Marzia Maccaferri •  Opinión •  11/03/2026

La «tercera vía» del eurocomunismo: un experimento fallido, un legado político central

La izquierda europea vuelve a enfrentarse a toda una serie de crisis interrelacionadas, configuradas por arraigados desafíos estructurales, turbulencias económicas y dinámicas políticas internas e internacionales volátiles: un contexto que ya ha afrontado antes y que a menudo se compara con la crisis de los años setenta. Por todo ello merece la pena volver a examinar sus intentos pasados de repensarse y reubicarse ante un contexto interno e internacional cambiante. El eurocomunsimo se cuenta entre los más ambiciosos de estos esfuerzos, por eso en los últimos años ha recibido un renovado interés público e historiográfico.

En una época definida por la erosión democrática, la creciente fragmentación de la clase trabajadora tradicional y la aparición de nuevas formas de explotación y subalternidad cada vez más severas, el ascenso del populismo iliberal y el imperativo ecológico que exige transformaciones de calado, volver la mirada hacia el eurocomunismo podría ofrecer una perspectiva desde la cual abordar mejor la crisis actual. Aunque las circunstancias políticas de los años setenta difieren considerablemente, son varias las dimensiones clave del proyecto eurocomunista que siguen resonando en nuestro presente.

Durante mucho tiempo se ha considerado el eurocomunismo como un intento fallido de superar las limitaciones de la Guerra Fría, a menudo se lo reduce a una maniobra táctica para la supervivencia electoral de sus promotores en un momento de transición global. Sin embargo, el eurocomunismo —con todas sus contradicciones internas— fue algo más que eso. Demostró que la mera gestión de políticas redistributivas, incluso las más ambiciosas como las del periodo de posguerra, no podía por sí sola generar un proyecto progresista de ciudadanía inclusiva y justicia social. Y mostró que no se pueden simplemente dejar de lado las tradiciones históricas y político-culturales moldeadas por las largas luchas europeas por la igualdad y la justicia social; sino que deben, más bien, incorporarse a cualquier proyecto político radical que busque ser masivo.

El eurocomunismo fue, en efecto, un intento de combinar el pathos de un futuro más igualitario con un análisis pragmático de las tradiciones históricas y de las condiciones políticas. Esto es algo que, sin duda, merece la pena recuperar.

El eurocomunismo de ayer

Surgido en los años setenta, en un momento de crisis tanto en las economías capitalistas como en el bloque soviético, el eurocomunismo representó un ambicioso intento de renovación dentro del movimiento comunista europeo que tuvo resonancia en el conjunto de la izquierda. Concebido en Italia, Francia y España, pero extendido por Europa y más allá como una realpolitik para superar las rígidas limitaciones geopolíticas e ideológicas, fue una respuesta a un doble dilema: cómo redefinir el socialismo dentro de los marcos institucionales y culturales de la historia política europea y mediante qué estrategias políticas podría realizarse. Aunque el término fuera impreciso, incluso ingenuo, captaba la aspiración a una forma de socialismo más adaptable y ampliada, en la que la libertad de expresión y el pluralismo complementaran la promesa “humanista” de la solidaridad de clase. La estrategia sostenía que el camino hacia el socialismo no podía separarse de las luchas de las democracias parlamentarias europeas por construir, en palabras de Enrico Berlinguer —líder del Partido Comunista Italiano (PCI) y principal arquitecto del eurocomunismo—, una “democracia progresiva y sustancial”[1].

En 1984, tras la repentina muerte de Berlinguer, el proyecto ya había agotado su impulso político. En poco tiempo desapareció por completo del vocabulario de la izquierda. Solo en los últimos años tanto la historiografía como el debate político-intelectual han comenzado a mostrar un renovado interés por el eurocomunismo[2]. Aunque sin duda fracasó como estrategia política, su legado no puede descartarse como irrelevante: el eurocomunismo ha sido central tanto en la reformulación de la izquierda europea como en la reconceptualización del socialismo dentro de los sistemas democráticos avanzados.

