CIEGOS

Decía el entrañable sociólogo, filósofo e intelectual argentino, Horacio González, que «pertenecer a una comunidad es un síntoma de libertad, no es una obligación».
El otro día, leía una publicación de un escritor y periodista argentino radicado en Barcelona desde hace veinte años. Y él contaba, o, mejor dicho, escribía, que se ha cansado de golpear puertas en todo tipo de medios para trabajar en su oficio. El único diario que le abrió una puerta fue un diario catalogado de derecha; sin embargo, él hace su trabajo comentando libros y en nada influye la orientación editorial del medio. El escritor, por cierto, está lejos de ser de derecha y de vivir del periodismo.
Y a propósito de esto, pensaba, que muchas veces los lugares son esas puertas cerradas donde pocos se detienen a mirarte, y menos, a invitarte. Esas puertas cerradas son un espejo de esos lugares.
Lógicamente, es más fácil para aquellos a los que alguien, alguna vez, aunque sea una única vez, les dio una oportunidad, les abrió una puerta, los presentó en algún sitio.
Me viene la imagen de ciudades con candados. Ciudades con jerarquías, apellidos, lenguas, postureo, exitosos y reconocidos. Entonces me pregunto por las voces que no se oyen y las miradas invisibles en esas ciudades. Personas que también pagan impuestos, servicios, o ni siquiera; a lo mejor no tienen a dónde ir. Y esas voces nunca tienen un lugar en algún medio de comunicación, porque no son llamados al interés general; salvo cuando fallecen de frío, o de calor, o simplemente se mueren debajo de un temporal. El periodismo de aquí en donde vivo no se ocupa de ellos.

Dicen algunos que se debe insistir, darse a conocer, pero, ¿habrá que salir a la calle con una bandera?, ¿habrá que arrodillarse ante puertas rigurosamente vigiladas?, ¿habrá que lamer el culo de algún funcionario o funcionaria?, ¿o de algún político en campaña?
¿Cómo hacerse visible si hasta más de un inmigrante se mimetiza con esa categorización que excluye y actúa como tal?
Recuerdo cuando hace un par de años le escribí a un argentino que hace un taller de radio en la ciudad en donde vivo, para conocer qué hacía, qué ofrecía, saber si tenía una grilla con programas, y nada. Al año, le escribí otra vez, pero nada. El tipo hace comunicación, pero no se comunica, ni responde. Lo mismo pasa en otros rubros de la cultura. Muchas editoriales, a las que les he escrito para consultar algo, nunca han respondido, y eso que trabajan con la palabra. Sin embargo, otras sí han respondido y con buena predisposición.
Alguien que no viene al caso, me dijo, a propósito de esto de las editoriales, que tenga en cuenta que reciben decenas de preguntas y manuscritos, y que no pueden responder a todos; y me pareció muy pobre ese argumento porque es como si alguien que trabaja en atención al cliente, y le saludan todo el día, llegara al momento en que mira para otro lado y deja de responder. En fin, una justificación absurda.
Tal vez piense de manera incorrecta, pero quizás están más preocupados por cuidar su quintita, o no les interese ser enlace o puente, no vaya a ser cosa que aparezca alguien y les haga sombra, o se compare la producción de uno u otro, no sé; cosas a las que el neoliberalismo nos ha acostumbrado y que se naturalizan; formas de proceder de parte de quienes, aun llamándose progresistas, o de izquierdas, no pueden evitar.
Entiendo entonces que no sea motivo de vergüenza trabajar, entre otras cosas, como lo hace el escritor y periodista argentino en Barcelona, para un diario considerado de derecha.
Al final, lo que cuenta es la dignidad y honestidad del trabajo que uno realiza porque, como decía uno por ahí, dime de qué presumes y te diré de qué careces.
Y, por cierto, hay muchos que se han comprado el personaje.
Valencia, marzo 2023

