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Ucrania: ¿Nuevo estado satélite de Estados Unidos?

El conflicto contemporáneo entre Ucrania y Rusia se remonta a las denominadas protestas de Euromaidán en noviembre de 2013 tras el anuncio soberano del presidente de entonces, Viktor Yanukovich, de suspender la firma del acuerdo de asociación y libre comercio con la Unión Europea. Las manifestaciones –que fueron presentadas por la prensa occidental como muestra del más puro “ejercicio de libertad y democracia”– causaron la salida del presidente Yanukovich, elegido por voto popular. Lo que poco se referencia es que una cantidad considerable de los manifestantes hacían parte de grupos ultranacionalistas y filonazis como el partido Svoboda (Libertad) que, dicho sea de paso, tuvo participación en el primer gobierno de transición. Esta circunstancia causó un gran descontento en el oriente del país donde la población mayoritariamente habla ruso. Una de las consecuencias fue el inicio de una guerra civil en Ucrania y el deseo del Consejo Supremo de Crimea de solicitar su adhesión a la Federación Rusa. Esta petición se llevó a cabo mediante un referéndum que obtuvo un apoyo contundente del 96,77% (https://www.abc.es/internacional/20140316/abci-crimea-referendum-separatista-201403160709.html). Desde luego, los países occidentales desconocieron los resultados pero fue tal el respaldo que poco a poco tuvieron que resignarse a aceptarlo. ¿Por qué unos comicios electorales sí son válidos y otros no? Sencillo: porque unos sí convienen a los interés de Estados Unidos.     

Una de las tensiones geopolíticas más recientes que reavivó el conflicto antes descrito ocurrió en noviembre de 2018 en el mar de Azov. De acuerdo con el portavoz de la presidencia rusa, Dimitri Peskov, el incidente que tuvo como consecuencia la captura de tres buques ucranianos por parte de la guardia rusa en el estrecho de Kerch (único lugar de acceso que conecta al mar Negro con el mar de Azov), se debió a una clara “provocación por parte de Ucrania que requiere atención y un examen especial”. Desde esta perspectiva, la flota rusa buscó salvaguardar sus intereses en Crimea y proteger a su población de la constante influencia de Ucrania en la región de Azov. De hecho, el respaldo de las potencias occidentales ha sido crucial en la reciente tensión, por lo que no debe descartarse un escalamiento del conflicto ya que los intereses de Estados Unidos están involucrados, toda vez que este punto geopolítico es fundamental para el comercio de acero y trigo por parte de Ucrania (https://www.eleconomista.es/internacional/noticias/9546445/11/18/Por-que-es-tan-importante-el-mar-de-Azov-en-el-conflicto-entre-Rusia-y-Ucrania.htm). Sin embargo, so pretexto de “proteger la soberanía económica del estado ucraniano”, el presidente saliente y actual candidato Petro Poroshenko pretende invocar la ayuda de occidente para salvaguardar el interés de una pequeña élite y de paso provocar a Rusia a un nuevo enfrentamiento.

Ucrania quiere dejar a como dé lugar el paso libre para el ingreso de las tropas de la OTAN a las aguas del mar de Azov. En efecto, una de las prioridades del actual gobierno ha sido su integración a la organización militar que traería consecuencias notorias para la seguridad en la frontera ruso-ucraniana. En marzo de 2018, la OTAN le otorgó a Ucrania el estatus de “país aspirante a ingreso”, con lo cual, la posibilidad de que Kiev forme parte de dicha alianza es cada vez más alta. Si se toma en cuenta que el presidente Poroshenko declaró prioridad nacional el ingreso de su país a la OTAN, el riesgo en términos políticos se incrementa (https://www.hispantv.com/noticias/ucrania/390302/maniobras-militares-otan-rusia). Ucrania corre el riesgo de una fragmentación sólo observada luego de la implosión de la Unión Soviética en los albores de 1992. De esta manera, el ingreso de Kiev al sistema europeo traería consecuencias de orden territorial y aumentaría la zozobra en una zona con relevancia geopolítica sin parangón en el globo. La situación es más grave aun si se toma en cuenta la posición política del otro aspirante a la primera magistratura, Volodymyr Zelensky, quien está a favor del ingreso de su país a la Unión Europea y a la OTAN, con lo cual, los resultados de la segunda vuelta programada para el 21 de abril son irrelevantes pues los dos tienen acuerdo sobre este punto.

