Aser G. Rada / Agencia SINC •  Ciencia •  10/04/2026

¿Es la generación Z menos inteligente? Qué hay detrás de su declive en algunas pruebas cognitivas

Un grupo de neurocientíficos ha advertido ante el Senado estadounidense de que los jóvenes actuales puntúan peor que las cohortes previas en indicadores como memoria, lectura o matemáticas. Pero el panorama es más complejo: mientras algunos descienden, otros se mantienen o incluso mejoran, y las causas, del entorno digital a los cambios educativos, están lejos de ser unívocas.

¿Es la generación Z menos inteligente? Qué hay detrás de su declive en algunas pruebas cognitivas

El pasado 15 de enero, el Comité de Comercio, Ciencia y Transporte del Senado de Estados Unidos escuchó el testimonio de varios expertos sobre el impacto del tiempo de exposición a pantallas en niños y adolescentes. En la apertura de la sesión, el senador republicano Ted Cruz, presidente del comité, afirmó que los menores pasan de media entre cinco y ocho horas diarias frente a dispositivos electrónicos. “Una infancia basada en el teléfono móvil”, la definió, y vinculó ese patrón a una crisis de salud mental, aprendizaje y creatividad.

Entre los comparecientes, el neurocientífico Jared Horvath fue contundente: “Nuestros hijos son menos capaces cognitivamente que nosotros a su edad”. A su juicio, la generación Z, nacida aproximadamente entre 1997 y 2012 y la primera que ha crecido con internet desde edades tempranas, sería también la primera en rendir peor de forma global en distintas pruebas —atención, memoria, lectura, matemáticas o cociente intelectual— pese a haber pasado más años escolarizada.

De hecho, la última edición de PISA (2022), la evaluación trienal de la OCDE a estudiantes de 15 años en 81 países, registró un descenso sin precedentes respecto a 2018 en matemáticas y lectura, mientras que en ciencias los resultados se mantuvieron relativamente estables.

Horvath situó el punto de inflexión en torno a 2010, coincidiendo con la expansión masiva de dispositivos digitales en aulas y hogares, y defendió limitar su uso en los centros educativos. “Cada vez que la tecnología entra en el aula, el aprendizaje baja”, argumentó el fundador de LME Global, organización dedicada a trasladar la investigación educativa a la práctica en el aula.

Sus palabras se divulgaron rápidamente y el tabloide New York Post llegó a titular que la generación Z era “oficialmente más tonta” que la anterior. En España, el eco mediático coincidió con el anuncio de Pedro Sánchez de impulsar la prohibición del acceso a redes sociales para menores de 16 años, reavivando el debate sobre cómo regular el entorno digital en la infancia.

Un fenómeno desigual y sin causas cerradas

Sin embargo, algunos investigadores creen que ese diagnóstico es simplista. “Decir que la generación Z es menos inteligente es una sobregeneralización que no tiene base científica”, señala a SINC José César Perales, catedrático de psicología de la Universidad de Granada. A su juicio, los datos disponibles no permiten hablar de un descenso global de la inteligencia —lo que se conoce como un “efecto Flynn inverso”, es decir, la reversión del aumento sostenido del cociente intelectual observado durante el siglo XX— sino de tendencias complejas y heterogéneas según el país, la cohorte y la habilidad evaluada.

Este psicólogo experimental también discrepa de la carga negativa atribuida a las pantallas: “Obviamente han tenido un impacto en los códigos culturales y comunicativos, pero la evidencia no muestra un impacto significativo sobre aspectos del rendimiento cognitivo”. Lo respalda citando el estudio ABCD (Adolescent Brain Cognitive Development), que en una muestra de casi 12 000 niños estadounidenses no demostró que el tiempo de pantalla afectara a su funcionamiento cerebral ni a su bienestar.

Para Roberto Colom, catedrático de psicología diferencial en la Universidad Autónoma de Madrid, el principal problema del diagnóstico de Horvath es su alcance universal. En algunos países del norte de Europa se han observado descensos recientes, pero en otras regiones siguen registrándose incrementos generacionales en capacidades intelectuales básicas, desgrana.

Además, centrar el foco en las pantallas puede resultar simplificador. “Parte del problema podría estar en una reducción de la exigencia cognitiva en el entorno educativo”, recalca el también autor de Inteligencia (Shackleton Books, 2024). Si las materias son más fáciles de superar, razona, la demanda intelectual disminuye y eso puede repercutir en el desarrollo de determinadas habilidades.

El experto ejemplifica con la evolución del examen SAT estadounidense para acceder a la universidad, que también cita Horvath en su ponencia, y que ahora plantea textos más breves y preguntas más literales que en el pasado. Este formato, señala, encaja con un consumo de contenidos fragmentado y rápido, característico de la cultura digital: “Pasar rápido de una cosa a otra para no aburrirse”.

En este sentido, un reciente metaanálisis de 71 estudios que engloban a casi 100 000 personas constata que un mayor uso de plataformas de vídeos cortos como TikTok, Instagram Reels y YouTube Shorts se asocia con un peor estado de salud cognitiva y mental, tanto en jóvenes como en adultos. Perales matiza, no obstante, que este tipo de resultados deben interpretarse con cautela. “No podemos confundir correlación con causalidad”.

Este especialista subraya que el uso de dispositivos no puede separarse del entorno social y educativo ni de las actividades que se realizan con ellos, y que su uso intensivo suele asociarse a determinados estilos educativos y contextos familiares. “Si le das un móvil a un niño de 10 años eso sí va a impactar en su desarrollo intelectual”, advierte, pero invita a preguntarse qué variables sociales median en esa decisión. El estilo de crianza, el nivel sociocultural o la capacidad de estimulación en el hogar suelen pesar más que el dispositivo en sí.

