“El pensamiento erótico”, de Sara Torres. El deseo contra la dualidad
La autora asturiana, da continuidad ahora a las exitosas “Lo que hay” y ”La seducción” con un original y fascinante ensayo que reflexiona sobre las imposiciones depositadas por un pensamiento heteropatriarcal.

Resulta del todo congruente, teniendo en cuenta la aspiración conceptual de su contenido, que la nueva obra de Sara Torres, “El pensamiento erótico” (Reservoir Books), subvierta también el “binarismo estilístico”, haciendo converger entre sus páginas de manera natural el ensayo erudito, la experiencia propia y el canto lírico; disciplinas, de hecho, presentes en la bibliografía de la autora asturiana. Por eso, este libro sustenta un texto tan original y demoledor, en el sentido estricto del término, a la hora de enmendar en su totalidad un pensamiento heteropatriarcal al que no se puede desligar de la propia dialéctica capitalista. Códigos que son sometidos a un análisis crítico bajo la intención de ser repensados y -en la medida de lo posible- reescritos con el fin último de desembarazarnos de una herencia cultural que nos sitúa, también en el plano sexual, bajo un conflicto de clases.
Una historia, de opresión y colonización de los instintos, que comienza pronto, tanto como en la iniciática etapa infantil, época donde el individuo se muestra especialmente desprotegido a la hora de ser inoculado por constructos sociales delineados por los intereses hegemónicos. Una cultura popular que en su propósito adoctrinador se cuela incluso en aquellos aparentemente inofensivos documentales del reino animal. Escenas de apareamientos entre machos y hembras que expuestos con la supuesta infalibilidad que les otorga ser retrato del orden natural, no son en realidad sino la interesada selección de aquello que valide los roles asignados a los seres humanos en la vida cotidiana, exhibiendo ya desde las primeras etapas existenciales el cuerpo femenino como un territorio expuesto a ser constantemente abordado, situando a su poseedora en una recurrente táctica defensiva en busca de su protección. Una batalla que escenifica la estructura jerárquica del binarismo heterosexual, hecha de antagonismos (vida-muerte, hombre-mujer) que aspiran a su complementariedad.
Con el fin de construir una mirada sin códigos apre(he)ndidos, Sara Torres invoca, interpreta y traslada el pensamiento de autoras de muy diversa índole, como Monique Wittig, Audre Lorde, Safo, Djuna Barnes, Anne Carson o Anne Dufourmantelle, pero todas ellas confraternizadas en su disposición a revertir una retórica que predica la sumisión. Arquitectura inspiracional de la escritora asturiana en la mayoría de las ocasiones desplegada bajo un enfoque casi siempre protagonizado por la condición lesbiana o queer, emplazamiento que no es tanto una elección disidente, aspecto que el posicionamiento heteronormativo permite siempre y cuando sea aceptado como el desvío de la norma establecida, sino más bien una oposición esencial a la cultura dominante, asumiendo que los órganos sexuales, y su utilización, son también herramientas políticas de liberación.
Como cualquier ficción y/o interpretación del contexto global constituida como ensamblaje de todo un castillo inamovible de valores, el ámbito erótico se rige también por una fantasía con vocación de hacer de intermediaria, o parapeto, respecto al conflicto que se genera al asomarse al abismo que puede producir conocer la realidad. Frente a ese vértigo nace todo un imaginario que nada tiene de libre y sí mucho de reglado, ejerciendo su labor de carcelero para mantener a sus vasallos alienados y a salvo de cualquier trauma que supondría asomarse demasiado a la mirilla de lo que dictan sus innatos instintos. De esa ensoñación surge el concepto del “ideal”, aquello que acepta la norma común y conduce al ostracismo a quien pretende desarrollarse fuera de ella. Unas filas prietas alrededor de un escenario donde el binarismo heterosexual funciona cual régimen totalitario, conformado con su propio ejército de salvapatrias, donde la monogamia, la búsqueda de la mitad romántica y todo un entramado mercantil donde el fetichismo o la pornografía se formula principalmente para convertir a la mujer en objeto deseable a la vista del hombre. Una división entre dos mitades nada asimétricas gracias también a la “condena” reproductiva a la que es sometido el cuerpo femenino, al que se le chantajea con su función salvadora de la humanidad en detrimento de su propia satisfacción.
Si hasta este momento el libro se desarrolla en un ámbito al que se podría catalogar, con las reservas lógicas de un tipo de narración colorista y ágil, como ensayo, en este punto su acento adopta como prioridad explayar su faceta más lírica y por momentos esotérica. Un formato que también sirve para introducir el elemento de ambigüedad y de misterio que define al encuentro sexual, matices que en absoluto desvían el propósito de la obra, simplemente incrementan su factor sensorial y por lo tanto visceral. Porque reconocer que la entrada en contacto con un cuerpo -hasta el momento- extraño significa atravesar el umbral de lo desconocido, en este caso es presentado como un posible potenciador creativo, una herramienta política que desacredita ese delirio heterosexual que predica el conflicto entre géneros en paralelo a su llamada a la complementación. La asunción de ese “dulzor amargo” esgrimido por Safo, en definitiva de la incertidumbre como parte del recorrido, sirve para enmudecer el lamento irracional que surge entre las grietas de un sistema capitalista que solo cuenta con la comercialización de imágenes o sentimientos como herramienta para saciar el deseo.
Frente a esa constante esquizofrenia en la que vive el dictado heteronormativo, donde encumbra los encuentros carnales -expresados como desahogos momentáneos- pero los esconde y conjuga con lo prohibido, la autora alaba un deseo ético, contrario a los dogmas de poder, donde sentir demasiado no sea percibido como debilidad y la pasión carnal no sea solo una estación de paso, sino el clima cotidiano. Toda una reivindicación del cuerpo como valor alejado de la extenuación que implica el capitalismo y su reiterado llamamiento a integrarlo bajo una (i)lógica productiva que nos define exclusivamente bajo el provecho que le podemos aportar a su proyecto. Alteración de ritmos que derivaría en un cambio del lenguaje, atrayendo hasta nosotros términos como dulzura y ternura, palabras que nada tienen que ver con la sensiblería mercantil que las utiliza como uno más de sus dialectos, y sí mucho con la capacidad de tejer enlaces verdaderamente íntimos, tanto como para dar la razón a la autora del libro cuando afirma que un mundo surge del encuentro entre dos.
Pese a lo fascinante e inmersivo, ya sea en el plano intelectual como en el sentimental, que supone “El pensamiento erótico”, probablemente no esté entre los propósitos prioritarios de Sara Torres trazar una cartografía para ser seguida milimétricamente por quien se acerque a su itinerario. Sin embargo, sí resulta evidente que la intención primordial, y absolutamente elogiable, señala hacia un proceso de deconstrucción, de supresión de esos interesados intermediarios que pretenden dirigir el latido de nuestros instintos, para a partir de ahí, regenerar todo un imaginario sustentado interesadamente sobre las premisas impuestas por un capitalismo heteronormativo. Como si de un viaje a nuestro nacimiento se tratase, a nuestro punto de partida salvaje todavía sin manipular, donde poder descubrir superficies que no siempre es amable tocar, parafraseando a la poeta Cristina Peri Rossi, resulta necesario traducir la inevitable mancha afectiva en célula emancipadora.
Kepa Arbizu.
