Isaac Enríquez Pérez •  Opinión •  01/03/2026

El crimen organizado y el sitiamiento psico/cognitivo/territorial como encubrimiento de las estructuras de poder

El crimen organizado no es una anomalía del capitalismo, ni es una distorsión o una desviación del orden social. Es parte consustancial de ambos; los estimula y los reproduce en sus fundamentos. Por un lado, la violencia criminal no es ajena a los procesos de acumulación de capital; los lubrica y los provee de vastas ganancias de procedencia ilícita. Por otro, con la violencia criminal se instaura un orden social fundado en el miedo, el control de territorios y problaciones, y en el sitiamiento de la conciencia a través de narrativas reduccionistas donde se asume que los criminales son patologías ajenas al sistema y que lo corrompen e, incluso, lo someten. Sin esa violencia criminal no existiría razón de ser, ni legitimidad alguna para los aparatos coercitivos y militares de no pocos Estados.

El crimen organizado es la manifestación más incisiva y letal de un patrón de acumulación rentista, extractivista y depredador, fundamentado en la desigualdad y la pauperización social. El crimen organizado es la estructura paramilitar del capitalismo para ocupar territorios dotados de recursos naturales y despojar a comunidades. Es parte de la cadena de valor transnacional que vincula la ilegalidad con las redes financieras globales. Su estructura organizacional es sofisticadamente diversificada y con cadenas de mando precisas y centralizadas en sus decisiones estratégicas. No solo es la producción, trasiego y comercialización de drogas, sino que la criminalidad extiende sus brazos a metales preciosos como el oro y la plata, a la extorsión, al tráfico sexual, a los hidrocarburos, al secuestro, a las maderas preciosas, a la piratería audiovisual y de ropa, y a un sinfín de giros, que en conjunto no operan por fuera del sistema económico, sino que son parte del mismo engranaje que lubrica a la economía mundial y, principalmente, a los bancos, los mercados de valores, las criptomonedas, los servicios turísticos, al sector inmobiliario, entre otras actividades.

Quienes son señalados como criminales –el estereotipo del narcotraficante, por ejemplo– por los gobiernos o los mass media solo son la cara visible de una compleja estructura de poder, dominación y riqueza que les usa como chivos expiatorios funcionales para encubrir a sus verdaderos beneficiarios. Son los capataces del cortijo, que operan las facetas operativas y logísticas de la criminalidad a escala local y/o regional. Sin embargo, el know how, el conocimiento especializado y profesional, proviene de otras ramas de esa sofisticada división técnica del trabajo criminal: banqueros, agentes financieros, despachos jurídicos, notariales y contables, desertores de las fuerzas armadas, empresas privadas dedicadas al armamento, facciones de los aparatos coercitivos y securitarios de no pocos Estados, entre otros. Las propias estrategias oficiales de “lucha contra las drogas” alimentan ese know how y esa capacidad cognitiva volcada a la economía criminal y clandestina. 

El control territorial y de las poblaciones solo es posible a través de la violencia rentabilizada y mercantilizada que opera a partir de la acumulación por despojo y destierro. Se trata de un sitiamiento psico/cognitivo/territorial que se extiende a recursos naturales, fuerza de trabajo, vías de comunicación, e instituciones raptadas desde adentro. Los mecanismos de control comienzan por la mente de los individuos y se afianzan con una narrativa que estigmatiza y estereotipa a las organizaciones criminales como una anomalía ajena al sistema económico y político. Se construyen significaciones para normalizar al mundo criminal y a sus líderes locales o regionales; en tanto que la misma desigualdad y pobreza perfila a los ejércitos de sicarios, mercenarios y demás operadores de la logística criminal. Cuando ese control se extiende por el territorio, el poder criminal no solo copa los espacios públicos, sino también los imaginarios sociales y los simbolismos vinculados a ese territorio, en el cual también se disputan esas significaciones y se proyectan los mensajes enviados desde las prácticas de violencia. De ahí el poder político del crimen organizado que, en última instancia, radica en el gobierno de las mentes a través de la sensación de miedo y muerte. 