Una asociación teórica con las reflexiones de Antonio Gramsci sobre la complejidad de la revolución socialista en Occidente, junto con la exitosa gobernanza “hegemónica” lograda tras la guerra por los comunistas italianos en ciudades como Bolonia y Módena, otorgó al eurocomunismo una sólida legitimidad histórica e intelectual. Sin embargo, permaneció atrapado entre la continuidad con el discurso comunista de posguerra —marcado por la reiteración de “viejos” esquemas y narrativas revolucionarias (léase: la primacía soviética)— y las esperanzas de una visión más igualitaria del futuro, basada en un socialismo pluralista ampliado que dialogara con la tradición democrática europea (léase: la socialdemocracia). Fue esta dialéctica no resuelta la que debilitó su impacto teórico inmediato y, en última instancia, su viabilidad política. Como señaló el sociólogo argentino Julio Godio en 1977 en una intervención fundamental titulada significativamente Los nuevos gramscianos, el eurocomunismo era al mismo tiempo “una respuesta a la crisis del marxismo” y “una táctica maquiavélica”. Por la lógica de la historia, quedó definido por ambas cosas y se convirtió en el punto en el que convergían el pasado y el futuro de la izquierda europea.

Su breve trayectoria sigue generando interpretaciones muy divergentes: para sus entusiastas representó un momento de innovación política y renovación ideológica de la izquierda, mientras que para sus detractores supuso una traición fundamental a los principios del socialismo[3]. Pero el eurocomunismo debe considerarse por lo que fue y por lo que produjo en términos de ambiciones y limitaciones, de visión y fracasos, más que por lo que pudo o no haber traicionado. Debe abordarse fuera del rígido marco de la Guerra Fría o de la mirada esquemática del debate marxista teórico ortodoxo y, en cambio, situarse dentro de la historia transnacional más “larga y amplia” y compleja de la izquierda europea. Considerado en estos términos, puede verse que posee un legado profundo y duradero que nos interpela todavía hoy.

Más allá de la Guerra Fría: el espacio y la democracia eurocomunistas

Los dos principios fundamentales del proyecto eurocomunista fueron el intento de construir un sistema de solidaridad transnacional capaz de superar las hegemonías binarias de Estados Unidos y la URSS, y una nueva conceptualización para profundizar la democracia. Esta orientación reflejaba tanto un rechazo —aunque fuera implícito— del modelo soviético como un intento de dar cuenta de los profundos cambios sociopolíticos generados por las convulsiones de los años sesenta.

Visto desde una perspectiva de corto plazo, lo que distinguía con mayor claridad al proyecto eurocomunista era su crítica a las deficiencias democráticas en ambos lados: la ausencia de libertades políticas detrás del “Telón de Acero” y la persistencia de desigualdades sociales y globales en el “mundo libre”. Igualmente importante, para los partidos comunistas occidentales y especialmente para el Partido Comunista Italiano (PCI), era la necesidad táctica de abrir un espacio político y electoral autónomo más allá de la inflexibilidad de la ideología bipolar de la Guerra Fría.

A la luz de lo anterior, mi argumento es que una forma más fecunda de abordar el eurocomunismo es considerarlo como un intento transnacional, aunque finalmente fallido, de remodelar el escenario político interno y el discurso político global. Un intento que compartía esta ambición con los levantamientos del Tercer Mundo y con la ola feminista global, que buscaban reconfigurar las estructuras centro-periferia y las jerarquías de género fuera de la división geopolítica e ideológica[4].

