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El autoritarismo avanza con firmeza en Turquía

El gobierno turco inicia una purga masiva de cargos públicos y funcionarios acusados de vínculos con Fethullah Gülen, el clérigo que sostuvo durante décadas al movimiento político que aupó al propio Erdogan, pero que desde hace cinco años se ha convertido en el "monstruo del coco” para el ejecutivo islamista.

Erdogán al frente de la manifestación anual de 2017 en conmemoración de la muerte de Mustafá Kemal Atatürk, el líder laico considerado padre de la Turquía moderna, paradójicamente en las antípodas del pensamiento islamista de Erdogán / Reuters

Tan solo dos semanas después de las elecciones presidenciales que han otorgado prácticamente poderes totales a Recep Tayyip Erdogán, el gobierno de Ankara ha puesto en marcha la mayor purga de cargos públicos y funcionarios desde el fracasado intento de golpe de estado de julio de 2016. Una orden ejecutiva publicada esta mañana destituye fulminantemente de 18.632 cargos públicos a los cuales acusa de proximidad con Hizmet, el movimiento cívico-religioso del clérigo Fethullah Gülen.

Junto a la purga entre los funcionarios, la mitad de ellos miembros de los cuerpos de seguridad del estado (8.998 agentes de policía, junto a 649 miembros la gendarmería y 192 de la guardia costera), el decreto establece la proscripción y cierre de tres periódicos y un canal de televisión.

Tras el intento de golpe de estado de 2016, el gobierno ya realizó una purga en la que destituyó a decenas de miles de empleados públicos, funcionarios y cargos acusados de cooperar con el alzamiento militar. Desde entonces, el país vive bajo una permanente declaración de estado de excepción, que ha facilitado a Erdogán el camino para establecer un régimen autoritario.

Con este, esperado por otra parte, golpe de efecto, el gobierno de Erdogán inicia un nuevo impulso facilitado por el sistema presidencialista que ha logrado imponer a golpe de decretos y plebiscitos de reforma constitucional. La victoria el domingo 24 de junio en las elecciones presidenciales tras una reforma exprés a medida realizada en 2017 que sustituía el modelo parlamentario por un sistema presidencialista sin apenas separación de poderes ni limitaciones al ejecutivo, ha despejado el camino al mandatario islamista para avanzar en su perpetuación en el poder libre de las molestas trabas constitucionales.

El enemigo exterior

Cumpliendo el manual del establecimiento de un gobierno autoritario, junto al a vinculación en la propaganda de la figura del presidente con la entidad del estado y la esencia de la nación, la construcción de un enemigo interior ha sido una constante en la deriva que el país euro-asiático vive en los últimos años.  Para cumplir con ese papel y, para sorpresa de cualquiera que supusiese que tal destino le correspondería a los movimientos políticos de la minoría kurda o a alguna corriente política de izquierda o, al menos, laica, Erdogán ha elegido al movimiento Hizmet de Fethullan Gülen.

La obsesión de Erdogán con Gülen comenzó en el año 2013, cuando el presidente turco acusó al influyente clérigo y empresario de estar detrás de las acusaciones de corrupción contra su gobierno. La manía persecutoria del autoritario presidente alcanzó límites de paranoia tras el fallido golpe de estado de 2016, del cual acusó a Hizmet.

Sin embargo, la relación de Hizmet con el gobierno del Partido de la Justicia y el Desarrollo, ni de lejos ha sido tan mala siempre. De hecho, el complejo empresarial religioso de Gülen (similar en cierta medida a entidades como el Opus Dei o los Legionarios de Cristo) dueño de toda una red de centros de educación privados, medios de comunicación y otras corporaciones del ámbito del sector servicios, fue el principal apoyo con el que contó Erdogán para hacerse con el poder en el año 2002. En aquella época era prácticamente imposible pronosticar que el gobierno del Partido de la Justicia y el Desarrollo llegaría a proscribir por completo a Hizmet como “organización terrorista” catorce años después.  

Queda claro, sin embargo, que las purgas, las medidas de censura y la persecución no se limitan realmente a los seguidores de Gülen. Organizaciones laicas, minorías y fuerzas políticas de izquierda también se encuentran en el punto de mira del mandatario que sueña con ser el artífice del restablecimiento del Imperio Otomano.