Isaac Enríquez Pérez •  Opinión •  01/04/2026

La diplomacia deportiva y la FIFA World Cup: poder (geopolítico y geoeconómico) y fútbol como binomio indisoluble

El fútbol no es un espectáculo/negocio aséptico y alejado de las estructuras de poder que medran de la proyección mediática y del prestigio que estos eventos propician entre las élites políticas y empresariales/financieras. De ahí su relevancia en términos estratégicos e, incluso, geoestratégicos; y de ahí también su intencionalidad como acción social que contribuye a apuntalar ese poder. Históricamente, los Estados usan eventos como la Copa Mundial de Fútbol para proyectar una imagen internacional favorable, así como para (re)posicionarse geopolíticamente y robustecer las redes globales en las cuales interactúan. Al ser un espectáculo masivo, el fútbol magnifica también la influencia global de los líderes políticos que a él se acercan. El fútbol no solo contribuye a la construcción de identidades territoriales, sino que también afianza una vinculación del deporte y los fanáticos con hidden goals más allá de las canchas.

A su vez, en las sociedades contemporáneas el fútbol devino en un negocio de alcances globales que se distanció de las masas populares y tendió –cuando menos a lo largo de los últimos tres lustros– a elitizarse y a generar un negocio dirigido a ejecutivos, turistas de alto poder adquisitivo y a un ambiente de exclusividad sin cortapisas (https://shre.ink/5Ol6, https://shre.ink/5OlO, y https://shre.ink/5OlV). Ello es una expresión de la rapacidad de las élites empresariales que operan sin restricciones y apegadas al imperativo de la ganancia desmedida. Este carácter elitista del fútbol marcha a contracorriente del influjo histórico que lo relacionó con las clases sociales populares y lo condujeron por un sendero de lucha y de reinvindicación de causas también populares. Pensemos en la Segunda República defendida por los catalanes; el auld enemies propio de la rivalidad entre Inglaterra y Escocia y que enfrenta a la cruz de San Jorge contra la cruz de San Andrés, con todo lo que ello implica en cuanto a concepciones políticas y religiosas en ambas naciones; etc. En suma, al ser un deporte practicado por miles de millones de seres humanos, adquiere una faceta cultural por su papel crucial en la formación y reafirmación de identidades territoriales.

El fútbol, también, externa impulsos competitivos que remueven antiguas rivalidades entre poblaciones y territorios; exacerba los ánimos nacionalistas y empequeñece la capacidad de discernimiento; al tiempo que cataliza los conflictos sociales. El fútbol, incluso, se emplea como dispositivo de control social y manipulación de las masas.  

Tal vez –como ya lo tratamos en otros textos (https://shre.ink/LhVZ)–, el punto más álgido de esa relación del fútbol con el poder está representado por la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), que en sí misma funge como una tecnocracia y como una facción oligárquica que incluso impone sus criterios y negocios a no pocos Estados; tal como ocurrió en la Copa Mundial Brasil 2014. En tanto organismo internacional rector, la FIFA tiende a concentrar un gran poder no solo financiero y publicitario, sino también simbólico, político y geoestratégico. Es el rostro visible de las relaciones directas del fútbol con la clase política. Su acción social la despliega, en buena medida, en torno a Jefes de Estado y de Gobierno, a funcionarios nacionales e internacionales, y a empresarios de distinto nivel vinculados a esos funcionarios públicos. La FIFA opera como el epicentro de una red empresarial global, ejerciendo un poder de mercado en condiciones monopólicas y sin contrapesos, incluso sobrepasando atribuciones al endosar al sector público las inversiones en infraestructura que reditúan en ganancias privadas. Esta abyección de ciertos Estados respecto a la FIFA y sus patrocinadores se observa también con el gobierno mexicano al exentar de impuestos a las operaciones comerciales y financieras ue en territorio azteca realizará ese organismo rector y sus proveedores con motivo del Mundial 2026 (https://shre.ink/LhVe), e incluso con la usurpación de espacios públicos por parte de la empresa Coca-Cola, como ocurrió en la llamada conferencia matutina a cargo de la Presidenta de la República el pasado 3 de marzo de 2026 (https://shre.ink/LhNI). Empresa que sobre-explota los recursos hídricos mexicanos, hundiendo en crisis de agua a comunidades aledañas; contamina con una alta proporción de las 788 mil toneladas de boltellas de plásticos que en México se consumen anualmente (https://shre.ink/LhV1); y que además está detrás de la crisis de obesidad y diabetes en niños y adultos.