Dejar de lado la mirada de la Guerra Fría y abordar el “momento eurocomunista” desde una perspectiva histórica más amplia sitúa en el centro la tesis de una “vía democrática al socialismo”, que fue fundamental para el éxito de los comunistas italianos tras la guerra y que se concebía como un proceso de transformación gradual llevado a cabo mediante mecanismos constitucionales, la participación de las masas “desde abajo” y la conquista no violenta de la hegemonía cultural y política. Desde esta perspectiva, el eurocomunismo buscó reivindicar un marxismo distintivamente “occidental” y la tradición socialista europea de luchas y solidaridad de clase. El marxismo “abierto” de Antonio Gramsci y la teoría anti-reduccionista del Estado de Nicos Poulantzas convergían en este enfoque con las herencias del “frente popular” y del antifascismo encarnadas por los partidos comunistas francés e italiano. Esto se vería reforzado por los comunistas españoles, que durante la transición a la democracia tras la muerte de Franco defendieron con entusiasmo la idea de un comunismo “flexible”. Visto así, el eurocomunismo no fue en realidad un fenómeno completamente nuevo, sino más bien la condensación de tendencias que se habían ido desarrollando en Europa y dentro de los partidos comunistas europeos durante las décadas anteriores, tanto en la parte occidental del continente como en el Este, si consideramos el “comunismo reformista” expresado en el “socialismo con rostro humano” de Alexander Dubček durante la Primavera de Praga de 1968[5].

Este “espacio eurocomunista”, por tanto, no era exclusivamente espacial o nacional-identitario, sino también teórico y político. Era global y transnacional en la medida en que buscaba integrar nuevas luchas sociales, incluidas aquellas que surgían no solo más allá de las fronteras geográficas sino también fuera del ideológico e isomórfico Occidente, que nunca fue plenamente equivalente al alcance del eurocomunismo. Según Berlinguer, la “vía europea al socialismo” no debía ser ni antisoviética ni antiestadounidense[6], sino que debía perseguir un objetivo claro: la paz mundial y un nuevo modelo de desarrollo internacional y de cooperación entre el Norte y el Sur globales. Es en este contexto donde Berlinguer y los eurocomunistas —especialmente en la primera fase, cuando el entusiasmo aún era fuerte— entablaron diálogo con los sectores más avanzados de los partidos socialdemócratas europeos y con dirigentes como el excanciller de Alemania Occidental Willy Brandt y el primer ministro sueco Olof Palme. Al forjar relaciones y redes que facilitaron una variedad de transferencias transfronterizas y transideológicas, los eurocomunistas construyeron activamente un espacio político, en lugar de limitarse a reaccionar defensivamente al esquema geopolítico bipolar.

El objetivo a corto plazo de esta forma de “comunismo transnacional” era concreto: difundir un programa específico —la “vía pacífica al socialismo”[7]— en un momento histórico específico: la crisis global de los años setenta. La ambición política a largo plazo era inseparable de su nueva conceptualización de la democracia. Al expandir la democracia tanto como medio de transición al socialismo como forma política de una sociedad socialista plenamente constituida, el eurocomunismo no solo mediaba entre los polos de la Guerra Fría, sino que articulaba una crítica de la democracia como “valor universal” con un potencial “atractivo universal”, marcada por importantes realineamientos teóricos[8].

Sin embargo, el eurocomunismo nunca fue completamente coherente, ni en su enfoque ni en su organización: sus documentos y declaraciones fueron en su mayoría producto de compromisos que reflejaban en gran medida preocupaciones domésticas. Las fragmentaciones nacionales reaparecieron rápidamente, siendo los comunistas franceses los primeros en replegarse hacia sus antiguas posiciones dogmáticas. Berlinguer presentaría más tarde la ambición del eurocomunismo como una Terza Via (Tercera Vía) entre el comunismo ortodoxo y las tradiciones liberal y socialdemócrata[9]. Sin duda, su corta vida, su incapacidad para ofrecer una alternativa viable al neoliberalismo y su reducción a la representación de solo un aspecto “regional” del proyecto (el euro-comunismo) lo relegaron a los márgenes. El término “tercera vía” fue reapropiado posteriormente por un proyecto político completamente diferente, uno que buscaba dar al posfordismo y al neoliberalismo un “rostro humano”[10], en una acepción del término que prevalece hasta hoy.

