La Tienda Republicana

Biopolítica y necropolítica como referentes

19/03/2019

Foucault (2001) cuando desarrolla su idea de biopoder como un dominio político sobre la vida biológica de la población, no concibe al mismo como un ejercicio excluyente del poder de disciplina, ni del poder soberano de hacer morir o dejar vivir. Si bien éstos pueden separarse y contrastarse analíticamente, en la realidad convergen, se encubren, apoyan, articulan y complementan entre sí. La biopolítica no solo se trata de administrar la vida, también administra la muerte, no deja de lado este ejercicio de soberanía. “Se mata legítimamente a quienes significan para los demás una especie de peligro biológico” (Foucault, 2006). Este hacer morir del biopoder no es excepcional, forma parte de la cotidianidad de nuestras sociedades:

Podríamos decir lo mismo [se refiere al racismo y la guerra] con respecto a la criminalidad. Si ésta se pensó en términos de racismo, fue igualmente a partir del momento en que en un mecanismo de biopoder, se planteó la necesidad de dar muerte o apartar a un criminal. (Foucault, 2001)

Solo el nazismo, claro está, llevó hasta el paroxismo el juego entre el derecho soberano de matar y los mecanismos del biopoder. Pero ese juego está inscripto efectivamente en el funcionamiento de todos los Estados. (Ibíd.)

Se trata entonces de un hacer morir  al otro (la mala raza, el inferior, el degenerado, el anormal, el delincuente) para “hacer que la vida en general sea más sana y más pura”. El objetivo es la supresión de enemigos, que se constituyen en “peligros, externos o internos, con respecto a la población y para la población. En otras palabras, la muerte, el imperativo de muerte, sólo es admisible en el sistema de biopoder” (ibíd.).

Foucault explica cómo a partir del siglo XIX el discurso biológico y evolucionista se hará uno con el discurso del poder e impregnará las relaciones de la colonización, las guerras, las “desviaciones” (delito, locura, enfermedad mental). En este marco el racismo como dispositivo tiene entre sus funciones jerarquizar, segregar, fragmentar grupos humanos, facilitará el ejercicio de matar a unos para procurar la vida de otros. Este racismo se desarrolla, “en primer lugar, con la colonización, es decir, con el genocidio colonizador” (Foucault, 2001). Es esta dimensión mortífera de la biopolítica que desarrollará Mbembe (2011), desde la periferia africana, donde las expresiones de poder soberano son menos encubiertas y limitadas.

Finalmente, Foucault en su obra presenta varias paradojas, ya se ha hecho referencia a una de ellas, un biopoder que puede acabar con la vida misma. Señala, además, cómo el Estado de Derecho lleva inserto dentro de sí al Estado de Policía; que las democracias mantienen parentescos genéticos con los regímenes totalitarios, y en esta misma línea también contempla las contradicciones entre el discurso jurídico y las practicas reales que de él emanan . Se trata de la superación de lógicas binarias, “sin que exista posibilidad alguna de trazar líneas claras de demarcación” (Agamben, 2005).

Sobre las dos primeras paradojas Foucault señalaba que el juego entre el derecho soberano de matar y los mecanismos de biopoder está efectivamente inscripto en el funcionamiento de todos los Estados. Para el autor las experiencias del fascismo y el estalinismo, no fueron del todo originales, resultaron ser una prolongación de “toda una serie de mecanismos que ya existían en los sistemas políticos de Occidente. Después de todo, la organización de los grandes partidos, el desarrollo de aparatos policiales, la existencia de técnicas de represión como los campos de trabajo son una herencia realmente constituida de las sociedades occidentales liberales que el estalinismo y el fascismo no tuvieron más que recoger. (…) No sólo esto sino que, a pesar de su locura interna, usaron en gran medida las ideas y los procedimientos de nuestra racionalidad política” (Foucault, 2001).

Foucault también señala “la existencia de un parentesco, una suerte de continuidad genética, de implicación evolutiva entre diferentes formas estatales, el Estado administrativo, el Estado benefactor, el Estado burocrático, el Estado fascista, el Estado totalitario, todos los cuales son –según los análisis, poco importa- las ramas sucesivas de un solo y mismo árbol que crece en su continuidad y su unidad que es el gran árbol estatal” (Foucault, 2007). Esta explicación sobre una especie de continuidad entre formas Estado, en apariencia singulares y antagónicas, constituye también una herramienta útil para comprender a la Venezuela actual.

Sobre la paradoja jurídica existente entre el modelo jurídico-institucional y el modelo político, donde el derecho contempla su propia excepción, se concentra la obra de Agamben (2005). El estado de excepción es el lugar en el que la ambigüedad entre anomia y derecho “emerge a plena luz y, a la vez, el dispositivo que debería mantener unidos a estos dos elementos contradictorios del sistema jurídico. Él es, en este sentido, aquello que funda el nexo entre violencia y derecho”. El autor italiano parte de la idea de Carl Schmitt, según la cual, la soberanía es el poder de decidir el estado de excepción. Y –siguiendo las reflexiones de Walter Benjamín- afirma que el estado de excepción es la regla. Para Agamben cuando el estado de excepción “se convierte en la regla, entonces el sistema jurídico-político se transforma en una máquina letal”.

Mbembe siguiendo las ideas de Foucault y Agamben hace un análisis postcolonial, desde la periferia africana, que es aplicable también al resto de las periferias que fueron colonias, entre ellas la latinoamericana.

Para Mbembe “la expresión última de la soberanía reside ampliamente en el poder y la capacidad de decidir quién puede vivir y quién debe morir”. La soberanía la define entonces como el derecho de matar. Esta expresión mortífera se hace común en sistemas que solo funcionan en estado de emergencia, urgencia, relación de enemistad, es decir: en estado de excepción. En las colonias la preocupación del soberano por legitimar su presencia es menor, por ello practican “una forma de violencia más excesiva que las formas de soberanía europeas”. Las colonias no eran un Estado, no generan un mundo humano, son zonas de guerra y de desorden, por ello pueden ser gobernadas en ausencia absoluta de la ley.  En estos contextos el orden judicial puede ser suspendido y la violencia del estado de excepción opera al servicio de la “civilización”. “Por todas las razones anteriormente mencionadas, el derecho soberano de matar no está sometido a ninguna regla en las colonias”. “La soberanía significa ocupación, y la ocupación significa relegar a los colonizados a una tercera zona, entre el estatus del sujeto y el del objeto” (págs:35-43).

Es este el marco en el que desarrolla la idea de necropoder como forma específica de terror, éste define tanto a los Estados esclavistas como a los regímenes coloniales contemporáneos. La necropolítica no es más que la “sumisión de la vida al poder de la muerte (política de la muerte)”. Al igual que en los planteamientos foucaultianos, esta necropolítica no excluye lo disciplinario ni lo biopolítico, pueden combinarse y coincidir. El contexto contemporáneo de este análisis es de “gran desabastecimiento, desintitucionalización, violencia generalizada y desterritorialización” de la cual surgen formas de gobierno privado indirecto, que suelen caracterizar a los Estados africanos. Estos marcos de referencia nos ofrecen herramientas para analizar los procesos de algunos Estados latinoamericanos, en especial para comprender y reflexionar sobre el caso venezolano.

Para más detalles sobre cómo la necropolítica sirve de marco de los operativos policiales en Venezuela pueden ver la investigación completa en este enlace: https://www.academia.edu/37864150/Estado_de_excepci%C3%B3n_y_necropol%C3%ADtica_como_marco_de_los_operativos_policiales_en_Venezuela

Publicado originalmente en: Efecto Cocuyo

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de TerceraInformación

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