Las Merindades en la memoria •  Memoria Histórica •  09/01/2026

El trigo y la hambruna

Paquita cuando nos hablaba de su infancia en el pueblo lo resumía con dos palabras: Hambre y miseria. Vivir se trataba de sobrevivir.

La hambruna de los años cuarenta fue ocultada o justificada echando balones fuera, pero hoy se ha demostrado como un periodo caótico y terrible, entre otros por el trabajo del historiador Miguel Ángel del Arco Blanco en La hambruna española (Editorial Crítica).

El trigo y la hambruna

De las Merindades no hemos conseguido informaciones, así que os agradeceríamos aportaciones: merimemo@gmail.com ¿Cómo les fue a las abuelas y a los abuelos? ¿os hablaron del hambre? ¿Qué decían? ¿Se les murió alguna persona? El racionamiento. ¿Qué alimentos y productos se racionaban? ¿Cómo eran los vales y las cartillas?

Dicen las analistas que para Vox, un partido que revindica el franquismo ha tenido éxito su discurso sobre el abandono del campo, “la traición al campo” es uno de sus relatos más potentes. Eso es precisamente lo que ocurrió con Franco, con una retórica pro campesina que concebía la actividad agraria como una forma de vida. Mientras La política real era anti campesina: Intervencionismo en la producción, distribución y comercialización (SNT) y racionamiento del consumo, liquidación de la política de reforma agraria en un contexto de escasez, y sin ninguna política de innovación o investigación.

Una de las grandes noticias de agosto de 1937 fue el Decreto-Ley de Ordenación Triguera, el 23 de agosto de 1937 en Burgos, estableció el férreo control estatal sobre la producción, comercialización y precios del trigo, creando el Servicio Nacional del Trigo (SNT). Esta normativa estuvo en vigor hasta la Ley 16 del 29 de mayo de 1984, cuando se restableció la libertad en el mercado del trigo. (Seguimos el artículo de José Luis Garrot: El primer franquismo (1939-1959) La Autarquía)

Aquel Decreto de Ordenación triguera supuso la total intervención de la producción triguera por parte del Estado, con lo que se eliminó el libre mercado de trigo. Es decir, que los agricultores se vieron obligados a vender sus cosechas al Estado. Las exigencias se irían incrementando, hasta obligarse a declarar bajo juramento las siembras y a precisar de unas guías especiales para el transporte del grano.

La agricultura franquista no fue ni eficiente ni lucrativa para los labradores, en todo caso, en la década de los 70 en las que ya el Estado pagaba bien el cereal y se había producido un éxodo rural que había vaciado las zonas rurales permitiendo que los agricultores que se quedaron allí viviesen un puntual momento de beneficio y garantía; pero todo el franquismo en conjunto resultó devastador para el futuro de nuestros pueblos.

En los 40 y 50 el precio que el Estado pagaba por el trigo no era suficiente, en muchos momentos por debajo del coste de producción. Los agricultores evitaron al Servicio Nacional del Trigo, por lo que creció el mercado negro, las redes clandestinas de mercado extraoficial, unas por necesidad, otras para generar enriquecimientos a costa del hambre. En aquel largo periodo de autarquía y posguerrael trigo era un producto de primera necesidad, que estuvo racionado hasta 1952.

La política agraria franquista fue un cúmulo de malas decisiones que provocaron, entre otras cosas, que se agravara el problema de la falta de productos y por consiguiente que el hambre que pasaron la mayoría de los españoles.

Franco era un convencido la autarquía, en 1938 le decía al escritor Henry Massis: “España es un país privilegiado que puede bastarse así mismo. Tenemos todo lo que nos hace falta para vivir y nuestra producción es lo suficiente abundante para asegurar nuestra propia subsistencia. No tenemos necesidades de importar nada y es así como nuestro nivel de vida es idéntico al que había antes de la guerra.”

La política económica autárquica, de la que la agraria era su base, produjo un grave deterioro económico y social, unido a un gran aumento de la inflación, que junto al control de salarios por parte de Estado hizo que la gran mayoría de los españoles no tuvieran medios, no ya para llevar una vida medianamente digna, sino para subsistir. El nivel de vida de los españoles tuvo el mayor retroceso habido en doscientos años.