Curiosamente, el caso más emblemático de regresión y recaída fue el del comunismo británico, precisamente en el país donde la Tercera Vía adquiriría un significado completamente nuevo. Mientras que a finales de los años setenta y comienzos de los ochenta la revista Marxism Today del Partido Comunista de Gran Bretaña alcanzó su mayor influencia —gracias a su combinación de análisis gramsciano y apertura a las experiencias europeas—, el propio partido quedó atrapado en una interminable y frenética serie de escisiones y conflictos internos que lo paralizaron hasta su colapso final. El impacto de esta fase fue tal que, aún hoy, los términos “eurocomunistas” y “gramscianos” se utilizan a menudo como sinónimos en este país, frecuentemente invocados en un sentido crítico y presentados como la alternativa negativa a la tradición militante de la clase trabajadora[11].

Más allá de la definición: el legado del eurocomunismo

En los últimos años, el eurocomunismo ha vuelto a capturar nuestra atención. Las razones son diversas: la disponibilidad de nuevo material archivístico ha impulsado un auge de la investigación historiográfica; en el discurso público, ha resurgido una renovada —casi “orientalista”— nostalgia por el comunismo, estrechamente vinculada a la crisis de la hegemonía del neoliberalismo como visión global de la sociedad[12]. El meteórico ascenso y caída de movimientos populistas de izquierda como Syriza en Grecia y Podemos en España, que en distintos grados reivindicaron una continuidad con el proyecto eurocomunista, le ha añadido un eco adicional. Otras formas de populismo de izquierda menos exitosas electoralmente, desde el Movimiento Cinco Estrellas en Italia hasta, en un sentido más limitado, el Corbynismo en Gran Bretaña, también han ejercido una influencia cultural y política significativa. Todos ellos, sin embargo, divergieron profundamente del eurocomunismo en su comprensión del partido, del Estado y de la naturaleza de la organización política.

A pesar de que el énfasis del eurocomunismo en una “vía democrática al socialismo” anticipó muchos de los desafíos a los que se enfrentan hoy los movimientos de izquierda, su compromiso consistía, sin embargo, en construir el socialismo “desde abajo y desde dentro”, no mediante la deconstrucción deliberada de las instituciones políticas (liberales). Al reconocer y valorar la larga historia de las luchas populares —especialmente la resistencia antifascista—, el eurocomunismo buscó impulsar la transformación social a través de la participación de masas y del compromiso parlamentario. En esta dialéctica siempre en movimiento, el eurocomunismo situó al partido en el centro, como el instrumento fundamental para representar a la clase trabajadora y, por extensión, para expandir la ciudadanía y garantizar derechos políticos y sociales. Las instituciones democráticas forjadas a lo largo de la extensa historia europea no eran obstáculos para los eurocomunistas, sino terrenos esenciales de lucha política: creaban el espacio, y sostenían la posibilidad, de una forma viable de socialismo democrático.

Con demasiada frecuencia el eurocomunismo ha sido definido solo por contraste: opuesto al marxismo-leninismo por un lado y a la socialdemocracia por otro, acusado de reformismo y revisionismo, o de ser simplemente un caballo de Troya del capitalismo. Si dejamos atrás esa mirada de la Guerra Fría y situamos el eurocomunismo dentro de la historia más amplia de las izquierdas europeas, emerge una conceptualización más rica y eficaz. Más que una etiqueta descriptiva, el eurocomunismo puede tratarse como un constructo analítico productivo para la investigación histórica y la reflexión política.

El eurocomunismo fue más que la simple coordinación táctica de los principales partidos comunistas de Europa occidental. Fue un intento de “globalizar” una tradición política particular —la “vía italiana al socialismo”— articulada a través de la teoría de la hegemonía de Gramsci, que concebía la cultura y la sociedad civil como el terreno en el que debía librarse la lucha por una política socialista progresista. Tomó forma como una estrategia para navegar la crisis de los años setenta, pero al tiempo buscaba reunir una constelación más amplia de sujetos “revolucionarios” en torno a la política de clase. Visto así, el eurocomunismo aparece como un episodio distintivo en la historia de la izquierda europea: un ambicioso esfuerzo por ampliar el espacio político de la izquierda y repensar qué podía significar el socialismo en un escenario democrático.

