Eduardo Andrade Bone •  Opinión •  08/02/2026

Los aranceles de Trump y sus consecuencias globales

La vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca ha traído consigo un viejo conocido de la economía internacional, el uso amenazante y agresivo de los aranceles como herramienta política y comercial. En su segundo gobierno, la administración neoconservadora de Trump ha retomado e incluso endurecido, una estrategia proteccionista que ya había marcado profundamente el comercio mundial durante su primer mandato.

Esta nueva ola de aranceles, dirigida principalmente contra China, la India, pero también contra socios clave como México y Canadá, no se produce en un vacío. Llega en un momento de fragilidad global, con economías aun ajustándose a choques recientes, cadenas de suministro tensas y una creciente fragmentación geopolítica global. En ese contexto, el impacto potencial va mucho más allá de las fronteras estadounidenses.

Uno de los efectos más inmediatos de los aranceles es el encarecimiento de los insumos importados. Empresas de todo el mundo, especialmente aquellas integradas en cadenas de valor internacionales, se enfrentan a mayores costos de producción. Esto no solo reduce márgenes de ganancia, sino que obliga a trasladar esos costos al consumidor final, presionando al alza los precios.

La consecuencia es una menor eficiencia económica global, pues producir se vuelve más caro, comerciar más lento y planificar inversiones más arriesgado.

De allí que la política arancelaria también introduce un factor clave, una gran incertidumbre. Cuando las reglas del comercio cambian de forma unilateral y poco predecible, las empresas tienden a retrasar decisiones de inversión. Este freno a la inversión privada puede traducirse en menor crecimiento económico, no solo en Estados Unidos, sino en el conjunto de la economía mundial.

Organismos internacionales han advertido en el pasado que el proteccionismo sostenido reduce el crecimiento del PIB global. Un segundo ciclo de tensiones comerciales podría reforzar esa tendencia, especialmente si deriva en represalias.

Como ya ocurrió años atrás, los países afectados por los aranceles estadounidenses no suelen quedarse de brazos cruzados. Las respuestas en forma de tarifas de represalia son una posibilidad muy real. Esto afecta directamente a exportadores, agricultores e industrias que dependen del acceso a mercados externos.

Cuando esta dinámica se generaliza, el comercio internacional deja de ser un motor de crecimiento para convertirse en un campo de batalla económico.

El aumento de precios no es solo un problema macroeconómico. La inflación derivada de los aranceles golpea con más fuerza a los hogares de ingresos medios y bajos, tanto en Estados Unidos como en otros países. Bienes más caros significan menor poder adquisitivo y mayor malestar social, un efecto que rara vez se menciona en el discurso político, incluso de las fuerzas progresistas, pero que se siente con claridad en la vida cotidiana.

Finalmente, la imposición de aranceles de forma unilateral erosiona aún más el sistema multilateral de comercio. La pérdida de relevancia de los mecanismos de arbitraje y negociación internacionales abre la puerta a un mundo más fragmentado, donde las reglas comunes son sustituidas por la ley del más fuerte, que es lo que ha venido imponiendo Donald Trump.

En suma, aunque el segundo gobierno de Trump presenta los aranceles como una defensa de los intereses nacionales, el balance global apunta a riesgos significativos, que generan menor crecimiento, más inflación, más incertidumbre y un comercio internacional menos cooperativo.

La experiencia pasada sugiere que, en una economía profundamente interconectada, las barreras levantadas por un solo país terminan afectando a todos. Y esta vez, el mundo parece aún menos preparado para absorber el impacto.

A medida que el segundo gobierno de Donald Trump ha venido reactivando una política arancelaria agresiva, muchos países afectados están haciendo algo más que protestar, están buscando alternativas estructurales al eje comercial tradicional dominado por Estados Unidos y Europa. En ese proceso, los BRICS+, la ASEAN y el Sudeste Asiático aparecen cada vez más como polos más atractivos. En realidad, no se trata de una reacción ideológica sino más bien pragmática.

