Colapso de los herederos del Punto Fijo: Rememorando el 10 de enero de 2025 como cierre de un ciclo histórico en Venezuela
Con la victoria electoral del 2024, el chavismo reforzó su hegemonía política frente a una oposición desgastada, y consolidó esa etapa del proceso con la toma de posesión del 10 de enero de 2025.
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Las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024 se convirtieron en la última apuesta del liderazgo opositor heredero del puntofijismo, junto a sus más diversas expresiones. María Corina Machado asumió entonces la responsabilidad de intentar, desde las urnas, lo que antes no había logrado mediante golpes, sanciones económicas y ciclos reiterados de protestas violentas.
El resultado fue una derrota contundente. La sociedad venezolana, aun en medio de dificultades económicas, no respaldó a quienes prometían restaurar viejas fórmulas políticas. Ese fracaso electoral marcó el colapso definitivo de un liderazgo incapaz de articular un proyecto con arraigo popular y de superar el legado excluyente del pasado.
La derrota de 2024 no fue un hecho aislado, sino la confirmación de un desgaste acumulado. Las estrategias ensayadas durante años —la presión internacional, la deslegitimación institucional y la confrontación permanente— demostraron su incapacidad para traducirse en una alternativa política viable. El resultado fue el agotamiento definitivo de una dirigencia que ya no lograba conectar con las mayorías.
Hacia un nuevo ciclo político
Con este desenlace electoral, el chavismo reforzó su hegemonía frente a una oposición fragmentada y sin horizonte estratégico. El puntofijismo, entendido como tradición política dominante durante buena parte del siglo XX, dejó de operar como referencia real de poder. La restauración del orden previo a 1999 quedó definitivamente fuera del campo de lo posible.
Este nuevo escenario obliga a replantear el rol de la oposición. Cualquier intento serio de disputar el poder requerirá abandonar la nostalgia por el pasado, construir propuestas con base social real y deslindarse de la dependencia de actores externos. Sin ese giro, la oposición continuará atrapada en una lógica de reiteración del fracaso.
El ciclo que se abre después de 2024 no elimina las tensiones económicas ni los desafíos estructurales del país, pero sí clausura las viejas lógicas políticas que dominaron Venezuela durante décadas. El futuro exige liderazgos capaces de interpretar las transformaciones sociales acumuladas y de actuar dentro del marco institucional existente.
10 de enero de 2025: un camino sin reversa
El 10 de enero de 2025, Nicolás Maduro asumió nuevamente la Presidencia de la República, oficializando el resultado de las elecciones celebradas en julio del año anterior. Más allá de los intentos retóricos de desconocimiento, la juramentación se realizó ante las instituciones del Estado y con el reconocimiento de una parte significativa de la comunidad internacional, consolidando la irreversibilidad del escenario político.
En este contexto, las acusaciones de fraude formuladas por la oposición se transformaron en un eco cada vez más vacío. La ausencia de pruebas contundentes, sumada a la incapacidad de movilizar respaldo social sostenido, debilitó aún más a un liderazgo ya erosionado. Cada nueva convocatoria a la protesta confirmó que el caudal político que se proclamaba nunca tuvo la solidez anunciada.
La ceremonia del 10 de enero no solo ratificó la continuidad del chavismo en el poder, sino que evidenció la pérdida definitiva de influencia de los herederos del puntofijismo. El país ingresó en una fase donde las viejas fórmulas políticas dejaron de tener capacidad de interpelación real.
Con esta toma de posesión, quedó claro que el camino emprendido tras las elecciones de 2024 no admite marcha atrás. La Venezuela de 2025 no concede espacio a nostalgias políticas ni a esquemas agotados. Por el contrario, avanza sobre las ruinas de un liderazgo que no supo reinventarse.
Pacto de Punto Fijo y su contexto histórico
El Pacto de Punto Fijo fue suscrito en 1958 por Acción Democrática, COPEI y Unión Republicana Democrática tras la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Su objetivo fue garantizar la estabilidad política y evitar retrocesos autoritarios en una coyuntura marcada por la fragilidad institucional.
Si bien el acuerdo logró impedir el retorno inmediato de dictaduras militares, también consolidó un sistema de élites que restringió la participación efectiva de amplios sectores sociales. Con el paso del tiempo, ese modelo excluyente generó un profundo descontento popular, alimentado por la concentración de la riqueza, el clientelismo y la corrupción estructural.
Durante décadas, la alternancia entre AD y COPEI sostuvo una apariencia de estabilidad, respaldada por la renta petrolera. Sin embargo, la represión de la disidencia, las violaciones a los derechos humanos y la falta de renovación política terminaron erosionando la legitimidad del sistema.
Del agotamiento del modelo a la consolidación del chavismo
En los años ochenta, el deterioro social se hizo inocultable. La desigualdad creció, la corrupción se profundizó y el malestar social alcanzó su punto crítico con el estallido popular de 1989, conocido como el Caracazo. Ese episodio evidenció la ruptura definitiva entre las élites gobernantes y la población.
En ese contexto emergió Hugo Chávez, quien tras el fallido levantamiento de 1992 logró canalizar el descontento popular y convertirlo en un proyecto político que triunfó electoralmente en 1998. Desde su llegada al poder en 1999, impulsó una Asamblea Constituyente y promovió políticas orientadas a la inclusión social, desafiando los intereses del antiguo orden.
Tras la muerte de Chávez en 2013, Nicolás Maduro asumió la conducción del país en medio de un escenario adverso, marcado por la caída de los precios del petróleo, las sanciones internacionales y una estrategia opositora centrada en la desestabilización. Pese a ese contexto, la oposición no logró construir una alternativa con arraigo popular ni ofrecer un proyecto nacional creíble.
Las denuncias reiteradas, los llamados a la intervención extranjera y la ausencia de propuestas inclusivas profundizaron su desconexión con la sociedad. El ciclo iniciado con el puntofijismo terminó así de cerrarse con la derrota electoral de 2024 y la ratificación institucional de 2025.
A partir de este punto, queda claro que Venezuela demanda de todas las fuerzas políticas —incluido el chavismo— propuestas serias, realistas y con base social. El tiempo de las denuncias sin sustento y de las nostalgias políticas se ha agotado. El colapso de los herederos del Punto Fijo se inscribe ya como un hecho histórico consumado.
