La Tienda Republicana

Ilka Oliva Corado

El faro

Náufraga, yendo de tormenta en tormenta, después de haberlo intentado todo para llegar a la orilla y sin poder mantenerme a flote por mí misma, me di por vencida pensando que serían las olas las que arrastrarían mi cuerpo inerte, pero de pronto, no sé cómo, no sé por qué razón, porque es algo que me he preguntado mil veces y no logro obtener respuesta, pero apareció frente a mí  en la noche más oscura, un hermoso faro que me tomó en sus brazos, me abrigó con su calor y desde entonces ha curado mis heridas más profundas con su ternura y ha guiado mi camino con su luz resplandeciente. 

Las Insurrectas: Doña Julia

Tendría como 8 u 9 años cuando la conocí, ella alrededor de 70,  su lugar de trabajo era la parada de buses de Ciudad Peronia, doña Julia tenía ojos azules de cielo desnudo de verano y vestía  ropa de segunda mano que compraba en las pacas, siempre limpia, su garbo natural la hacía lucir como una prenda fina recién comprada; sus vestidos largos de muselina y gamuza que combinaba  con bufandas y pañoletas de seda. A primera hora siempre cargaba puesto un gorro que se quitaba a media mañana cuando calentaba el sol, entonces dejaba ver su cabello blanco algodonado.

Escribir, como resistencia al patriarcado

A Manuela Sáenz la siguen recordando por su relación sentimental con Simón Bolívar y no por su hazaña revolucionaria. Relegarla a ser la “Libertadora del Libertador”,  y rendirle honores por esto, es una terrible falta de respeto a su legado de rebelión y feminismo,  pero también es un ejemplo muy claro de lo que hace el patriarcado con las mujeres, en donde la ideología no tiene nada que ver. 

Xiéxié

Observo por la ventana del automóvil el cielo oscurecido, todo el día ha estado soleado  pero es agosto y  es la hora de la oración;  en un santiamén bajan las nubes amontonándose unas sobre otras con sus vientres a reventar; el paisaje de cielo azul en pampa se torna cenizo, está por caer un aguacero.

La inmortalidad de Teodoro Palacios Flores

Vimos entrar a un hombre alto, negro, que vestía pantalón de tela gris y camisa a cuadros, al que le hacían rueda varios periodistas que le tomaban fotos y entrevistaban, nuestro profesor de atletismo que en ese momento estaba sentado en las gradas del estadio Dorotero Guamuch Flores (Mateo Flores en ese entonces) observando  el desarrollo de los eventos de atletismo de los  Juegos Enefistas, se quitó la gorra emocionado y gritó enardecido, como un niño, inmensamente feliz: ¡Teodoro Palacios Flores! Todos salimos en manada corriendo a encontrar a don Teodoro y a abrazarlo.

La magdalena

Desde hace mucho estoy con antojo de una magdalena, de una magdalena que tenga el sabor de las magdalenas de Guatemala en la década del 90, pero han pasado 29 años y vivo en Estados Unidos,  a largas leguas de distancia y  para mi dolor tengo la certeza que el sabor de aquellas magdalenas de antaño no existe más; eso aviva aún más mi deseo de comprar una magdalena, sí, una magdalena de ésas, de aquellas magdalenas que eran un manjar, un manjar quiero comprar con sabor a magdalena de la década del 90 en Ciudad Peronia. 

Una boda de lujo, con meseros

Es una de esas bodas tan comunes entre latinoamericanos indocumentados en Estados Unidos: llenas de desconocidos, tirando la casa por la ventana,  con dinero prestado y todo para enviar el video y las fotos a los familiares en sus países de origen y;  mostrarles que triunfaron, que lograron el sueño americano, que pueden darse el lujo de pagar un buen salón y un servicio de comida con meseros; aunque ellos trabajen limpiando baños, mezclando cemento, cortando grama o en la tapisca en los campos de cultivo de los grandes empresarios que no precisamente en su mayoría son anglosajones.

Mulțumesc

Lo vi pasar entre las estanterías de la piñas y los escaparates de la panadería, conversaba con una chica que lo acompañaba, él cargaba la canasta,  llevaba pantalón de lona azul y camisa del mismo color, su cabello siempre rubio, su forma de caminar y su espalda ancha las podría reconocer entre miles, era él, era Román. Las ajaduras de los años comenzaban a surcar su rostro y algunas canas asomaban, no tenía el cuerpo de atleta de años pasados  pero su alma seguía iluminando todo a su alrededor,  como el sol a las flores de las diez. 

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