¿Por qué nos debería preocupar el Instituto Confucio?

19/04/2018
El 3 de agosto de 2010, el Beijing Youth Daily -el periódico oficial de las juventudes del régimen de Pekín- publicó una entrevista al actual director adjunto de Hanban, una agencia que la dictadura china utiliza como tarjeta de visita en Occidente para implantar el programa de los institutos y aulas Confucio. En la entrevista le preguntaron: “¿Por qué China creó los Institutos Confucio y los promociona activamente por el resto del mundo?” Él respondió: “Durante las últimas décadas China ha sido atacada y demonizada. Mucha gente ve a China con una imagen distorsionada. El propósito principal de establecer Institutos Confucio es promover un conocimiento preciso de China, en vez de promover la cultura china”. 
 
Al hablar de demonización, Zhao Guocheng se refería a las críticas que el régimen chino había recibido de las democracias mundiales por sus continuas y brutales violaciones a los derechos humanos, al Estado de Derecho y a las normas de juego internacionales. Amnistía Internacional y demás organizaciones hablan de China como “el mayor verdugo del mundo”, uno de los países donde más se violan los derechos humanos. En un país con libertades reconocidas en su Constitución, la realidad demuestra una total ausencia de los derechos más fundamentales -siempre dependientes de los caprichos de una elite dirigente, que hace tiempo dejó de creer en sus principios iniciales y ahora solo lucha por mantenerse en el poder a toda costa. Casos sangrantes como la represión en el Tíbet, la persecución a la práctica meditativa Falun Gong o a los abogados de derechos humanos estos últimos meses nos recuerdan que el régimen ha cambiado solo su fachada. Murió Mao pero siguen igual o peor. 
 
Ante este historial delictivo, desde 2004 el régimen chino ha intentado suavizar esta imagen por medio del programa del Instituto Confucio. En noviembre de 2011, Li Changchun, un ex alto cargo del régimen declaró en un discurso en la Oficina Central del Instituto Confucio en Pekín (conocida también como Hanban) lo siguiente: “El Instituto Confucio es una marca atractiva para extender nuestra cultura en el extranjero. Ha realizado una importante contribución para la mejora de nuestra influencia diplomática. La marca Confucio tiene un atractivo natural. Al usar la excusa de la enseñanza del idioma chino, todo parece razonable y lógico”. Esta cara amable, sin embargo, está comenzando a ser cuestionada en cada vez más foros alrededor del mundo, y lo vamos constatando en la prensa diaria. Tras más de 10 años de programa, las evidencias de propaganda han comenzado a ser palpables. 
 
Alguien me dirá, ¿pero esto no es lo mismo que hacía el British Council en el Madrid de la posguerra? Y le diría que tiene razón, salvo en una cosa. El British Council usó y usa sus propias sedes y oficinas, pero el Instituto Confucio no opera de forma independiente. Esto es uno de los mejores juegos de estrategia jamás vistos desde el Caballo de Troya o “El arte de la guerra” de Sun Tzu, que consiste en vincularse tanto física como académicamente con instituciones educativas extranjeras (IES Beatriz Galindo en Madrid, locales del Ayuntamiento de Barcelona, institutos de la Junta de Andalucía…).
 
Distintas personas que han pasado por el Instituto Confucio destacan sus talleres de Tai-Chi, caligrafía, gastronomía o medicina china, sin embargo, en este escenario privilegiado que les ofrecen las universidades o institutos, es fácil para los alumnos empezar a crear una imagen benigna del régimen: te dan becas, libros gratis, actividades culturales… ¡y además dentro de mi universidad! La realidad es mucho más cruda, ya que se evita mencionar cualquier asunto que incomode al régimen, y por supuesto los anteriores ejemplos no dejan de ser aspectos superficiales de la cultura tradicional china, que el régimen comenzó a recuperar en los años 80, todo de cara a los primeros turistas extranjeros tras una terrible destrucción durante la Revolución Cultural (1966-76). La esencia de la cultura tradicional china -la espiritualidad, la cultivación interior, el respeto a lo divino, el budismo, el taoísmo, el confucianismo- fue prácticamente erradicada por el régimen.
 
Estaremos más o menos de acuerdo con sus ideas, pero aquí no entramos en ideologías de izquierda o de derecha. El nuestro es un país libre y democrático de derecho, con una Constitución que garantiza (o debería garantizar) la libertad de expresión. Ahora bien (y este es un mensaje para el régimen chino), puedes venir a nuestro país a difundir tu visión idílica de China, pero hazlo como los demás, no utilices y te aproveches del nombre y la imagen de nuestras universidades e instituciones públicas para meter gato por liebre a las personas en su edad más vulnerable. 
 
La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Tercera Información