De hecho, cuando los estudios controlan esos factores, la mayoría de los efectos atribuidos a las pantallas se reducen o desaparecen. “En general no hay ahora mismo pruebas de una relación causal entre el uso de dispositivos y desarrollo intelectual o salud mental”, resume.

Habilidades que bajan, otras que resisten

Los datos tampoco apuntan a un deterioro uniforme. En una investigación publicada en la revista Intelligence con pruebas realizadas en España con tres décadas de diferencia, el equipo de Colom ha observado un patrón mixto. “El manejo de números ha empeorado bastante, pero la capacidad de razonar no ha mostrado declive”, explica a SINC el psicólogo, que insiste en que el panorama varía según el país y la habilidad analizada.

Para Manuel Martín-Loeches, catedrático de psicobiología en la Universidad Complutense, el término “uso de pantallas” agrupa actividades muy diversas, desde ver vídeos breves o pornografía hasta leer prensa o buscar información, que implican procesos cognitivos y consecuencias también dispares: “Hay estudios que apuntan a efectos negativos en ansiedad o atención, pero algunos incluso describen beneficios, como en el caso de gente mayor que utiliza el ordenador de casa, no el móvil, para informarse”.

Este experto recuerda también que solo se han estudiado de forma sistemática algunas variables cognitivas, como atención, memoria o lenguaje, mientras que otras dimensiones, como la coherencia del discurso o la capacidad de abstracción, han recibido menos atención. El mapa está incompleto.

Externalizando el cerebro

Donde sí existe consenso es en que el formato influye. “La lectura en papel favorece la comprensión profunda y la memoria frente a la pantalla”, apunta este neurocientífico. El hipocampo —estructura clave para la memoria— funciona en gran medida como un sistema de orientación espacial, y el libro físico ofrece referencias que facilitan anclar las ideas en un “lugar” del texto (primeras o últimas páginas; pares o impares; arriba o abajo). En el entorno digital, ese apoyo espacial se diluye y se dificulta la memorización. Algo similar ocurre con la escritura a mano, que activa circuitos motores específicos y contribuye a organizar mejor la información que el tecleo repetitivo.

Aunque Perales sí es favorable a la digitalización, considera que en sí misma tampoco garantiza mejores resultados educativos. “Una tarea de aprendizaje en un dispositivo digital bien diseñada puede ser igual o mejor que una en papel, pero muchas veces solo se ha sustituido el libro por un PDF sin aprovechar las posibilidades del formato”.

Colom encuadra el debate en un fenómeno más amplio: la externalización del esfuerzo cognitivo. “Cuando reduces la exigencia cognitiva, el cerebro se adapta”, señala. El ejemplo clásico es el de los taxistas londinenses, cuyo hipocampo era mayor antes de la generalización del GPS; con la navegación asistida, esa ventaja desapareció. Algo parecido se ha observado en pilotos de líneas comerciales: el uso intensivo de sistemas automáticos reduce habilidades que habían adquirido en su formación, hasta el punto de que algunas compañías han implantado programas para obligar a volar sin ayudas tecnológicas, explica el especialista.

Lo mismo, añade, podría estar ocurriendo en el ámbito educativo con buscadores, aplicaciones e inteligencia artificial: “Si las ayudas externas son excesivas, los chavales pierden autonomía para razonar por su cuenta; si nadie les exige pensar, dejan de hacerlo”.

Regular sin caer en eslóganes

En el terreno normativo, Colom considera razonable limitar el acceso a redes sociales antes de los 16 años, dado que la madurez cognitiva se alcanza en torno a esa edad y la psicosocial bien entrada la veintena. “Es absolutamente pertinente. No permitiríamos alcohol o tabaco a un menor sin madurez cognitiva y psicosocial, y aquí estamos hablando de una herramienta igual de potente”.

Martín-Loeches evita hablar de prohibiciones tajantes, pero apela al principio de precaución: “Muchos datos indican riesgos potenciales, y mientras no tengamos evidencias más sólidas, conviene regular y proteger”. Perales, en cambio, se muestra más escéptico. “La prohibición hasta los 16 años me parece arbitraria”, afirma. “La transparencia algorítmica y las medidas de seguridad por defecto son probablemente más relevantes que prohibir”.

Todos coinciden sin embargo en cuestionar el eslogan de la “generación más tonta”. Colom insiste en distinguir entre conocimientos y capacidad intelectual, y recuerda que la percepción subjetiva de algunos docentes no equivale a literatura científica. Martín-Loeches admite que se observan descensos en algunos indicadores, pero advierte de que las causas pueden ser múltiples, “desde crisis sociales hasta falta de incentivos profesionales”.

Más que ante una generación “menos inteligente”, los datos y los expertos apuntan a una transformación del entorno cognitivo: nuevas herramientas, nuevas formas de atención y un sistema educativo en evolución que, según algunos especialistas, ha reducido la exigencia en determinados ámbitos.

Las generaciones actuales se enfrentan a flujos de información más rápidos, hipertextuales y fragmentados, lo que puede favorecer habilidades de búsqueda, selección o multitarea que aun no ha dado tiempo a estudiar, al tiempo que disminuye la práctica de otras asociadas a la lectura sostenida o al cálculo tradicional. Quizá la pregunta no sea si son menos capaces, sino qué capacidades estamos dejando de entrenar y cuáles estamos potenciando.

Fuente: SINC


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