Ese carácter global del fútbol como espectáculo/negocio es atribuible al progreso tecnológico en materia de telecomunicaciones, así como al rol activo y lucrativo de firmas empresariales también globales –Coca Cola, Adidas, Hisense, Kia, etc. Las alianzas estratégicas de la FIFA con estas firmas se complementa con un enfoque multiplataforma y con la amplia difusión de contenidos en las redes sociodigitales convencionales. Tan solo la final de la Copa Mundial Qatar 2022 entre las selecciones de Argentina y Francia alcanzó una audiencia de 1420 millones de espectadores (https://shre.ink/LhV0).

Como parte de la globalización, el fútbol mercantilizado está sujeto a la dinámica y contradicciones de la geopolítica y geoeconomía del capital y, a su vez, dicho espectáculo/negocio de alcances globales, incide en la construcción y legitimación del poder en las escalas nacionales. De ahí que sea preciso reconocer el carácter complejo y multifacético del fútbol.

Decíamos: los eventos propios del mundo del fútbol no son neutrales. Juegan un importante papel en el fortalecimiento del Estado-nación; al tiempo que contribuyen a robustecer sus estructuras de poder y a difundir los intereses mediatos y/o inmediatos de las élites políticas nacionales. Es importante destacar también un aspecto paradójico del fútbol: por un lado, abre paso al cosmopolitismo como parte de los propios procesos de globalización y, por otro, se remarcan las tendencias al nacionalismo y al regionalismo subnacional. Los clubes de las ligas más importantes reclutan jugadores de prácticamente todo el planeta con la finalidad de que su marca logre una mayor penetración en esos territorios de donde proceden dichos futbolistas. Es parte de la proyección e impacto global, así como de la cercanía cultural de los clubes con los países de donde provienen los jugadores.

Las ganancias astronómicas que maneja el fútbol, especialmente entre las ligas nacionales de mayor proyección mundial, devienen en impuestos generadores de recursos extraordinarios que benefician al poder económico de los Estados. A su vez, los Estados proveen al fútbol entrenados institucionales para el despliegue de los eventos y torneos deportivos en condiciones de estabilidad socio-política que permitan los procesos de acumulación de capital desde ese negocio. No solo es la comercialización de entradas a los estadios y de ropa deportiva, de los derechos de transmisión por televisión y multiplataformas, de la publicidad de multitud de mercancías difundidas por patrocinadores, sino también el prestigio, la influencia y la fama que incrementan el poder simbólico/cultural de los Estados. Aunque también es de remarcar el papel de las organizaciones criminales en actividades como la copia o piratería de ropa deportiva, la re-venta y especulación en materia de boletaje para el ingreso a los estadios, la provisión de productos y servicios en las cercanías a los estadios, etc.

En el marco de la división internacional del trabajo en el ámbito del fútbol, principalmente las ligas y las selecciones nacionales más competitivas se localizan –salvo el caso de Brasil y Argentina– en las economías europeas más desarrolladas, y en ellas también se concentra la riqueza y el prestigio, los estadios con mayor sofisticación tecnológica, y los clubes con las marcas más poderosas. En tanto que el sur del mundo se caracteriza por aportar un amplio mercado para la venta de contenidos y merchandise (donde sobresalen países asiáticos y árabes, y los propios Estados Unidos), por la provisión de jugadores de alto nivel y talento futbolístico (múltiples países latinoamericanos y africanos), y por una destacada tradición futbolística incluso centenaria como la de varios países sudamericanos.

Propiamente en términos de lo que se denomina como diplomacia deportiva, el fútbol –especialmente cuando se organizan torneos internacionales o alguna selección gana alguna copa también internacional– contribuye a mejorar la imagen del país en cuestión. Sin embargo, el fútbol también puede fungir como una correa de transmisión de valores y prácticas vinculadas a las estructuras de poder, dominación y riqueza.

