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El bandolerismo como fenómeno histórico y social

El bandolerismo es un fenómeno referido a la existencia de un grupo de hombres armados enfrentados a la legalidad establecida y que se rige por un código propio. El bandolerismo se encuentra en la frontera entre la delincuencia y la rebelión social y política. Hobsbawm consideraba que el bandolerismo era una forma primitiva de protesta social organizada, y que en muchas sociedades así lo contemplaban los pobres, que los protegían y los idealizaban, convirtiéndoles en mitos: Robin de los Bosques, Janosik o Diego Corrientes. Pero, además, en todas las sociedades campesinas habría bandoleros señoriales, tanto como bandoleros de los campesinos y hasta bandoleros del Estado.

El bandolerismo se asocia a los problemas de las sociedades preindustriales, y tiene más importancia en las coyunturas de crisis económicas, sociales y políticas. En la Edad Media podemos observar dos tipos de bandolerismo. En primer lugar, estaría el feudal, es decir el protagonizado por la nobleza frente a otros nobles, los campesinos y los burgueses de las ciudades; en este sentido podemos considerar al Cid como una especie de bandolero. Pero, además, estaría el bandolerismo de los salteadores de caminos que empleaban la violencia para poder sobrevivir. Las líneas que separaban a un tipo de otro no estuvieron nunca muy claras.

Con el reforzamiento del poder monárquico y la expansión económica a finales del siglo XV el bandolerismo comenzó a ser sistemáticamente reprimido, tanto el protagonizado por las banderías nobiliarias como por los salteadores de caminos. Los Reyes Católicos combatieron a los nobles levantiscos y pacificaron el campo, ante el alto nivel de violencia y conflictividad social existente en Castilla, recién salida de una guerra civil, a través del instrumento de la Santa Hermandad. Esta institución era una especie de policía rural y tenía su origen en las Hermandades locales organizadas para mantener el orden en el medio rural. La Santa Hermandad fue aprobada en las Cortes de Madrigal de 1476. La institución podía dictar y ejecutar sentencias en los casos de robo, asesinato e incendios. Los castigos que imponía fueron especialmente duros.

La crisis provocó en la Italia de fines del siglo XVI un aumento de la pobreza en el mundo urbano y de las revueltas campesinas y, sobre todo, un extraordinario empuje del bandolerismo. Tradicionalmente, el fenómeno del bandolerismo estaba muy extendido en Italia y más concretamente en Calabria donde los denominados fuorisciti saqueaban tierras, cortaban carreteras, asesinaban viajeros, profanaban iglesias, incendiaban, robaban y secuestraban. El marqués de Mondéjar, a la sazón virrey de Nápoles, se tomó muy en serio la represión de los bandoleros calabreses. Para ello dispuso tropas españolas de infantería y caballería y tres fragatas para bloquear las costas. La campaña militar duró tres meses, entre enero y abril de 1578. Se ejecutó a algunos bandoleros y se encarceló a muchos más, pero el fenómeno continuó existiendo con mucha virulencia.

Pero el siglo XVII vio resurgir el bandolerismo por la crisis económica y social. En Cataluña tenemos un claro ejemplo de su fuerza, fenómeno que terminó por contagiarse a otras zonas de la Monarquía Hispánica, especialmente a Valencia. Aunque el bandolerismo catalán se desarrolló en la época barroca, su origen se remonta a las bandositats feudales. Los sectores más radicales de los remensas no aceptaron la solución de la Sentencia Arbitral de Guadalupe y se organizaron como bandoleros para hostigar a los nobles a finales del siglo XV. Pero esta vertiente popular terminó por recibir una clara influencia de los propios nobles al convertir a los bandoleros en una especie de milicia empleada en los constantes enfrentamientos que vivió la nobleza catalana durante la época moderna. La literatura castellana del Siglo de Oro dedicó no poca atención a los bandoleros catalanes, como el propio Cervantes en el Quijote y en la Galatea, donde habló de los bandoleros de Rocaguinarda.

Es interesante resaltar que en la Italia contemporánea también hubo un potente bandolerismo señorial. En este sentido, podemos destacar la figura de Alfonso Piccolomini, duque de Montemarciano, un jefe bandolero muy activo en los Estados Pontificios, y que tuvo una vida de verdadera aventura, con huida a Francia ayudado por el gran duque de Toscana, y regreso a la propia Toscana para seguir ejerciendo el bandolerismo y protagonizar un intenso conflicto a propósito de una crisis de subsistencia con su hambruna correspondiente. Al final se le detuvo y se le ejecutó en 1591. En la zona veneciana destacó el conde Octavio Avogado, que tuvo más suerte personal porque pudo huir al Tirol.

