José López •  Opinión • 28/11/2017

Las falsas democracias

Desenmascararlas nos atañe a todos.

Hay quienes se sorprenden de la involución sufrida en el Estado español en los últimos tiempos, acrecentada por la represión del movimiento independentista catalán. Sin embargo, como la historia ha mostrado obstinadamente en numerosas ocasiones, cuando la oligarquía, el poder económico en la sombra, ve peligrar sus privilegios surgen las involuciones e incluso en casos extremos los golpes de Estado. No cabe duda de que cuando un régimen está en crisis muestra su verdadero rostro. Como a las personas se las conoce cuando las cosas van mal y no cuando van bien.

Las falsas democracias se declaran formalmente como democracias pero en la práctica son dictaduras de las clases oligárquicas. La democracia liberal es la dictadura casi perfecta. No hay dictadura más eficaz que aquella que aparenta no serlo. En teoría cualquier idea es admitida (salvo algunas ideas extremas, como el nazismo en países que lo sufrieron en sus propias carnes, como es el caso de Alemania), pero en la práctica no. El truco consiste en permitir que en la teoría pueda defenderse cualquier idea pero lograr que no se lleve a la práctica.

Por ejemplo, en nuestra “democracia” española puede haber partidos legales que defiendan la independencia de algunas de sus naciones en sus programas, pero cuando intentan aplicar éstos se les imposibilita porque es ilegal. Ésta es una de las grandes contradicciones de las falsas democracias. Podemos desenmascarar a éstas a través de dichas contradicciones. Una de dos o se ilegalizan aquellas ideas que no pueden practicarse (lo cual pondría aún más en evidencia a las falsas democracias) o se impide que se lleven a la práctica de mil y una formas, incluso en nombre de la ley cuando dejan de ser minoritarias. La misma ley que consiente que sean defendidas en teoría ciertas ideas, sin embargo, impide que sean llevadas a la práctica. Una ley, dicho sea de paso, como suele ocurrir tantas veces, ambigua, que permite múltiples e incluso contradictorias interpretaciones. El artículo 155 de la actual Constitución se ha aplicado de la manera más dura que podía hacerse, pues no concreta muchas de las acciones que se han tomado. En la cuestión catalana se ha visto claramente cómo funciona el “Estado de derecho” español del actual régimen. Una Justicia normalmente muy lenta que, de repente, salta a la velocidad de la luz. Mientras corruptos no son encarcelados o lo son muy tarde o muy poco tiempo, activistas políticos lo son de manera preventiva aun no habiendo provocado ninguna violencia. Mientras éstos son encarcelados, los policías y guardias civiles que protagonizaron las violentas cargas contra pacíficos ciudadanos que intentaban votar el 1-0 siguen impunes. En España la violencia policial no es castigada, incluso es a veces recompensada. Mientras quienes incumplen sistemáticamente su programa electoral y se comportan como una mafia siguen campando a sus anchas, quienes intentan llevar a la práctica su programa electoral son encarcelados. En nuestra “democracia” cumplir el programa electoral puede ser causa de encarcelamiento. ¿Puede existir mayor prueba de que es una democracia falsa?

A estas falsas democracias les interesa que haya partidos de todas las ideologías para que su disfraz sea creíble. El problema surge cuando aquellas ideas que van en contra de los intereses del verdadero poder en la sombra se vuelven mayoritarias. Mientras sean marginales o minoritarias no hay problema. Pero cuando surge un 15-M y un Podemos (con posibilidades de ser mayoritarios) que amenacen los privilegios de las élites, éstas, que nunca se duermen en los laureles, ponen toda la carne en el asador para que dichos movimientos políticos no lleguen a gobernar, para que se queden en meras anécdotas. De aquí la enorme, insistente y sin precedentes campaña mediática contra Podemos desde su nacimiento. O se domestican las ideas rebeldes que atentan contra el orden establecido o se intenta devolverlas al lugar del que nunca deberían haber salido, a la marginalidad. Al sistema no le asusta un partido comunista que nunca pueda llegar a ser mayoritario, incluso le viene muy bien para reforzar el disfraz de democracia, por esto se lo legalizó en su día al mismo tiempo que diseñando una ley electoral que le impidiera tener mucha presencia en las instituciones, hiriendo de muerte a la democracia representativa, incumpliendo el principio elemental de “una persona, un voto”. Sin embargo, esto tuvo como efecto secundario el tener unos nacionalismos periféricos crecientes y desbocados, dada su sobre representación en el parlamento estatal.

