Un crimen detrás de otro y demasiados silencios cómplices
El ataque de las tropas de Estados Unidos e Israel contra Irán, con la consiguiente muerte de centenares de civiles y la eliminación de dirigentes políticos sin juicio previo, constituye una nueva y grave vulneración del derecho internacional. Es un crimen. Y, además, no es un hecho aislado, sino un nuevo episodio en una larga historia de intervenciones que han normalizado el uso de la fuerza al margen de las reglas que supuestamente rigen la convivencia entre Estados.
Quienes gobiernan estas potencias —hoy Donald Trump y Benjamin Netanyahu— han demostrado reiteradamente que conciben la política exterior como un ejercicio de poder sin límites efectivos. El desprecio por los mecanismos diplomáticos, la erosión sistemática del derecho internacional y la legitimación preventiva de la violencia no son errores puntuales: forman parte de una lógica de dominación que se presenta como seguridad y termina produciendo inestabilidad, sufrimiento y resentimiento.
Pero no nos equivoquemos. Aunque el problema se exacerba cuando aparecen en escena dirigentes como Trump o Netanyahu, no es de naturaleza personal, sino estructural. Es el resultado de un orden internacional que tolera la excepcionalidad permanente de algunos Estados, que permite que la fuerza se convierta en argumento y que aplica los principios jurídicos con una doble vara de medir. Cuando las normas sólo obligan a los débiles, dejan de ser normas y se transforman en instrumentos de poder y dominación injusta.
Duele, sin duda, la decisión de quienes ordenan bombardear y matan a centenares de civiles. Pero también el silencio de muchos otros gobiernos que, en nombre del cálculo político o la conveniencia estratégica, eligen no denunciar lo que contradice los principios que dicen defender. Y, por supuesto, duele y preocupa la resignación y falta de respuesta de millones de personas y de sociedades enteras que, saturadas de conflictos, terminan aceptando como natural e inevitable lo que no se debe tolerar.
Ayuda igualmente a que se produzcan crímenes, violaciones graves del derecho internacional humanitario y violencia sin cesar el que la defensa de los derechos humanos, del imperio de la ley y de la paz se asuma selectivamente. Como algo que se activa sólo cuando el agresor es nuestro adversario.
Si se invoca el derecho internacional, ha de hacerse siempre; si se condena el autoritarismo, ha de condenarse en todas sus manifestaciones; si reclamamos dignidad humana, no podemos hacerlo sólo en función del pasaporte de las víctimas. Si defendemos a un pueblo, hagámoslo sea quien sea el que lo reprime, domina o humilla.
La paz no es un don gratuito ni un reclamo ingenuo. Es una construcción política que exige coherencia, límites al poder y, muy especialmente, ciudadanía vigilante y decidida a hacerla realidad. Obliga a rechazar la idea de que la violencia preventiva es una herramienta legítima de gestión del mundo y a entender que la seguridad sin justicia es una ilusión peligrosa.
Con frustración, pero también con la convicción de que el silencio nunca ha mejorado nada, solo puedo aportar mi palabra, mi denuncia y mi grito. Un reclamo de coherencia, de legalidad y de humanidad. ¡Basta ya de tanta barbarie!
Porque la barbarie no se combate con más barbarie. Y porque, si renunciamos a exigir reglas para todos y paz, lo que desaparece no es el conflicto, sino la civilización y la vida.
Fuente: Un crimen detrás de otro y demasiados silencios cómplices