El bandolerismo fue una constante preocupación de las autoridades del Antiguo Régimen y su represión fue muy complicada, dada la maraña de jurisdicciones existentes y la no disimulada complicidad de algunas oligarquías, como hemos visto en el caso catalán. La represión no fue el único método para combatir el bandolerismo. Las autoridades se vieron abrumadas por la gravedad del fenómeno, asociado a problemas económicos y sociales, por su extensión y a las enormes dificultades para erradicarlo, precisamente porque el caldo de cultivo de las dificultades sociales no se solucionaba. Por cada detención y/o ejecución de un bandolero surgía otro. Por eso, en varias ocasiones, se optó por el perdón o la amnistía. En 1592-1593 se ofreció el perdón general a los bandidos que decidieran deponer su actitud y enrolarse en el ejército de la República de Venecia, empeñada en una expedición a la Dalmacia.

En el siglo XVIII, el despotismo ilustrado luchó contra el bandolerismo y no sólo a través de su represión directa. Una de las razones que motivaron la promoción de las Nuevas Poblaciones fue ofrecer seguridad a los comerciantes y viajeros que cubrían un trayecto fundamental para la economía española, es decir, el que unía Madrid con Andalucía, en estrecha conexión con la Carrera de Indias, al repoblar un verdadero desierto humano en torno a Sierra Morena.

El bandolerismo más conocido por todos gracias a la literatura y el cine es el que se dio en el siglo XIX. De nuevo, asistimos a un fenómeno difuso entre la lucha política, militar, social y la delincuencia. El contexto en el que el bandolerismo se convirtió en un fenómeno endémico de algunas comarcas españolas sería que el campo no podía absorber toda la mano de obra, pero además estaban las guerras, comenzando con la de la Independencia y siguiendo con las carlistas, sin olvidar los cambios en la propiedad de la tierra con las desamortizaciones y la abolición de los señoríos. Al comenzar la centuria surgió la guerrilla frente a los ejércitos franceses, representando, de nuevo, esa compleja relación entre el enfrentamiento de raíz política con la lucha por la supervivencia. Al terminar la contienda, algunos antiguos guerrilleros se convirtieron en famosos bandoleros. Esta es la época dorada del bandolerismo con personajes como José María, “el Tempranillo”, Jaime, el Barbudo o Luis Candelas. El bandolero decimonónico adquirió la aureola del héroe romántico, fomentando el estereotipo de español independiente y audaz, muy del gusto de los viajeros extranjeros, pero también, mantuvo el estigma de la delincuencia, ahora con un matiz de signo casi mafioso en relación con el creciente poder caciquil.

El Estado Liberal decidió reprimir el bandolerismo con eficacia, siendo su principal instrumento la Guardia Civil.  Bien es cierto que, también, en algunos momentos se intentó optar por una suavización de la represión, como pone de manifiesto la amnistía que en 1854 concedió O’Donnell a las cuadrillas de bandoleros.

A finales del reinado de Isabel II y durante el Sexenio Democrático volvió a incrementarse el fenómeno del bandolerismo, especialmente en Andalucía. Tenemos que tener en cuenta que ese momento los campesinos sufrían los efectos de la desamortización civil de los bienes comunales, ya que veían cómo se perdía un patrimonio del que habían disfrutado secularmente y que les permitía cubrir una parte de sus necesidades. Pero, además, había otro factor novedoso que incidía en este aumento de la conflictividad: el comienzo de la propaganda socialista y anarquista contra la propiedad. Por otro lado, fue la época en la que se destacó en la represión del bandolerismo el gobernador Julián Zugasti en Córdoba, personaje importante, además, porque se dedicó a estudiar el fenómeno en una monumental obra titulada El bandolerismo. Otra obra clásica sobre este fenómeno, aunque ya del siglo XX, fue la que el escritor y jurista Constancio Bernaldo de Quirós publicó con el título El bandolerismo en España y en México (1959).

El fenómeno del bandolerismo terminó por perder fuerza y desaparecer en el siglo XX.

 

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