Archivo •  Rafa González / Manuel Cañada •  Memoria Histórica • 07/06/2020

Juan Canet, el abogado que la clase obrera extremeña no olvida

Se cumplen 43 años del fallecimiento en accidente de tráfico del abogado laboralista y  dirigente de la Organización Revolucionaria de los Trabajadores ORT, junto a Joaquín Macías, Francisco Javier Servant y Bienvenida Gómez.

Juan Canet, el abogado que la clase obrera extremeña no olvida

“Yo fui quien identificó a los cuatro”, recuerda Antonio Martínez Trejo, el hermano de Quini, el que fuera secretario general del Sindicato Unitario, la mano derecha de Juan Canet. “Me llamaron diciéndome que mi hermano había tenido un accidente. Me puse muy nervioso, hablo con mi cuñado y nos vamos. Es en la carretera de Santa Amalia, está oscureciendo cuando llegamos. Hay cuatro guardias civiles, aún no han llegado los bomberos ni nadie. El capitán me pregunta si estoy dispuesto a identificar los cuerpos. Coge la linterna y me va enfocando uno por uno. Me enfoca primero a Juan. Estaba exactamente normal, agarrado al volante, pero el motor se le había metido dentro y se lo había cargado. ¿Usted lo conoce? Sí, es Juan Canet, seguro. Macías no tenía sangre, pero se había desnucado. Y los dos chavales estaban atrás, abrazados”.  

6 de junio de 1977. La noticia estremece Mérida y toda Extremadura. Juan Canet, Joaquín Macías, Francisco Javier Servant y Bienvenida Gómez fallecen cuando se dirigían a dar un mitin de la Candidatura de los Trabajadores en Cabeza del Buey. La tragedia quedará marcada en la memoria del pueblo extremeño. Cuando parecía que terminaba la larga noche de piedra –la pesadilla del fascismo- morían algunos de quienes más la habían combatido.

Juan Canet dejará una huella indeleble. Basta con escuchar la admiración de sus compañeros, de los trabajadores que trataron con él. Su memoria se mueve entre la devoción, el mito y la melancolía. Su muerte con solo 34 años agiganta aún más la leyenda. Juan Canet es un símbolo del antifranquismo, de la Transición que pudo haber sido y no fue. Pero es, sobre todo, un rescoldo de la entrega generosa, un emblema de los tiempos en los que la clase obrera constituía la esperanza, el principal sujeto de transformación. “Aquello era la lucha obrera en estado puro. Luchas que se emprendían desde los propios trabajadores. Y la militancia era otra cosa, te implicabas y te condicionaba la vida. Por ejemplo, entregar las pagas extraordinarias en el Sindicato Unitario era un catecismo”, recuerda Elías Muñoz, que con solo 16 años ya formaba parte de la Unión de Juventudes Maoístas, la sección juvenil de la ORT.

Juan Canet llega a Mérida en 1969. Pertenece desde hace años a Acción Sindical de Trabajadores (AST), una organización clandestina de carácter católico que se nutre de militantes de la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica), la JOC (Juventud Obrera Cristiana) o VOJ (Vanguardia Obrera Juvenil). El Concilio Vaticano II ha representado un temblor dentro de la Iglesia Católica. El nacional-catolicismo, la ideología que ha hermanado férreamente al franquismo y a la jerarquía eclesiástica, comienza a agrietarse y los sectores críticos con el régimen incrementan progresivamente su influencia. Canet es uno de esos jóvenes disidentes, que, procedente de la FECUM (la Federación Española de Congregaciones Marianas), va a comprometerse de lleno con el mundo del trabajo. Pero hay también otro terremoto en marcha que se fundirá con la convulsión del mundo católico: el seísmo de las Comisiones Obreras. En la década de los sesenta está naciendo otro movimiento obrero, un sindicalismo de nuevo tipo que viene de la mano de las generaciones de trabajadores que no han sufrido en primera persona la derrota de la guerra civil y que se socializan en las formas de producción propias del fordismo.

“El movimiento de Comisiones Obreras se extendió como la espuma en todas las ciudades y pueblos industriales de España y los despachos laboralistas también”, recuerda Manuela Carmena, una de las abogadas pioneras. “Desde sectores vinculados a las corrientes sociales de la Iglesia, Paquita Sauquillo y Juan Canet empezaban a constituir también otros despachos”, apunta. La red de enlaces sindicales vinculados a Comisiones Obreras se extendía exigiendo los derechos laborales en los convenios colectivos y las reglamentaciones de la época y mientras tanto los abogados presentaban las reclamaciones en las Magistraturas de Trabajo.

