A la extrema derecha sólo se la derrota mejorando la vida de la gente
| La izquierda no sólo ha de ser alternativa al trumpismo de PP/Vox, sino también al neoliberalismo otanista del PSOE |
Hace unas semanas, ese magnífico escritor que es Juan José Millás manifestaba, en un programa de radio, su sorpresa ante el hecho de que las propuestas de unidad de la izquierda que se están sacando a la palestra tengan un mero carácter defensivo. Es decir, una serie de actores políticos se están juntando para permanecer en el gobierno a toda costa a fin de que no sean las derechas quienes lo ocupen. Nuestro literato echaba en falta una actitud propositiva por parte de quienes participan de esa confluencia: la identificación de los problemas que padece la ciudadanía y la formulación de soluciones concretas a los mismos.
Así que, cuando uno escucha a los portavoces de Sumar hablar de que lo que pretenden es mantener un gobierno de coalición con el PSOE para seguir trabajando como hasta ahora, la esperanza de una buena parte del electorado progresista se desinfla. Y cuando la izquierda no ilusiona, se derrumba. Esto no parecen tenerlo en cuenta quienes, sumergidos en la vorágine del trabajo gubernamental e institucional, han perdido la conexión con la realidad social, hasta el punto de que ni siquiera detectan el cabreo creciente ante un estado de las cosas del que la gente responsabiliza, en buena medida, a quienes se sientan en el Consejo de Ministros.
Parecería que la izquierda gubernamental, esa que pretende reeditarse en una nueva coalición con los de Sánchez, solo ve el problema de las derechas reaccionarias de este país a las puertas del poder. Y evidentemente lo es desde una perspectiva estrictamente democrática: nadie puede dudar de ello; están en peligro las libertades básicas y derechos elementales conquistados desde hace muchas décadas. Puede reproducirse en España la distopía que viven en EEUU o Argentina. Hay razones, por tanto, para sentir miedo.
Ahora bien, lo que provoca pavor a millones de personas de clase trabajadora son otras cuestiones vinculadas a las cosas del comer: la falta de vivienda asequible, los trabajos precarios que no permiten llegar a fin de mes, los precios desbocados de la cesta de la compra y el deterioro de los servicios públicos y de las infraestructuras. Se trata de urgencias que no pueden esperar. Y todos estos desequilibrios coexistiendo con una economía boyante y con el festín de beneficios que se están dando los ricos. En este contexto, podríamos decir que la izquierda tiene, dentro del ejecutivo, una alianza contra natura y de subordinación a un partido —el PSOE— que siempre termina implementando políticas de derecha liberal e imponiéndolas a su socio minoritario, el cual no parece capaz de percibir que el desgaste que resulta de esta gestión compartida es lo que está poniendo la alfombra roja a los abascales en su carrera hacia el triunfo electoral.
Enrocarse, pues, en la defensa y continuidad de la coalición gubernamental como trinchera que evite la irrupción del trumpismo hispano no solo es una muestra supina de ingenuidad, sino también de irresponsabilidad: abundar en el mal menor como forma de evitar el mayor es manifiestamente contraproducente, por cuanto aquél es el que precipita a éste.
La única salida para la izquierda, de cara al inminente ciclo electoral, es constituirse en alternativa no solo al fascismo, sino también a las políticas neoliberales y otanistas que emanan de La Moncloa. De esta manera, quedará subsanada la desazón de Juan José Millás: un frente unitario progresista podrá ser asertivo y expresar con firmeza y claridad una propuesta programática que mejore la vida de las clases populares. Mientras su objetivo sea la prolongación de este gobierno, nunca se considerará una opción: será percibido como continuista respecto de una situación valorada mayoritariamente como negativa.
Sumar y Rufián son las dos estrategias unitarias que se proponen. La primera ofrece continuidad y no despierta pasiones precisamente. La segunda carece de proyecto definido y de respaldo organizativo, aunque ofrece una imagen más fresca, exenta del carácter gris que exhibe la gubernamental. El catalán no solo es un brillante azote parlamentario de la derecha, sino que le ha puesto las peras al cuarto, en más de una ocasión, al gobierno de coalición. Suscita una suerte de adhesión emocional, pero no supera los límites de la mera política de resistencia, basada en los cálculos numéricos para que la izquierda obtenga más escaños que los reaccionarios. Además, su propuesta de delegación de voto en los territorios en favor de las fuerzas de izquierda con más posibilidades resulta controvertida.
Tengo dudas de que estos mimbres den de sí para articular una propuesta transformadora y unitaria sobre la que levantar un programa que forzosamente ha de ser radical —a grandes males, grandes remedios— porque lo de la vivienda, por ejemplo, no se arregla con un par de parches. Es necesaria una fuerte intervención estatal, legislativa y con mucho dinero encima de la mesa -reforma fiscal mediante- para empezar a resolver este gravísimo problema que amenaza la convivencia y la democracia. Y todo el mundo progresista, unido, a remar en esa dirección. Claro que para eso es necesario que algunos y algunas dejen los mullidos sillones ministeriales sobre los que hoy dilapidan su credibilidad: no se puede estar en misa y repicando.
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