José López •  Opinión •  03/03/2022

La causa profunda de las guerras

La imperiosa necesidad de alcanzar la democracia real. 

 

La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa. Albert Einstein. 

La peor de las expectativas se ha cumplido y ya tenemos una nueva guerra en la vieja Europa. Se sabe cómo ha empezado, pero como con toda guerra, no se sabe cómo acabará. A diferencia de las guerras mundiales del pasado siglo ahora se dispone de un amplio arsenal nuclear que, si se llega a utilizar, podría acabar con nuestro planeta. Aunque por ahora no parece que la invasión rusa de Ucrania pueda desencadenar la Tercera Guerra Mundial, tampoco puede descartarse del todo. En cualquier caso, está claro que esta nueva guerra es mucho más preocupante que cualquier otra que hemos vivido desde la Segunda Guerra Mundial. No es el objetivo de este artículo el analizar las causas más inmediatas de esta guerra (esto ya se ha hecho en otros artículos de otros autores, algunos de los cuales recomiendo en mi blog, en la página Artículos), pero sí el intentar conectarlas con la que yo creo que es la principal causa profunda técnica: la falta de auténtica democracia en el mundo.

Un sistema es complejo no tanto porque las reglas básicas que lo rigen lo sean, sino que sobre todo por las interrelaciones que se producen como consecuencia de dichas reglas. Un ejemplo típico en la Física es la fuerza de la gravedad. Las leyes que rigen dicha fuerza son relativamente sencillas, calcular el movimiento de los cuerpos cuando sólo hay dos es fácil, pero cuando intervienen muchos cuerpos entonces es mucho más complicado. De manera similar, la complejidad en la sociedad humana proviene sobre todo de las interrelaciones: entre los subsistemas que componen dicha sociedad (política, economía,…), entre las personas, entre las clases sociales, entre los países, entre las regiones, entre el individuo y el sistema donde vive,… La mejor herramienta para entender (a grandes rasgos) un sistema complejo es la dialéctica materialista. Existen siempre contradicciones. Todo influye y es influido. Nada vive aislado, sino que se interrelaciona de manera más o menos compleja con el resto. Si bien hay causas últimas materiales que pueden identificarse claramente, las causas profundas donde están las claves de por qué un sistema se comporta como se comporta. Aunque dichas causas muchas veces pasan desapercibidas, pues están más escondidas, la complejidad de las interrelaciones las oculta. Son las causas de las causas.

Como nos enseñó el marxismo, las causas de cualquier guerra (de cualquier acontecimiento histórico en general) son muchas pero hay que fijarse sobre todo en las cuestiones económicas como las verdaderas causas en última instancia. En el caso de la invasión rusa de Ucrania es evidente que sobre todo se trata de geopolítica, de una lucha imperialista mundial por el dominio económico, por el control de los recursos energéticos. La crisis energética (y la crisis del capitalismo) agudiza esta disputa imperial por dicho dominio, que ha pasado de una forma a otra. Como suele decirse, la guerra es la continuación de la política bajo otras formas. Además, Rusia se ve amenazada por la expansión de la OTAN hacia el Este. Estados Unidos y sus aliados aprovecharon la caída de la URSS para intentar dominar el planeta, en vez de intentar un nuevo orden mundial basado en la paz y el respeto mutuo entre los países y los pueblos, donde no hubiera organismos militaristas nacidos en la pasada guerra fría del siglo XX (como la OTAN), un nuevo orden realmente democrático donde las diferencias se dirimieran pacíficamente en la ONU, donde en todo caso hubiera una sola fuerza militar mundial bajo mandato de las Naciones Unidas para mantener el orden en caso necesario. Lo cual demuestra que los autoproclamados defensores de la Libertad y la Democracia de Occidente sólo buscaban dominar el mundo y no liberarlo del yugo “comunista”. No puede achacarse la única responsabilidad de esta nueva guerra simplemente a los “malvados” rusos, ni a su máximo dirigente.

Se solía decir antaño que un país democrático nunca declararía una guerra. En un país donde la gente corriente pudiera decidir si declarar una guerra, el pueblo diría que no. Nadie en su sano juicio está de acuerdo con ponerse a pegar tiros a otras personas para solucionar sus diferencias. Si quienes declaran las guerras las sufrirían realmente, probablemente, no habría guerras. Evidentemente, hay guerras con más justificación ética que otras. No es lo mismo defenderse contra un tirano que atacar a un pueblo para someterlo. Pero en cualquier caso, la guerra siempre es el mayor fracaso de la Humanidad, de su sistema de convivencia. ¿Es posible un mundo sin guerras? ¿Por qué sigue habiendo?