Paquita Sauquilla y Juan Canet ponen en pie uno de los primeros despachos de abogados laboralistas en Madrid, en la calle Ortega y Gasset, conocido como el “despacho de Lista”, por ser el nombre antiguo de la calle. Desde allí, como recuerda el dirigente de CCOO Juan Moreno, se montarán nuevos despachos en Alcalá de Henares y en Mérida.

La reorganización del movimiento obrero y del antifranquismo es especialmente difícil en una tierra como Extremadura. La represión adquirió aquí proporciones pavorosas, como han demostrado Francisco Espinosa y otros historiadores. La liquidación masiva de militantes de las izquierdas, así como la sangría migratoria –especialmente de las generaciones más jóvenes y de la población más contestataria a la opresión del latifundio- y el raquitismo industrial de la región explican en gran medida el retraso de la organización obrera en las tierras extremeñas.

Pero, con todo, el viejo topo también excava sus nuevas galerías en Extremadura. El Partido Comunista pugna por reorganizarse una y otra vez, en Badajoz, Mérida o Don Benito. En 1961 se produce la huelga del arroz en las vegas altas del Guadiana. Y en ese mismo año emergen las primeras comisiones obreras en La Corchera y el Matadero Industrial de Mérida. Radio Pirenaica da cuenta del triunfo de los nuevos enlaces sindicales y una redada policial no tarda en desarticular los nuevos núcleos de desobediencia, especialmente en La Corchera. Los hermanos Espinosa, Paco Camarón, Valeriano Colado, Barragán, casi veinte trabajadores pasan por las manos de las hienas de la Brigada Política Social. Manuel González de la Rubia, la pieza más deseada de la canalla, pierde el conocimiento durante la tortura.

Los jóvenes más inquietos cercanos a las organizaciones católicas legales toman el testigo en la recuperación del movimiento obrero extremeño. Son, como dice Manolo Pineda, otros cristianos bien distintos a “aquellos que no le interesan nada más que los ritos, los preceptos y las procesiones”. En 1968 la policía reprime con dureza la convocatoria del Primero de Mayo que ha convocado VOJ (Vanguardia Obrera) en Badajoz. En noviembre de 1969, Antonio Paniagua, el cura de la barriada emeritense de San Antonio, escribe en su diario:    “Domingo, retiro espiritual de la JOC y VOJ en el local de la capilla de la barriada de San Antonio. Empezábamos la reunión cuando se presentan dos policías, la Brigada Social”. Antonio Barrantes, el valiente cura de Entrerríos afirma en una de sus últimas homilías, en 1972, meses antes de su muerte: “Conocéis de sobra la postura del clero español y cómo ha estado y sigue estando en general al lado de los poderosos (…) Las ideologías que suelen llamarse más revolucionarias –me refiero en concreto al socialismo, al marxismo, al anarquismo- son cristianas y han tomado del cristianismo su fuerza revolucionaria”.

Es a esa realidad hostil, atenazada por un caciquismo capilar pero en la que pugna por reorganizarse el movimiento obrero, a la que va a incorporarse con pasión Juan Canet. Y lo va a hacer en la ciudad donde se concentra la mayor parte del escaso tejido industrial de la región, Mérida.

Juan Canet y el despertar del movimiento obrero

“En Mérida se sabía la hora que era por el sonido de las sirenas. Empezaba el Corcherón de la Renfe, donde se reparaban las máquinas del tren. Sonaba la sirena de La Corchera, la del Matadero, la de Cepansa e Hilaturas, la del Centro de Fermentación del Tabaco, la del Águila y la de la Cruzcampo. Sonaban a la entrada, a la  hora del bocadillo y a la salida”. Es Sebastián Solís, otro joven militante de los setenta, quien recuerda el paisaje industrial de aquellos años. Muchos trabajadores todavía se ven obligados a pasar el río en barca para ir a trabajar al Matadero, una de las grandes empresas de la ciudad.

Juan Canet combina de modo virtuoso dos funciones, la de abogado laboralista y la de agitador social y político. A ambas tareas indesligables se dedicará en cuerpo y alma, y su prestigio crecerá exponencialmente en los años sucesivos. Para empezar es un magnífico abogado, que gana la inmensa mayoría de los casos. “El tío no perdía un juicio. Los tenía frititos. Era muy chiquinino, pero qué bueno era”, evoca Luis Méndez, presidente del comité de empresa de Forte, uno de los baluartes de Comisiones Obreras y del Sindicato Unitario durante esos años. “¿Cómo era posible que en esa época los jueces lo temieran?”, se pregunta sin salir todavía del asombro Paco Llanos, uno de los aguerridos dirigentes sindicales en La Corchera.