El propósito esencial de un eventual ingreso de Ucrania a la Unión Europea y al sistema de alianzas militares trasatlánticas es el de convertirse en un caballo de Troya de occidente en una región estratégica del mundo pues allí se concentran no sólo el interés de grandes potencias como Rusia, sino además importantes fuentes de recursos como petróleo y gas. Es por esa razón que los líderes del mundo occidental más influyentes como la canciller alemana, Angela Merkel, han buscado a toda costa alejar a dos naciones que compartieron un pasado común (https://www.ukrinform.es/rubric-polytics/2626751-presidente-ucrania-recibe-un-fuerte-apoyo-en-todas-las-reuniones-en-davos.html). En efecto, Ucrania y Rusia hicieron parte de la misma organización política durante la Edad Media en un proto-estado conocido como el Rus de Kiev, razón por la cual, los lazos familiares y políticos son tradicionalmente fuertes. Kiev y Moscú están hermanados y es esa unión con la que Estados Unidos quiere acabar.

En este orden de ideas, la Casa Blanca y sus socios de occidente quieren imponer un cerco a Rusia desde tres aristas. Primero de naturaleza política a través del apoyo irrestricto al ingreso de Ucrania a la Unión Europea, buscando acabar con los acuerdos económicos y de cooperación entre Ucrania y Rusia, dos socios naturales. El segundo cerco es de orden militar por medio del mencionado ingreso de Kiev a la OTAN, que pretende desestabilizar una zona de por sí compleja, atizando la provocación con el refuerzo de la defensa antiaérea en la frontera ruso-ucraniana. Finalmente, occidente busca imponer una guerra comercial con el objetivo de aislar a Rusia de Europa (lo cual es claramente un disparate debido a la influencia y poderío de Moscú) a través de nuevas fuentes de gas (http://spanish.xinhuanet.com/2019-01/25/c_137772003.htm). Así pues, Estados Unidos quiere convertir a Ucrania en un Estado satélite que siga al pie de la letra sus intereses pero esto significa un riesgo de enfrentamiento permanente con Rusia.

La influencia del Pentágono ha llegado también a verse en el ámbito interno del sistema político ucraniano. La presión ha sido tal que un tribunal de justicia condenó en ausencia al expresidente Viktor Yanukovich a 13 años de prisión por “alta traición y complicidad en la agresión militar de Rusia en Ucrania en la primavera de 2014” (https://www.elmundo.es/internacional/2019/01/24/5c49dafa21efa03a048b4629.html). Este es un intento más por parte de las naciones occidentales de justificar una agresión a la democracia del país eslavo pues no debe perderse de vista que Yanukovich fue elegido por voto popular y que su mandato fue interrumpido por la violencia de las protestas de Euromaidán. Estados Unidos que siempre posa como el adalid de la democracia y la libertad impulsa un juicio contra un mandatario democráticamente elegido. Hipocresía en su máxima expresión. Después de cooptar el ámbito de las relaciones internacionales, el objetivo de la Casa Blanca será el de influir en las decisiones internas con el fin de generar una ruptura en las relaciones ruso-ucranianas.

A lo anterior debe sumarse una circunstancia fundamental y es el balotaje que se llevará a cabo el 21 de abril de 2019. A pesar de los brotes de inconformismo, de la ley marcial y en general del mal gobierno, Petro Poroshenko aspira a reelegirse y los más de tres millones de votos obtenidos en la primera vuelta son un capital político importante. Sin embargo, la popularidad de Volodymyr Zelensky, un completo desconocido en la esfera pública del país eslavo es algo que tiene preocupada a la élite tradicional ucraniana. Zelensky, un actor que protagonizó una serie muy famosa en ese país, Sirviente del pueblo, está ad portas de ser el nuevo presidente, al obtener 5,7 millones de votos en la primera rueda presidencial. No obstante, como se mencionaba con anterioridad, en términos substanciales una u otra opción es prácticamente lo mismo. Aunque Zelensky representa la “nueva sangre política”, también es un socio de las directrices de Bruselas y de paso no sería raro que se convirtiera en un Sirviente de la Casa Blanca. Esta situación llena aún más de incertidumbre a una nación que se debate entre un nacionalismo extremo y tóxico y el apoyo a una nación como Rusia cuyos lazos parentales son más que evidentes.  

En caso de una victoria de Poroshenko, el entorno de seguridad en el Mar Negro y en la frontera ruso-ucraniana puede tornarse, por decir lo menos, tensionante. Es claro que las intenciones de Kiev serán agudizar las confrontaciones con su vecino, como quedó demostrado en la reciente petición del presidente de llevar tropas de la OTAN al mar de Azov (https://www.elmundo.es/internacional/2018/11/29/5bff9e4dfc6c836c458b459e.html). Este tipo de provocaciones lo único que generan es un clima de irresponsabilidad política, pero a Estados Unidos no le importa en lo más mínimo sacrificar el bienestar y la seguridad de una nación como la ucraniana con tal de cumplir con sus más profundos objetivos geoestratégicos. Convirtiendo a Ucrania en un caballo de Troya, Estados Unidos se asegura la obtención de productos a bajo costo mediante supuestos “acuerdos comerciales” y de paso lograría desestabilizar la seguridad en Eurasia. Lo más preocupante es que la victoria del actor y guionista podría desencadenar una situación idéntica.