López Obrador: "conciliaremos los intereses de los trabajadores y de los empresarios"

Andrés Manuel López Obrador con el multimillonario Carlos Slim, a quien reconoció públicamente como "un ejemplo" a seguir por "su talento y su gran éxito

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, aseguró la pasada semana que el salario mínimo que anunciará su gobierno para 2019 será capaz de “conciliar los intereses de los trabajadores y los de sus empleadores, respetando además al Banco de México".

    Según la versión de varios medios de prensa, en una rueda de prensa matutina Obrador comunicó que había instruido a la secretaria del Trabajo, Luisa María Alcalde, para buscar un "acuerdo conciliador con los trabajadores, sus representantes y los empresarios”.

    En este sentido, el presidente agregó que para ello consultó previamente al Banco de México sobre sus intenciones de subir el salario mínimo.

    Por su parte, la secretaria del Trabajo y Previsión Social (STPS), Luisa María Alcalde, manifestó durante una entrevista publicada por el diario El Universal que, en realidad, lo que se busca es la elevación del salario mínimo de los 88,36 pesos diarios (unos 4,35 dólares) actuales, hasta los 102 pesos (5,02 dólares). No obstante, de acuerdo con las fuentes consultadas, y  a pesar de que ésta sería una de las subidas más pronunciadas en los últimos años, México continuaría teniendo uno de los salarios mínimos diarios más bajos de América Latina. Este incremento del salario, tendría un alcance muy limitado, ya que no alcanzaría al  56 % de la población activa, que labora en la economía informal.

        No es esta, en cualquier caso, la cuestión política fundamental del anuncio realizado por López Obrador, que viene a recuperar la vieja utopía burguesa de la conciliación entre las clases antagónicas de la sociedad. Lo esencial es que el discurso del nuevo presidente de México supone un reconocimiento implícito de que no se plantea perturbar, en lo más  mínimo, el statu quo del país. Algo que ya se habían encargado de aclarar en lo que respecta a sus compromisos económicos internacionales, declarando que cumplirá las recetas del FMI  y apoyará el nuevo Tratado de Libre Comercio  entre Estados Unidos-México y Canadá.

    Aunque con distintos ropajes, las ideas de  conciliación interclasista que en este caso representa López Obrador son casi tan antiguas como el propio sistema capitalista.  Sin embargo, cobraron nuevo bríos  en las sociedades occidentales tras la Segunda Guerra Mundial, con el desarrollo de los mal llamados "Estados del Bienestar", construidos por el temor de las burguesías al ejemplo de la URSS y gracias a la superexplotación de las riquezas y el trabajo de tres cuartas partes de la población mundial. Cuando, a finales de los  70, las políticas económicas keynesianas ya no fueron capaces de garantizar la acumulación capitalista, la imposición de la nueva etapa neoliberal no bastó para poner en evidencia la falsedad de "la promesa socialdemócrata" de construir sociedades de crecimiento contino y  "prosperidad compartida". La aceptación de las reglas del juego capitalista por parte de la mayor parte de los partidos obreros tradicionales y los grandes sindicatos y el efecto provocado por el modelo productivista-consumista en la mentalidad de importantes sectores de las clases trabajadoras favorecieron, por el contrario, el sostenimiento del engaño.

       La hegemonía ideológica de la burguesía se mantuvo bajo el amparo de un discurso legitimador de las "democracias" formales, abortando del imaginario político de los trabajadores toda posibilidad de conciencia sobre la lucha de clases, mediante el reforzamiento del sentido común hegemónico preñado de mitos, tradiciones y costumbres. A tal punto, que aún hoy hablar sobre esta realidad, inherente a la sociedad capitalista implica ser tachado, irremediablemente, de retrógrado o trasnochado.

    En América Latina,  la "promesa socialdemócrata" también ha tenido consecuencias desastrosas. Cualquier parecido entre los discursos que durante la pasada década esgrimieron los gobiernos progresistas en Argentina, Ecuador o Brasil y  el del nuevo presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, no es ninguna coincidencia. Como muestra, un botón.

     El 3 de junio de 2015, Cristina Fernández de Kirchner manifestaba:

      “No es que venga con ningún discurso antiempresario. Al contrario, si de algo podemos jactarnos los que pertenecemos a este movimiento político (Peronismo), es haber articulado y conciliado el rol del trabajador junto al rol del capital para hacer grande un país y construir una nación…”.

     El desenlace del "proyecto" kirchnerista en Argentina, como el del Lula y Rousseff en Brasil o Correa en Ecuador, lo están sufriendo hoy los ciudadanos de los países citados. Pese a todo, las evidencias indican que, sin que la izquierda del continente sea siquiera capaz de extraer consecuencias sobre estos fracasos anunciados, para no volver a alimentar esperanzas infundadas, el engaño cuenta con todas las papeletas para volverse a consumar.

      Toca ahora, al parecer, confiar en la mágica capacidad de López Obrador para construir en México un "capitalismo de rostro humano" sin hacer peligrar los intereses de la patronal. Con un proyecto que, significativamente, es visto con buenos ojos por el multimillonario mexicano Carlos Slim o el político socialiberal español Felipe González.   Parece, en definitiva, como si no fuesemos capaces de superar una suerte de eterno y paralizante "deja vu".

Fuente: http://canarias-semanal.org/art/24157/lopez-obrador-conciliaremos-los-in...

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