La pericia profesional de Juan Canet es una garantía para los trabajadores que tienen que denunciar a las empresas. “Terminó muy joven la carrera de abogado y andando el tiempo se convertiría en el mejor abogado laboralista de todo el país, por el dominio que tenía de las leyes fascistas para hacer con ellas todas las virguerías que era necesario hacer para sacar algo de provecho para los obreros”, atestiguan sus camaradas de la ORT de Madrid un año después de su fallecimiento. Pero además se distingue por su enorme capacidad de trabajo y por su generosidad. “Recuerdo que a veces dormía en los bancos de la calle Sagasta, donde estaba la sede de la ORT. Se echaba allí tres o cuatro horas y a trabajar, era incansable”, rememora Elías Muñoz. “No le cobraba un puto duro a nadie”, indica por su parte Diego Castillo.

En otro de los apuntes de su sencillo y a la vez hondo diario, Antonio Paniagua describe el hervidero en el que se ha convertido el despacho del letrado en la calle Cimbrón. Mayo de 1972: “El perito Antonio Casablanca, profesor de la Escuela de Maestría, me pide que vayamos a casa del abogado laboralista Juan Canet Kolar, le han despedido de la Renault. Fuimos a las cuatro de la tarde, la casa estaba llena, había gente incluso en la calle. Volvimos a las seis y la cosa sigue igual. Mañana a Badajoz a hablar con Canet”.

Pero Juan Canet no es simplemente un buen abogado, una persona generosa y trabajadora. Es además un militante comunista, consciente de que la fuerza de los trabajadores no se asienta en las ocasionales victorias jurídicas sino, de forma sustancial, en su capacidad de organización cotidiana y movilización, de intervención social y politica. “A los trabajadores, nunca le lleves los derechos a casa”, recuerda Pepe Muñoz que le día Canet. Las Comisiones Obreras primero y después el Sindicato Unitario son la matriz en la que se inscribe su trabajo como abogado. “Las Comisiones Obreras llevan toda la fuerza, el viento del pueblo, y esto le da su jugo y su sustancia. CCOO nacen en las fábricas, en los tajos. Son algo enraizado, hondo, que viene de abajo y surge natural y recio, como un árbol al que las podas hacen tirar más alto”, escribirá vibrante Paco García Salve en su mítico y prohibido libro Yo creo en la clase obrera.

El despacho laboralista y el sindicato serán la escuela de formación de extraordinarios militantes obreros en prácticamente todas las empresas de la ciudad. Juan Trinidad, Manuel Cortés o Manolo Burgos, en Carcesa; Paco Llanos, Manolo Rodríguez o los Andreses en La Corchera; Joaquín Lozano, Carmen Fernández o Manola Sánchez en Atesur; Luis Méndez o Vicente Sánchez en Forte; Pepe Muñoz en panaderías; Juan Cortés Barroso en Rumianca; Valeriano y Sebastián Solís en Sanatorio Radio… Y, junto a ellos, curtidos luchadores como Joaquín Martínez Trejo Quini, Elías Muñoz, Vicente Ramírez, María Burgos, Eladio Méndez, Miguel Ángel Herrera, Vicente Alcantud, Ángel Calle, Joaquin Flores, Juan Villa, Paloma Marín, Manuel Martínez y otros muchos que no mencionamos y a los que pedimos disculpas… La labor como abogado laboralista de Canet se extenderá incluso a Huelva, donde intervendrá en importantes conflictos como los de Hispano Portuguesa, Fosfórico y Minas de Rio Tinto.

Sin la bravura de los hombres-lucha y las mujeres-lucha, como llamaba Paco García Salve a los activistas del nuevo movimiento obrero, es imposible entender la historia reciente de Extremadura y de España, los derechos de la clase trabajadora y la propia existencia de un régimen democrático, por menguados que nos parezcan.

