El Salvador. Solo una revolución puede librar al país del fascismo
La polarización política que vive El Salvador ha alcanzado niveles extremos. Paradójicamente la estabilidad del régimen se había ido consolidando con la integración del FMLN, en la administración pública, lo cual paulatinamente borró la desconfianza de los grupos poder hacia el partido de izquierda. El precio que se pagó fue poner en marcha un gobierno, no en contra, pero sí de espaldas a las mayorías sociales. Imagino que pocos al interior de ese partido pudieron imaginar que aún se debía pagar un precio mayor. El gobierno de Bukele no oculta su intención de llevar a la formación de izquierda hasta la completa aniquilación.

La crispación política que vive el país no tiene tanto que ver con quien gobierna, sino con la crisis del capitalismo en El Salvador. Una crisis que obliga a los sujetos sociales a actuar, de una manera más o menos consciente. El gran problema del FMLN fue no haber previsto el escenario. La miopía estratégica de mediano y largo plazo le impidió prepararse para afrontar un escenario que demanda más que eslóganes para obtener votos electorales. Ofuscado por las labores inmediatas propias de la administración del Estado, el FMLN no supo ver lo esencial del momento que vivía el país. El desmoronamiento del neoliberalismo había sido denunciado por intelectuales incluso dentro de sus propias filas. No una mera coyuntura, sino un cambio de época que exigía una propuesta de cambio radical.
El confort y la seguridad con la cual el partido de izquierda se integró al sistema político del país lo llevó a despreciar a los sindicatos y al movimiento social, ignorar a sus bases y postergar a un tiempo indefinido viejas banderas de lucha. No contaba con que de la noche a la mañana todo podía saltar por los aires.
Mientras tanto, fue Bukele quien se aprovechó de la crisis de régimen, cuya base material la constituye el agotamiento del modelo económico neoliberal. Su expulsión del FMLN, que dicho sea de paso, tuvo más que ver con intereses personales que con discrepancias de principios, terminó por consolidar la imagen de outsider que llenaría el vacío que dejaba la ausencia de oposición a un régimen al cual ahora aquel partido pertenecía. Bukele fue pues, desde el inicio, el resultado de la incapacidad del FMLN de asumir su rol histórico; el residuo obsceno de la crisis del capitalismo salvadoreño.
El problema es que, como ya hace tiempo sostuvo Hegel, todo proyecto está, a priori, condenado al fracaso. La historia humana es lo que queda en el intento frustrado por llegar a ser algo. Mantener la conciencia de la contingencia histórica, sin perder de vista el movimiento total de la realidad, es lo que siempre ha caracterizado a los marxistas. El comunismo no es tanto la ciencia de las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad como la conciencia de algo efectivamente más real: el antagonismo social. La resolución de este antagonismo, en cada caso, en un sentido de progreso, en eso consiste una revolución social.
Tras décadas de abandono y desprotección, el pueblo salvadoreño exige cambios radicales. Sin una alternativa de cambio visible, es el extremismo de derecha el que, de manera demagógica y oportunista, crece, alimentándose de los peores instintos, potenciados por la cultura y el fundamentalismo individualista de mercado, que desde años han potenciado los tanques de pensamiento y medios de comunicación al servicio de la derecha.
Los últimos acontecimientos ponen de manifiesto hasta dónde está dispuesto a llegar el presidente, en su afán desmedido por obtener el control político total del país. El uso político que está haciendo del asesinato de dos militantes del FMLN deja bien clara su falta de escrúpulos morales. A la larga lista de irrespeto a la institucionalidad se agrega la voluntad de otorgar un rol político a las fuerzas armadas, así como de instaurar el servicio militar obligatorio. El “vínculo esencial” directo entre “el líder” y el pueblo es un rasgo característico del fascismo.
De lo que arriba se ha expuesto, se deduce que la simple defensa de la institucionalidad democrática no basta como programa político para hacer frente al totalitarismo de Bukele. El apoyo que este recibe de la población se nutre del descontento de la gente con un régimen que destruyó sus expectativas de vida y precarizó sus condiciones de existencia.
En suma, de lo que se trata es de articular una agenda de cambio que dirija la mirada hacia las raíces históricas que propiciaron esta situación. Se debe demostrar que no son solo los políticos los responsables del deterioro socioeconómico que adolece el país, sino ante todo, los grandes empresarios que amasaron fortunas con las privatizaciones, las excepciones tributarias y las políticas de flexibilidad laboral que por años fueron impulsadas con el perverso propósito de acumular beneficios mediante el despojo a las mayorías sociales de todo bien público.
La pregunta que queda es ¿Quién será capaz de articular tal programa? Al interior del FMLN hay una corriente, protagonizada por jóvenes que ha dado pasos en la dirección correcta. No obstante, el partido está dominado por una aristocracia que ha dejado bien claro no estar dispuesta a ceder el mando. Ello significa que el FMLN sólo puede reivindicarse como fuerza política relevante en el país tras una revolución interna. Desde mi posición, como observador externo, me parece que esa posibilidad es poco probable, al menos en el mediano plazo. El movimiento popular, los sindicatos, los académicos, etc. tienen hoy la ardua tarea de construir, desde las diversas esferas públicas de oposición, una alternativa que devuelva el horizonte y esperanza a este país. Algo debe estar claro: hay vida más allá del capitalismo salvadoreño.
