La libertad de los dinosaurios

Anoche la Cámara de Diputados de Argentina dio media sanción al proyecto de ley de reforma laboral.
Afuera, la policía cargó contra los manifestantes. Hubo más de 300 heridos y detenidos.
No hace falta irse muy lejos para recordar que estas mismas escenas represivas se han vivido en el país durante anteriores gobiernos neoliberales.
Pero quepa recordar que también las han padecido los españoles cuando gobernó el Partido Popular.
Hoy resulta que está de moda ser un amnésico, o un ignorante, o un cuñado bruto que abre su boca para decir guarradas y tomar cerveza.
También está de moda ser una mala persona.
Mientras ese círculo de baba diabólica sobrevuela por las calles y los bares de distintos países y regiones, en los despachos oficiales de ciertos gobiernos y ciertos partidos, se busca lo mismo: terminar con las conquistas laborales, los derechos de las mayorías, los derechos humanos, y darle carta blanca a las fuerzas del orden para que los tecnócratas y las familias oligarcas de siempre puedan realizar sus negocios sin impedimentos «socialcomunistas».
Y todo ello con un discurso enfocado en la inmigración como para distraer la atención y polarizar de una manera obscena y deshumanizada.
La teoría del gran reemplazo la protagonizan los gobiernos ultras aliados con el amo anaranjado del norte: el reemplazo es renunciar a los derechos sociales y culturales adquiridos para que la libertad de mercado sea normalizada y el ser humano sea solo una variante más de la ecuación.
En el medio de todo esto, los relatos de odio, la estigmatización de las personas, las falsas recetas meritocráticas.
Pero detrás de toda esa fachada de entretenimiento colectivo para subnormales, está la realidad: los negocios, la riqueza en manos de unos pocos, la idea de que la democracia ya es un estorbo insoportable que hay que abolir.
En España se está a tiempo de que la debacle no nos lleve puestos a casi todos.
O al menos eso espero.
Y una gran responsabilidad para que esto no suceda está en manos de los ciudadanos comunes, pero también de los partidos que se autoproclaman progresistas o de izquierda.
A no ser que ciertos burguesitos y burguesitas del sector ya tengan su chiringuito listo para tiempos convulsos y les dé igual.
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