La Tienda Republicana

Mil años tardó en morirse, pero al final la palmó

 

Franco se removió, gruñendo perezosamente en su ataúd, maldiciendo a José Antonio Primo de Rivera.

En ese momento un sacerdote, el prior del Valle de los Caídos, el candidato de la Falange, Santiago Cantera, entró en la cripta, apurado.

Franco dudaba, pero finalmente aceptó, con la condición de que en la cuneta no hubiera ningún rojo. El prior, con la ayuda de un amigo, exhumó el cuerpo del asesino y lo enterró junto a un camino de El Escorial… pero el destino se conjuró para frustrar los planes de los franquistas. El prior ganó una bonoloto, se fue al Caribe, se casó con un mulato y olvidó su pasado a base de beber mojitos. Su amigo salió luego concejal por el PP de su pueblo y al final se hizo jefazo en el partido, pero un día se atragantó en uncampeonato mundial de escupir huesos de aceituna y le faltó el riego sanguíneo a la parte geolocalizadora del cerebro, por lo que olvidó en qué cuneta estaba el dictador.

Finalmente, un pelotazo del PP en la Comunidad de Madrid convirtió el camino en una ruinosa autopista radial de pago. Con el movimiento de tierras, el dictador terminó en el terreno adyacente, una comuna del movimiento LGTB que abonaba su huerto con las cacas de sus perros. Liberado de su ataúd, su cuerpo con su culo blanco se fue descomponiendo y nutriendo hierbas, arbustos y árboles, que se iban mustiando y secando conforme los infectos nutrientes del criminal quemaban su savia.

Cuando los rojos abrieron su tumba no lo encontraron, y ante la conmoción nacional y las apocalípticas apelaciones facciosas al fin del mundo, el mismo Dios tuvo que intervenir. Desmintiendo a Sabina, con su omnipotente dedo dibujó en las nubes un mensaje para tranquilizar al país, ateos incluidos: “está donde se merece, en el infierno”. Y, cómo no, “en leguas a la redonda, el champán se terminó”.

 

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de TerceraInformación