Éstas son las preguntas que deberíamos intentar contestar. No sé si será posible algún día un mundo sin guerras, pero si no aprendemos los seres humanos a convivir de manera civilizada, pacífica, sí estoy seguro de que tarde o pronto nos extinguiremos, de una u otra forma. La contradicción entre desarrollo tecnológico y subdesarrollo social sólo puede resolverse de dos maneras: o la autoextinción o el desarrollo social, político. O aprendemos a convivir en paz, o tarde o pronto alguna guerra acabará derivando en holocausto. Una vez iniciada una guerra donde haya contendientes con armamento de destrucción masiva, alguno de ellos puede verse tentado a usarlo, como de hecho, ya ocurrió al final de la Segunda Guerra Mundial. Las escaladas bélicas son imprevisibles.

Entonces si una democracia no podía declarar una guerra, ¿por qué se siguen produciendo?, ¿por qué precisamente los países democráticos del mal llamado Primer Mundo siguen declarándolas? La respuesta es bien sencilla: porque realmente no son democráticos. En una democracia real, en la que sea el pueblo quien decida ir a una guerra o no (directamente mediante referéndum vinculante), la gente corriente (que en una democracia que merezca tal nombre no estará alienada, estará bien informada, formada y consciente), que es quien sufre principalmente las guerras, decidirá que no. En una democracia real, en la que el destino de la gente es verdaderamente controlado por la propia gente, nadie en su sano juicio quiere una guerra, y más teniendo en cuenta la peligrosa capacidad tecnológica actual, siempre se preferirá cualquier otra vía pacífica para resolver los conflictos. El problema es que en las “democracias” actuales pocos están en su sano juicio, el sentido común es el menos común de los sentidos, la mayor parte de la gente piensa y actúa como las élites quieren que piense y actúe, élites que son quienes declaran guerras pero no las hacen, quienes juegan a la geopolítica para acaparar las riquezas del planeta. En nuestra alienada sociedad actual las personas (la mayor parte) se comportan como ovejas dirigidas por ciertos pastores. No controlan su destino. Y el problema de fondo es que realmente no desean controlarlo, prefieren dejarse llevar. Ésta es la madre de todas las causas de por qué se siguen produciendo guerras. La causa técnica profunda es la falta de democracia, cuya causa a su vez es la posesión de los grandes medios de producción por parte de las élites, su dominio económico. No tendremos democracia real mientras la mayoría de la gente no luche por ella, no luche por conquistarla, no se responsabilice de sus actos, de su destino. La causa profunda de que se sigan produciendo guerras es la actitud de la mayoría de la gente. Mientras la mayoría no quiera controlar su destino, éste estará en manos de otros, de otros que declaran guerras, pero que no las hacen.

Sólo la Humanidad podrá controlar su destino cuando lo haga en conjunto, y ello sólo es posible con la democracia auténtica, y no con las actuales oligocracias. Con un sistema al servicio del interés general, y no al servicio de ciertas minorías. Las oligarquías sólo pueden sobrevivir con oligocracias. Mientras los países estén controlados por oligarcas, éstos seguirán jugando con las vidas de las personas corrientes, manipulando su forma de pensar, usándolas como carne de cañón, enriqueciéndose a sus expensas,…La lucha más ética es la que permita superar esta sociedad belicista, esta jungla actual disfrazada de civilización, para alcanzar la verdadera civilización, en la cual la justicia y la libertad camparán a sus anchas, dejarán de ser utópicas. Y dicha lucha no puede ser otra que la lucha de clases. Cuando ésta la ganen las clases populares, la mayoría social, y no las minorías privilegiadas, es cuando realmente se nos abrirán las puertas de un mundo sin guerras, sin hambre, sin pobreza, sin desigualdades sociales,…

Pero para ganar la lucha de clases las masas tienen que concienciarse y luchar activamente por un nuevo sistema, tiene que haber un cambio de actitud generalizado. Un cambio que probablemente se dará cuando la necesidad apriete mucho, mucho, mucho, mucho, cuando lleguemos a un callejón sin salida, por pura necesidad de supervivencia, como casi siempre ha ocurrido a lo largo de la Historia. Cuando se den suficientes factores objetivos y subjetivos favorables a la Revolución. Para lo cual la labor histórica de la izquierda auténtica (la que pretende superar este sistema actual absurdo y peligroso llamado capitalismo, esta barbarie moderna) es prepararse, ir organizándose (incluso internacionalmente), contribuir a la concienciación y cambio de actitud de los ciudadanos, ir trabajando ya los factores subjetivos en espera de que los objetivos sean suficientemente contundentes. Si antes no nos autodestruimos, claro. Esta vez quizás no tengamos tiempo para que los factores objetivos sean suficientes. Éste es el problema al que se enfrenta la Humanidad por primera vez: necesita imperativamente alcanzar cuanto antes la verdadera democracia, incluso para subsistir. Democracia que sólo podrá alcanzarse por iniciativa del pueblo, de las clases populares. Sólo el pueblo puede salvar al pueblo. No sólo de las injusticias sociales, también de las guerras, también de la autodestrucción. Fácil de decir.

02 de marzo de 2022

José López

http://joselopezsanchez.wordpress.com/


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