El ‘No a la guerra’ que duró un día
| Mientras permanezcamos en la OTAN y tengamos bases americanas, participaremos en las guerras imperiales. |
Sánchez es un animal político con una extraordinaria capacidad para sobrevivir a las adversidades. Aunque eso le lleve a sostener hoy una posición política y mañana la contraria, o a decir una cosa y hacer otra. Lo hemos visto con claridad en la cuestión del genocidio en Gaza: el gobierno aseguró que desde el 7 de octubre de 2024 se aplicaba un embargo total de armas sobre Israel. Sin embargo, pronto se supo que España mantenía una fluida relación comercial de compraventa de material militar con el Estado hebreo. Posteriormente, se aprobó una ley para consolidar ese embargo y, aun así, hoy se sigue comprando tecnología militar a Tel Aviv por — según se nos dice— razones de “interés nacional”.
Cuando Trump y Netanyahu atacaron Irán, nuestro ínclito presidente vio una oportunidad de oro para mitigar el desgaste que su gobierno venía acumulando por cuestiones como la vivienda, los salarios, las infraestructuras y el precio de los alimentos. Compareció entonces solemnemente ante la ciudadanía y pronunció la frase mágica: “no a la guerra”.
Todo el mundo sabe que un buen eslogan vale más que mil programas políticos y que, si se lanza en el momento oportuno, su efecto puede resultar demoledor. A las gentes progresistas de este país se les pusieron los pelos de punta: Sánchez parecía haber conectado emocionalmente con quienes se distanciaban de un gobierno cuya inclinación a favorecer a los más ricos comenzaba a resultar demasiado evidente. Además, el gesto tenía el valor añadido de dejar en evidencia a esa derecha española -la más trumpiana e irracional de Europa- que no muestra complejo alguno a la hora de aparecer como lacaya de un personaje tan impresentable como Trump.
La euforia por ver a nuestro presidente al frente de la pancarta contra las tropelías de Trump y Netanyahu duró poco: una fragata española se unía a la flota europea encabezada por el portaaviones francés Charles de Gaulle rumbo al Mediterráneo oriental.
El pretexto fue que una base británica en Chipre había sido atacada por un dron y que, por tanto, era necesario proteger territorio europeo. Muy mala excusa: el área afectada era territorio británico, no de la UE. Además, para que Reino Unido hubiera podido solicitar protección debía haber invocado el artículo 5 del Tratado de la OTAN, algo que no hizo en ningún momento. Para colmo, posteriormente se confirmó que la agresión no provenía de Irán.
Desmontada así la base jurídica, aparecía con claridad la verdadera razón del despliegue naval: varios países europeos, entre ellos España, mostraban su apoyo político y militar a la acción emprendida por quienes realmente mandan en la OTAN: los sionistas que tienen secuestrada la voluntad de una élite de Washington atrapada entre la incompetencia extrema, la ideología fascista y el fanatismo religioso.
A esta frustración se sumó otra: aunque el gobierno español prohibió el uso de las bases de Morón y Rota para lanzar ataques directos contra Irán, de esas instalaciones han seguido despegando aviones cuyo destino final es la intervención en la guerra.
Como no podía ser de otra manera: según el convenio bilateral entre España y Estados Unidos que regula el uso de las bases de utilización conjunta, estas pueden emplearse para operaciones de apoyo logístico destinadas a terceros países, aunque no como plataformas de intervención directa, para lo cual sí sería necesaria la autorización expresa de las autoridades españolas. En este contexto, decenas de aviones cisterna y de transporte de tropas y material han hecho escala en territorio español rumbo a la zona de conflicto tras aquella decisión del ejecutivo. Del mismo modo, también se han registrado movimientos de destructores estadounidenses estacionados en Rota.
La conclusión parece clara: mientras existan bases americanas aquí, España se verá arrastrada a las guerras que Estados Unidos e Israel libren en Oriente Medio, con independencia de la voluntad del gobierno de turno. Del mismo modo, mientras permanezcamos en la OTAN, seguiremos actuando como un socio subordinado a su liderazgo estratégico, aunque sea mediante gestos de apoyo político como el envío de esa fragata o manteniendo militares españoles en bases de la Alianza puestas a disposición de la estrategia norteamericana, como ocurre en la base rumana de Mihail Kogalniceanu.
Porque no nos engañemos: España está siguiendo la senda marcada en su día por Trump a toda Europa para incrementar exponencialmente su gasto militar en armamento y comprar armas a cascoporro a los yanquis. En 2025, el Ministerio de Defensa adjudicó casi 32.000 millones de euros en contratos militares, cifra que multiplica por nueve la registrada en 2024. Según datos de la agencia norteamericana (DSCA) que tramita las ventas militares al exterior, entre 2024 y 2025 el gobierno español compró armas a ese país por valor de unos 5.000 millones de euros. En este marco, el Consejo de Ministros aprobó la semana pasada una nueva partida superior a 1.300 millones de euros para “necesidades ineludibles” de Defensa, sin explicación del destino concreto de esos fondos.
Los europeos obedecemos también asumiendo el coste de sostener la guerra de Zelenski. Así, España ha transferido a Ucrania 17.000 millones de euros desde 2022, a los que habría que sumar unos 10.000 millones más hasta 2034, además de la parte que le corresponda dentro del paquete de 90.000 millones aprobado recientemente por la Unión Europea. Parte de ese dinero servirá, además, para la agresión contra Irán, toda vez que la dictadura ucraniana —sin elecciones y con once partidos fuera de la ley— ha decidido ayudar a Trump y Netanyahu, como si no tuviera bastante con lo suyo.
Está cada vez más claro que el llamado vínculo transatlántico encierra, en la práctica, una relación de vasallaje europeo respecto de Estados Unidos, como expresó Sánchez hace unos meses al reafirmar su compromiso atlantista, es decir, con la OTAN.
Ese posicionamiento encaja mal con el “no a la guerra”, salvo que dicha proclama no sea otra cosa que un eslogan vacío desmentido por los hechos.
joseharohernandez@gmail.com