La centralidad del comunismo italiano es innegable. Investigaciones recientes han mostrado que el modelo de la fórmula eurocomunista se originó en las iniciativas transfronterizas e internacionalistas del Partido Comunista Italiano (PCI) durante los años cincuenta y sesenta[13]. De esas experiencias emergió una estrategia de “transición política” basada en el uso de la democracia como instrumento de transformación social, capaz de adaptarse a contextos diversos. Debido a que esta estrategia respondía a una coyuntura de crisis de alcance global, y dado que interpelaba a actores más allá de la Europa occidental, su importancia fue mucho más allá del breve auge de fuerza electoral y prestigio social que conoció el comunismo europeo —especialmente el PCI— en los años setenta y principios de los ochenta.

Además, nutrido en la larga tradición del marxismo italiano heterodoxo [unconventional], el eurocomunismo fue un intento de distanciarse tanto de la URSS como de Estados Unidos, situando la compleja historia europea en el centro de su “misión universalista”, sin caer por ello en un eurocentrismo estéril. En este sentido la recepción de Gramsci fue decisiva. A través de sus Cuadernos de la cárcel, Gramsci ofreció una lectura más sofisticada y matizada de la historia europea: su teoría de la “hegemonía” y su análisis de la “revolución pasiva” y del “bloque histórico” ayudaron a la izquierda a integrar procesos anteriores de democratización en una visión del progreso social y de la transformación radical que no rechazaba la herencia ni la cultura política europeas. Por el contrario, permitía abrir espacio dentro de la estrategia “revolucionaria” de la izquierda a la vigencia de las instituciones parlamentarias. No es casual que el “momento Gramsci” en Europa —cuando comenzaron a circular traducciones de los Cuadernos en francés, inglés y español[14]— coincidiera con el punto culminante del eurocomunismo.

Este legado también exige contextualizar la relación del eurocomunismo con la socialdemocracia. Santiago Carrillo, líder del Partido Comunista de España, insistió repetidamente en que la búsqueda de un socialismo democrático no pretendía desembocar en una socialdemocracia “revisionista”, sino preservar y modernizar la tradición intelectual revolucionaria heredada de la historia del comunismo europeo. El propio Carrillo situaba ese legado “ya en los años cincuenta [cuando] los comunistas británicos establecieron un programa en el que se preveía que la transición al socialismo tendría lugar en condiciones de democracia”[15]. Más importante aún fue la experiencia italiana de gobierno en las llamadas “regiones rojas” durante los años sesenta y setenta —a menudo descrita como una forma de socialdemocracia “radical”—. Esta experiencia demostró la posibilidad de combinar la praxis de la gestión económica y las políticas redistributivas con la ambición visionaria de construir un socialismo democrático concreto[16].

Como ya se ha mencionado, el eurocomunismo no se libró de sus propias limitaciones que no encontraron resolución. Permaneció marcado por la tensión irreductible entre Estado y sociedad, y por un discurso a menudo impregnado de referencias anacrónicas que chocaban con el giro neoliberal agresivo que estaba remodelando Europa y el mundo. En retrospectiva, su discurso sobre la democracia, el pluralismo y la autonomía respecto a Moscú puede leerse como una respuesta temprana —aunque incompleta— a estas transformaciones. Sin embargo, en el contexto de la crisis posfordista del partido de masas y de la política de clase, los límites estratégicos del eurocomunismo resultaron más profundos que sus fortalezas intelectuales. Sobre todo, porque el eurocomunismo no logró anticipar que el Estado acabaría “ocupando el espacio de la individualidad”; un proceso que, en el penetrante análisis de Poulantzas, dejó a las instituciones democráticas atrapadas en una doble tensión: internamente, la reducción del pluralismo y, externamente, la dispersión de la autoridad política, donde el poder seguía siendo gestionado pero ya no hegemonizado. El resultado fue una nueva forma de “estatismo”, en la que sobrevivía la forma —pero no la sustancia— de la democracia representativa[17].

¿El eurocomunismo hoy?

