José Haro Hernández •  Opinión •  24/01/2026

El IV Reich de Trump y el colaboracionismo europeo

Trump ha dado el pistoletazo de salida al IV Reich: el imperio americano ya no se rige por regla alguna en las relaciones internacionales, tan sólo por la ley del más fuerte. De manera que, si desea algo que pertenece a otros países, simplemente lo toma —o lo intenta— empleando para ello la violencia que pueda. Porque, a diferencia del III Reich, EEUU carece de las capacidades militares necesarias para invadir un país tras otro. Acumula, en las últimas décadas, demasiados fracasos, tanto en solitario como a través de la OTAN. No puede derrotar a sus rivales estratégicos mediante guerras industriales de desgaste. Ucrania lo demuestra hoy, como antes lo hicieron Afganistán o Vietnam. Así que se ve obligado a recurrir a las amenazas y chantajes y, en última instancia, a bombardeos y operaciones de inteligencia, guerra electrónica y fuerzas especiales, con la finalidad de desestabilizar y descabezar a los gobiernos que no se someten. Venezuela ha sido la última víctima, aunque el gobierno de Caracas, por cuanto no ha sido tumbado ni por un golpe de Estado ni por una invasión exitosa, se mantiene. De hecho, a Washington le sale más a cuenta negociar con un gobierno chavista sólido que con otro dirigido por una oposición que se ha quedado colgada de la brocha; y que no tiene, según Trump, el ‘respeto’ de la población.

Este nuevo tiempo imperial se caracteriza, también, porque los amos del cortijo mundial ya no invocan, para justificar sus fechorías, grandes principios, como la democracia, la lucha contra el comunismo o la posesión, por la otra parte, de armas de destrucción masiva. Ahora Trump lo manifiesta con una sinceridad brutal: quiere el petróleo de Venezuela, más como activo financiero-por sus enormes reservas- que como materia prima. También apunta hacia Groenlandia por sus riquezas y su posición estratégica en el Ártico. Todo eso, y más, lo necesita EEUU para sacar a flote una economía hundida por una deuda inabarcable y unos déficits comercial y fiscal que empujan hacia la desdolarización del comercio mundial, lo cual supondría el fin del hegemón yanqui.

Así que Washington tiene que sacar dinero de Europa y minerales de América Latina, donde busca, además, neutralizar la creciente influencia china. Por eso dispara advertencias por doquier:  Colombia, Cuba, México, Dinamarca: el déspota de la Casa Blanca tiene como objetivo succionar recursos desde el resto del mundo hacia EEUU y su propio bolsillo.

En todo este proceso de desmanes trumpianos, destaca la actitud de una UE instalada en el servilismo hacia la Administración norteamericana. De hecho, ante el pisoteo del Derecho Internacional perpetrado en la madrugada del 3 de octubre con el asesinato de más de 100 personas y el secuestro de Maduro, 26 de los 27 Estados miembros   (entre ellos, España)se limitaron a hacer un llamamiento a la calma y a la moderación, con el fin de evitar una escalada y garantizar una solución pacífica. Obviaban que estamos ante la agresión de una superpotencia contra un país soberano que no ha realizado acto previo alguno de hostilidad hacia su atacante. Incluso avalaron políticamente a éste al enfatizar que el secuestrado carece de la legitimidad de un presidente elegido democráticamente. 

Ya hace tiempo que los dirigentes de Bruselas decidieron asumir su condición de súbditos respecto del emperador naranja. También Sánchez, a pesar de los teatrillos que periódicamente monta para aparentar que mantiene las distancias con el matón imperial. Lo cierto es que Trump les ha impuesto aranceles unilaterales, la obligatoriedad de comprar armas y energía cara a EEUU y la exención de pagar el impuesto mínimo del 15 % a las tecnológicas norteamericanas. Esto va de transferir rentas desde la orilla europea del Atlántico hasta la estadounidense. 

En realidad, el objetivo de Trump es que todo el hemisferio occidental sea una colonia suya. Y no repara en medios para ello, hasta el punto de amenazar a Dinamarca -un país europeo miembro de la UE y de la OTAN-a través de Groenlandia. Resultaría inaudito que el jefe de una alianza militar atacara a uno de sus miembros. Así es el mundo en que vivimos, donde todo ha saltado por los aires porque un imperio en declive da desesperados manotazos para mantenerse a flote y no hundirse.

Si la UE quiere evitar ahogarse por permanecer sujeta a quien se precipita hacia el fondo de la historia, no tiene más remedio que soltar amarras con quien no sólo basa su política exterior en el terror, sino que además amenaza el bienestar, la seguridad y la integridad de Europa. Pero nuestros gobiernos no van por ese camino. El día de Reyes le hicieron un regalo a sus pueblos: 26 de los 27 Estados de la Unión, incluida España, decidieron formar una ‘coalición de voluntarios’ para mandar tropas a Ucrania. Unas fuerzas cuya misión fundamental es la de fortalecer la capacidad negociadora de EEUU frente a Rusia a la hora del reparto de Ucrania. Tiempos kafkianos: los ejércitos europeos al servicio de una potencia que declara su intención de apoderarse de una parte de la UE, por las buenas o por las malas.

En definitiva, Europa ha optado por ser la Francia de Vichy: sometida al nuevo Reich y, a la vez, cómplice de sus tropelías. Podría tomar otro rumbo, el de la soberanía, quitando las bases americanas y saliendo de la OTAN. Pero esto no parece estar en la mente de unos gobernantes que han elegido el vasallaje como forma de relacionarse con quien, en estos momentos, prepara el asalto militar a territorio europeo.

joseharohernandez@gmail.com


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