Como señala Fernando Sánchez Marroyo en su contribución a la Historia de Comisiones Obreras “la presencia de estos grupos de activistas motivaría algunas de las primeras huelgas de importancia iniciada la década de los setenta, que fueron reprimidas con dureza, como la que tuvo lugar en 1971 en el Matadero, saldada con 13 despidos”. Atesur, Papelera Emeritense, los sectores de la construcción o la basura, serán algunos de los conflictos más significativos en esos años. La lucha contra la discriminación de las mujeres también será un caballo de batalla. Como recuerda Manola Sánchez, Canet denuncia a Atesur para acabar con la brecha de salarios: “Ayudó mucho a los trabajadores en sus convenios, pero sobre todo también a los mujeres, a quitarnos el miedo y a reclamar nuestros derechos. Es sin duda lo mejor que ha pasado por aquí”.

Su defensa insobornable de la clase trabajadora le granjeó el odio de patronos, terratenientes y caciques. Y no pocas amenazas, como las que le hicieron pistola en mano los hermanos Calvo, dueños de los cines María Luisa y Navia, tras la sentencia por la que tuvieron que indemnizar a los trabajadores con 8 millones de las antiguas pesetas.

Al poder se le han encendido todas las alarmas. Hasta el extremo de que un policía secreta va a vivir justo encima del despacho laboralista. La vigilancia policial, unas veces discreta y otras no tanto, se extenderá prácticamente hasta su muerte.

El pulso perdido de la Transición

La Acción Sindical de Trabajadores (AST) ha apostado desde su origen por la unidad dentro de Comisiones Obreras, pero mantiene diferencias con la corriente mayoritaria, integrada por militantes del PCE. En 1971 la AST culmina su transformación en partido político: nace la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT). Juan Canet se integrará en él y formará parte de su comité central.

Juan ha mantenido siempre un fuerte compromiso antifranquista. En 1970 es uno de los 44 abogados que participa en la huelga contra el Tribunal de Orden Público (TOP), negándose a comparecer ante el intento del TOP de celebrar los juicios políticos a puerta cerrada. Otra muestra es su implicación, más allá del laboralismo, en algunos juicios contra los abusos caciquiles o la represión del Estado. El respaldo a los colonos de Gévora contra la conservera SACE o la defensa de los socios de la cooperativa Santa Ana de Almendralejo frente al Marqués de la Encomienda, son dos de los casos más sonados. La asistencia jurídica al cura-obrero Mariano Gamo ante el TOP motivó la ira y la agresión de uno de los más peligrosos y despreciables interfectos de la extrema derecha, Mariano Sánchez Covisa, el jefe de los Guerrilleros de Cristo Rey.

Pero si hay en Extremadura un caso especialmente importante y relacionado directamente con la represión política ese será el juicio de la caída del 73. Ciento sesenta militantes del PCE serán detenidos a lo largo del mes de junio y dan con sus huesos en los calabozos de Villanueva y Don Benito, así como en la cárcel de Badajoz. Ningún abogado de Don Benito está dispuesto a defenderlos. Juan Canet demuestra una vez más su lealtad y su coraje, asumiendo la asistencia de muchos de ellos. “Allí, a la cárcel llegó Juan Canet, que fue el único que nos ayudó” recordará años más tarde el gran Gregorio Sabido. “Juan Canet era un hombre sorprendente. Llegaba a casa y decía: “vengo del paseo, de hablar con la gente del PCE”. Era un convencido de la unidad de la izquierda. Su entrega a la defensa de estos hombres fue absoluta”, recuerda la histórica militante Isabel Torres.

Desde 1975 Juan Canet se incorpora a la dirección de la ORT en Madrid, aunque nunca se desvinculará de la región. En julio de 1976, junto a Quini representa a las CCOO de Extremadura en la decisiva Asamblea confederal de Barcelona. En ella el sindicato debe decidir su estrategia en el proceso de Transición que está abierto. El año 76 es crucial en el pulso político y social que se desarrolla. A pesar del imponente proceso de huelgas y movilización popular se abre paso el proyecto de “reforma democrática”, impulsado por los sectores aperturistas del régimen. El Sindicato Unitario (SU) nace como estrategia sindical de la ORT y la Central Sindical Unitaria de Trabajadores (CSUT) como apuesta del Partido del Trabajo de España (PTE).

Muchos de los militantes más activos en la lucha sindical van a integrarse con Canet en la ORT. Hace ya algún tiempo vienen manteniendo asambleas preparatorias en Las Encinas, cerca de la estación de Aljucén. Juan, aunque continúa como asesor del Sindicato Unitario, durante esos meses se dedicará especialmente a la planificación de las inminentes elecciones generales. Los franquistas y la UCD juegan con las cartas marcadas. El PCE no será legalizado hasta el 9 de abril, poco más de dos meses antes de la convocatoria a las urnas. Y  Juan Canet es detenido justo cuando solicita la legalización de la ORT. Al final tendrán que concurrir bajo el formato de agrupación de electores.