El eurocomunismo fue un intento creativo de reconciliar el radicalismo socialista con la tradición democrática europea, la política nacional y local con el internacionalismo solidario, y los valores socialistas y la justicia social con instituciones pluralistas. Sus fracasos parciales no invalidan sus aspiraciones; en todo caso esas aspiraciones —el socialismo democrático como terreno para la autonomía estratégica y la solidaridad transnacional— vuelven a ocupar un lugar central en los intentos de la izquierda por recuperar relevancia en el siglo XXI. El eurocomunismo importa hoy porque, aunque fuera por un breve periodo, logró preservar el pathos y la ambición de una transformación social radical, anclada en la tradición del socialismo europeo, al tiempo que la combinaba con una comprensión pragmática de la diversidad política de Europa y de las especificidades intelectuales e históricas de sus naciones. Equilibrar estas dimensiones nunca fue fácil, pero la voluntad de intentar tal síntesis es precisamente lo que distingue a la izquierda del neoliberalismo.

Es algo que salta a la vista cuando se considera la preocupación del eurocomunismo por el pluralismo, la autonomía y las solidaridades internacionalistas. Estos temas interpelan directamente los debates contemporáneos. En un momento en que tanto el orden geopolítico como la imaginación socialista vuelven a encontrarse en transformación, la visión eurocomunista de un «tercer espacio» más allá de Washington y Moscú proporciona un andamiaje conceptual útil. Aunque el mundo bipolar de la Guerra Fría ha desaparecido, persiste el impulso por construir alternativas democráticas que eviten tanto el capitalismo estatal autoritario como las restricciones neoliberales.

El proyecto eurocomunista también ofrece claves para comprender la reconfiguración de la subjetividad política de la izquierda. Con el declive de la clase trabajadora tradicional y la proliferación de nuevas identidades sociales y políticas, la izquierda se enfrenta al mismo dilema que animó al eurocomunismo: cómo ampliar su base sin diluir sus ambiciones transformadoras. El intento eurocomunista de entretejer la política de clase, la movilización de la sociedad civil, la lucha cultural y la reforma democrática sigue siendo un modelo relevante —aunque incompleto— para repensar la estrategia socialista. Sus fundamentos teóricos, en particular su diálogo con el concepto de hegemonía de Gramsci, la teoría del Estado de Poulantzas y sus críticas tanto al estatismo burocrático como a la tecnocracia liberal, ofrecen recursos valiosos para quienes buscan un marxismo no dogmático, abierto, capaz de interpretar y actuar en el complejo terreno político actual.

Para la izquierda contemporánea, las lecciones del eurocomunismo residen sobre todo en su intento de combinar la crítica radical con el realismo institucional. Este proyecto esbozó un modelo para interactuar con las instituciones democráticas sin capitular ante sus límites y subrayó la centralidad de la lucha cultural y de la autonomía intelectual. En una época en la que los movimientos sociales oscilan con frecuencia entre la retórica maximalista y la resignación tecnocrática, también resultan instructivos sus fracasos: revelan los riesgos de la moderación sin movilización y de adaptarse a la democracia liberal sin transformarla.

En última instancia, el legado del eurocomunismo reside menos en los éxitos efímeros de una estrategia política que en las preguntas que planteó acerca de la democracia, el pluralismo, la autonomía de la izquierda y la posibilidad de un socialismo arraigado en las tradiciones europeas y, al mismo tiempo, abierto a conexiones internacionales más amplias. Estas preguntas siguen sin resolverse, pero continúan resonando hoy, recordándonos que el eurocomunismo no fue simplemente un experimento fallido del pasado, sino un capítulo importante en la larga lucha por la justicia social y la democracia: una lucha que aún define nuestro presente.


[1] Enrico Berlinguer, La democrazia è un valore universale (3 noviembre 1977). El líder Italiano dio este discurso en Moscú en el sesenta aniversario de la Revolución de Octubre. Disponible en www.enricoberlinguer.it. 

