Ilka Oliva Corado

Alitas que migran

Llegan con sus ojitos tristes, perdidos en la zozobra, desesperanzados, con la urgencia de conseguir trabajo porque a eso vinieron: a trabajar. Son los niños-hombres y las niñas-mujeres a quienes les robaron la infancia, a quienes hicieron crecer de golpe como a sus  padres y abuelos.  Tienen apariencia de niños y adolescentes pero algo les fue robado, algo no logró desarrollarse en lo que debe ser el proceso natural de crecimiento de un niño en una sociedad sana, bajo la protección de un Estado  que debería ser el que les brinde las oportunidades de desarrollo para una vida integral. 

Mundo de vanaglorias

Vivimos en un mundo de vanaglorias, donde se premia lo más ruin, a quien traiciona, a quien no tiene escrúpulos, a quien pisotea con tal de lograr objetivos propios. En un mundo de farsas, donde lo único real es la burla. Ése es el mundo que creamos y alimentamos todos los días con nuestras acciones o pasividades; dependen éstas de lo que nos convenga según sean los vientos que soplen hacia nuestra burbuja de indiferencia  y egolatría. 
 

Escribir, mujeres, escribir

A las niñas se les regalan muñecas para que aprendan desde temprana edad a que su lugar en la sociedad es el de  parir y cuidar niños;  niños que serán sus hijos, hermanos, nietos, sobrinos, novios, amantes, compañeros, esposos…, cualquiera que sea el grado de consanguinidad o no,  pero su función en la sociedad es la de ser madre en todo el contexto patriarcal, es decir; dejar de existir para servir a los demás. 
 

Sobre el lomo del indocumentado

De cuando en cuando voy a comprar a una panadería de dueños árabes que venden pan mexicano y  tienen empleados mexicanos. Nadie se imaginaría que esos árabes comen gracias a los latinos indocumentados que viven en los edificios del poblado. Llegan en sus Mercedes Benz  de lujo y se estacionan atrás para que los clientes no los vean entrar. Ninguno de ellos se acerca al mostrador, la cara la dan los empleados mexicanos. 

“El idioma del imperio”

Siempre he querido aprender francés para leer La náusea y Las palabras, de Sartre en su idioma, porque en las traducciones, por muy buenas que sean  en algún momento se pierde la esencia, la pureza del texto que solo se mantiene al leerlo en el idioma en el que fue escrito originalmente. Pero  más que todo para escuchar en su idioma las canciones de la gran Édith Piaf, porque no es lo mismo escuchar una canción  y no entender lo que dice, aunque claro está, el idioma del corazón es universal y Édith es alma pura. 
 

La fuerza de voluntad

Corría mediados de la década del noventa en Ciudad Peronia cuando llegó a vivir a la cuadra un matrimonio procedente de la Bethania, otro arrabal guatemalteco. Para ese entonces Ciudad Peronia ya estaba poblada, atrás habían quedado los tierreros de terrenos sin medición y los sitios baldíos que circundaban el mercado, la parada de buses,  El Gran Mirador, La Surtidora y  La Cuchilla.  
 

El poder colosal de nuestra voz

Nos hemos acostumbrado a que otros opinen por nosotros, porque creemos que lo que nosotros tenemos que decir no es importante, que carece de consistencia y sentido: por no tener el grado de escolaridad,  por no ser de tal clase social, por no ser de tal color de piel, de tal género, por tener tal peso, por tener tal edad, tal estatura,  tal adicción; en uno de los tantos patrones con los que hemos crecido en este mundo de estereotipos, cobardía, clases sociales, presunción  y patriarcado. 

Como roedores de alcantarilla

No importa el día del año y si llueve un torrencial, ellos siempre están ahí desde la madrugada hasta que anochece. Poniendo el lomo. Su cuerpo como herramienta de trabajo y modo de sobrevivencia. No importa si piensan o sienten, si se preguntarán la hora  (porque para el explotado no hay reloj que se detenga) o si les duele una muela o tienen ampollas. Si se les acaba de  morir un familiar o les nació un hijo.   Ellos siempre están ahí. Poniendo el lomo. 

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