“Operación masacre”, de Rodolfo Walsh.El periodismo contra la muerte
Publicado originalmente en 1957, la reedición de la obra del periodista, escritor y activista argentino, donde recrea los llamados ”fusilamientos de José León Suárez”, coincide con la puesta en marcha, 70 años después, de una investigación penal sobre los hechos relatados.

Cada obra literaria contiene su propia biografía, algunas, tan limitada como la comprendida por el periodo que dura su lectura, suponiendo el cierre de la última página su desvanecimiento definitivo. Otras, demuestran una capacidad mayor de supervivencia, extendiendo su radio de alcance gracias a contener en su interior un sustento emocional lo suficientemente forjado como para alojarse en el alma del lector. Pero existe un grupo especialmente selecto que, dada su trascendencia, logra mutar incluso con el paso de los años, llegando a entablar un diálogo con el futuro. Cuando el periodista Rodolfo Walsh (1927-1977) publicó en 1957 “Operación masacre” (Seix Barral, 2026), trasladando un episodio especialmente trágico y sangriento de la política argentina, latía en su aspiración última el propósito de hacer justicia, no obstante las diversas ediciones publicadas con posterioridad incluían nuevas revelaciones que a lo largo de diferentes gobiernos fueron siendo investigadas, encontrando siempre un muro de silencio institucional. Es ahora, siete décadas después, cuando se ha conocido que por primera vez la justicia ha decidido escribir su propio epílogo a dicha obra, abriendo un proceso judicial que esperemos ofrezca, aunque tarde, un final digno a esta narración.
Fue, un por aquel entonces treintañero recién llegado a las redacciones de los diarios, quien fruto de una conversación de bar iba a cambiar el relato de la historia. Primero porque ese “soplo”, que en aquel momento más podría parecer un envalentonado comentario en busca de la atención de los parroquianos, significaba el germen de un proyecto que iba a inaugurar, o al menos bajo una alta repercusión, un género que combinaba la literatura y la investigación periodística; y segundo, y más importante, porque aquella frase lanzada por un desconocido que alertaba sobre la existencia de un superviviente -en realidad no iba a ser el único- de los atroces asesinatos que pocos meses antes se habían producido en La Plata, dirigidos a supuestos insurrectos contrarios a la llamada “Revolución Libertadora”, dictadura impuesta tras derrocar al gobierno de Juan Domingo Perón, suponía el primer indicio sobre el que abalanzarse para contrastar y sacar a la luz unos fusilamientos realizados de manera extra oficial. Fue un basurero el lugar escogido para llevar a cabo dichas ejecuciones; allí, el hedor del lugar, el de los cadáveres y sobre todo el del humo exhalado por las armas disparadas, cubría de un aire pestilente la biografía del país.
Juan Carlos Livraga puede ser considerando el nudo gordiano de esta obra, primero por ser el inaugural nombre desvelado como superviviente de la docena de retenidos, pero también en su calidad de responsable, con la denuncia depositada en instancias policiales, de marcar una huella tangible que rastrear. “Operación masacre” asume ese papel de sabueso mientras entrega una lección de historia, un retrato costumbrista y una airada reclamación; vértices, hilvanados por un manejo estilístico exquisito tan cerca del olfato periodístico como de la sudorosa novela policíaca, que desembocan en un libro, retenido en el bolsillo de su autor hasta conseguir el visto bueno para su alumbramiento editorial, que convirtió por primera vez unos hechos reales, relatados cual sagaz gacetillero, en una cumbre artística. Resultado servido en diversos capítulos que ofician, cada uno a su manera, de las diversas identidades asumidas por estas páginas, siendo su tramo inicial, cobijo para una breve disección humana de los implicados, el de mayor calidez, porque los llamados activistas, no eran sino, en su mayoría, hombres jóvenes residentes en barrios obreros asediados por preocupaciones y temores mundanos pero no por eso menos trascendentes y universales. Reunidos en un piso la noche del 9 de junio de 1956, ese fue el destino de unos uniformes que, mientras en la radio se oía la voz enfervorecida de una narración boxística, convirtieron ese hogar en su particular ring dictatorial.
