Eduardo Montagut Contreras •  Memoria Histórica •  03/12/2016

El nacionalismo español hasta la Guerra Civil

El nacionalismo español surge, en gran medida, en las Cortes de Cádiz, es decir, viene asociado al primer liberalismo, en reacción al dominio francés, como ocurrió en otros lugares de Europa. En la Constitución de 1812, la nación española es definida como la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios. La nación sería libre e independiente y no patrimonio de persona o familia alguna, rompiendo con el concepto patrimonial del Estado del Antiguo Régimen. La soberanía residiría en la nación, por lo que solamente a ella le correspondería el derecho a establecer leyes fundamentales. Sería, por fin, obligación de la nación la conservación de los derechos legítimos de todos los ciudadanos. Pero, posteriormente, las Constituciones del reinado de Isabel II -1837 y 1845- obviaron que la nación fuera sujeto –o su representación parlamentaria- del Estado. La situación cambió en el Sexenio Democrático, con el texto constitucional de 1869, fruto de la Revolución “Gloriosa” del año anterior, porque se retomó con fuerza la soberanía nacional en el mismo preámbulo. Ya no era el rey o reina el que decretaba y sancionaba la Constitución, sino la nación española. De forma parecida, aunque organizando España de manera federal, comenzaba el proyecto constitucional de 1873. La Constitución de 1876 de Cánovas del Castillo retomó el modelo isabelino.

Esta indefinición constitucional, predominante en el liberalismo moderado español, se correspondería con una construcción muy fragmentaria del nacionalismo español en el siglo XIX. Ni la escuela, ni el ejército ni la administración consiguieron vertebrar un sólido nacionalismo español, aunque el Estado sí estableció un rígido centralismo, sin posibilidad alguna de poder contemplar jurídicamente las particularidades territoriales, aunque se mantuvo ambivalente con la situación foral vasca y navarra. Se puede considerar que este fracaso del liberalismo conservador es causa y efecto de la débil integración de la sociedad civil en la vida política, muy al contrario de lo que ocurrió en Francia, por ejemplo. Aún así, la burguesía española se interesó mucho por la construcción de un imaginario nacionalista con todos sus símbolos, como se puso de manifiesto en la historiografía decimonónica y en el arte, tanto en la pintura de historia como en las esculturas que comenzaron a poblar los espacios públicos de las ciudades españolas. Se construyó un pasado para intentar demostrar que los españoles eran miembros de un pueblo con una identidad común, al menos desde la Edad Media, aunque algunos rastrearían este origen en la época prerromana, especialmente en aquellos episodios o personajes que protagonizaron encarnecidas resistencias frente a los romanos, como Numancia o Viriato, entre otros.

Pero en la época de la Restauración surgieron los regionalismos y los nacionalismos sin Estado, primero reivindicando las particularidades culturales de sus regiones respectivas y luego planteando reivindicaciones políticas autonómicas o de mayor calado. Estos regionalismos y nacionalismos, con claro protagonismo catalán y vasco, pero también gallego, valenciano, aragonés y andaluz, suponían una alternativa al nacionalismo español y demostraban el fracaso de éste a la hora de imponerse totalmente, dada la fragilidad de los instrumentos que el Estado tenía para hacerlo, como hemos expresado anteriormente.

Las crisis del 98 y del sistema político de la Restauración exacerbaron la cuestión nacionalista en todos los sentidos. Por un lado, cobraron fuerza los nacionalismos sin Estado al presentar alternativas de organización territorial y estimularon, por contra, que el nacionalismo español encontrara argumentos para reaccionar, al considerar a aquellos como un serio desafío a un principio semisagrado: la unidad de España. En esta lucha del nacionalismo español, que comenzó con la Ley de Jurisdicciones de 1906, el ejército se convirtió en el instrumento más activo. Los intentos moderados de descentralización administrativa, promovidos por el nacionalismo conservador catalán en alianza con una parte de los partidos dinásticos, que cristalizaron en la Mancomunitat, fueron liquidados en la dictadura de Primo de Rivera, dictador que promovió la creación de una especie de movimiento con la Unión Patriótica, aunque de forma muy deslavazada y poco consistente. En este caso, como en otras materias, el futuro dictador aprendió de los “errores” cometidos por el primero.

El nacionalismo español no solamente contó con el activo baluarte del ejército sino que, también realizó un rearme ideológico en las primeras décadas del siglo XX, a través de varias fórmulas, que iban desde el tradicionalismo, entroncando con el viejo carlismo, hasta el fascismo, mucho más moderno, sin olvidar la vertiente religiosa que, posteriormente, cuajaría en el nacional-catolicismo. Todas estas versiones se basarían en principios muy excluyentes o intolerantes,  y con un alto contenido violento en sus discursos y, en algunos casos, en su práctica política. Estas fórmulas confluirían en la justificación ideológica que elaboraron los conspiradores contra la Segunda República, régimen considerado, desde su posicionamiento político, como responsable de la supuesta desmembración de España, sobre todo, por la aprobación del Estatuto catalán de 1932, muy vaciado de contenido, por otra parte, por las Cortes republicanas, y por la participación de la Generalitat en la Revolución de Octubre de 1934. Estas formulaciones del nacionalismo español formarían parte del discurso en la guerra civil del sector sublevado y llegarían al paroxismo en  el franquismo, el sistema político más genuinamente nacionalista español de toda la época contemporánea y que liquidó las expresiones nacionalistas no españolistas, que no comenzaron a recuperarse hasta los años sesenta en el País Vasco y en Cataluña, aunque en contextos y formulaciones distintas.


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