En este ámbito de la diplomacia deportiva, el fútbol se asume como un escaparate de poder y de simbolismos; al tiempo que se le dota de una intencionalidad geoestratégica. El fascismo italiano lo evidenció en la Copa Mundial de 1934 en aras de difundir una imagen de superioridad incluso racial; la anexión de Austria por parte de la Alemania Nazi en 1938 supuso la desarticulación de la selección nacional austríaca y la forzada incorporación de varios de sus jugadores a la selección alemana con miras a la Copa Mundial de ese mismo año; el uso del mundial de 1978 por la dictadura militar que asedió a Argentina y la necesidad de legitimidad con dicho evento; el partido de cuartos de final entre Argentina e Inglaterra en México 1986, unos años después de la Guerra de las Malvinas; la Alemania Campeona en el mundial de Italia 1990 en el marco de la caída del Muro de Berlín unos meses antes y el proceso de reunificación de las dos alemanias; el encuentro entre Irán y Estados Unidos en el estadio Gerland de Lyon durante el mundial de 1998; la España campeona en el 2010 en el contextos de las secuelas crisis inmobiliario/financiera iniciada en 2007, la ampliación de la pauperización social entre los españoles, y los escándalos de corrupción por parte de la monarquía; el reposicionamiento geopolítico de Rusia y el aprovechamiento de la organización del Mundial de 2018 para afianzar una imagen internacional; la Copa Mundial de 2022 como parte “lavado de cara” del régimen qatarí ante los constantes cuestionamientos internacionales en materia de derechos humanos. El Mundial a realizarse en el año 2026, principalmente en Estados Unidos, no será la excepción en el marco de las disputas internas protagonizadas por las elites plutocráticas y de las transformaciones estructurales en el tablero geopolítico global. No menos importante en esta relación geopolítica/fútbol es la descalificación por parte de la FIFA y la UEFA para que Rusia participe en torneos internacionales, luego de la invasión a Ucrania en el año 2022.

Con esta diplomacia deportiva, los Estados racionalizan al fútbol como parte de un ejercicio permanente para difundir ciertos valores, narrativas y estilos de vida; para incidir en amplias audiencias masivas transnacionales en el marco de proyectos geopolíticos; y para que el Estado en cuestión se (re)posicione en el sistema mundial. En principio, estos Estados que despliegan esa modalidad de diplomacia pretenden lograr prestigio, reconocimiento, confianza y legitimidad por parte de sus pares. Se trata de un ejercicio sofisticado de política exterior que es permanente y no meramente coyuntural. Su naturaleza es relacional porque el fútbol es un escenario que contribuye a la construcción de significaciones en el marco de luchas incluso cosmogónicas como las que se experimentan en el mundo contemporáneo. Los ojos del planeta entero varios meses están puestos en ese territorio donde se desplegará la Copa Mundial de Fútbol o algún otro torneo afamado. En esa lógica, los Estados entran en contacto con audiencias globales; entonces el fútbol es fundamental para lograr visibilidad y proyectar poder en aras de incidir en un sistema mundial signado por la pugna, la incertidumbre y la híper-mediatización. El fútbol entra así al ámbito de la construcción de significaciones y a la disputa en torno a las percepciones relativas a problemáticas como el racismo, la inmigración, la guerra y la paz, y los reacomodos geopolíticos.

Que la Copa Mundial de la FIFA 2026 suponga que el grueso de los encuentros se jugarán en territorio estadounidense –muy por encima de Canadá y México– es ya un indicador del talante geopolítico que adoptará dicho evento global y masivo. Son decisiones de carácter diplomático, de imagen internacional y de mercantilización del fútbol a gran escala. Dicho Mundial se realizará en el marco de las tensiones entre Estados Unidos y China, de la propia guerra entre Rusia y Ucrania, de la extracción y el juicio político a Nicolás Maduro, y de la invasión de Israel y Estados Unidos a Irán; todos ellos acontecimientos geopolíticos y geoeconómicos que redefinirán el orden económico y político mundial de las siguientes décadas. No menos importante es el abatimiento del supuesto líder de la empresa criminal Jalisco Nueva Generación, en el contexto de la reconfiguración de los acuerdos entre los Estados y las organizaciones criminales y de la lucha por el control financiero de los recursos de procedencia ilícita.

La Copa Mundial de Fútbol 2026 representará un magnífico escenario para las élites estadounidenses en aras de mejorar su imagen de cara a las contradicciones internas y externas que asedian a ese hegemón. Sin embargo, la incertidumbre internacional conduce a que la caída de la hegemonía estadounidense, los conflictos bélicos y las crisis diplomáticas evidencien un acelerado cambio de ciclo histórico.

Comprender la relación del fútbol con el poder y la geopolítica, implica reconocer las contradicciones del mundo contemporáneo y las conflictividades nacionales e internacionales. Más que ese carácter refractario que se pretende para el fútbol, la realidad es que éste no ocurre en vacíos políticos y no se encuentra al margen de la geopolítica. Existe una estrecha relación entre la interacción y confrontación de los países dentro y fuera del terreno de juego, de tal manera que el fútbol expresa esas conflictividades, y se erige en un dispositivo para la construcción de significaciones y narrativas que inclinen la balanza hacia a algún lado u otro. De ahí la urgencia de comprenderlo como un fenómeno complejo de amplias magnitudes globales.

Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor, y autor del libro La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos.

Twitter: @isaacepunam


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