[2] ‘The Past and the Present of Eurocommunism.’ Soundings Vol 86, 2024; Hugues Le Paige. L’héritage perdu du parti communiste italien. Une histoire du communisme démocratique. Les Impressions Nouvelles, 2024; Josefina L. Martínez, ‘Pablo Iglesias y Enrico Berlinguer: del Eurocomunismo a la video-política,’ La Izquierda Diario, 15 mayo 2021; David Broder, ‘Syriza and the death of Eurocommunism,’ New Statesman, 29 septiembre 2023. Para una explicación histórica reciente ver Ioannis Balampanidis, Eurocommunism. From the Communist to the Radical European Left, Routledge, 2019.

[3] Patrick Larsen, ‘www.marxist.com, 26 septiembre 2021; Guido Liguori, ‘For Enrico Berlinguer, Communism Meant the Fullest Spread of Democracy,’  https://jacobin.com/, 25 mayo 2022.

[4] Para una visión global del eurocomunismo ver Victor Strazzari, ‘Forging Socialism Through Democracy: A Critical Review Survey of Literature on Eurocommunism,’ Twentieth Century Communism, Vol 17, 2019, pp. 26-66.

[5] Silvio Pons y Michele Di Donato, ‘Reform Communism’ en Endgames? Late Communism in Global Perspective, 1968 to the Present, editado por Juliane Fürst, Silvio Pons y Mark Selden, Cambridge University Press, 2017.

[6] ‘Per un’Europa né anti-sovietica né anti-americana’, Report to the Central Committee of the PCI, Roma 7-9 febrero 1973, publicado parcialmente en l’Unità, 8 febrero 1973

[7] Berlinguer reafirmó la especificidad del eurocomunismo en la Conferencia Europea de los Partidos Comunistas y de los Trabajadores, usando explícitamente el término ‘Eurocomunismo,’ el 30 de junio de 1976. Su discurso, ‘Per una via europea al socialismo’ se publicó en l’Unità el 1 de julio de 1976; puede verse en Enrico Berlinguer, La pace al primo posto. Scritti e discorsi di politica internazionale (1972-1984), editado por Alexander Höbel, Donzelli, 2023.

[8] Berlinguer, ‘La democrazia è un valore universale,’ op.cit.

[9] Marco Di Maggio, Alla ricerca della Terza Via al socialismo: i partiti comunisti italiano e francese nella crisi del comunismo (1964-1984), Edizioni scientifiche italiane, 2014

[10] Strazzari, op.cit.

[11] Ben Harker, The Chronology of Revolution. Communism, Culture, and Civil society in Twentieth Century Britain, University of Toronto Press, 2021.

[12] Enzo Traverso, Left-Wing Melancholia: Marxism, History, Memory, Columbia University Press, 2017.

[13] Silvio Pons, The Rise and Fall of the Italian Communist Party. A Transnational History. Stanford University Press, 2024.

[14] Me gustaría mencionar mi propia contribución aquí, veáse Marzia Maccaferri ‘How Gramsci Went Global,’ Tribune/Jacobin, 11 noviembre 2021.

[15] Santiago Carillo, Eurocomunismo y Estado, Editorial Crítica, 1977.

[16] Luca Baldissara y Paolo Capuzzo (a cura di), Il comunismo in una regione sola? Prospettive di storia del PCI in Emilia-Romagna, il Mulino, 2023.

[17] Nicos Poulantzas, ‘Le risposte che è difficile trovare. Marco Diani intervista Nicos Poulantzas.’ Rinascita, 12 octubre 1979.

Marzia Maccaferri 

Investigadora de la Queen Mary University of London. Recientemente ha completado su segunda tesis doctoral que trató sobre Gramsci y el marxismo británico.Fuente:

Renewal, 5 de marzo de 2026 https://renewal.org.uk/articles/eurocommunisms-thid-way-a-failed-experiment-with-a-significant-political-legacy/

Traducción: Julio Martínez-Cava

La «tercera vía» del eurocomunismo: un experimento fallido, un legado político central – Marzia Maccaferri | Sin Permiso


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