Agencia Telesur •  Internacional •  18/02/2026

Convocar sin pueblo: la campaña digital contra Cuba que hizo ruido pero no movilizó

El análisis del Observatorio de Medios de Cubadebate documenta con detalle cómo decenas de publicaciones en redes buscaron fabricar la sensación de inminencia y colapso.

Convocar sin pueblo: la campaña digital contra Cuba que hizo ruido pero no movilizó

Entre el 1 y el 15 de febrero de 2026 se desplegó sobre las plataformas digitales una oleada de llamados a la violencia y a la desobediencia civil contra Cuba que, pese a su estridencia mediática, no logró traducirse en movilización real dentro de la Isla.

El análisis del Observatorio de Medios de Cubadebate documenta con detalle cómo decenas de publicaciones —provenientes mayoritariamente de perfiles ubicados fuera de Cuba y difundidas sobre todo en Meta Platforms— buscaron fabricar la sensación de inminencia y colapso, pero carecieron de los elementos mínimos para convertir el ruido en acción colectiva.

“Proceden mayoritariamente de perfiles ubicados fuera de la Isla, se difundieron sobre todo en Meta Platforms —a través de Facebook, Instagram y WhatsApp— y comparten un mismo desenlace: ninguna logró traducirse en movilización real dentro del país”, señala el informe del Observatorio de Medios de Cubadebate.

Lejos de ser espontáneas, las piezas analizadas responden a un repertorio técnico y repetido: astroturfing, rumores sincronizados, picos artificiales de interacción y microsegmentación que apuntan a producir impacto emocional más que organización política. La iconografía utilizada —rostros encapuchados, fondos rojos, consignas maximalistas— fue diseñada para funcionar como meme y símbolo portátil, apto para circular en capturas de pantalla, reels y cadenas de WhatsApp, pero no para sostener logística, liderazgo o nodos territoriales.

Portadas de las convocatorias analizadas. Imagen: Cubadebate

En consecuencia, la viralidad que alcanzaron muchas publicaciones fue de nicho: intensa en burbujas hostiles al Gobierno cubano, pero incapaz de generar eco transversal o canales de coordinación sostenidos.

El informe advierte además sobre una táctica deliberada: la provocación por sobreexposición. Al diseñar contenidos que resultan denunciables, sus promotores buscan que autoridades o medios los reproduzcan y, con ello, les otorguen legitimidad y alcance algorítmico.

Esa retroalimentación mediática convierte a un post marginal en asunto público y multiplica su circulación, aunque su capacidad real de movilización siga siendo nula. Por eso el Observatorio recomienda no sobredimensionar públicamente estos contenidos y, en su lugar, reportarlos puntualmente por incitación a la violencia mientras se desplaza la atención hacia narrativas de normalidad social y organización comunitaria.

El fenómeno se inscribe en un contexto más amplio de presión externa sobre la Isla: sanciones, campañas de descrédito y operaciones comunicacionales orientadas a erosionar la legitimidad del gobierno cubano han venido intensificándose en los últimos años.

Febrero de 2026 coincidió con un momento de especial sensibilidad social, marcado por dificultades económicas y una cobertura internacional que amplificó las amenazas externas; ese caldo de cultivo fue aprovechado por actores radicados principalmente en Estados Unidos y otros países para lanzar mensajes que apelaban al “todo o nada” y, en varios casos, a la violencia explícita.

Sin embargo, la distancia entre el ruido digital y la realidad material dentro del país volvió a quedar patente: convocar en redes es relativamente fácil; movilizar en la calle exige estructura, arraigo y liderazgo, elementos ausentes en estas operaciones.

Más allá del episodio puntual, el informe del Observatorio plantea una reflexión sobre la naturaleza de la guerra cognitiva contemporánea: su objetivo no es siempre provocar un estallido inmediato, sino erosionar la confianza, inducir ansiedad colectiva y preparar el terreno para narrativas de colapso que legitimen presiones diplomáticas o intervenciones externas.

En ese sentido, la estrategia comunicacional de los promotores de estas campañas busca degradar el juicio público, acortar horizontes y polarizar, condiciones que facilitan la aceptación de salidas extremas o la normalización de tutelas externas.

La respuesta más eficaz, concluye el Observatorio, no es la amplificación mediática ni la reacción visceral, sino la combinación de medidas técnicas y políticas: reportes puntuales a las plataformas por incitación a la violencia, fortalecimiento de canales comunitarios de información, y la promoción sostenida de narrativas verificables que anclen la conversación en la realidad cotidiana de las comunidades.

Para comunicadores y autoridades, la prioridad debe ser proteger la normalidad social y blindar los espacios informativos locales frente a las operaciones de desinformación que buscan convertir lo marginal en masivo.

El episodio de febrero confirma una constante del escenario cubano contemporáneo: mucho ruido digital no equivale a fuerza social real.

Las operaciones de agitación detectadas operan como instrumentos de presión psicológica y construcción narrativa desde el exterior, no como dispositivos de movilización interna. En ese choque entre apariencia y realidad, la resiliencia informativa y la fortaleza de los lazos comunitarios emergen como las mejores barreras contra la instrumentalización de las redes.


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