El bloque BRICS+, que se va ampliando gradualmente, está ganando relevancia como espacio de coordinación económica fuera de la órbita del capitalismo usurero occidental. Para países castigados por aranceles, sanciones o presiones comerciales, los BRICS+ ofrecen tres cosas clave, acceso a mercados grandes y en crecimiento, menor condicionamiento político y alternativas parciales al dólar y al sistema financiero tradicional.  Aunque el bloque todavía no funciona como una unión económica integrada, sí actúa como plataforma de diversificación, especialmente para exportadores de materias primas, energía y productos industriales intermedios.

Esto responde a una lógica clara, evitar aranceles, reducir riesgos geopolíticos y mantener acceso a mercados globales. El resultado es un aumento sostenido de la inversión extranjera directa en la región y una mayor sofisticación industrial.

Lo que estamos viendo no es una ruptura abrupta, sino un desacoplamiento gradual. Los países afectados por los aranceles de Trump no abandonan el comercio con Estados Unidos, pero ya no están dispuestos depender de él (Canadá, Reino Unidos y Unión Europea).  Paradójicamente, la política proteccionista estadounidense acelera la creación de un mundo comercial más multipolar.

En última instancia, los aranceles del segundo gobierno de Trump están produciendo un efecto contrario al buscado, reducir la influencia económica estadounidense a largo plazo. Al empujar a otros países a construir rutas alternativas de comercio, financiamiento y producción, Estados Unidos deja de ser el centro inevitable del sistema.

A medida que el proteccionismo estadounidense vuelve a ocupar el centro del escenario, varios actores tradicionales del comercio global, Canadá, el Reino Unido y la Unión Europea, están enfrentando una misma pregunta estratégica: ¿dónde colocar sus productos cuando el mercado estadounidense se vuelve más caro, incierto o políticamente condicionado?

Canadá, históricamente muy dependiente de EE.UU., ha intensificado su búsqueda de acuerdos y canales comerciales alternativos. El Reino Unido, tras el Brexit, necesita aún más ampliar su red de destinos. Y la Unión Europea entiende que un mundo fragmentado exige menos dependencia de un solo socio dominante. Este movimiento no responde a afinidades ideológicas, sino a una lógica de supervivencia económica, quien no diversifica, queda expuesto.

Existe una paradoja evidente, al intentar proteger su economía mediante aranceles, Estados Unidos puede está acelerando un proceso que debilita una de sus mayores fortalezas históricas el dominio del dólar en el comercio global. Cuantos más países buscan vender, comprar y financiarse fuera del sistema tradicional, más se normaliza un mundo menos dolarizado y más multipolar.

Este giro hacia India, China y otros países asiáticos no ocurre con titulares dramáticos ni rupturas abruptas. Es un proceso silencioso, técnico, casi burocrático, nuevos acuerdos, nuevas rutas logísticas, nuevas monedas en contratos.

Pues ya se estima que EE.UU. ya no está siendo indispensable.  Asia deja de ser periférica y pasa a ser decisiva. El comercio se fragmenta, pero también se redistribuye en mejores condiciones para los países que comercian de forma bilateral. 

Finalmente cabe destacar, que, durante gran parte del siglo XX, el sistema monetario internacional giró en torno a una moneda dominante. Primero fue la libra esterlina, después, el dólar estadounidense. Hoy, sin embargo, ese esquema empieza a resquebrajarse. No porque no exista un heredero claro aún, sino porque el mundo parece encaminarse hacia algo distinto, un orden aún sin moneda única hegemónica. Todo esto es lo que conlleva, una serie de consecuencia para un sistema capitalista mundial que se encuentra en plena fase de decadencia, (Estados Unidos, Alemania, UE), sin que hasta ahora haya surgido una alternativa al capitalismo en su versión industrial y financiera. 

Eduardo Andrade Bone                                                                                                                                                     Analista Político                                                                                                                                                                Comunicador Social                                                                                                                                                        WMP/PP/AIP

08/02/2026


Opinión /