Y es que en las falsas democracias se usan mil y una artimañas para conseguir al mismo tiempo que cualquier idea pueda ser defendida en público (incluso las que atentan contra el statu quo del poder económico, aunque hasta cierto punto, sin darles demasiada promoción) y que nunca pueda llevarse a la práctica las que atenten contra los intereses oligárquicos. Ya sea incumpliendo en la práctica los principios básicos de la democracia, como la igualdad de oportunidades (las ideas peligrosas han de ser marginadas, permanecer minoritarias, por esto no tienen las mismas oportunidades de ser conocidas que las que fomentan el orden establecido, el capitalismo), como la separación de poderes (la Justicia debe estar al servicio de las élites),… Mediante un control riguroso al mismo tiempo que sutil de los grandes medios de comunicación se consigue modelar el pensamiento de las masas de tal forma que éstas voten a sus verdugos mayoritariamente. Mediante el uso del nacionalismo se consigue desviar la atención e intensificar la involución con el objetivo fundamental de evitar cambios sociales, los que verdaderamente teme la oligarquía. ¿Es casualidad que el proceso independentista catalán se intentara llevar a cabo justo después del advenimiento del 15-M y Podemos? Por ahora, han conseguido que en vez de lo social, se hable de lo territorial. Cuando realmente tanto la burguesía catalana como la española, como cualquier otra élite económica, tienen una sola patria: los paraísos fiscales donde guardar a buen recaudo sus fortunas. A las élites les ha asustado mucho más ver en las calles a miles y miles de personas reclamando la democracia real que el secesionismo catalán. Todo lo acontecido en los últimos meses ha beneficiado a las derechas, catalanas y españolas. En cuanto el trabajador sucumbe ante la cuestión nacional olvida la cuestión social, clasista. Su verdadero enemigo no es tal o cual nación o región, sino el empresario que le explota, esté donde esté. El nacionalismo sustituye a la lucha de clases, cuando la verdadera clave es esta última. La lucha de clases es el motor de la historia. Ésta es una verdad que nunca debe olvidarse. Todo esto no impide reconocer el legítimo derecho de todo pueblo a decidir sobre su futuro. La democracia real implica, entre otras muchas cosas, el reconocimiento del derecho a la autodeterminación. No es ético obligar a ningún pueblo a convivir con ningún otro.

Sólo cuando el sistema entra en crisis (dadas sus profundas e irresolubles contradicciones está condenado a hacerlo recurrentemente, cada vez más frecuente e intensamente) es cuando se abre una ventana de oportunidad para intentar cambios reales. Y éstos sólo serán posibles en el marco de una democracia verdadera, donde todas las ideas (siempre que no atenten contra los principios más elementales de la propia democracia) tengan las mismas oportunidades de ser conocidas y de llevarse a la práctica. Esas ventanas de oportunidad deben ser aprovechadas por la izquierda real, la cual debe estar bien preparada para no fallar. La izquierda debe abanderar la causa democrática. Luchar por la democracia es luchar contra el capitalismo. Uno de los pilares fundamentales de la democracia es la igualdad. En la vida en sociedad no hay libertad sin igualdad. No habrá democracia real sin elegibilidad y revocabilidad de todos los cargos públicos (empezando por el jefe de Estado), sin referendos frecuentes y siempre vinculantes, sin efectiva separación de todos los poderes (incluidos la prensa y el poder económico), sin una prensa libre y plural, sin la obligación por parte de los partidos políticos de cumplir sus programas electorales (los cuales deben ser contratos sagrados con sus votantes), sin transparencia a todos los niveles, sin una ley electoral donde cada voto valga igual,… Además, la democracia representativa (pero mucho más representativa y participativa) deberá ser complementada, allá donde sea posible, por la democracia directa. Además, la democracia deberá expandirse por todos los rincones de la sociedad, y muy especialmente a la economía, el motor de la sociedad.

La solución a la cuestión catalana, al problema nacional, pero también a la cuestión social (la que verdaderamente importa o debería importar a la mayoría de la gente) es la democracia, la verdadera, y no la falsa que tenemos ahora. Pero la democracia real sólo podrá alcanzarse con largas y duras luchas por parte de las clases populares. La lucha por la democracia es una labor colectiva pero también individual. Cada uno de nosotros debe poner su grano de arena. En nuestros ámbitos particulares debemos intentar convencer a quienes nos rodean, siempre con humildad y respeto, de que no tenemos una democracia real y de que ésta es la verdadera solución a los grandes problemas que padece nuestra sociedad. Debemos también poner en evidencia a los falsos profetas, a la falsa izquierda. Y, como siempre, la única manera de desenmascararlos es analizando sus flagrantes contradicciones, entre lo que dicen unas veces y lo que dicen otras, y sobre todo entre lo que dicen y lo que hacen. Mientras no caiga definitivamente el PSOE no caerá el actual régimen. No tendremos una sociedad realmente libre mientras no tengamos una democracia que merezca tal nombre. La democracia nos atañe a cada uno de nosotros, ciudadanos corrientes, trabajadores. No tendremos un futuro digno (tal vez ni siquiera un futuro) sin DEMOCRACIA, en mayúsculas.

26 de noviembre de 2017

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