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Theresa May contra las cuerdas

La crisis política generada en Reino Unido por el Brexit parece conducir a la inevitable dimisión de la primera ministra Theresa May, incapaz de llevar a cabo el plan con el que hace tres años prometió salir de la Unión Europea cumpliendo el designio del referendum mitigando el impacto negativo sobre la economía británica. Objetivo de duras críticas desde todos los espectros políticos, sin el apoyo de sus propios compañeros de partido y aparentemente sin ideas para desbloquear la situación ante la amenaza del 'hard Brexit', los días de May como primer ministra parecen contados.

La primera ministra británica, Theresa May / Toby Melville / Reuters

Cuando Theresa May asumió el gobierno de su majestad en el Reino Unido, aquel 13 de julio de 2016, se presentaba como la única capaz de reconducir la situación de la política en Gran Bretaña y la de su propio partido, el Conservador, tras la el estrepitoso resultado en el referéndum sobre el Brexit. Hoy, incapaz de obtener el apoyo del Parlamento para cerrar la negociación con la Unión Europea, criticada desde todos los flancos políticos y sin más ideas a juzgar por su falta de acción ante la grave situación, sus días como primera ministra parecen contados.

Ríos de tinta han corrido desde que aquel 23 de junio el electorado inglés optase por no permanecer en la Unión Europea con un 51, 9% de los votos. David Cameron, aupado hasta entonces como unos de los líderes conservadores más hábiles de la historia del país tras haber evitado la independencia de Escocia en su propia consulta, recibía un golpe mortal tras su audaz medida para tratar de ejercer presión sobre Bruselas en un nuevo acuerdo bilateral. El hecho es que los conservadores, divididos ante la continuidad de Londres en la Unión, iniciaron un camino que aparentemente no tenían ni idea de cómo recorrer.

Theresa May representaba supuestamente una figura de consenso, destinada a mantener la unidad del conservadurismo ante el reto que se presentaba. “No debe haber ningún intento de permanecer dentro de la UE, ni intentos para volverse a integrar por la puerta de atrás ni una segunda consulta: Brexit significa Brexit”, proclamaba al presentarse para suceder a Cameron.

La estrategia de May se suponía, debía conducir a una separación normalizada del mercado común, situando a Reino Unido como un socio preferente, de forma similar a Noruega, satisfaciendo tanto a los más firmes partidarios de la salida, tanto en su partido como en el euroescéptico y reaccionario UKIP, como a las voces que clamaban por los daños a la economía y la sociedad británica del Brexit.

Los problemas comenzaron apenas un año después cuando, activado ya el art. 50 del Tratado de la Unión Europea tras la aprobación de la “European Union (Notification of Withdrawal) Bill” en el Parlamento se iniciaron las negociaciones con la UE. La situación fronteriza de Irlanda del Norte y concesiones comerciales comenzaron a erosionar los apoyos al plan de May, que establecía como fecha de salida el 29 de marzo de 2019. Tras un año más de negociaciones y cuando el gobierno británico estaba a punto de alcanzar un entendimiento con Bruselas, dos de los responsables máximos de la posición británica, el ministro especial para el Brexit David Davis y el ministro de asuntos exteriores Boris Johnson, anunciaban su dimisión en julio de 2018 por discrepancias sobre las concesiones a la UE.

Era un indicador que lo que sucedería unos meses después, a principios de este año, la Cámara de los Comunes rechazaba por amplia mayoría el acuerdo alcanzado. Dos votaciones posteriores con parecido resultado a mediados de este mes han dejado completamente vendida a la primera ministra. El presidente de la Cámara, John Bercow, ha llegado a prohibir presentar el mismo acuerdo para su intento de aprobación por tercera vez tras los rechazos anteriores.

Esta semana, ante la imposibilidad de llegar a un término, los líderes europeos ofrecía a la primera ministra una prórroga hasta el día 22 de mayo, con el compromiso de la misma a lograr la aprobación del acuerdo negociado, un objetivo a todas luces imposible, ante la total negativa tanto de laboristas como de buena parte de su propio partido. De no conseguir su objetivo, Bruselas amenaza con una ruptura brusca, el ya en boca de todo el mundo “hard Brexit”, que se teme produzca considerables daños a la economía a ambos lados del Canal de la Mancha. El Consejo Europeo ha llegado a insinuar la posibilidad de continuar las prórrogas si Londres se compromete a participar en las próximas elecciones europeas, lo que supondría de facto el reconocimiento de imposibilidad de Reino Unido de salir de la UE.

Mientras las calles de Londres contemplan movilizaciones masivas para exigir un nuevo referéndum y la incertidumbre sobre el futuro del país comienza a generar todo tipo de noticias disparatadas, May parece completamente acorralada. Esta mañana se llegaba a filtrar que hasta once ministros de su gobierno estarían confabulando para destituirla de forma inmediata, mientras los líderes del Partido Conservador exigen su cabeza y el opositor Partido Laborista de Jeremy Corbin presiona ante el punto muerto en el que parece sumido el ejecutivo.

Pocas casas de Londres admiten a estas horas apuestas por Theresa May en un combate que parece completamente decidido. Arrastrada por el fracaso de su propio plan y la incapacidad de cumplir los objetivos que prometía hace ya tres años, sus días en Downing Street parecen llegar a su fin.

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