André Abeledo Fernández •  Opinión •  31/01/2026

La moderación no combate al fascismo ni a la ultraderecha, los alimenta

Donald Trump es un terrorista senil rodeado de fascistas y extremistas religiosos como Marco Rubio. El eje del mal tiene su sede en Washington pero ramificaciones por todo el mundo.

Patrioteros de pacotilla como Santiago Abascal, Isabel Díaz Ayuso, Javier Milei, Alberto Núñez Feijóo, Meloni, Noboa, Bukele, María Corina Machado, son empleados del Trumpismo defendiendo los intereses de los EEUU contra los intereses de sus propios pueblos.

Ojalá tengan razón los que piensan que no haciendo nada pueden parar al fascismo. Los que creen que las migajas alimentan al pueblo y aún se puede enfrentar al fascismo con moderación y buenas palabras sin necesidad de hechos.

Hubo un tiempo donde cientos de líderes revolucionarios entregaron su vida por la causa a cambio de nada. Hoy no contamos con esos líderes, no tenemos esa clase de políticos patriotas no solo de su nación, también de su clase.

O recuperamos la conciencia de clase y nos hacemos responsables de nuestras propias vidas y dejamos de delegar o nada va a cambiar para bien, continuará la involución de la sociedad y seguirán ganando poder los que defienden que la justicia social es un acto de terrorismo.

«La moderación y las medias tintas son la antesala de la traición». Nunca olvidemos que los moderados también defienden al sistema, son el burgués asustado que cuando tiene miedo de perder sus privilegios se convierte en el peor de los fascistas.

Cuando no puedas ayudar a mejorar las cosas no estorbes, si estas cansado descansa, si eres parte del problema dimite, porque Dimitir no es un nombre ruso, es un acto de dignidad y de generosidad al alcance de los mejores.

Nadie es imprescindible, en algún momento alguien es necesario, nunca imprescindible, menos aún los líderes de la izquierda que la hunden porque entienden la política como un modo de vida, como una forma de vivir bien, de trabajar poco, o de alimentar sus egos inflados.

«Si hay cansancio, jubílese; pero no se convierta en freno, no se convierta en obstáculo, no se convierta en estorbo. Hay mucho que hacer y esta tarea es de revolucionarios. No basta con haber sido revolucionario ayer, hay que saber ser revolucionario hoy, hay que saber ser revolucionario mañana. Y hasta, incluso, se puede ser revolucionario no estorbando, no estorbando». 

Jean-Paul Sartre advirtió que contra el fascismo no valen los argumentos: es un sistema de opresión que no busca dialogar, sino aplastar la libertad ajena. Creer que basta con discursos para doblegar la barbarie es darle el tiempo y espacio que necesitan para reforzar su maquinaria de odio.

Vuelven a camuflarse tras la máscara de la pluralidad, no podemos caer en la trampa de un “debate” que legitima su violencia. Sartre nos recuerda que el fascismo no se persuade, se le combate, o como dijo Buenaventura Durruti: «Al fascismo no se discute, se le destruye».

Bertolt Brecht afirmó: “Aquellos que están contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, que se lamentan de la barbarie que origina la barbarie, se parecen a los que quieren comer su tajada de ternera, pero no quieren que se mate la ternera”. El escritor alemán dejó claro que la lucha antifascista implicaba el derrocamiento del capitalismo que es la matriz del fascismo. 

Antonio Gramsci lo advirtió hace un siglo: el fascismo no es solo represión con botas, sino hegemonía cultural disfrazada de sentido común. No grita «¡viva la dictadura!», grita «¡vivan los trabajadores!» mientras legisla para bancos y grandes fortunas. No se presenta como autoritario, sino como antisistema. No lleva cruz gamada, lleva bandera patria. No te dice que calles: te convence de que el problema eres tú.

Gramsci escribió: “Odiad a los indiferentes: vivir significa tomar partido”. Detectar el fascismo es el primer paso para combatirlo. El segundo, es no normalizarlo.


Opinión /