Isaac Enríquez Pérez •  Opinión •  10/01/2022

A 20 años del 9/11: incógnitas y trazos geopolíticos

Repentinamente se presentan sucesos que impactan el curso de la historia de la humanidad y que representan rupturas o puntos de inflexión que trastocan las condiciones de relativa estabilidad y previsibilidad acostumbradas en la etapa previa al estallido de esos sucesos. Es el caso de la caída de las llamadas Torres Gemelas del World Trade Center de la ciudad de Nueva York –aunado ello a la destrucción de uno de los costados del Pentágono– acontecida el 11 de septiembre de 2001.

En principio, el llamado 9/11 o el 11-S no es un hecho residual en la historia contemporánea. Pese a que se presentó ante la mirada atónita de televidentes de todo el mundo como un hecho macroliminal que por su magnitud escapa a los sentidos y –en el momento– es imposible percibirlo a cabalidad y en toda su compleja extensión, cabe hacer notar que se engarza con procesos históricos más amplios. Particularmente, así como otros hechos coyunturales referidos por esta columna (https://bit.ly/3C1a4iX), los acontecimientos del 9/11 son una expresión más de la decadencia hegemónica de la pax americana y del mundo que configuraron los Estados Unidos a partir de 1945.

Más allá de la conmoción repentina que dejaron las imágenes de ese día –incluyendo las de personas que se arrojaron al vacío desde los pisos superiores– tomar perspectiva histórica es un imperativo para evitar el simple relato e interiorizarnos en las consecuencias de un hecho que tuvo importantes ramificaciones geopolíticas en los años y décadas posteriores.

Las incógnitas son múltiples y sujetas a diversas y hasta a contradictorias interpretaciones que no escapan a los intereses creados de quien las profiere. Dos versiones despuntan en la interpretación de lo acontecido hace 20 años: a) por un lado, el discurso de George W. Bush –en tanto Presidente– acusaba al terrorismo de una serie de atentados en territorio estadounidense. Se señaló a Osama Bin Laden y a sus células terroristas de Al Qaeda como culpables de los supuestos ataques. b) Por otro lado, más allá del calificativo despectivo de ideologías de la conspiración, el grupo de el Movimiento por la Verdad del 11-S (9/11 Truth Movement) que congrega a científicos, pilotos, ingenieros, arquitectos, periodistas y divulgadores de distintas tendencias, argumenta –en general– que los hechos de hace dos décadas no se apegan a la versión oficial y que, incluso, la caída de las Torres Gemelas en esa versión desafía las leyes de la física y de la ingeniería. En suma, que se trató de un autoatentado perpetrado por el mismo gobierno y las mismas agencias de inteligencia de los Estados Unidos para justificar otras decisiones y acciones directamente relacionadas.

Estos «escépticos del 9/11» –o bien  «9/11 Truthers»– oscilan entre argumentos de que el gobierno permitió esos ataques, o que incluso los planificó y los emprendió hasta concretarlos. De tal modo que la caída de las Torres Gemelas y del llamado edificio WTC7 fueron demolidos con explosivos colocados en sus bases y cimientos. Más aún, en libros (como el titulado La Gran Impostura) publicados por miembros de este Movimiento se asegura que ningún avión se estrelló contra el Pentágono.

Pese a estas dos interpretaciones y otras que tuvieron menor impacto después de los hechos, la realidad es que las incógnitas no fueron despejadas del todo ni se realizó una investigación oficial debidamente sustentada. Las decisiones públicas que siguieron a los acontecimientos trágicos fueron más instintivas y hasta pulsivas por parte del Presidente y del Vice-Presidente –Dick Cheney– de la Unión Americana. Guiadas más por una obsesión encaminada a reavivar el complejo industrial/militar y el expediente mismo de la economía de guerra, en medio de la crisis económico/financiera de las punto com y la quibra de múltiples bancos hacia los primeros meses del año 2001.

Sin especificar la relación estrecha de estos acontecimientos con las decisiones tomadas en los siguientes meses y años, vinieron la invasión y ocupación de Afganistán (2001) y de Irak (2003) apelando al fantasma del terrorismo y de las armas nucleares. Se instaló entonces la doctrina de la seguridad nacional y una guerra más que siguió a la política de contención y “el combate al comunismo” de las décadas de los cincuenta y sesenta, la “lucha contra la pobreza” de los años setenta, y a la “guerra contra las drogas”: nos referimos a la llamada “guerra contra el terrorismo”. Entonces se abrió una nueva época signada por las invasiones preventivas que disfrazaron a las guerras de conquista y los nuevos instrumentos neo-coloniales en un escenario de creciente carrera de los Estados Unidos al desfiladero tras descuidar el híper-endeudamiento, la inversión en infraestructura básica y en una posible re-industrialización de su economía nacional.

En el horizonte de aquellos años apenas se vislumbraba la avanzada geopolítica, geoeconómica y termonuclear de China y Rusia, y los posteriores reacomodos y alianzas que ambas potencias tejieron para reconfigurar las relaciones económicas y políticas internacionales y para afianzar –hacia la segunda década del siglo XXI– una constelación signada por una hegemonía tripolar donde el poder real se disputa y se reparte entre estos dos hegemones y los mismos Estados Unidos. De ahí la complejidad estratégica de esos territorios asiáticos invadidos y la voracidad que despliega la élite plutocrática globalista/belicista/financista/rentista cuyos rostros visibles son las dinastías Bush, Clinton y Obama, particularmente sobre los recursos energéticos y minerales que poseen Afganistán e Irak.

Es imprescindible el homenaje que logremos brindar a las vidas perdidas en la caída de las Torres Gemelas 20 años atrás, pero tampoco olvidemos a los cientos de miles de afganos e iraquíes masacrados a lo largo de dos décadas en el proceso mismo de estas guerras de conquista y de ejercicio del neocolonialismo. Más aún, en las luchas y disputas por el control de las significaciones es impostergable reivindicar la memoria histórica, el valor de la palabra, y la perspectiva holística que nos permita tomarle el pulso a los acontecimientos inmediatos hasta colocarlos en los márgenes del análisis histórico.

Académico en la Universidad Nacional Autónoma de México, escritor,

y autor del libro La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación

semántica y escenarios prospectivos.

Twitter: @isaacepunam


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