a una tarde en Buenos Aires. No recuerdo a la dirigente de acero que veía en las noticias desde la Argentina; recuerdo a la mujer de mirada atenta que se sentó a mi lado en la primera fila del Comité Central, unidos por el dolor y la rabia que convocaba el nombre de Inés Ollero.

​El encuentro de dos orillas.

​Aquel día, el aire estaba cargado de una mística especial. Compartíamos asiento en la primera fila con Patricio Echegaray, quien, con su oratoria siempre brillante y encendida, nos recordaba por qué estábamos allí. Yo tenía la difícil tarea de ser uno de los oradores principales. Hablar de Inés no era para mí un ejercicio político retórico; era hablar de mi novia de la juventud, de la militante de la FJC secuestrada y asesinada por la Marina argentina. Era hablar de un vacío que la justicia aún no terminaba de llenar.

​Al terminar el acto, en la intimidad de un modesto lunch, me vi frente a frente con quien fuera mi ídolo de juventud. En 1972, cuando ella lideraba la Juventud Comunista de Chile junto a Lucho Corvalán, Gladys representaba la esperanza de un continente. Allí, copa de vino en mano, no dudé: le pedí una entrevista.

​Al día siguiente, en un hotelito modesto de la calle Callao, la mítica Gladys se convirtió en una alumna curiosa y una aliada feroz. Durante dos horas, el centro de nuestra charla fue la lucha jurídica: la querella por los delitos de genocidio y terrorismo de Estado en el Cono Sur, el papel del juez Baltasar Garzón y la arquitectura legal para acorralar a los dictadores.

​Gladys no solo escuchaba; ametrallaba a preguntas. Su compromiso no era de pancarta, era de estrategia y convicción. Ella volvió a su Chile combativo y yo a mi Vigo natal, pero ese hilo de coordinación quedó tendido.

​El adiós de una imprescindible.

​Años después, recibimos la noticia de ese tumor maligno que intentó apagarla. Pero Gladys, fiel a su historia, dio batalla sin soltar el carné de militante ni un solo día. El 6 de marzo de 2005, la noticia de su fallecimiento sacudió a Chile y a toda América Latina. Un millón de personas salieron a las calles de Santiago para despedirla, en un funeral que fue, en realidad, una última manifestación de rebeldía popular.

​Hoy, al observar el panorama político, surge una pregunta inevitable y amarga: ¿Qué queda de su pensamiento?

​»Es doloroso ver cómo algunos dirigentes actuales, herederos de su sigla, parecen sucumbir a la música de la derecha, sumándose a las críticas contra Cuba y Venezuela para ganar una validación que el sistema siempre les terminará negando.»

​Gladys Marín no era de las que buscaba la palmada en el hombro del adversario. Ella entendía que la solidaridad internacionalista y la resistencia contra el imperialismo no eran opciones de temporada, sino columnas vertebrales de la identidad comunista.

​Recordarla hoy no es solo un acto de nostalgia. Es reivindicar a la mujer que conocí en aquel hotel de Callao: una mujer firme, que entendía que la justicia se conquista peleando, ya sea en los tribunales internacionales o en las calles de Santiago. Su legado no merece ser diluido en el pragmatismo tibio de la política actual; merece ser la brújula que nos devuelva la dignidad de la lucha.

​Hasta la victoria siempre, Gladys.!!


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