Por ejemplarizarlo con las maestras, la situación de estas volvió a ser precaria: sueldos míseros que intentaban paliar facilitándoles una vivienda o con una indemnización en metálico para la vivienda o la gratuidad para sus hijos e hijas de las enseñanzas dependientes del Ministerio. A veces recibían ayudas en especie de las familias de los alumnos. Con este panorama la calidad de la educación era pésima, tanto en el ámbito rural como en el urbano: alumnos que sólo seguían la Enseñanza Primaria, sin una formación básica ni técnica mínima, con gran parte de la población viviendo en zonas rurales, practicando una economía familiar de subsistencia.

Pese a los pretextos esgrimidos durante décadas por la dictadura franquista, hoy sabemos que el hambre de los años cuarenta en España tuvo su origen en la política autárquica impulsada por el régimen con fines nacionalistas al término de la Guerra de España. La autarquía, que supuso la intervención de la economía durante más de una década, acarreó el alza de los precios y la escasez de productos de primera necesidad y allanó el camino a la corrupción.

No era tanto la destrucción ocasionada por la guerra sino sus medidas políticas lo que acabó con los avances que habían mejorado la agricultura española. Se produjo una reducción de las zonas de cultivo y las cosechas. También se redujo el uso de fertilizantes, lo que produjo un descenso de la producción. Además, los sueldos bajos y el control “rígido” de la fuerza de trabajo achicaron aún más la productividad.

De manera paralela, el coste de la vida aumentaba, agravada por una política monetaria que condujo a una inflación sin precedentes.

Miguel Ángel del Arco señala que la hambruna de la posguerra se debió a las negligentes políticas económicas y sociales del régimen y que se utilizó como forma de control. La dictadura siempre señaló que la escasez de los años 40 fue un castigo inevitable tras la Guerra. Pero fueron las decisiones franquistas las que causaron una gran HAMBRUNA en España. Los precios bajos marcados por las tasas provocaron que los agricultores sembraran otros productos más rentables que tenían precios libres; otra consecuencia fue que ocultaran parte de la cosecha para derivarla al mercado negro o que redujeran los gastos de producción –peores abonos y restricción de labores, etc. El intervencionismo estatal causó el descenso de la producción agraria, sobre todo debido a un descenso significativo de la superficie cultivada.

LA HAMBRUNA

Fue una hambruna, y no simple escasez, lo que arrasó España durante los años de la posguerra, a pesar de que no figure como tal en los libros de historia. La memoria no habla nunca de hambruna, y en la historia, ha pasado desapercibida. Se recuerda “qué mal se pasó”, añade, pero la hambruna no es un adjetivo, sino “un fenómeno” que ha permanecido silenciada. Los asesinados tienen un rastro porque la violencia deja rastro, pero el hambre no. El único rastro que deja el hambre está en la memoria de la familia.

Aunque hay huellas: la biológica y la cultural. Cuando hay hambruna, la talla baja, una de las consecuencias más notables de lo poco y mal que se comió en España hasta prácticamente 1950 fue el descenso de la estatura de los españoles. Luego la cultural, la hambruna forma parte de nuestros hábitos, nuestros recuerdos y nuestros platos incluso hoy en día, como el consumo de pan o los platos de cuchara, y costumbres como no dejar nada en el plato.

La hambruna de la posguerra, como vamos viendo, no se trató de una consecuencia bélica, sino de un fenómeno causado por las políticas económicas del franquismo, pero también sociales. El alimento, distribuido de manera desigual y controlado desde arriba se convirtió en instrumento político.

Lo peor que se puede decir de un gobierno es que ha tenido algo que ver con que su población muera de hambre, con que no pueda asegurar su supervivencia explica Del Arco, por ello las estrategias de ocultación del régimen de Franco. Para justificar la escasez desplegó un abanico de mitos que se fueron alternando según las circunstancias: primero, que todo era consecuencia de la guerra civil; después, que el aislamiento internacional impedía el abastecimiento; y finalmente, que la pertinaz sequía era la culpable. La censura completaba el cerco: estaba prohibido hablar de hambruna en la prensa, Así, unas 200.000 muertes por inanición quedaron enterradas en el silencio y en la deformación de la realidad.

La hambruna también fue una forma de control social. Cuando el pan se convierte en preocupación de cada día, pensar en política es un lujo, desmoviliza. El hambre debilita la moral y también asusta. Por otro lado, generó un sistema de corrupción que enriqueció a los afines al régimen. Económicamente fue un desastre, sí; pero desde el punto de vista político, fue todo un éxito arrendó al pueblo.

