Carlos de Urabá •  Opinión •  25/07/2016

Ali David, el joven asesino iraní que se creía ario

Ali David, el joven asesino iraní que se creía ario
Ali David gritó rabioso ¡Yo soy alemán! ¡Extranjeros de mierda! ¡Jodidos turcos! mientras que con su pistola disparaba a diestra y siniestra dispuesto a aniquilar a todas las “razas inferiores”.
 
Lo que faltaba y esto ya es el colmo.  Desde tiempo atrás veníamos observado con preocupante incredulidad el comportamiento de esos hijos de los inmigrantes, las nuevas generaciones nacidas y educadas en muchos países de Europa o de EE.UU que se han convertido en los más fanáticos defensores del occidente civilizado.  Y eso a pesar de las  claras diferencias étnicas que saltan a la vista  y que les llevan a sufrir muchas ocasiones la xenofobia y el racismo. Este es un fenómeno muy similar al síndrome que describe Frantz Fanón en su libro “Piel Negra Máscara Blanca” digno de estudiarse a fondo por psicólogos y siquiatras.  
 
Pero también existe el caso contrario: los inmigrantes nacidos en Europa y EE.UU, totalmente desadaptados que llevan impregnado en sus genes el virus del odio. La historia del colonialismo, la esclavitud y el despojo es imposible esconderla o ignorarla. Por lo tanto en el momento que toman conciencia pueden fácilmente radicalizarse. Que es lo que ha sucedido  con los miles de voluntarios que se han marchado a combatir en Siria e Irak en las filas de Al Qaeda o el EI. Mientras que en Europa y EE.UU proliferan las células durmientes o “lobos solitarios” decididos a cometer atentados en el momento menos pensado.  Esos son los más predecibles, los más sospechosos y proclives a sufrir  la persecución policial.
 
Esa dicotomía amor-odio se traducen en grandes contradicciones.  Porque también existen aquellos hijos de inmigrantes o, incluso, inmigrantes recién llegados que se sienten europeos o americanos y se asimilan perfectamente en las sociedades de adopción y asumen como propias la lengua, la  cultura, las tradiciones y costumbres. Aparte que los países de acogida o asilo ofrecen incontables ayudas sociales para que se integren como ciudadanos de pleno derecho.
 
Hasta tal punto que muchos de ellos eligen enrolarse en el ejército tanto de EE.UU o de los países del a Unión Europea como una salida que les garantice un futuro económico. Son millones de conversos dispuestos a entregar su vida por las grandes potencias occidentales. Se les podría calificar de mercenarios o cipayos (soldados indígenas encuadrados en el ejército británico) pero el hecho es que han  nacido franceses, alemanes, ingleses, españoles o  americanos y cuentan con un pasaporte o documentos de identidad.  Muchos son hijos de las antiguas colonias y la ley les otorga los mismos derechos que los nacionales. De ahí que estén dispuestos a combatir a sus propios hermanos (a los que califican de “terroristas”) en las guerras que se desarrollan en el Oriente Medio, África o en cualquier lugar del planeta.
 
Las agencias de inteligencia occidentales están ávidas por captar a aquellos individuos (inmigrantes o hijos de inmigrantes) que dominan idiomas tales como el árabe, el persa, el urdu, el hindú o cualquiera de sus derivaciones o dialectos. Este es un asunto clave  para actuar con mayor eficacia en la lucha antiterrorista mundial y para llevar a cabo con éxito los planes de expansión imperialista. Pues nadie mejor para enfrentarse al enemigo que un cipayo o un mercenario. Es decir, “no hay cuña que más apriete que la del propio palo” Y los que cumplan con efectividad las misiones encomendadas recibirán premios y condecoraciones, ascensos y gratificaciones económicas
Han sido criados bajo la tutela de unas sociedades democráticas que pregonan la defensa de los derechos humanos y los principios de libertad, igualdad y de solidaridad.  A pesar de su apariencia racial (indígena, africana,  árabe o asiática)  sienten la bandera y el himno nacional como propios. Son hijos de la inmigración con apellidos árabes, turcos, persas, paquistaníes, hindúes, afganos, jordanos, sirios, libaneses, suramericanos, magrebíes, africanos, asiáticos, etc. Apellidos que muchas veces cambian para negar su procedencia  y pasar desapercibidos. Es tal la obsesión por desprenderse de ese maldito estigma (de inmigrantes o extranjeros) que llegan hasta realizarse operaciones de cirugía estética para exorcizar ese complejo de inferioridad.
 