Canet encabeza la Candidatura de los Trabajadores por la provincia de Badajoz. El texto de  presentación dice así: «Creemos que nuestra candidatura a las elecciones será la verdadera candidatura de los trabajadores de Badajoz y nos consideramos con la capacidad de ofrecer auténticas soluciones a los intereses del pueblo trabajador extremeño».

“Adiós, Juan, tú eras lo mejor que teníamos”

La campaña de las elecciones generales comienza el 1 de junio. El ritmo es frenético, especialmente para las candidaturas construidas sin dinero, levantadas desde el compromiso militante. Juan es un insaciable bebedor de café. “En vez de pertenecer a la ORT, debe de pertenecer a alguna secta cuyo mandato es tomar café”, han bromeado los compañeros en algún momento. Parece inagotable pero el fatídico día 6 de junio, al parecer, se duerme con el volante en las manos.

En la carretera de Santa Amalia, al pasar el río Búrdalo, el coche de Juan Canet se estrella contra un camión. La noticia corre como la pólvora. Los compañeros Juan, Joaquín, Francisco y Bienvenida «se han matao» cuando iban a dar un mitin a Cabeza del Buey. Junto a Canet ha muerto Joaquín Macías, un jornalero con extraordinarias dotes de liderazgo, que aprendió a leer con los documentos de la ORT y que levanta los cines con sus argumentos contundentes. “Extremadura es el furgón de cola del tren del progreso”, “Ellos no pueden vivir sin nosotros, pero nosotros sí podemos vivir sin ellos”. También pierden la vida dos jóvenes de 18 años, Francisco Javier Servant y Bienvenida Gómez, novios, estudiantes que colaboran en las campañas y movilizaciones de la ORT.

La consternación es general. A la mañana siguiente en muchas fábricas los obreros celebran asambleas, realizan minutos de silencio y deciden parar como reconocimiento a un hombre que además de abrir uno de los primeros despachos laboralistas del país decidió hacerlo en la tierra de «los santos inocentes».

El entierro será uno de los más grandes que se recuerdan en Mérida. Unos medios de comunicación hablarán de 20.000 personas, otros de 40.000. La pesadumbre y la rabia se mezclan en el cortejo. “El día del entierro íbamos todos con brazaletes rojos. Pasamos por delante del Casino de los señores y nos dimos todos la vuelta con el puño en alto”, recuerda Sebastián Solís. En la comitiva, un jornalero roto de dolor, llora: “Adiós, Juan, tú eras lo mejor que teníamos”.

“No fue un accidente, se lo cargaron”, sostiene todavía hoy Paco Llanos. Y con él son muchos los que se niegan a admitir la versión oficial. “Juan tenía amenazas muy concretas. Y era fácil pensar que pudiera haber sido un atentado. Pero da la casualidad de que el choque fue con un camión de reparto de huevos Suty y el trabajador era simpatizante del Sindicato Unitario. Fue algo accidental”, argumenta Elías y remata: “Aunque algunos círculos emeritenses celebraron con champán la muerte de Juan Canet, como luego se supo”.

Durante mucho tiempo en las manifestaciones perduró un grito: “Macías, Canet, estáis aquí también”. Y sus camaradas de la ORT de Madrid escribirían poco tiempo después: “Tenemos que implantar en el Partido el estilo de Canet”. Los valores del militante comunista Canet: el sentido de la responsabilidad, la entrega, la capacidad de trabajo, la austeridad, la firmeza, la claridad, la sencillez.

La historia oficial, como denunciara Rodolfo Walsh, “aparece como una propiedad privada, cuyos dueños son los dueños de todas las cosas”. Una historia con los lugares de prestigio reservados para los Fernández López, los Ávalos, los Oliart; hecha a la medida de los poderosos y los vencedores de siempre. Necesitamos otra historia que relate la dignidad de los trabajadores, sus luchas, sus victorias. El ejemplo de personas como Juan Canet y de quienes lucharon a su lado. Necesitamos repensar la historia de nuestra clase y de nuestro pueblo “a través del prisma de la melancolía”, le gusta decir a Enzo Traverso. Pero no de una melancolía o una memoria regresivas e impotentes. La melancolía y la memoria como “rechazo obstinado de cualquier compromiso con la dominación”, como catapulta para pelear contra las injusticias del presente. Juan Canet es uno de los faros limpios que necesitamos para continuar nuestra lucha.


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