La gran hambruna que padeció España entre los años 1939 y 1942, y luego en 1946, provocó que decenas de miles de personas fallecieran durante la posguerra por falta de comida o porque la poca disponible resultaba insalubre. Los peores años del hambre (1939-1942 y 1946) se registraron numerosas muertes por inanición. Se ha calculado que solo en el periodo 1939-1944 murieron 200 000 personas directa o indirectamente a causa del hambre. En una hambruna, alrededor del 10% de los fallecidos muere de inanición. El 90% restante lo hace por enfermedades relacionadas con la malnutrición.

Los niveles de toma de calorías, así como de proteínas y de otros nutrientes, no volverán a restaurarse hasta los años cincuenta. Entre 1940 y 1951, la media de consumo per cápita era menor a 2.300 kilocalorías por persona y día (en 1931, había alcanzado las 2.846), por debajo de las necesidades biológicas del individuo. Como siempre, la media es engañosa: alrededor de un 30% no llegaba siquiera a las 2.250 calorías.

MÁS ADELANTE

A partir de 1952 el franquismo intentó una tímida apertura económica, puso fin al racionamiento, inició una reforma agraria e industrial, hubo cierto crecimiento. Se intentó mejorar la producción agrícola suprimiendo algunas medidas intervencionistas que estorbaban, más que regulaban. Algunas medidas de política forestal y regadíos, ampliación de forrajeras para mejorar la ganadería.

A comienzos de 1957 llegan a las áreas económicas del gobierno los primeros tecnócratas, que buscaban el continuismo político dictatorial, por el desarrollo económico. La tecnocracia se trataba de sustituir los conceptos políticos por los técnicos. El ministro López Rodó llegó a decir que cuando la renta fuera de 200.000 dólares a los españoles se les olvidaría la política. Los sesenta y setenta, tienen en común la tranquilidad social en el campo; una paz conseguida a base de la fuerza y el inmovilismo político.

La nueva política económica se inició con el Plan de Estabilización de 1959 y desde entonces la economía española comienza un proceso de expansión durante los años sesenta. España salía de la autarquía y comenzaba a situarse en la economía mundial. Gracias a liquidación del entramado institucional de primer franquismo y a pesar de que la agricultura mantenía su precariedad presupuestaria   

El desarrollo precipitado y desequilibrado o desarrollismo no estuvo exento de contradicciones y deficiencias. La emigración interior y exterior que se convirtió en mano de obra abundante (pero también con la fuga de cerebros) y barata o en fuente de divisas. La agricultura perdió peso. Exportadora de mano de obra… concentración parcelaria, mecanización, consumo de abonos.

El hecho más significativo fue el éxodo rural hacia las áreas industriales, zonas turísticas costeras o hacia Europa occidental. El éxodo rural hace entrar en crisis el mercado de trabajo, facilitando la mecanización.

Este desarrollo se potenció haciendo imposible la vida rural para aumentar la mano de obra para la industria, la emigración y el abandono de los pueblos se generalizó. Aquellos planes de Desarrollo dejaron tras de sí un campo casi deshabitado y empobrecido (de personal, de juventud, de recursos, de servicios…). Cerraron escuelas, se fueron los médicos, incluso los curas. El cierre de las escuelas de los pueblos coincidía frecuentemente con la pérdida de servicios administrativos, culturales, económicos, religiosos, y sanitarios. El salvaje desarrollo de los años sesenta despobló Castilla dejándola con la menor densidad de población de la Europa Occidental.

SILO DE VILLARCAYO

De aquel decreto nos quedan restos en la comarca como son los silos del SNT, que todavía son visibles en muchos pueblos. En 1946 se promulgó el Decreto de 12 de julio por el que se autorizaba al Servicio Nacional del Trigo para construir y explotar la Red Nacional de Silos. Un proyecto en España para construir edificios destinados a almacenar cereales. Esa herencia es todavía visible con los grandes silos verticales que todavía podemos ver en Medina, Trespaderne y Villarcayo.

Silo de Villarcayo. Un monumento a aquella hambruna.

En 7 Merindades nos los cuentan.

En el blog hemos hablado algo sobre el trigo en:

El trigo y las picardigüelas de los agrarios

Y este otro del 2011: LA CUESTION AGRARIA. Eliseo Cuadrao.


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