Cuando el mensaje se estructura a través de coches-bomba, vehículos y establecimientos comerciales incendiados, obstrucción o bloqueo de caminos, o ejecuciones sumarias, se agotó toda posibilidad de civilización dada por las instituciones formales. No es que el Estado sea fallido o se encuentre rebasado por la criminalidad, sino que está capturado desde adentro, y quienes lo capturan son quienes, en realidad, controlan la estructura criminal y la rentabilidad de sus activdades ilícitas. Es el orden del caos: la violencia criminal en última instancia es controlada y dirigida (https://shre.ink/AoYm). Es parte de un andamiaje de poder y de un modelo económico rentista y desigual.

Las organizaciones criminales, a su vez, generan mecanismos de legitimidad y arraigo en las comunidades pauperizadas. En tanto organizaciones paramilitares se les consiente la configuración de una para-institucionalidad auspiciada por la ausencia premeditada del Estado. Es un brazo armado que lo mismo reprime resistencias sociales, que destronca la cohesión social en las comunidades y la autogestión de éstas para con los recursos naturales. Son, a su vez, franquicias de empresas privadas interesadas en esos recursos naturales como el litio, el oro, la plata, el gas natural, los recursos hídricos; así como en el control de rutas comerciales y en una configuración del territorio de acuerdo a los circuitos ilegales transnacionales. Mientras la narrativa enfatice en una dinámica de “policías y ladrones”, las significaciones y la semiótica del poder encubrirá esos y otros intereses creados vinculados a la producción y tráfico de armas y al blanqueo de recursos de procedencia ilícita.

La necro-economía es parte consustancial de la geopolítica y geoeconomía del capital. Sin el ingrediente de la muerte y de la violencia criminal no es posible configurar y perpetuar constelaciones globales de poder. Solo que en la división internacional del trabajo criminal son sociedades subdesarrolladas como México y Colombia las que aportan la sangre y los cuerpos desaparecidos –principalmente de jóvenes–; mientras el norte del mundo se erige en un pozo sin fondo del consumismo de insumos, bienes y servicios ilícitos. Se trata de un proceso de criminalización de la pobreza como parte del sustento de ese sofisticado andamiaje global de acumulación de capital.

Lo que subyace detrás del crimen organizado es la creciente conflictividad y desigualdad social de las sociedades contemporáneas. Sintetiza las contradicciones profundas de un capitalismo expoliador y fundamentado en la violencia. El crimen organizado es la expresión más acabada de la lógica desbocada y destructiva del mercado, de la mercantilización extrema de la vida social, y de su desmedido afán de lucro y ganancia que desestructura el sentido de comunidad. La simbólica y los rituales propios del crimen organizado remiten a la teología del individualismo hedonista. Si no se exalta al individuo y sus afanes y pulsiones más profundas, no existiría margen de legitimidad. Figuras de capos como Pablo Escobar Gaviria y Joaquín Guzmán Loera son una representación de esa exaltación del individualismo digna de imitar para no pocos. Se trata de mitos y rituales vinculados a la violencia criminal, cuya vitalidad de esta narrativa radica en socavar la acción colectiva, la cohesión social e, incluso, la seguirdad emocional de los ciudadanos. En última instancia, esos mitos fundantes de la violencia criminal funcionan como cortinas de humo de las profundas estructuras de poder. Son alfiles desechables, y otros surgiran para reemplazarlos en sus capacidades logísticas.

La disputa, entonces, es en el terreno de las significaciones. Si estas no son subvertidas con la palabra y el análisis riguroso, las estructuras de poder tenderán a perpetuarse, ataviadas por ese sitiamiento psico/cognitivo/territorial y por esa exaltación del individualismo. El pensamiento crítico podría ofrecer brújula a esa labor descomunal obstruída por el poder de los mass media y de las redes sociodigitales.

Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor, y autor del libro La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos.

Twitter: @isaacepunam


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