José Moral González

¡Marchaos, marchaos todos!

Entonces, desde el Ampurdán, se manifestó el profeta para guiar a su pueblo hacia la liberación, aunque para ello tuviera que separar en dos las aguas del mar de su ciudadanía. Y el profeta dijo que llegó la hora de partir,  proclamando la buena nueva: ser el pueblo elegido, el pueblo que cosechara mieses en abundancia. Y el profeta mostró el camino con su propia iluminación, señalando al enemigo para que nadie pudiera confundirse. Y el pueblo fue siguiendo sus pasos, intentando derribar las barreras que se oponían a su sagrado avance.

De primero: un segundo

Imagino que ya en los albores de la civilización humana, cuando un cazador se percató de la presencia de otro que perseguía la misma pieza, y en vez de proponerle colaborar en la caza y repartirse la carne, apuntó su primitiva lanza de palo contra él para quedarse con todo, fue cuando se manifestó la primera lucha competitiva del hombre, el propio concepto de competitividad.

¡Falta amor, mucho amor!

De los niños demacrados y consumidos por el hambre, de los niños que lucen los ropajes de la miseria, de los que reflejan en su apagada mirada una infancia rota, violentada y sin futuro… de esos “niños de la calle” que duermen en cualquier rincón y que se cuelgan de los tranvías de algunas ciudades, sin que a nadie parezca importarle tan temprana edad y el riesgo de su caída,  es de lo que habla la letra de una canción del grupo mejicano “Mana”.

¡Falta amor, mucho amor!

De los niños demacrados y consumidos por el hambre, de los niños que lucen los ropajes de la miseria, de los que reflejan en su apagada mirada una infancia rota, violentada y sin futuro… de esos “niños de la calle” que duermen en cualquier rincón y que se cuelgan de los tranvías de algunas ciudades, sin que a nadie parezca importarle tan temprana edad y el riesgo de su caída,  es de lo que habla la letra de una canción del grupo mejicano “Mana”.

América primaria

La humanidad hace mucho tiempo que salió de las cavernas, ese primer hábitat gobernado por los instintos más primarios, donde el hombre, especialmente el hombre, apenas se distinguía del entorno salvaje que le rodeaba. Comer, beber, aparearse y luchar por imponer su hegemonía en el clan, o entre clanes, eran las acuciantes necesidades que tenía que satisfacer; si hacía falta, a dentelladas o certeros garrotazos. Pero la civilización se fue desarrollando y, con ella, la capacidad intelectual y reflexiva que nos facultaba para cuestionar la mejor manera de dar respuesta a esas necesidades.

América primaria

La humanidad hace mucho tiempo que salió de las cavernas, ese primer hábitat gobernado por los instintos más primarios, donde el hombre, especialmente el hombre, apenas se distinguía del entorno salvaje que le rodeaba. Comer, beber, aparearse y luchar por imponer su hegemonía en el clan, o entre clanes, eran las acuciantes necesidades que tenía que satisfacer; si hacía falta, a dentelladas o certeros garrotazos.

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