Como en tantos dispositivos militares vestidos de majestuosa intervención, ni armas de fuego ni ningún tipo de obstáculo se encontraron aquellos agentes que, sin ser consciente de ello, estaban siendo protagonistas por partida doble -política y literaria- de la historia. Es a partir de ahí cuando “Operación masacre” toma dirección a una articulación más didáctica, en cuanto a su acercamiento al contexto social de aquel momento, donde una vez más una dictadura había interrumpido el orden constitucional, en este caso peronista, y sobre todo desplegando un nervio narrativo que traslada el trabajo de investigación bajo un pulso febril. Porque no es baladí la interrogante que acecha a lo largo de todo el libro sobre la fiabilidad, o mejor dicho la endeble certeza que representa la memoria como recolector de recuerdos dolorosos, que supone enhebrar una historia por medio de declaraciones y vivencias personales. Si nunca es fácil trazar una línea medianamente objetiva cuando se trata de inmortalizar nuestra experiencia, mucho menos lo es cuando una pistola te encañona. De ahí que la recreación, en una suerte de escorzo “rashomoniano”, de lo sucedido transite por diferentes vías o matices, una ruta de direcciones alternativas que sin embargo confluyen en la bruma mortuoria que cubrió las dependencias policiales a las que fueron trasladados una docena detenidos, y sobre todo, esa pregunta que tantas veces ha retumbando como un espectro tétrico a lo largo de la historia de quien intuye el poco recorrido que le queda a su futuro: “¿Dónde nos llevan y qué van a hacer con nostros?”.
Su paradero no era otro que el basurero de José León Suárez, lúgubre y pestilente enclave al que descendieron de una camioneta para ser ajusticiados con unas ráfagas de metralla que, la providencia, la bienvenida ineptitud, o los hados noctámbulos, quisieron que junto a cuerpos agujereados e inertes algunos lograron evitar que al tiro de gracia con el que eran rematados, en su caso, se le pudiera asignar ese fúnebre apelativo. Una inesperada interrupción de ese destino dictado por las fauces autoritarias que además de mantener su vida posibilitaron que su palabra ejerciera de testigo. No fueron los únicos reprimidos mortalmente por el gobierno de la época, pero si hay algo que les diferencia, y aunque se trate de un detalle legalista, que no se tratara de militares condenados a penas de muerte, ni siquiera de insubordinados juzgados por un sangriento código penal, sino consecuencia de un asesinato extra oficial cuando todavía no había entrado en vigor la Ley Marcial, es un distintivo irrelevante quizás en el plano humano pero que sirvió para que su caso tuviera un recorrido, sin éxito hasta ahora, de mayor envergadura, pudiendo ser usado como ejemplo de toda una práctica continuada y aceptada.
Las paradojas del destino a veces se escriben con la tinta más negra y dolorosa, porque si Rodolfo Walsh destapó y puso nombre a una infamia propiedad del terrorismo de Estado, él mismo, tiempo más tardes, concretamente en 1977, y en este caso de la mano de otra dictadura militar, fue tiroteado y dado por desaparecido durante años. Fue precisamente su militancia y activismo, el mismo que alimenta este libro, el que le castigó con su muerte, una desaparición dolorosa en sí misma pero todavía más al saberse que no ha sido hasta siete décadas después cuando por primera vez serán juzgados en profundidad los hechos que él, en ese mismo instante, se encargó de dar a conocer, frente al mutismo y oscurantismo de las instituciones. Además de por su relevancia, histórica, humana y artística, “Operación masacre” es un perfecto ejemplo de que el periodismo y/o la literatura, cuando nace espoleada por la urgencia moral del presente, también está escribiendo por un futuro más digno y libre.
