José Haro Hernández •  Opinión •  18/01/2026

La izquierda, entre la esperanza extremeña y el suicidio aragonés

El gobierno de Sánchez, con su deriva, se ha convertido en la alfombra roja que conducirá a Abascal hasta La Moncloa.

No parecía Sánchez en absoluto preocupado cuando el pasado 15 de diciembre compareció ante los medios para hacer balance del curso político que finalizaba. A pesar de que acababan de estallar una serie de casos de corrupción y de acoso sexual encubiertos por la dirección del partido. Por si fuera poco, Yolanda Díaz había lanzado, tres días antes, una dura advertencia al PSOE en el sentido de que no se podía seguir así, exigiendo una completa remodelación del Ejecutivo y un cambio en su rumbo. La tranquilidad del presidente, que parecía incluso andar de sobrado, se debe a su desconocimiento de la calle; pero, a la vez, a que tiene calados a unos socios cuyas ambiciones políticas quedan colmadas permaneciendo en sus asientos de La Moncloa.

Cuando cantaba las alabanzas de su propia gestión, evidencia su incapacidad para leer el malestar social. Se vanagloriaba de las subidas del salario mínimo, de las pensiones y del sueldo de los funcionarios. Pero se le olvidaba que los precios de la cesta de la compra han corrido mucho más. Y no ve a una juventud que, instalada en la precariedad, pierde la esperanza de tener algún día trabajo digno y vivienda asequible. 

Su tono relajado y distendido tenía una causa clara: sabe que hoy no tiene enfrente una alternativa real. La derecha no suma y en ningún caso va a arrastrar al resto del Congreso a una moción de censura que lo saque de La Moncloa. También intuye que la mayor parte de sus aliados gubernamentales y parlamentarios, por mucha bronca que monten —y la última ha sido sonada—, finalmente se mantienen junto al fuego del hogar, porque fuera hace frío. Incluso algún dirigente de la izquierda, para mostrar su acatamiento, no dudó en calificar de ‘ejemplar’ a un gobierno envuelto en un tren de escándalos.

En realidad, esta actitud de quienes sostienen a Sánchez presenta unos síntomas de agotamiento crecientes. Por varios motivos. Primero, porque resulta contradictorio justificar este respaldo en las medidas positivas que supuestamente se estarían llevando a cabo, y paralelamente afirmar que es necesario un giro de 180 grados en las políticas sociales. Si es precisa, en este ámbito, una corrección de tal magnitud, será porque las cosas no se están haciendo bien. Segundo, porque lanzar un órdago con connotaciones de ultimátum, como hizo la ministra de Trabajo, es incompatible con aceptar como escenario de conciliación una simple reunión de la que no ha salido propósito de enmienda alguno por parte del PSOE, sino más bien ninguneo, cuando no desprecio, hacia Sumar. Y tercero, evitar que llegue la derecha es algo que se hace, y de la mejor de las maneras posibles, en el Congreso: basta con rechazar cualquier moción de censura de PP y Vox. Es más: desde la sede de la soberanía popular se condiciona más al gobierno que desde dentro. Porque no existen ni la disciplina ni las servidumbres inherentes a compartir un órgano colegiado que impone una lealtad obligada a sus miembros. Desde el parlamento, la izquierda dispone de más libertad para presentar sus iniciativas propias y recusar aquellas que, provenientes del PSOE, no sean de recibo. Sin que ello implique franquear el paso a Abascal.

Lo que, por el contrario, sí facilita su llegada es una dirigencia que no cumple el programa con el que se comprometió ante sus electores, renunciando a acometer políticas de izquierda. Ese incumplimiento alimenta la antipolítica y el voto a la extrema derecha. 

 Sumar está optando por un camino peligroso que conduce a la irrelevancia. La inconsistencia política deviene en pérdida de credibilidad. Porque se esfuma como opción plausible. Es evidente que el PSOE no da más de sí: es un partido comprometido con la oligarquía y el militarismo atlantista. Que ha traicionado al Sáhara y mantiene sus negocios de armas con Israel. Subordinarse a él, hasta el punto de la humillación a la que ahora asistimos, significa, para la izquierda, el suicidio. Que han esquivado unas organizaciones extremeñas pegadas al territorio, cercanas a los problemas de la gente, unidas y nada contemporizadoras con una trayectoria gubernamental en la que no se reconoce una parte creciente de la ciudadanía progresista.

En cambio, las izquierdas aragonesas han optado por el desastre al que lleva su división. Quienes han pretendido forzar, en las negociaciones para la unidad, la presencia de Movimiento Sumar, inexistente en la región y cada vez más subordinado al PSOE, son los principales responsables de un desaguisado en el que todos tienen su parte alícuota de responsabilidad. 

Que no lleguen los trumpistas depende de que la izquierda se ponga las pilas y se una(sin ectoplasmas fantasmales), erigiéndose en alternativa a la falta de vivienda, al trabajo precario, a la carestía de la vida y al deterioro de los servicios públicos. Para ello es imprescindible que deje de ser cómplice de este estado de las cosas. Ha de pensar en clave extremeña, no en clave maña.

joseharohernandez@gmail.com


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