Como es el caso del francotirador de Munich un muchacho de apenas 18 años de origen iraní -pero nacido en Alemania. Al final se convirtió en un xenófobo racista, quizás en un  nazi pues se creía un alemán puro ¿ario? Profería insultos contra los turcos y los árabes. A pesar de ser étnicamente un persa -muy parecido a muchas de las víctimas que asesinó- sentía odio hacia las “razas inferiores” (como las cataloga el nazismo)  Pero en su locura asumió el papel de ario, una raza superior llamada a dominar el mundo según Adolf  Hitler.
 
Ali David fue rechazado en algún momento de su vida en el colegio o en su barrio, quizás lo discriminaron  por sus características físicas, no daban la talla de pureza racial y eso provocó una reacción de rencor infinito hacia sí mismo y aquellos que lo humillaron. Un trauma muy tenaz y desgarrador. Su identidad había sido puesta en duda algo que lo llevó a cometer la masacre en el centro comercial Olympia para luego a suicidarse.
 
Y lo peor de todo es que esto no sólo sucede en Europa o en EE.UU sino que también  en Latino América como en Perú, Ecuador, Colombia, en México donde existen indígenas nazis, mulatos nazis y hasta negros nazis que asumen los postulados del Fuhrer. Por increíble que parezca se dan estos monstruosos y delirantes casos. Son  mentes lobotizadas por la alienación televisiva o cibernética, por la ignorancia y la brutalidad. De ahí Ali David hijo de una familia iraní, nacido en Alemania, con papeles alemanes, hablando alemán y educado en la cultura alemana se creyera un alemán más.  Un muchacho que perfectamente podría ser captado por grupos de ultraderecha o participar en el movimiento Pegida. Su metamorfosis lo llevó transformándose en un asesino en serie como los protagonistas de las películas o los videojuegos que a él tanto le gustaban.  Su alter ego era nada más ni nada menos que el nazi noruego Anders Breivik autor de la matanza de la isla de Utoya.
 
El hecho racial no significa más que apariencias y las apariencias engañan. Pues en Ecuador he conocido indígenas nazis de las Juventudes Hitlerianas  adoradores del Tercer Reich y dedicados a la limpieza social. Esta esquizofrenia, la psicosis la paranoia es algo insólito y difícil de entender. Al fin y al cabo la mente humana es muy compleja y en cualquier momento afloran los fantasmas y los demonios.
 
La enajenación mental es tan voraz que lleva a los mismísimos  negros a creerse blancos y a proferir insultos racistas contra sus propios hermanos porque son pobres, excluidos, refugiados o clandestinos. Simplemente porque ellos ya están instalados en el seno de la sociedad capitalista, tienen una posición social, prestigio, dinero y pertenecen al equipo ganador. Algo que en Suramérica conocemos muy bien con el racismo que ejerce el mestizo sobre el indígena  
 
Esta es una de las paradojas más desquiciantes de la condición humana: el que ayer fue esclavo ahora quiere ser el amo. 
 
Recordemos que el joven terrorista argelino Mohamed Merah que cometió el atentado de Toulouse en el 2012 no sólo mato judíos en una madrasa sino que también liquidó  “conversos” o “cipayos” alistados en el ejército francés. A estos últimos  les tenía más odio que a los propios sionistas.
 
Ali David cumplió su palabra y llevó a cabo la gran venganza contra esas razas inferiores  (turcos o árabes) que un día lo humillaron, contra aquellos que lo insultaban o le recordaban que él no era más que un vulgar inmigrante, un hijo de iraníes y no un ario puro, rubio y de ojos azules.

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